Mi?rcoles, 23 de julio de 2014

Así enseña la Biblia, que la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. El asunto no es difícil en sí mismo, sino en cuanto a quién puede tener esa seguridad. Muchos argumentan a diario que hay que ponerle fe a lo que uno hace, incluso hay quienes aseguran que si ponemos fe aunque sea en una piedra eso bastaría para alcanzar las metas propuestas. En realidad hay muchas concepciones en torno a esta temática, de acuerdo a los distintos rasgos culturales-religiosos humanos.

Por supuesto, la gente es libre de aseverar lo que desee en cuanto a los asuntos de la piedad, pero en materia doctrinal de la Escritura hay que seguir los parámetros que ella misma dicta. Se ha dicho que Jesucristo es el autor y consumador de la fe, pero de igual forma se ha señalado que no es de todos la fe y que ella es un don de Dios. Esto nos da la pauta para desarrollar el tema desde la perspectiva cristiana. Si es Jesucristo su autor, resulta indudable que cuando la Biblia refiere a este asunto da por sentado que habla para los creyentes. Si Dios es quien la da, entendemos que lo hace en su gente; si no es de todos la fe, el mundo queda excluido de la posesión de esta sustancia.

Es posible que las masas paganas tengan fe, pero esa no puede ser la que las Escrituras señalan. La humanidad puede tener confianza y certeza en sus dioses, en sus propósitos, e incluso obtendrá muchas cosas teniendo la fe como una falsa causa. Así hacen algunos tribales, tocan su tambora porque presumen que ayudará a que la lluvia aparezca en los cielos. Cuando caen los primeros chaparrones atribuyen al sonido de sus cueros la caída del agua. Eso es una falsa causa, semejante a la que los no creyentes pueden atribuir  a su fe como generadora de lo que acontece.

Sin embargo, la Biblia nos asegura que Jesucristo es quien produce esa certeza y convicción en nosotros; que así como nos ha dado la redención eterna nos ha capacitado con la seguridad de lo que no se ve. Pero hay algo más interesante: la fe se acabará, dejará de ser, pues cuando veamos cara a cara, cuando estemos en la presencia eterna del Padre, no necesitaremos fe, pues lo que se ve no se espera porque ya se tiene.

Pero ciertamente hay una medida de fe, mas no importa cuán grande sea. Bastaría su tamaño como el de un grano de mostaza para lograr maravillas. Y es que aquella confianza de la que la Biblia nos habla presupone una relación íntima con su autor y consumador. De allí que la fe no puede ser arbitraria, irracional, fundamentada en falsas causas. No podría nadie lanzarse de un alto edificio hacia el vacío, con la esperanza de que los ángeles del cielo lo agarren en sus brazos para protegerlo. Ya Jesús le dijo a Satanás que eso sería tentar al Señor del cielo y de la tierra.

LA FE Y LA DUDA

El que duda es como la onda del mar, que va y viene. Cuando pidamos en oración algo, creyendo, lo recibiremos. En ocasiones pedimos mal, como no conviene, pues esperamos gastar aquello que deseamos en nuestros deleites o caprichos. La fe no es un útil que empleamos para alcanzar objetos de valor y con ellos entrar en la competencia del mundo; no es el instrumento para cambiar de automóvil cada vez que veamos uno más hermoso y con mayor potencia. No nos sería de utilidad si con ella pretendemos cambiar de pareja cada vez que nos sintamos aburridos con la que tengamos; no se accionaría si con ella buscamos evadir la responsabilidad de nuestros deberes cotidianos.

¿Quién le dio fe a la mujer del flujo de sangre para tocar el manto de Jesús? ¿O quién le dio la fe a la mujer sirofenicia que acudió al Señor pidiéndole que echara el demonio de su hija? Ella insistió en que aún los perrillos comían de debajo de las mesas de sus amos. Por esta fe el demonio salió del cuerpo de su hija. Según el contexto de lo declarado en las Escrituras, fue Dios mismo quien hubo sido el autor y consumador de esa fe. Esa confianza le fue negada a los fariseos y saduceos, a los principales de las sinagogas, pese a la tradición de muchos siglos de leer e interpretar los rollos de la Escritura.

LOS RENGLONES DE LA FE

Podemos asegurar que existe una diversidad de renglones en la fe. Algunos se acercaban a Jesús porque habían escuchado que era un Maestro capaz de sanar enfermos; esa confianza en el hombre de los milagros los impulsaba a buscarlo. Así lo hicieron los 10 leprosos del camino, quienes sanados siguieron sus pasos cada uno por su cuenta, excepto uno que se regresó a adorar a Dios. ¿Dónde están los otros nueve? -preguntó el Señor. Hubo gente que se benefició del milagro de los panes y los peces, pero pocos días después se espantó cuando el Señor hablaba de que nadie podía ir a él, si el Padre que le había enviado no los trajese. Al instante, muchos murmuraron y decían que esa palabra era dura de oír, lo dejaron y ya no andaban más con el Señor.

De otros, hacedores de milagros (y aún de los que se benefician con los de éstos) dirá el Señor al final de los tiempos: apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí. Ellos alegarán a su favor diciendo: Pero Señor, en tu nombre hicimos muchos milagros, aún echamos fuera demonios. El Señor insistirá: nunca os conocí. A éstos no les valió de mucho el tener fe en el Señor para hacer milagros, de los cuales sacaron provecho en esta tierra. Les pasará como a Simón el Mago, quien creyó que por dinero obtendría el Espíritu de Dios. La fe de este Simón era mercantilista, buscaba su propio provecho.

El ladrón no arrepentido en la cruz tenía fe en el Señor, pero estaba condicionada a que se hiciera un milagro específico: si eres el Hijo de Dios entonces sálvate a ti mismo y a nosotros. Tampoco le sirvió de mucho tal confianza, porque el Señor ni siquiera le respondió a su necedad. ¿No tenía Saúl seguridad en el arpa de David? ¿No lo calmaba su música del tormento del espíritu malo enviado por Jehová? Pero tampoco de mucho le servía, pues su tormento lo llevó finalmente al suicidio. ¿Y qué decir de Acab, el que temía al profeta Elías con sus dichos, que hasta procuraba apresarlo para silenciarlo? Los milagros que vivió el rey y las palabras del profeta lo alentaban por momentos, pero al final una flecha a la deriva, de parte de Jehová, cayó en el cuerpo del rey y quedó abatido en medio de la batalla. La fe de Acab estuvo compartida entre el Dios de Elías y Baal.

La confianza de Jezabel en sus profetas, en el servicio de Baal, solo le permitió un beneficio político para someter a las masas; el final de sus días se cumplió de acuerdo al decreto divino, por lo cual los perros la devoraron (como ya había profetizado Elías). Los perros comerán a Jezabel en la barbacana de Jezreel. El que de Acab fuere muerto en la ciudad, perros le comerán: y el que fuere muerto en el campo, comerlo han las aves del cielo. (A la verdad ninguno fue como Acab, que se vendiese a hacer lo malo a los ojos de Jehová; porque Jezabel su mujer lo incitaba (1 Reyes 21: 23- 25).

EL JUSTO VIVIRA POR LA FE

Ese texto de Habacuc (2:4) es citado en Hebreos 10:38, lo cual da inicio al capítulo siguiente que nos habla de la apologética de la fe. Toda referencia a este concepto tiene que ver con su precedente en el texto, el sintagma el justo vivirá por la fe (y si retrocediere no agradará a mi alma, dice Dios). Por lo tanto, cuando la Biblia refiere a la fe lo hace desde la perspectiva de los justos (que son los justificados en Cristo). La paciencia era un tema colateral enunciado junto al hecho de vivir por la fe, de tal forma que aguantando un poco se recibirá la promesa. Todo ello en el consabido asunto de que nosotros no somos de los que retrocedemos, sino de los que somos fieles para beneficio del alma.

Las cosas que se esperan por medio de la fe, son cosas no vistas pero que han sido reveladas y prometidas para nosotros. Por ejemplo, algo del pasado que fue revelado ha sido la creación: por la fe creemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios. No hemos estado allí, pero lo creemos por medio de la fe. Hay cosas del futuro a las que nosotros no hemos llegado aún: la resurrección de los muertos, lo cual es una promesa que creemos por medio de la fe. Empero hay otras que hemos creído y se han cumplido en nuestra presencia, pero que han sido sostenidas por nuestra fe: la providencia diaria de Dios en nuestras vidas y en el universo creado. Muchas profecías dichas hace centenares de años las vemos cumplirse en el acontecer de la historia del planeta; otras aguardan su momento oportuno. La propagación del evangelio por el mundo es una de tantas promesas y predicciones, aunque en forma de mandato, que vemos cumplirse día a día. Por fe sabemos que habrá gente esperando ese evangelio del reino, pues muchos son los llamados y pocos los escogidos. De manera que creemos esa declaración bíblica, la de que Dios ha dejado para Sí un remanente que le amará porque ha sido amado primero por Él.

Por la fe asumimos como una verdad absoluta la predestinación de Dios, desde antes de la fundación del mundo; por la fe sabemos que Dios ha separado un pueblo para alabanza de su nombre, por el puro afecto de su voluntad; de igual forma, Él ha endurecido a quien ha querido endurecer, para la alabanza de la gloria de su poder y de su justicia. Todo ello fue hecho desde antes de que el hombre hiciera bien o mal, antes de que naciera, en la eternidad cuando Dios se propuso que esto fuera de esta manera y no de otra. Esto lo asumimos por causa de la declaración bíblica.

Esa fe es la que nos permite seguir adelante y no retroceder para perdición, como hacen aquellos que profesando la doctrina de Cristo no tienen raíz en sí mismos, pues han sido sembrados en pedregales o a la orilla del camino, pero jamás en buena tierra.

Que retrocedan los lobos rapaces, las cabras y los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Que tropiecen en la roca que es Cristo los falsos profetas, los falsos maestros, los herejes creadores de doctrinas falsas, los que re-interpretan las Escrituras torciéndolas para su propia perdición. Pero que continuemos hasta el final los que hemos sido guardados en Su palabra que es verdad (Juan 17:17), los que estamos en las manos del Hijo y del Padre (Juan 10:28-29), los que hemos sido llamados hijos (1 Juan 3:1), las ovejas por las cuales murió el buen pastor (Juan 10:11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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