Jueves, 12 de junio de 2014

¿Qué cosa es aquella que ignorándola puede matar eternamente? La justicia de Dios, que es Cristo. Pero, ¿cómo llegó Jesucristo a ser la justicia que satisface al Padre y apacigua su ira? En la medida en que su sacrificio fue expiatorio y sustitutivo en aquellos a quienes representó en la cruz. Ahora bien, uno pudiera escuchar de algún escéptico religioso acerca de cómo es eso de que el Cordero de Dios no haya muerto por toda la humanidad, sin excepción. Bien, el propósito de su venida quedó estatuido por medio de los profetas que lo anunciaron, pero específicamente uno encuentra las palabras dichas por el ángel a José acerca del nombre que debía ponerle al niño: Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. De hecho, Jesús significa Jehová salva.

Ante esta proposición cualquier acucioso pudiera plantearse la posibilidad de que si alguien conoce esa verdad entonces es salvo en consecuencia. Ah, pero acá no se trata tan solo de un conocimiento intelectual general sino de aquel conocimiento interno que asegura, que no molesta, que da paz eterna. Cuando uno ha sido conocido por Dios, uno puede tener la certeza de que conoce su justicia, la cual es Cristo. Y en ese conocer mutuo no hay temor ni hay malestar alguno; más bien hay gozo, por cuanto nadie podría salvarse a no ser por ese conocimiento.

A los que antes conoció, dice el apóstol en Romanos 8, a esos también predestinó, llamó, justificó, santificó y glorificó. Todo ese grupo goza del mismo ramillete de acciones hechas por el Padre; además, esos actos fueron hechos en la eternidad y tienen su expresión en los momentos históricos de cada elegido. De allí que Pablo está muy claro cuando dijo respecto de aquellos que pese a su mucho celo por Dios no son salvos. Y es que cuando la persona no es salva, pero es religiosa, la gobierna la autoestima espiritual. Esto es, el conjunto de actos o buenas obras que operan en lugar de la justicia de Cristo.

LAS COSAS ESPIRITUALES Y SU DISCERNIMIENTO (1 CORINTIOS 2:14)

Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente. Esta declaración bíblica es una verdad, por lo tanto instruye en lo que estamos dilucidando. El hombre natural es aquel que no ha nacido de nuevo, que no ha recibido el corazón de carne, pero mantiene el corazón de piedra. Esa naturaleza le impide discernir las cosas que conciernen al Espíritu de Dios. Precisamente, una de esas cosas del Espíritu es lo que Él mismo inspiró en el apóstol, cuando escribió acerca de aquel conocimiento necesario sobre la justicia de Dios.

Es natural que muchos religiosos que militan en el cristianismo permanezcan en la ignorancia de la justicia necesaria que apacigua la ira de Dios contra el pecado y el pecador. Por ello, esos religiosos anteponen su propia justicia, ya que desconocen la que es de Dios. Ellos no comprenden cómo es que Jesucristo vino a morir solamente por las ovejas y dejó a las cabras por fuera. No comprenden cómo un Dios que es amor, por definición, haya separado desde la eternidad a un pueblo para Sí mismo, pero haya separado para condenación eterna a un gran número de personas. Lo que es peor, no pueden asir en su mente ni en su espíritu la declaración del Espíritu de que todo eso hizo el Padre sin tomar en cuenta las obras buenas o malas de nadie. Así fue declarado en el capítulo 9 de Romanos, pero también fue declarado por Isaías, Jeremías y a lo largo de toda la Escritura.

Esto es un termómetro o un test, como quiera llamarse. Pablo sugirió una vez que nos examináramos a nosotros mismos, para ver si estamos en la fe. Bueno, sirva esta disertación para que cada quien pueda examinarse a sí mismo a ver cuál es la justicia que tiene ante Dios: la suya propia o la que es de Él. Si usted se molesta por lo que el Espíritu ha declarado en la Escritura, entonces es señal de que su conocimiento de Dios no es conforme a ciencia.

La noche antes de su sacrificio, el Señor oró por los que el Padre le había dado y le seguiría dando a través de la predicación de aquellos. Específicamente expresó que no rogaba por el mundo, pues se desprendía de esa declaración que no iba a hacer expiación de esos pecados (Juan 17:9).

En el evangelio de Juan, capítulo 10, Jesús se revela como el buen pastor. Dijo que daría su vida por las ovejas. Unos versos después (verso 26) habló con unos judíos y les dijo que ellos no podían creer porque no eran de sus ovejas. Fíjense que no dijo que debían creer para ser ovejas, pues es imposible que una cabra se transforme en oveja, como es igualmente imposible que el leopardo cambie sus manchas. En Juan 8:44 el Señor se refirió a otro grupo de personas y les dijo que ellos eran de su padre el diablo; no les dio la posibilidad de cambiar de estatus, pues él vino a buscar a las ovejas perdidas de la casa de Israel y nosotros, los gentiles que hemos sido incorporados a la iglesia, somos también el Israel de Dios.

Si esta doctrina bíblica lo enerva a usted, es un signo de que todavía no ha nacido de nuevo. Eso no significa que no nacerá alguna vez, pero la garantía de ello no la puede dar nadie más que el Espíritu Santo cuando opera el nuevo nacimiento y otorga el pleno conocimiento de quién es el Señor, de cuál fue su obra consumada en la cruz y de que usted pertenece en efecto a la manada pequeña a quien el Padre ha dado el reino.

En resumen, los que están en la falsa religión (sin el conocimiento conforme a ciencia), los cuales incluyen tanto a los paganos como a los llamados cristianos que adoran a un dios que no puede salvar sin el trabajo del pecador, no han nacido de nuevo. Ellos viven en su naturaleza y están imposibilitados de discernir las cosas que son del Espíritu de Dios.

En Hechos 17:18-20 se relata acerca de los atenienses a quienes Pablo les predicó. Ellos eran ignorantes de la justicia de Dios, que es Cristo. Ellos adoraban a muchos dioses, pero los judíos de entonces adoraban al Dios del Antiguo Testamento. Sin embargo, Pablo dijo de ellos que ignoraban la justicia de Dios y colocaban la suya propia en lugar de aquélla, y todo su celo por Dios no era conforme a entendimiento.

Hay que tener mucho cuidado en el examen que nos hacemos a nosotros mismos. Muchos pudieran creer que adoran en realidad al Cristo de las Escrituras, pero al igual que los judíos mencionados por Pablo pudieran estar adorando a un dios que no puede salvar, cuyo sacrificio en la cruz resultó insuficiente y necesita del consentimiento de los hombres para que la salvación sea completada. Tal Jesús es del otro evangelio, del anatema, ese que surge como imitación para engañar a aquellos que no quisieron creer a la verdad.

En la Babilonia espiritual referida en Apocalipsis 18, el Señor ordena a su pueblo a salir de en medio de ella. Es posible que haya pueblo en medio de esa confusión espiritual, pero el llamado es a dejar Babilonia. Sus atractivos, su facilismo y su encanto han de ser dejados de lado, para que no acontezca lo sucedido con la esposa de Lot al mirar hacia atrás. El que escuche la voz del pastor irá tras él, pero nunca tras el extraño porque desconoce su voz (Juan 10:1-5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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