Lunes, 23 de junio de 2014

Una persona clama a Dios por el perdón de sus pecados, ha comprendido que está tan perdido como el mayor de los pecadores. Sabe que Jesucristo es la justicia de Dios y que su representación en la cruz hizo posible su traslado de las tinieblas a la luz. Esa persona quiere y corre ante Dios y es escuchado, nunca rechazado. Tal suposición no es una aberración del consejo divino, sino un real asidero en la palabra de la fe.

Por cierto, de veras que la Escritura enseña que no depende del que quiere ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia. El pecador que quiere y corre lo hace porque así lo ha dispuesto Dios, de manera que el que va a Cristo, el Señor no lo echa fuera. Mas ¿por qué un pecador acude a Cristo, queriendo su amor y corriendo hacia sus brazos? Porque todo lo que el Padre le ha dado al Señor irá a él. Entonces, aquella persona que corrió y quiso lo ha hecho porque su corazón de piedra fue removido y en su lugar hay un corazón de carne implantado. Desde esta perspectiva no hay contradicción alguna entre querer y correr con el ser recibido por Dios.

No obstante, está el caso opuesto, el cual es narrado en Romanos nueve. Ya Pablo lo diría un poco más adelante, en el inicio de lo que conocemos como el capítulo diez. Meritorio es recordar que cuando la Biblia fue escrita no había ni versículos ni capítulos, de manera que tenemos que comprender el contexto de la carta a los romanos, pues vista en su conjunto entenderemos por qué unas líneas después de mencionarse el correr y el querer aparece el clamor de Pablo por los israelitas.

En el capítulo diez el apóstol declara que su oración para con Israel es para salvación, por cuanto están perdidos. Ellos habían antepuesto su justicia por sobre la justicia de Dios, que es Cristo. Como no habían comprendido que Dios no acepta otra satisfacción por el pecado que no sea Jesucristo en la cruz, habían propuesto la suya propia. Eso bastaba para la eterna condenación de aquellos que se jactaban de ser celosos de Dios. Guardaban los mandamientos en una forma solemne, procuraban mantener una moral conforme a la ética aprendida; se aferraban a la letra de la norma religiosa y exhibían su esfuerzo moral como la posible justicia que agradaría a Dios. Su querer y correr no era conforme a ciencia.

Hoy día vemos a múltiples creyentes que claman a Dios por su perdón, que confían en que ellos han recibido a Cristo como su Señor y Salvador, que se amparan en hacer las cosas que son agradables a los ojos del Creador y en abstenerse de lo malo que aún ellos mismos abominan. Sin embargo, muchos serán sorprendidos cuando en el día final el Señor les diga que nunca los conoció.

¿Por qué el Señor no los conoció jamás? Porque jamás tuvo comunión con ellos, como sí conoció desde antes a los que se mencionan en Romanos capítulo ocho. Ese conocer del Señor se refiere a la comunión tenida con ellos, no se refiere solamente al conocimiento intelectual, por cuanto sí sabrá quiénes eran ellos en el día final: les dirá a los de su izquierda, apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí. Si les dirá en aquel día a un grupo específico que se aparte a un lado es porque ha sabido desde siempre quiénes eran ellos. Por lo tanto, el texto se refiere al conocer en sentido de tener comunión con ellos.

Estos señores claman ante Dios, piden por su perdón, corren por sus pecados y quieren salvarse. Pero no cumplen las premisas de aquellos que presentamos al inicio, ya que no han conocido que Jesucristo es la justicia de Dios. Algunos saltarán de inmediato a decir que sí han comprendido la teología de esas palabras; pero el Señor es quien les dirá que no la han entendido, porque se escandalizaron de su doctrina, de la enseñanza que dice que nadie puede ir a él si el Padre que lo envió no lo trajere. En otros términos, ellos se han escandalizado por el hecho de que Jesús murió específicamente por algunos en la cruz, pero no por toda la humanidad sin excepción.

Este escándalo que les ha ocasionado la palabra revelada les ha provocado otra justicia; como no son aceptados por Dios, ya que menosprecian la justicia que a Dios satisface -Cristo en la cruz salvando a su pueblo de sus pecados, Mateo 1:21-, ahora procuran la suya propia. Al igual que los judíos descritos en Romanos 10:1-3, estos creyentes claman a Dios por sus pecados, dan gracias a Dios por Jesucristo, predican en toda la tierra buscando prosélitos, manifiestan un gran celo por Dios, pero todo lo hacen en la ignorancia de la verdad. Para ellos, la justicia de Dios que es Cristo no es suficiente, sino que han tropezado en esa Roca para su perdición.

Es de ellos que el apóstol Pablo habló en la carta a los romanos, cuando aseguró que no dependía ni del correr ni del querer, sino de la misericordia de Dios. Si Dios no tuvo misericordia de ellos desde antes de la fundación del mundo y no escribió sus nombres en el libro de la Vida del Cordero, que también fue inmolado desde esa época, entonces su celo por Dios no es conforme a ciencia. Ellos perecerán en la ignorancia de la justicia de Dios, como sus antepasados judíos.

Ah, pero estos son tozudos y contumaces, pues argumentan que saben todo eso, que Cristo murió por ellos en la cruz por cuanto ya sabía que lo aceptarían como el Salvador. Bueno, eso también es otra gran mentira teológica. Dios conoce a los que son suyos, no porque mira en los corazones de los hombres para saber si lo van a amar o no, sino que habiéndolos amado desde antes ahora Dios es amado por ellos. Habiendo tenido comunión con ellos, por el puro afecto de su voluntad, sin que mediara obra alguna -pues no es por obras, para que ninguno se gloríe- Dios los predestinó para que fuesen semejantes a Su Hijo. Por lo tanto los llamó, los justificó y los glorificó.

¿Cómo hizo Dios todo esto desde la eternidad? Lo hizo mucho antes de que la gente hiciera bien o mal, es decir, antes del pecado, antes de nacer. De manera que no hay posibilidad de jactancia en los escogidos para salvación, pero sí mucha posibilidad de reclamo en los escogidos para perdición. Ellos reclaman como lo hizo su prototipo, el objetor levantado en el capítulo nueve de la carta a los romanos. Pero ese reclamo es inservible ante la respuesta que Dios ha dado a través del apóstol. Es Dios, en última instancia, quien ordena para vida y para muerte, sin que medie obra alguna, de manera que nadie se jacte en Su presencia, para  que de esta forma se alabe al Elector.

Como esto suele repugnar a los celosos de Dios, hombres religiosos de todas las épocas, ellos rechazan a Cristo por la vía del repudio a la doctrina de Dios y anteponen la justicia de ellos. Ellos argumentan que quisieron seguir a Cristo, que levantaron su mano por él, que dieron un paso al frente, que repitieron la oración de fe, que su conducta se divide en un antes y un después de conocer el evangelio de Cristo. Pero en realidad han depositado su confianza en un dios que no puede salvar, confiesan creer en un falso Cristo por cuanto ese Jesús que dicen conocer no es el de las Escrituras. Ese Jesús es una imitación surgida del pozo del abismo que complace a los objetores del discurso del Espíritu, a los que se gozan en torcer las Escrituras para su propia perdición.

Ellos argumentan que Dios es amor y que por lo tanto sería injusto, muy injusto, que escogiera de antemano quien se pierde y quien se salva, sin que se mire en la disposición del corazón humano. Como eso les parece duro de oír, murmuran contra Dios como lo hizo la familia de Moisés y su alma se le ha vuelto leprosa, cayéndose a pedazos y generando repulsión a la luz de las Escrituras. No han comprendido que la humanidad entera murió toda en sus delitos y pecados, que la paga del pecado es muerte, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios.  No lo han comprendido por cuanto ellos argumentan a su favor que ellos sí que quieren buscar a Dios, y en tal sentido son más justos que aquellos que no quieren buscarlo. Ellos aducen con tal argumentación que no todos están absolutamente muertos, pues ellos sí que están conscientes del Jesús que resucitó a Lázaro; en otros términos, al llamar mentirosas las declaraciones del Espíritu Santo pretenden proponer su propia justicia en reemplazo de aquella que es Jesucristo, la cual no han obtenido.

Es por esa razón que el Señor les dirá en aquel tiempo: apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí. La respuesta anticipada del Espíritu la escribió Pablo en el capítulo nueve de su carta a los romanos, una respuesta a los objetores de la doctrina de Cristo. ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? Jesucristo también dio otra respuesta anticipada para aquellos que al objetar su doctrina se consideran celosos del Dios de la Biblia: nunca os conocí.

Los que objetan la revelación son buscadores de paradojas en las Escrituras que pretenden solucionar llamándolas misterios.  Lo que en realidad hacen es torcer la revelación para su desdicha. Son encantadores de conciencias, como los magos egipcios lo fueron de serpientes. A muchos han atrapado con sus enseñanzas y pretenden hacer daño a la imagen del evangelio, pero no saben ellos que cumplen al calco el guión asignado para desempeñar su papel en la escena del mundo. Estos son los que han entrado encubiertamente, los cuales desde antes habían estado ordenados para esta condenación, hombres impíos, convirtiendo la gracia de nuestro Dios en disolución, y negando a Dios que solo es el que tiene dominio, y a nuestro Señor Jesucristo (Judas 1:4).

Nadie puede escapar del esquema que Dios ha diseñado para que cumpla su guión en este mundo creado para su gloria; unos pretenden huir al estilo de las viejas fábulas griegas, como escapando de la muerte. Ellos no saben que en el camino la encontrarán porque su destino no puede cambiar. Ciertamente hay un sentido trágico en los réprobos en cuanto a fe, pero hay un camino de paz en los que Dios ha llamado a través de la locura de la predicación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:09
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