Viernes, 11 de julio de 2014

Es común asumir que la predestinación es una doctrina desesperante. Tal vez por esa concepción muchos se espantan y aborrecen tal enseñanza. Si alguien dice que es odiado por Dios desde antes de la fundación del mundo entonces no tiene ningún aliciente para buscarlo. Eso es obvio, pero el problema de lo obvio es algo que también es muy notorio: nadie puede saber a ciencia cierta que él sea una persona a quien Dios no ha querido darle su amor.

Por el contrario, Dios nos ha enviado a predicar el evangelio a toda persona, pues es el deber de cada quien acercarse a Él. A nadie se le ha dicho que averigüe primero si está predestinado para algún fin determinado, sino más bien Dios manda en todo tiempo para que la gente se arrepienta y se vuelva a Él. Por supuesto, aquellos que lo hagan y reconozcan al Señor sabrán que han sido llamados eficazmente.

Es cierto que el hombre debe temer a Dios (Eclesiastés 3:14): He entendido que todo lo que Dios hace, será perpetuo: sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres. Si bien Dios actúa por cuenta propia y decreta lo que ha de acontecer, el hombre está bajo la responsabilidad de adorarlo y de humillarse ante su presencia. Recordemos que Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos, además de que la creación toda es su obra majestuosa por la cual Él es conocido.

Pensemos un momento acerca del ladrón en la cruz. Una vida llena de ignorancia del evangelio de salvación, pero con un instante en la presencia del Señor se le abrió su feliz destino. Reconoció que él era digno de muerte y no su Señor; le pidió que se acordara de él y le fue recompensado de inmediato. Esa misma tarde se fue al Paraíso, pero el otro ladrón injuriaba al Señor y lo desafiaba en tono burlesco. De él no se dice más nada, pero uno infiere que siguió el destino que tenía trazado. Ninguno de estos dos ladrones disertaron acerca de la predestinación, no pidieron conocer si estaban o no predestinados para salvación. Con todo, lo que Dios ordenó en ellos fue perpetuo (como en el texto citado del Eclesiastés) y nada fue cambiado (ni añadido ni disminuido).

En síntesis, nos toca actuar y en esa actuación vamos viendo lo que Dios nos tiene preparado para nosotros. En ningún rincón de las Escrituras se menciona que debemos indagar primero si estamos o no predestinados para salvación, sino que se nos manda a arrepentirnos y a creer en el evangelio. Quien lo haga de veras sabrá que estuvo predestinado desde los siglos para ser adoptado como hijo de Dios. Hay quienes se resisten a este evangelio, pero de igual forma si habrán de ser llamados obedecerán en el momento que lo sean, como le sucedió al ladrón de la cruz que se arrepintió al final de sus días.

Lo más sabio para evitar la desesperación en cuanto a lo que hablamos será prestar atención a la palabra revelada de Dios, no a los secretos ocultos de su voluntad. Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, a fin de que cumplamos todas las palabras de esta ley (Deuteronomio 29:29).

LA DESESPERACION QUE CAUSA EL PECADO

El salmista hablaba de su pecado y se preguntaba: Los errores, ¿quién los entenderá? Líbrame de los que me son ocultos  (Salmo 19:12). Es tan fuerte el pecado que uno cree estar libre de él, pero quedan errores ocultos que no distinguimos. Por eso ora para que el Señor lo libre de aquellos que parecen estar escondidos. Jesús un día hablaba con un joven rico y manifestó lo difícil que era entrar al reino de los cielos, por lo cual sus discípulos clamaron diciendo: ¿Y quién podrá ser salvo? (Lucas 18:26). Jesús entonces respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios.

La humanidad en sentido general cayó muerta en delitos y pecados (Colosenses 2:13 y Efesios 2: 1-2, 4-5). Ninguno podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se hará jamás;) (Salmo 49:7-9). La doctrina de la depravación total indica que todos los hombres, por consecuencia del pecado de Adán (Romanos 5:19), nacen moralmente corruptos, esclavos al pecado y con tendencia a pecar. No nacen como dijo el filósofo francés Jean Jacques Rousseau, bueno por naturaleza, si bien la sociedad es quien lo corrompe. Todo lo contrario, el hombre nace en enemistad con Dios, incapaz de agradarlo o de volverse por cuenta propia hacia la salvación de Jesucristo.

En síntesis, el hombre perdió toda habilidad para mirar hacia arriba, sigue muerto y como tal no se puede ni mover. De manera que se hace necesario el nuevo nacimiento, pero eso es un regalo de Dios en quienes el Espíritu opera según la voluntad sempiterna del Padre.

Porque no hay en ninguna boca humana rectitud: Sus entrañas son perversidad; sepulcro abierto su garganta: Con su lengua lisonjea toda la tierra. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, las desvergüenzas, el ojo maligno, las injurias, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre (Marcos 7:21-23).

LA TRANQUILIDAD QUE DA JESUCRISTO A SU PUEBLO

Dios ha mostrado su amor por nosotros, en que siendo aun pecadores Jesucristo murió por nosotros, el justo por los injustos. El creyente ha recibido un corazón de carne con el cual puede agradar al Señor, ahora está habilitado para amar sus estatutos. Además de ese nuevo corazón tiene el Espíritu de Dios quien lo cela abundantemente y lo lleva a toda verdad; posee la mente de Cristo, por lo cual puede entender también los designios del Señor. Ahora ha pasado de muerte a vida y no perecerá jamás; no le son tomados en cuenta sus pecados y el acta de los decretos que le era contraria fue clavada en la cruz de Jesucristo.

El creyente ya no es esclavo del pecado (si bien todavía peca), ha pasado de muerte a vida. Hemos llegado a ser conocidos por Dios, no tememos a los que matan el cuerpo pero no pueden hacer nada contra el espíritu. El Señor fue a preparar lugar para nosotros y vendrá otra vez desde los cielos, resucitará los cuerpos y nos los dará transformados. Pasaremos la eternidad conociendo a Dios y a Su Hijo, la muerte segunda no nos afectará.

Mientras estemos en esta tierra escaparemos de las trampas del maligno, tendremos todo lo que necesitemos, nada nos faltará, descansaremos en Dios, tendremos su aliento, nuestros angustiadores caerán, nos seguirán el bien y la misericordia todos los días de nuestra vida. Cuando caigamos volveremos a levantarnos porque el Señor sostiene nuestra mano, nadie podrá acusar a los escogidos de Dios, nadie podrá culparlos; hemos llegado a ser más que vencedores y nadie nos podrá separar del amor de Cristo.

Aunado a lo dicho, una gran pasión por la palabra de Dios se despierta en la mente del creyente y ahora meditamos de día y de noche en sus mandatos. De esta forma dejamos a un lado el afán y la ansiedad, oramos a Dios y le agradecemos, por lo cual  la paz que sobrepasa todo entendimiento nos embarga. Pese a la aflicción del mundo, en Jesucristo tenemos paz porque hemos sido llamados hijos de Dios por causa del amor que nos tuvo al enviar a Jesucristo en propiciación por nuestros pecados.

Dios nos ha amado con amor eterno, nos ha hecho sentar en los lugares celestiales y nos pastorea junto a aguas de reposo. Dios nos librará en el día de la angustia pues ha sanado nuestra rebelión, nos ha amado de pura gracia y apartó su ira de nosotros (Oseas 14:4). Cuando los justos claman, Jehová los oye y los libra de todas sus angustias (Salmo 34:17). Como punto final, recordemos y memoricemos estas palabras: Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará (Deuteronomio 31:6).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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