Jueves, 05 de junio de 2014

Aunque parezca extraño, muchas personas creen en dos evangelios al mismo tiempo. ¿Pero cómo puede ser cierta tamaña contradicción? Veremos lo que sucede en una gran parte de personas que se llaman creyentes. Si se asume el evangelio tal como la Biblia lo enseña pero al mismo tiempo se sostiene un evangelio diferente, estamos en presencia del creer dos evangelios.

Hay muchos teólogos y otros estudiosos de la Biblia que comprenden a cabalidad el sacrificio expiatorio de Jesús por su pueblo, por sus ovejas, por la iglesia. Ellos saben que Jesús no pudo morir universalmente por cada miembro de la raza humana, dado que muchos yacen en la perdición eterna. Judas Iscariote, Caín, el Faraón, el hombre de pecado, los réprobos en cuanto a fe, los falsos maestros, los lobos rapaces que destruyen la manada, las zorras como Herodes, las cabras en general, no tuvieron jamás la opción de creer el evangelio enseñado por los apóstoles. De ellos el Señor mismo dijo un día: ustedes no creen en mí porque no son de mis ovejas (Juan 10:26).

Simultáneamente, aquellos estudiosos de la Escritura también han tolerado o hablado paz a los que pregonan la expiación universal. Existe un gran número de personas, dentro del conjunto de los llamados creyentes, que profesan creer un evangelio diferente: Jesucristo murió por todos en forma distributiva y no solo colectivamente. ¿Qué es lo distributivo frente a lo colectivo? Es una falacia de composición que se produce cuando atribuimos a un conjunto cosas que solamente son ciertas en las partes.

¿Amó Dios al mundo en su totalidad? Algunos pretenden justificar esta presunción basados entre otros textos en Juan 3:16. Pero cuando se continúa leyendo lo que Jesús le decía a Nicodemo uno no puede más que asumir todo lo contrario. No amó Dios a todo el mundo, pues solamente lo hizo con el universo de los elegidos, ya que el que no cree es condenado. Y no todos pueden creer, de manera que solamente los que el Padre le da a Jesús son los que lleva hacia él. No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y la fe es un don de Dios (Efesios 2:8).

Jesucristo, la noche antes de su crucifixión y expiación vicaria, rogó por los que el Padre le había dado, por todos aquellos que creerían por la palabra de ellos. Específicamente dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9); entonces, ¿cómo pudo morir por el mundo, por el cual no rogó? Si está sentado a la diestra del Padre e intercede todavía por nosotros, mal puede interceder por el mundo por el que no quiso rogar justo antes de representar y sustituir a su grey en el madero.

Pero los teólogos y amantes del evangelio rebuscado gozan el ejercicio de las falacias. En efecto, aman la falacia de composición, aquella que confunde lo colectivo con lo distributivo. Lo que se predica de un conjunto específico lo atribuyen a todos los miembros de la raza humana. Si Jesucristo murió por todo su pueblo, entonces ese todo sirve de guía para la construcción de su sofisma teológico. Es también una falacia por equívoco, también es anfibológica, pues desprenden un término de su contexto semántico para atribuírselo a otro contexto que les interesa. Cuando Juan hablaba en una de sus cartas a la iglesia compuesta fundamentalmente de judíos conversos, el apóstol les advirtió que Jesucristo había sido la propiciación por los pecados de ellos, pero no solamente los de ellos sino también por los de todo el mundo. Interesante que el apóstol que escribiera el evangelio que lleva su nombre narrara tantos eventos que muestran a Jesús exponiendo su doctrina de la elección incondicional. Mal podría el mismo discípulo amado inferir falazmente que Jesucristo murió por toda la humanidad sin excepción; tal contradicción no la exhibe la Biblia, pero se llega a ella con el desfiladero irracional de la interpretación forzada del texto. De hecho, ese conjunto todo el mundo sugiere que hace referencia al mundo gentil. Pero tampoco a todos los gentiles sin excepción, como si fuese en forma distributiva a cada elemento del universo referido, sino que solamente en forma colectiva, dicho de muchos miembros del conjunto.

¿No dice el evangelio que salía a Juan toda la provincia de Judea, y los de Jerusalem; y eran todos, bautizados por él en el río de Jordán, confesando sus pecados? (Marcos 1:5). ¿Y qué diremos del siguiente texto? Pero los fariseos dijeron entre sí: ¿Veis que nada ganáis? He aquí el mundo se va tras Él (Juan 12:19). Preguntémonos si Herodes y su familia fueron bautizados por Juan el Bautista o si ellos se fueron tras Jesús. También debemos examinar si los fariseos y todos los publicanos, así como los saduceos que no creían en la resurrección, creyeron el evangelio de Jesucristo. Pues si no lo hicieron, ¿cómo pudieron ser bautizados por Juan o cómo pudieron irse tras Jesús? Ese todo el mundo se va tras él no incluía, por cierto, a los mismos fariseos que dijeron esa frase colectiva, pero que es tomada como distributiva por los amantes de la falacia. No fueron todos los habitantes de Judea ni todos los de Jerusalem (de manera distributiva) a quienes Juan bautizó en el río Jordán.

De igual forma, el apóstol escribió en una de sus cartas que el mundo entero estaba bajo el maligno, pero que ellos eran de Dios (1 Juan 5:19); ¿cómo pueden ser ellos de Dios y estar al mismo tiempo bajo el maligno? La única forma de separar estos dos conjuntos de personas es comprendiendo el texto en forma coherente y lógica y no asumiéndolo falazmente. La expresión el mundo entero no refiere distributivamente a cada miembro del planeta, sino al conjunto mundo por el cual Jesús no rogó la noche antes de su crucifixión. La expresión mundo entero, hace referencia a la colectividad de los no redimidos.

PAZ, PAZ; Y NO HAY PAZ.

El consumado es de Juan 19:30 nos muestra a Jesús terminando la obra que el Padre le había encomendado en medio nuestro. Su expiación vicaria fue consumada, de manera que un Dios perfecto hizo una obra perfecta. En la economía de la  salvación no es posible encontrar algún gazapo que lleve por desfiladeros al Todopoderoso; más bien, vemos una precisión mecánica que concuerda con su revelación. Jesús vino al mundo a buscar lo que se había perdido y alcanzó su meta, por eso pudo decir consumado es. La obra que Dios le dio por hacer fue cumplida.

En su seguridad absoluta Jesús exclamó tiempo antes que ninguno de los que el Padre le daría se perdería de sus manos y mucho menos de la mano de su Padre, quien es mayor que todos. A pesar de esta realidad, muchos son los que traen un evangelio diferente, pero hay un gran número de creyentes en el verdadero evangelio que profesan creer que aquellos que no estiman como buena la obra de Cristo en la cruz son sus hermanos. Tal contradicción prueba que su creencia fue en vano, que estaban con nosotros pero no eran de nosotros.

¿Quién no estima como buena la obra de Cristo en la cruz? Aquellos que dicen que no fue suficiente lo que hizo, que la consumación fue parcial, ya que se refiere a que Jesús hizo su parte, pero ahora nos toca a nosotros hacer la nuestra. Estos son los que pregonan la expiación universal, una salvación potencial y no actual. Jesús, dicen ellos, hizo posible la salvación para todos los hombres, sin excepción; pero le toca a cada ser humano tomar la decisión.

Bien, examinemos la validez de ese argumento. Si Jesucristo murió por todos, sin excepción, entonces murió por Judas Iscariote, sin excepción. También lo hizo por los que vivieron antes que él, por el Faraón, por ejemplo. ¿Qué oportunidad tuvo el Faraón de conocer el evangelio de Cristo, si no recibió la oferta del perdón de sus pecados? ¿O qué oportunidad han tenido de conocer ese argumento de la expiación universal los que jamás han oído hablar ni una palabra acerca de Jesucristo?

Si la expiación universal fuese verdad, o todos seríamos salvos o todos tendríamos la misma oportunidad de tomar la decisión. Pero la historia del cristianismo ha demostrado lo contrario. Son muchos los que se pierden, pues muchos son los llamados (no todos) y pocos los escogidos. Por otro lado, si ya Dios sabía desde la eternidad que el hombre plenipotenciario iba   a rechazar la oferta salvadora de su Hijo, ¿qué sentido tiene que Jesús haya muerto por todos sin excepción? ¿No es una contradicción esencial? Mal pudo Jesús haber muerto por todos sin excepción, si ya sabía que muchos rechazarían su oferta.

Como ya dijimos, en la economía soteriológica del Padre no hay desperdicio. A Jacob amó, mas a Esaú aborreció, antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9). Ante semejante declaración teológica, el objetor se levanta con su inferido razonamiento: un Dios tan injusto no puede inculpar a un hombre que no tuvo de veras ninguna oportunidad de resistir a Su voluntad. Pero la respuesta teológica, dada por el Espíritu de Dios al inspirar a Pablo no fue otra que ¿quién eres tú para que alterques con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer un vaso para honra y otro para deshonra? (Romanos 9).

La salvación ciertamente es por gracia, pues si fuese por obras cualquiera podría gloriarse. Pablo escribió: Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo (Gálatas 6:14). Es por ello que Juan advirtió a la iglesia: Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en vuestra casa, ni le digáis: Bienvenido. Porque el que le dice bienvenido, comunica con sus malas obras (2 Juan 1:10-11). Los que creen en el evangelio de la verdad, de la expiación de los pecados del pueblo de Dios (y no del mundo en su totalidad), pero creen al mismo tiempo el otro evangelio (el de la otra doctrina, la de la expiación universal), participan de las malas obras de estos últimos. En resumen, anulan su creencia original y demuestran que no eran de nosotros, porque no permanecieron en la doctrina del Señor.

Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande de ellos, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. Y curan el quebrantamiento de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo, Paz, paz; y no hay paz (Jeremías 6:13-14). Esos que se creen profetas o sacerdotes, creyentes del Dios verdadero, anulan por su engaño lo que dicen creer. Ellos hablan de paz cuando no hay paz, dicen bienvenidos a los que traen el otro evangelio, el que es anatema, por lo tanto allí no hay paz ni para los otros ni para ellos mismos.

No hay duda que aquellos que pregonan paz a los que traen un falso evangelio no están en la verdad (2 Juan 11), ya que los que afirman que Jesucristo murió por todos los hombres sin excepción niegan la eficacia de su sacrificio expiatorio. Ellos han negado que en realidad Jesucristo perdonó, redimió y reconcilió a su pueblo en la cruz (Colosenses 2:14), más bien ellos afirman que Jesucristo hizo posible la reconciliación con Dios pero que depende de la buena voluntad nuestra alcanzar su perdón. Recordemos que el trabajo de Cristo es lo que hace la diferencia entre ser salvos o condenados. Al mismo tiempo, ellos se están gloriando en ellos mismos, en su sabia decisión de seguir al Señor, de haber dado un paso al frente o de haber levantado las manos en una iglesia. Al gloriarse en su decisión ya no se glorían solamente en la cruz de Cristo; ellos suponen que la mezcla de conceptos permite la mezcla de glorias. Creen que es bien visto ante Dios el fuego extraño en la alabanza.

Al creer un evangelio diferente manifiestan no estar reconciliados con Dios, sino ser sus enemigos. Pero los que hablan y practican la paz con ellos creen el mismo evangelio equivocado de los otros y están pisoteando la sangre de Cristo. Al estar gloriándose en ellos mismos manifiestan que rechazan la revelación de Dios tal como está manifiesta en las Escrituras. Su espíritu democrático los gobierna, están afectados por la estadística; prefieren el argumento de la cantidad, el que les gusta a las galerías: la mayoría tiene la razón. Pero su irracionalidad resulta evidente ante nosotros, escondida ante ellos: si Cristo murió por todos sin excepción, luego todos sin excepción son salvos. Y si Cristo hizo posible la salvación, entonces no consumó nada en la cruz; al mismo tiempo, la gloria de Dios sería compartida con el pecador, lo cual violaría el dictamen del profeta: Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (Isaías 42:8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:22
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