Martes, 01 de julio de 2014

Para muchos la muerte es una tragedia que se carga a cuestas; ha venido a representar una compañera de viaje asignada desde que el ser humano nace en este mundo. Las posibilidades de éxito de un espermatozoide son mínimas si se compara con la cantidad que compite por fecundar al óvulo; este fenómeno habla junto a la gran cantidad de personas que a diario muere en el planeta.

Llegar a una edad media es toda una alegría, al tener en cuenta las estadísticas. A medida que el tiempo avanza aparece una toma de conciencia sobre la muerte que nos acecha. No es fácil decir que se prefiere morir, mucho menos cuando el instinto de supervivencia nos sostiene con su mano férrea sin querer soltarnos. En la observación de algunos personajes bíblicos podemos percatarnos de su percepción acerca de la muerte.

Cuando visitaba el pesimismo, hasta los profetas deseaban que sus vidas les fuesen quitadas; y aún cuando a los personeros de Dios les era anunciado el tiempo de partir ninguno pareció entristecerse. El apóstol Pablo dijo que él prefería partir y estar con Cristo, pues le era muchísimo mejor que quedarse en esta tierra. Sin embargo, por el hecho de trabajar en su tarea del evangelio asumía que debía quedarse entre los hermanos un poco más de tiempo.

PARTIR Y ESTAR CON CRISTO

Cuando el ladrón en la cruz iba a morir le pidió al Señor que se acordara de él cuando volviera en su reino. Ese acto de fe inspirado por el Espíritu de Dios es crucial para nosotros. La respuesta dada por Jesús abre un paradigma de esperanza para el creyente. Contrario al susto que pudiera tener la persona en el momento de su muerte, el ladrón tuvo la confianza que le brindaron las palabras del Señor: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Una frase con mucho sentido, si comprendemos la teología cristiana. El evangelio es la buena noticia de Dios buscando a su pueblo, a través de Jesucristo. El Todopoderoso desde antes de la fundación del mundo se propuso tener comunión con nosotros, pues nos conoció desde entonces. Nosotros tuvimos que nacer físicamente del vientre de una madre para poder alcanzar conciencia de vida en este planeta. Sin embargo, éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. No fue sino hasta el nuevo nacimiento que supimos cuán grande amor nos había dado el Padre, al llamarnos sus hijos. Nuestros actos de vida y nuestra comunión con Cristo son parte del propósito que Dios tiene para sus hijos, por lo cual no sería lógico que esta relación fuese interrumpida con la muerte.

Con la muerte, la vida continúa en otra dimensión, con otras características y propósitos distintos. Esa es la idea que el Señor le transmitió al ladrón que moría en la cruz, la que expresó cuando habló que seríamos como los ángeles, que no nos daríamos en casamiento; pero esa fue también la esperanza que nos legó la conversión del malhechor. Pablo tuvo por cierto el hecho de la comunión permanente con el Señor, pues llegó a predicar que partir con Cristo es mucho mejor que seguir atado a este cuerpo.

Sabemos que lo dicho por el apóstol no fue solamente un acto de fe, sino más bien una de las tantas revelaciones que le fueron dadas. Nosotros sí que tendremos el acto de fe al creer esas palabras como una gran verdad, pues aún al Señor amamos sin haberlo visto. La muerte es una ganancia para los creyentes (Filipenses 1:21), ya que son librados de todos los tormentos de este mundo, de las opresiones y persecuciones de los hombres impíos. Satanás es el gran tentador y acusador de los hermanos, de manera que al nosotros estar en su principado no dejamos de tener averías continuas: dudas, temores, tentaciones, pecado. En cambio, al entrar en la presencia del Señor habrá alegría sin igual, en la compañía de los ángeles y de los santos glorificados que nos precedieron. Esa es la herencia incorruptible que nos aguarda, el reino preparado desde la fundación del mundo, la patria celestial y la morada preparada por Jesucristo.

LA HORA DE JESUS (JUAN 13:1)

Jesús supo que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, con lo cual expresó palabras de gran amor para los suyos. El los había escogido, les había enseñado durante su ministerio, los había preparado para que se enfrentaran al mundo. También les había mostrado como tomar en serio su mensaje y llevarlo hasta lo último de la tierra; asimismo, su poder hizo que ellos cambiaran hacia una vida nueva, dejando atrás las asperezas del corazón de piedra. Ese amor del Señor por sus escogidos no terminaba con su partida al cielo, como tampoco se acaba con nuestra muerte; más bien continúa por siempre, en forma permanente, ya que la eternidad consistirá en conocerlo a él y al Padre (Juan 17).

El conocimiento que tendremos del Padre y del Hijo no será solamente intelectual sino también comunicativo, durará por los siglos de los siglos; tal fue la definición que diera Jesús acerca de la vida eterna, cuando oraba en el Getsemaní la noche antes de su crucifixión. La enseñanza apostólica respecto de la muerte no fue de terror o pánico, ni de pesimismo o fracaso. Más bien los apóstoles morían con la certeza de su partida, como escribieron algunos en sus cartas; otro se enfrentó al martirio temprano, hablo de Esteban, pero con la certeza de ver los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra del Padre.

En este mundo tenemos comunión con Cristo porque él nos escogió, se metió en nuestro corazón, nos colocó en sus manos y nos condujo a creer en él, pero cuánta mejor comunión no tendremos al ser liberados de este cuerpo de muerte. Ahora vivimos por fe, teniendo comunión privada a ratos, por lo cual se ha llamado este período de tiempo en el mundo como estar ausentes del Señor (2 Corintios 5:6). Pero es muchísimo mejor partir y estar con Cristo (Filipenses 1: 21), con el amor como permanencia completa sin el obstáculo del cuerpo mortal, por lo cual Pablo pudo también decir que confiaba y quería partir del cuerpo y estar presente al Señor (2 Corintios 5: 8).

EL AGUIJON DE LA MUERTE

La muerte se introdujo como castigo por el pecado, pero en un sentido doble. Está establecido para la humanidad morir una sola vez, y después de esto el juicio; pero existe la muerte espiritual como la consecuencia inmediata de la caída de Adán. Sin embargo, una vez que se opera en nosotros el nuevo nacimiento la vida eterna se inicia. Por eso Pablo se preguntaba dónde estaba ahora el aguijón de la muerte y la victoria del sepulcro (1 Corintios 15:55-56). Pues el aguijón de la muerte es el pecado y su poder es la ley.

Jesucristo nos apartó de la maldición de la ley al cumplirla cabalmente y al expiar nuestras culpas. El propiciatorio del Antiguo Testamento era una lámina de oro en el Arca de la Alianza que separaba por debajo las tablas de la Ley de Moisés que nos acusaban; por arriba del mismo servía para que se rociara la sangre de los animales expiatorios. Todo ello era un tipo de lo que habría de venir, de tal forma que Jesucristo se convirtió en la propiciación por nuestros pecados, pues con su sangre nos limpia de ellos y él mismo nos dio la victoria sobre el pecado y la ley.

En resumen, que ya no tememos al aguijón de la muerte ni al sepulcro, pues Cristo los venció con poder e hizo posible nuestra paz con Dios. Por esa razón podemos decir seguros que el morir es ganancia y que preferimos partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor. Esa es la esperanza del creyente, de las ovejas que oyen la voz del Buen Pastor y le siguen, que jamás seguirán al extraño porque desconocen esa voz. Más allá de la tristeza por la pérdida de los seres queridos, la muerte de un creyente debe proporcionar gozo entre los hermanos en la fe, pues una bendición le ha sucedido a quien ha partido con el Señor. Siempre resulta prudente tener esto en cuenta para los momentos aciagos que rodean al concepto de la muerte. Para el Señor era un cambio de morada, ya que pasaría hacia el Padre. Para Pablo era estar presente al Señor. Pero sea que muramos o que vivamos, del Señor somos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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