Jueves, 24 de julio de 2014

Pablo dejó escrito en su carta a los Corintios que era conveniente examinarse cada uno para ver si se estaba en la fe (2 Corintios 13:5). El otro verbo que también empleó fue probar, de tal forma que la evaluación tiende a ser completa, pasa por un examen y una prueba comparativa de uno mismo para verificar si se está en la fe. De nuevo la pregunta surge, ¿cuál fe? Tendremos que responder con las Escrituras: la fe una vez dada a los santos (Judas 1:3).

Es cierto, hay muchos tipos de fe, pero para nuestro propósito nos basta con distinguir la fe profesante y la fe dada como regalo a los separados (santos) del mundo. Los que profesan una fe que discute sobre los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1 Timoteo 6:20), terminan apartándose de la fe que dijeron tener (verso 21). Estos son los señalados por Judas, los que han entrado encubiertamente, los cuales desde antes habían estado ordenados para esta condenación.

Y la fe comprueba si Jesucristo está en nosotros, de otra forma nosotros mismos seríamos reprobados. El ser reprobado es la consecuencia de no tener la fe dada a los santos, por lo cual conviene examinarnos para ver en quién hemos creído y cómo lo hemos hecho. Pues si la fe ha venido por un proceso artificial, de invención humana, lo más cierto es que esa fe esté alimentada artificialmente y no haya ninguna raíz fuerte en los que la profesan.

Jesucristo nos dio una pauta importante para saber quiénes somos. El dijo que todos seremos conocidos por los frutos, pero habló de inmediato del árbol bueno y del árbol malo. El Señor hablaba de los falsos profetas que vienen disfrazados de ovejas, lo cual se puede ver como aquellas personas que tienen una fe profesante (piel de oveja) pero que no fueron llevados a Cristo por el Padre, por lo tanto son lobos rapaces, cabras, cizaña, réprobos en cuanto a fe. Acto seguido dijo que los conoceríamos por sus frutos, pero en su explicación nos dejó la clave para conocer a sus opuestos, vale decir, a las verdaderas ovejas.

Jesús dijo que no se recogen uvas de los espinos ni higos de los abrojos. Señaló que hay dos categorías de árboles: el buen árbol y el mal árbol. Todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos (Mateo 7: 15-20). Y la genética espiritual parece estar presente: No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.

Sucede a menudo que algunos confunden los frutos buenos con la buena conducta y los malos frutos con una vida perversa. Bueno, eso parece lógico a simple vista, pero cuando examinamos las Escrituras podemos ver la manera en que fueron recogidas las biografías de muchos de sus célebres personajes. David, Pedro, Elías, Santiago, Moisés, Pablo y tantos otros, manifestaron conductas pecaminosas en mayor o menor grado; el propio Juan escribió que si decimos que no hemos pecado hacemos al Señor mentiroso, y la verdad no está en nosotros.

Entonces el buen fruto no puede consistir en una vida sin pecado porque todos seríamos cortados y echados en el fuego, como cualquier árbol malo. Pablo escribió que se sentía como un miserable, pues el mal que no quería hacer, eso hacía; empero el bien que deseaba hacer no lo hacía (Romanos 7). Fijémonos que el apóstol hablaba de querer hacer el bien y detestar hacer el mal; poco antes había hablado en la misma carta a los romanos que desde el plano de la naturaleza caída no hay quien busque a Dios, no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno. Por esa comparación de textos uno puede acertar a decir que el apóstol hablaba de él mismo como redimido, ya que de otra manera no hubiese deseado hacer el bien ni hubiese tenido remordimiento (hasta la miseria) por haber hecho el mal cuando no lo quería.

Jesús hablaba de los lobos rapaces disfrazados de oveja. Son cristianos profesantes que no tienen la fe dada a los santos. Estos salen desaprobados si se hacen un examen a ellos mismos, pero aunque no se lo hagan Cristo los desaprueba y les dirá un día: nunca os conocí. Observemos el adverbio de tiempo en forma negativa: nunca. No les va a decir señores, los conocí por mucho tiempo pero ustedes se apartaron. No, eso sería incongruente con su trabajo en la cruz, donde representó a su pueblo y llevó el pecado de éste en una labor perfecta.

El Señor no conoció jamás a los lobos rapaces, pero siempre supo quiénes eran ellos. De otra forma, ¿cómo hubiera escrito Judas que desde antes habían sido ordenados para esta condenación? Si no los conoció no tuvo comunión con ellos, no los representó en la cruz, no lavó sus pecados. Con este conjunto de argumentos podemos derivar ahora una síntesis de importancia: los frutos que demostrarán quiénes somos son las enseñanzas de Jesús que hayamos asumido. Los lobos rapaces no pregonan las doctrinas de Cristo, más bien son moralistas como los viejos fariseos. Son sepulcros blanqueados podridos por dentro (como buenos religiosos). Para poder engañar a los suyos se disfrazan o hacen creer que tienen una fe similar a la de los verdaderos creyentes. En tal sentido asumen ciertas enseñanzas de las Escrituras, pero tuercen su sentido para su propia perdición.

Todo lo contrario, los buenos árboles (los creyentes que son ovejas) tienen la fe dada a los santos. Estos demuestran que han asumido el cuerpo doctrinal expuesto en las Escrituras, sin pretender torcer ni una jota ni una tilde. Estas ovejas que son propias del buen pastor comprenden el trabajo de Jesucristo y entienden quién es Su persona. Ellos saben que el Señor los representó en la cruz y que de no haber sido por ello serían semejantes a Judas Iscariote, a Faraón, a Caín, a Esaú o a cualquier réprobo en cuanto a fe. También comprenden que si sus nombres no hubiesen sido escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo, no serían salvos. De manera que no cantan que ahora hay un nuevo nombre escrito en la gloria, sino más bien que su nombre estuvo desde los siglos escrito en esa gloria, por la misericordia y soberanía de Dios.

Por consecuencia de tener la doctrina del Señor como su testimonio, las cosas viejas de la pecaminosa naturaleza que hacían ya no las hacen más. Al menos eso intentan, cayendo a veces en el pecado, tropezando acá y allá, pero siendo sostenidos y levantados por el Señor que los tiene de la mano. Ellos saben que nadie podrá condenar a los que Dios justificó, por lo tanto nadie los podrá separar de Su amor en Cristo Jesús. Comprenden que pueden perder el gozo de su salvación cuando se sienten miserables por hacer aquello que aborrecen, pero que la garantía de su salvación no les es arrebatada. En síntesis, saben que el Espíritu de Dios los anhela celosamente.

Por todo lo dicho, habiendo sido examinados y probados en la fe que nos ha sido dada, pensemos de nosotros mismos con templanza, conforme a la medida de la fe que Dios repartió a cada uno (Romanos 12:3), ya que por gracia somos salvos, y esto no de nosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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