Jueves, 26 de junio de 2014

Con esta interrogante se abre un período de examen de conciencia para todo aquel que le importe lo que la Escritura enseña. La causa-efecto es una costumbre de fácil percepción humana. Es tan común que su falacia de falsa causa pasa desapercibida en la mitología eclesiástica, para juzgar y para atormentar a las mentes más débiles, que pueden incluir al que la enuncia.

Una persona toca su tambor, mientras el eclipse de sol está por terminar, pero cree que fue el sonido emitido por el cuero la causa de que el  fenómeno natural terminara. De igual manera los judíos de la Biblia estuvieron acostumbrados a una interpretación ad hominem que situaba a los enfermos y a sus padres como pecadores, los cuales atraían la furia divina. Ya lo habían concebido como una verdad, pero sus discípulos sintieron la necesidad de una respuesta del Señor acerca de la relación entre enfermedad y pecado.

Ellos querían descubrir los pormenores existentes entre el margen de cantidad de culpa que se reparte entre los progenitores y la víctima de la enfermedad. Era su curiosidad, pero quizás la tenían porque la habían escuchado una y otra vez en el ambiente en que se habían desarrollado como ciudadanos que comparten sus criterios más comunes.

La respuesta de Jesús fue contundente: ni éste ni sus padres.  La enfermedad del hombre no había sido ocasionada por el pecado humano, sino por la voluntad y la gloria de Dios. Al menos en lo referente a ese individuo eso fue de esa manera, pero uno puede inferir que Jesús cerraba el ciclo de falsa causa tan utilizada por los aficionados teólogos bíblicos. Sabemos que cuando el pecado entró por Adán a la raza humana trajo una serie de problemas, entre ellos la enfermedad y la muerte, lo cual Jesús no negaba con su afirmación hecha.  De la frase de Jesús se desprende el hecho de que la gente tiene que morirse y la vía más común es cuando se enferman. Entonces, ¿por qué esta cacería de brujas que se da hoy día entre los cristianos?

La falacia se expande así como crece la levadura, a la manera en que se extiende la cizaña en medio del trigo. El razonamiento falaz es muy numeroso y se confunde con el razonamiento válido y ceñido a la lógica. Hoy día uno puede ver una taxonomía del pecado y su relación con la enfermedad; tal vez esa clasificación es más tácita que expresa, pero existe en la mente de muchos de los que asisten a las iglesias. Si alguien muere de cáncer, debe ser porque tenía ciertos pecados ocultos. Un infarto es más benévolo y presupone un pecado más liviano. Pero si la víctima ha sido arrollada por un automóvil y su cuerpo quedó mutilado con su cara desfigurada, se infiere la posibilidad de que no entrará al reino de los cielos.

Porque también es costumbre acercarse a un ataúd y contemplar el rostro del occiso. Hay creyentes obsesionados que generalizan falazmente y llegan a decir: su cara muestra una paz muy grande. Entonces esa persona goza de la presencia del Señor, sin que importe el maquillaje de los expertos trabajadores fúnebres cuando arreglan los cadáveres.

El número de personas en la sala del velorio o en el momento de las honras fúnebres también es otro argumento de importancia (de falsa autoridad por la vía de la cantidad ) para reforzar el argumento de falsa causa. A mayor número de asistentes mayor bondad del que yace en el ataúd. Si son pocos los que asisten es prueba ineludible de que no era muy querido en virtud de sus pecados conocidos. La vieja pregunta parece repetirse en la mente de los creyentes: ¿quién pecó, éste o sus padres?

Pablo le recomendó a su discípulo y amigo fiel Timoteo, que por causa de su enfermedad ya no bebiera agua sino vino. Esa es una cura que muchos quisiéramos recibir, pero que en los contextos mitológicos de la iglesia de hoy puede ser ofensivo para otros. Pablo no oró por Timoteo prometiéndole salud, no le dijo que ayunara por tres días para que su enfermedad desapareciera. Tampoco hizo gala de su poder de sanidad, enviándole su pañuelo ungido para que el joven sanara, pero mucho menos le recriminó los pecados ocultos como una posible causa de su dolencia. En lugar de incriminarle con una pregunta de falsa causa como ¿quién pecó, Timoteo, fuiste tú o tu abuela Loida?, el apóstol simplemente entendió que nuestros cuerpos están sometidos al uso y desgaste, por lo cual enferman y nos conducen la más de las veces a la muerte física.

MUCHOS DUERMEN ENTRE VOSOTROS

Como algunos creyentes en Corinto no comprendían el simbolismo de la cena del Señor, unos habían enfermado mientras otros habían muerto. Eso sucedió porque iban a comer y a beber sin que discernieran a cabalidad que se trataba de una conmemoración, de un recuerdo y anuncio del trabajo de Cristo en la cruz. Pero eso fue un hecho puntual que no puede ser la guía de la relación pecado-enfermedad en la Biblia.  Así, que, hermanos míos, cuando os juntáis a comer, esperaos unos a otros. Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, porque no os juntéis para juicio. Las demás cosas ordenaré cuando llegare (1 Corintios 11: 33-34). El texto nos aclara que la gente no se esperaba uno al otro para comer, sino que comía cada uno por su cuenta y cada quien trataba de saciar su hambre, antes que hacer el acto como una actividad simbólica.

Queda como una admonición entre los creyentes el hecho de tener cuidado con el símbolo referido en la cena del Señor, pero ¿cuánto más importante no será la comprensión de la muerte de Cristo, no solo en cuanto a la conmemoración de su deceso sino en cuanto al entendimiento de su trabajo en la cruz?  Ignorar esa realidad puede acarrear enfermedad y muerte espiritual en quienes así actúan (Romanos 10:1-3).

El caso de Pablo con los corintios obedeció no a pecados no confesados, como algunos enseñan, sino a la vituperación del simbolismo de la cena del Señor.  En esa iglesia había quienes se adelantaban para comer su propia cena, de manera que alguno quedaba con hambre mientras el otro quedaba embriagado (versos 20-21); esto era tomar la cena indignamente. Sin fe no se puede discernir el cuerpo de Cristo, no se puede comer su carne ni beber su sangre en un sentido espiritual. Por eso cada quien debe examinarse para saber si está en la doctrina de la fe y si firmemente cree lo que está haciendo. ¿Está Cristo unido con el creyente que participa de la cena del Señor? ¿Es el Señor el camino de la salvación y la esperanza del creyente? Si después de reflexionar y el Espíritu de Dios testifica ante su espíritu de que es hijo de Dios, entonces coma de la cena del Señor.

Cuando nos referíamos al caso del hombre ciego de nacimiento, dijimos que esa enfermedad aconteció para la gloria de Dios. En tal sentido, Jesucristo hizo el milagro de la sanidad y Dios fue glorificado. En la enfermedad de Timoteo también Dios se glorifica, pero por una sanidad basada en acciones medicinales.

Hay muchos casos de enfermedades mencionados en las Escrituras. Hubo personas que murieron enfermas, pero cargadas de días. Si nuestros días están prefijados en esta tierra, y si Dios no tiene sombra de variación, la enfermedad viene a ser uno de los variados mecanismos para que Dios quite al creyente del mundo y lo lleve a su morada celestial. Pero hay mucho mito en la mente de los creyentes que hace suponer cosas diferentes. La relación pecado-enfermedad está vinculada a la caída de Adán, con lo que en mucha medida hay razón para inferir que cada muerte recuerda la sentencia del Génesis: el día que de él comiereis, de cierto moriréis. Pero acentuar ese dictamen al achacar cada muerte y cada forma de morir como el producto de un pecado especial podría establecer la falacia de falsa causa.

¿Acaso Esteban al morir lapidado no fue quitado siendo muy joven de esta tierra? ¿Cómo quedó el rostro del hombre que fue apedreado salvajemente? ¿Se violó con su muerte el hecho de que Dios había prometido larga vida para los que son su pueblo? Los días de nuestra edad son setenta años; que si en los más robustos son ochenta años, con todo su fortaleza es molestia y trabajo; porque es cortado presto, y volamos (Salmo 90:10). En la Biblia se dicen cosas genéricas y en ocasiones en un sentido metafórico, pero hay quienes se afligen porque las cuentas literales no le alcanzan a sus sumatorias privadas.

Con todo lo dicho, podemos agregar que en ocasiones el creyente se enferma porque viola muchos principios naturales. Su alimentación es una clara flagrancia a la sensatez, su falta de información puede deberse al descuido personal. Pero debemos comprender que aún los más mínimos errores nuestros son comprendidos en la absoluta soberanía de Dios, cuya sabiduría es demasiado profunda como para que podamos sondear sus caminos.

Nos queda la esperanza escrita por el Espíritu de Dios para aquellos a quienes quiere darles salud y en quienes quiere otorgar largos días: El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila (Salmo 103:3-5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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