Viernes, 20 de junio de 2014

Son muchos los cristianos que se metieron por el camino de un dios que no puede salvar. Han dado explicaciones metafísicas de una divinidad encasillada que permanece limitada por el raciocinio humano. Por ello, justo es decir que esa manera de pensar en tales creyentes anda por senderos contradictorios a la razón.

Cuando a un cristiano de esos se le pregunta si Dios es el autor de todo cuanto existe, responde que en alguna medida lo es. Es la causa lejana pero no la inmediata; Dios permite que el hombre haga cosas que van contra Su propia voluntad. Con esa declaración uno no puede más que deducir que ese Ser Supremo es un ser insignificante o ínfimo. Atado de pies y manos no actúa de acuerdo a sus planes eternos sino según la voluntad soberana de un hombre que se le creció por la fuerza de la imitación de su soberanía.

Porque si Dios permite quiere decir que sigue, tolera y va detrás del hombre que propone y dispone. Por supuesto, en este círculo aquellos cristianos dan vueltas para evitar ser forzados a decir que Dios es el autor del pecado. Él tolera el pecado pero no lo crea ni lo ordena ni lo decreta. Hemos de concluir que alguien externo a Él o una fuerza extraña y paralela a su majestad actúa en forma independiente de Su propósito eterno.

¿No decía la Biblia que Él no tenía sombra de variación, que no hay en Dios mudanza alguna? ¿No advierte la Escritura que desde el siglo y hasta el siglo, sólo Él es Dios? ¿Qué de la declaración de que desde tiempo antiguo tenía pensado todo cuanto existe? ¿No has oído decir que desde tiempos antiguos yo lo hice, que desde los días de la antigüedad lo tengo ideado? (Isaías 37:26).  Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45: 5-7). ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, que Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

Dios no toma distancia del mal, pues siendo el autor del pecado tiene el control absoluto sobre éste y sobre el pecador. Eso no lo hace a Él el tentador, pues para ello tiene la concupiscencia humana y al tentador Satanás, a quien también ha hecho para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová quiso inducir al rey Acab para que cayera en la guerra, y salió un espíritu y le dijo: Yo lo induciré como espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas. Y Jehová le respondió que lo hiciera de esa manera. Jehová puso espíritu de mentira en la boca de los profetas del rey porque había decretado el mal sobre él (1 Reyes 22:19-23). Algo parecido hizo con Saúl, el primer rey de Israel. El Espíritu de Jehová se apartó del rey y lo atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová (1 Samuel 16: 14).

¿Qué dirán aquellos cristianos que andan en círculos pensando en la compatibilidad de la libertad humana con la responsabilidad del hombre? ¿Dirán que Dios permitió que un espíritu malo atormentara a Saúl y permitió que un espíritu de mentira indujera a Acab para ir a la guerra a morir? La Biblia es muy clara al afirmar que Dios es la causa primera, el causante de lo bueno y de lo malo; es un Dios que decreta, no que permite. Pero estos cristianos circulares han permutado el decreto divino por el decreto humano; ahora son sus predicadores los que se la pasan decretando para que la naturaleza humana les obedezca. Yo ordeno, yo decreto, yo declaro. Esa es la expresión ideal del hombre que recibió la promesa del Génesis, la de la serpiente antigua, promesa relacionada con el seréis como Dios.

En esta permuta sutil el hombre es divino y la Divinidad ha cambiado el rol: ahora Dios permite y el hombre ordena. Y esto acontece en el cristianismo porque sus fieles se han apartado de la Escritura y se han ido hacia el placer de la interpretación privada. No les ha gustado la palabra dura de oír y la han trocado por una palabra dulce, llamando bueno a lo malo y malo a lo bueno, teniendo lo dulce por amargo pero lo amargo por dulce. Pues la Biblia ha dicho enfáticamente que nadie puede resistir a la voluntad de Dios, que de quien quiere tiene misericordia pero al que quiere endurecer endurece. La pregunta lógica sería por qué Dios inculpa, pero estos cristianos evaden la respuesta dada por el Espíritu en la declaración del apóstol y se van tras las huellas de su círculo.

Es una falacia de petición de principio aquella que dice que Dios no es el autor del pecado porque Él no puede ser el autor del pecado. En esta tautología dan vueltas los que se han dado a la tarea de razonar falazmente. Porque si razonaran con la lógica ordenada tendrían que concluir que Dios es soberano y hace como quiere, pues para eso es Dios.

Los griegos estuvieron cerca de esta sabiduría, aunque la interpretaron a su beneficio. Ellos entendieron que contra la fuerza de sus dioses no se podía competir. Incluso hablaron del destino, su Moira, que estaba por encima de las mismas divinidades. Ellos lo interpretaron como fatalismo y al menos se divirtieron haciendo teatro, elaborando discursos relativos al hecho divino.

Gorgias (485 a.C.) escribió el Encomio de Helena, una defensa de Helena de Troya, la mujer que raptada se fue con Alejandro (Paris), seducida doblemente por el amor y por la persuasión de las palabras que la llevaron por esos derroteros. Pero además, Helena no pudo resistir el destino que la fuerza sobrenatural le dictara, sino que cumplió a cabalidad lo que de ella estuvo decretado. Entonces, se decía Gorgias, ¿por qué culpar a Helena de lo que ha hecho?

Bien, esto es en parte lo que el objetor descrito en Romanos 9 ha manifestado: ¿por qué Dios inculpa, si nadie puede resistir a su voluntad?

La respuesta de los griegos queda al arbitrio del lector o del auditorio de Gorgias, pero la respuesta bíblica ciertamente es otra: ¿Y tú quién eres para altercar con Dios? No somos más que ollas de barro en manos del alfarero, quien tiene derecho de hacer con su barro lo que quiera: un vaso para honra y otro para vergüenza. Es como si Dios hubiese respondido que había creado a Helena para ser raptada, para que amara a Alejandro, para que fuese dominada por su lujuria y a partir de ese hecho se generara una guerra.

El Dios de la Biblia es distinto a los dioses griegos. Aquellos complacían sus propias emociones y pasiones, a semejanza de los mortales; la Moira o Destino los dominaba a todos. El Dios de las Escrituras ordena, decreta, no tiene otro igual ni quien le aconseje y le diga ¿qué haces? Es el Dios que puede ordenar que Helena prosiga de acuerdo a sus pasiones y seducciones y al mismo tiempo inculparla por lo que hace. Es el Dios que ordenó a Esaú como vaso de ira para el día de la ira, pero asimismo lo declara públicamente, sin aspavientos ni vergüenza. De la misma manera ordenó a Jacob como objeto de su amor, sin mediar obra alguna que el elegido le mostrase. Y ante el estupor que esa actitud y declaración motiva en los mortales hombres Él declara y pregunta quién es el hombre para que alterque con Él.

Ciertamente los cristianos que altercan andan en el círculo de su razonamiento falaz, como los israelitas que deambularon cuarenta (40) años en el desierto, cuando pudieron hacer el recorrido hacia la tierra prometida en un viaje de apenas once (11) días. Por cierto, aquellos israelitas no entraron en la tierra de la promesa, sino que toda su generación sucumbió (al menos la que salió de Egipto); solamente prosiguieron los de la generación siguiente.

Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: ¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, seguidle a él. Pero el pueblo no le respondió ni una palabra (1 Reyes 18:21). Esta interrogante debe hacérsela cada creyente, si quiere cruzar el desierto hacia la tierra prometida. Si Dios es soberano, ha hecho todo cuanto ha querido, aún al impío para el día malo; si no es soberano, entonces el hombre es libre y hace como quiere. Pero la astucia humana es imitadora de la astucia diabólica, ya que sostiene que Dios en su soberanía ha cedido espacio para el justo medio, para la gracia habilitante. Esta ficción es una carta aval para aquellos que profesan al Dios que permite, que espera ansioso que el hombre muerto en delitos y pecados acepte el sacrificio de Su Hijo en la cruz. Un sacrificio hecho por toda la humanidad, sin excepción, conforme a las costumbres democráticas de los pueblos, que siempre tienen la razón. Pero tal pensamiento es contrario a la revelación, es más bien una proposición del imaginario humano, el cual pretende crear un dios a su propia semejanza. Bueno, aún esta tarea es tardía, pues ya los griegos se cansaron de la misma, en la cual trabajaron con esmero y con mucho arte.

Estos creyentes que deambulan en círculo han llegado tarde a las bodas, han quedado fuera de la fiesta y todavía no responden ni una palabra acerca de si el Señor es Dios soberano absoluto o de si es soberano relativo. Aceptan en su corazón a este último, pero en su boca guardan silencio porque la Biblia es muy contundente y los condena.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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