Martes, 15 de julio de 2014

El etíope no puede cambiar su piel ni el leopardo sus manchas, de la misma forma la humanidad acostumbrada a la maldad no puede hacer el bien. Ya lo dice un viejo proverbio: De la boca del malvado solamente salen perversidades. Lo ratificó Jesucristo, al hablarnos del árbol bueno que no puede producir un mal fruto, lo mismo que el árbol malo no dará jamás un buen fruto. ¿Cómo puede alguien hablar lo bueno siendo malo? Pues de la abundancia del corazón habla la boca. La persona justa del buen tesoro de su corazón saca todas las cosas, pero la persona malvada de su mal tesoro extrae todo lo perverso. Ya que la mente enemistada con Dios no puede someterse a su ley, Dios vio que la maldad de los hombres era muy grande sobre la tierra, y la intención de los pensamientos humanos estaba inmersa en la perversión del corazón del hombre, aún desde su juventud.

Del profano y del incrédulo nada es puro, sino que sus conciencias y mentes están depravadas. Ellos incluso confiesan creer en Dios, pero niegan su eficacia con sus malas obras. Son detestables, desobedientes, sin provecho alguno, en virtud de su incapacidad para obrar el bien.  Cada uno ha sido formado en iniquidad, y aún en pecado hemos sido concebidos. El malvado se ha extraviado desde la matriz, se descarrió desde el vientre de su madre, y al nacer solo produce mentira. Lo que nace de la carne seguirá siendo carne, por lo cual el que hace cosas malvadas aborrece la luz, no vaya a ser que quede expuesto su error. De allí que la mente de la carne está en enemistad contra Dios, alienada de iniquidad y haciendo malas obras.

El creyente estuvo en un tiempo separado de Cristo, fuera de la promesa, sin esperanza ninguna y sin Dios en el mundo. Pero en Cristo Jesús hemos sido traídos cerca y comprados por su sangre. Por eso es que nosotros vivimos un tiempo en las pasiones de la carne, haciendo sus deseos tanto en cuerpo como en alma, y éramos por naturaleza hijos de la ira, como los demás. Pero nos fue cambiado el corazón de piedra y nos fue dado un espíritu nuevo para poder amar al Señor y seguir sus estatutos con alegría.

El camino de los malvados es abominación al Señor, su sacrificio es iniquidad ante Dios, aún sus oraciones son un estorbo. La humanidad llegó a ser como trapo de mujer menstruosa, en toda suerte de injusticia, como obra poluta. El hombre sin fe no puede agradar a Dios porque anda en su carne. No hay nadie que busque a Dios, por eso la fe es un regalo a quien Él quiera darlo. Pero el impío continúa diciendo: No hay Dios, lo dice en su profunda necedad, como si él se hubiese formado a sí mismo o por azar.

El hombre natural no puede percibir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; pero además, ellas se han de discernir espiritualmente. Por eso nuestro evangelio se encuentra escondido en los que perecen, ya que el dios de este mundo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no vean la luz del evangelio de la gloria de Cristo, quien es la imagen de Dios. Si Dios no resucita al hombre, será en vano que oiga el anuncio del evangelio.

En tal sentido, la cruz de Cristo y su palabra es locura para los que se pierden, aunque para nosotros los creyentes es el poder de Dios. Ya que en la sabiduría de Dios el hombre no conoció a Dios por su creación, quiso Dios salvar a los creyentes por medio de la locura de la predicación. Los judíos siempre piden señales, pruebas objetivas, mientras que los sabios exigen sabiduría; sin embargo, la simpleza de la predicación de Cristo crucificado ha venido a ser la roca en la cual han tropezado tanto judíos como gentiles.

¿Quién conoce a Dios? Solamente el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo. Ninguna persona puede recibir nada a no ser que le sea dado del cielo, pero Jesús rogó al Padre y nos envió al Consolador, el cual estará con nosotros por siempre; sin embargo, el mundo no puede recibirlo porque ni lo ve ni lo conoce. Nadie puede venir a Jesucristo, a no ser que el Padre lo lleve hacia él. Solamente el Padre puede garantizar tal acción, por lo cual no depende de alguna decisión humana, ni de ningún esfuerzo hecho, sino solamente de Dios quien tiene misericordia de quien quiere tenerla.

Por lo expuesto, nadie debe tener mayor opinión de sí mismo que la que debe tener, ya que hemos de juzgar con sobriedad de acuerdo a la medida de fe que nos haya sido dada. Debemos ser amables para con todos, ya que es posible que Dios conceda arrepentimiento a algunos y los conduzca al conocimiento de la verdad. Pues nadie podrá decir Jesús es el Señor, a no ser por el Espíritu Santo. Su divino poder nos ha garantizado a nosotros todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad, a través de ese conocimiento con que fuimos llamados a su gloria y excelencia; de manera que de él, a través de él y para él son todas las cosas.

No hay jactancia alguna en nosotros, pues no tenemos nada que no nos haya sido dado, nada de que jactarnos porque todo lo hemos recibido de él.  La salvación no es por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe, sino por gracia. Y si alguno se gloría, que se gloríe en el Señor.

Una vez nosotros estuvimos muertos en nuestras transgresiones y pecados, pero Dios nos dio vida juntamente con Cristo Jesús, olvidando nuestros errores. En esos pecados caminamos un tiempo, mas Dios que es rico en misericordia, por habernos amado con un gran amor, aún estando muertos en nuestras malas obras, nos revivió en Jesucristo, para salvarnos por pura gracia y por el puro afecto de su voluntad.

A Dios le da lo mismo las tinieblas que la luz, porque nadie puede escapar de su mirada y no hay quien de su mano libre. Dios nos ha visto desde nuestro embrión, y ha escrito en su libro todas aquellas cosas que se han ido formando acerca de nosotros. Ni una sola de ellas ha faltado; esto nos maravilla, pues aún cuando despertamos estamos con él. Por cierto, Dios consumirá al impío, a los hombres sanguinarios, a los que dicen blasfemias contra Él, a los que toman en vano Su nombre. Bajo estas circunstancias nosotros también aborrecemos a quienes lo aborrecen y nos conmovemos contra los enemigos de Dios. Sus enemigos son nuestros enemigos y llegamos a sentir rechazo por ellos, por cuanto queremos seguir siendo guiados en el camino eterno.

Por momentos uno envidia a los insensatos, al ver la prosperidad de los impíos. Ellos no tienen congojas por su muerte, sino más bien su fortaleza parece entera, sin pasar trabajos como los demás mortales; se escapan de los castigos judiciales, disfrutan del robo del dinero público. Su lengua pasea la tierra y su soberbia los corona: se cubren de vestido de violencia y logran con creces los antojos de su corazón.

Uno llega a pensar que en vano ha limpiado su corazón, al contemplar la prosperidad de los impíos, la manera como alcanzan riquezas sin ser turbados del mundo (porque el mundo ama lo suyo). Pero cuando uno entra en la presencia de Dios comprende el final de todos ellos: Dios los ha puesto en desfiladeros, y menospreciará su apariencia. Ellos serán asolados de repente y terminarán sus días con mucho conflicto y turbación del alma. Su final será como si entraran vivos al infierno.

¿Hemos de impacientarnos por los malignos? Ellos serán cortados como la hierba, como la hierba verde perecerán. Serán talados, contemplaremos su lugar y no estarán allí. Ellos han maquinado contra el justo, han crujido sus dientes, pero el Señor se ríe de ellos porque sabe que viene su día. Sus brazos serán quebrados, sus espadas entrarán en sus costados y sus arcos serán partidos. Los enemigos del Señor serán consumidos como la grasa de los carneros, su simiente será extirpada.

El impío toma prestado y no paga, pero el justo tiene misericordia y da. La postrimería de los justos es un final de paz, porque la salvación de los justos es de Jehová y él es su fortaleza en tiempos de angustia. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán (Isaías 40:29-31).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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