Martes, 03 de junio de 2014

Este título pareciera un oxímoron, pues ¿cómo hablar del falso evangelio y así mismo de la salvación? En realidad, cualquier evangelio diferente al enseñado por las Escrituras es un anatema que conduce a la condenación. De allí que es contradictorio pretender que el anuncio errado lleva a feliz término, que el evangelio de la mentira conlleve a la salvación de verdad.

En este punto muchos se preguntarán si es posible creer de verdad cuando a uno se le ha predicado solamente la mentira. Bueno, está claro que si no conocemos a Dios, si no sabemos su propósito al enviar a su Hijo al mundo, si no se sabe bien en quién se ha creído, entonces no tenemos certeza de aquello que proclamamos creer.

No se trata de jactancia en el conocimiento como requisito previo para poder ser salvo; lejos está en nuestra mente el asumir tal disparate que no sería otra cosa que salvación por obras. Pero la Biblia enseña que es necesario que quien se acerca a Dios crea que le hay (Hebreos 11:6), por lo cual si uno cree en alguien que existe es porque al menos conoce quién es. No se trata de pretender ser exhaustivo en ese conocimiento porque pasaremos la vida eterna conociendo a Dios y a su Hijo, según lo dijo Jesús y fue registrado en Juan 17; pero al menos debemos estar claros en algo, que si Jesucristo dijo que nadie vendría al Padre si no es a través de él (nadie viene al Padre sino por mí) entonces conviene conocer la persona y la obra del Hijo.

EL SACRIFICIO VICARIO

Jesús hizo una sustitución en la cruz, reemplazó a un gran número de pecadores y se hizo pecado por ellos. Miremos un momento dos textos de la Biblia que confirman el sacrificio vicario del Señor: ... porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7); Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz fue sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:5). La pascua consistió en que el castigo de exterminio se pasaba por alto en todos aquellos que tenían rociada en el dintel de su casa la sangre de un cordero, como emblema de aquel que vendría siglos más tarde en la historia humana. De allí que Pablo hablara del Señor como la pascua del creyente.

Notemos que los egipcios no fueron beneficiados con esa pascua como aconteció con el pueblo elegido de Dios. Ya en ese tiempo se distinguía claramente la existencia de una nación portadora de la promesa, del resto del mundo que carecía de este beneficio. No que todo Israel haya sido salvo, sino que en Isaac te será llamada la simiente. Jesucristo fue la promesa del Génesis 3:15 y Dios quiso escoger de entre los pueblos viles de la tierra al más insignificante de todos para mostrar su gloria y poder en ellos.

Isaías lo reconoció y pudo escribir acerca del Mesías, adelantándonos que sus heridas y martirios las sufrió por causa nuestra, no de cada miembro del mundo sin excepción. Porque si fuera el caso contrario entonces todos seríamos salvos; y Cristo hubo muerto por Caín, Faraón, Judas Iscariote y muchos otros. El castigo de nuestra paz recayó sobre él (Jesucristo), no sobre Satanás, como afirman los adventistas con su confusión acerca de a quién representaba el chivo expiatorio del Antiguo Testamento.

Jesucristo lo dijo en forma directa muchas veces: esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado...este vaso es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama (Lucas 22: 19-20). No está hablando el Señor con el mundo, por el cual no había rogado la noche anterior a su sacrificio vicario, sino que se dirigió a sus escogidos. Algunos podrán alegar que Judas Iscariote estuvo presente y por lo tanto se hizo partícipe de ese beneficio, pero el Señor aclaró acto seguido de lo dicho con estas palabras: Con todo eso, he aquí la mano del que me entrega, conmigo en la mesa (verso 21). Y a la verdad el Hijo del hombre va, según lo que está determinado; empero ¡ay de aquél hombre por el cual es entregado! (verso 22).

Queda explícito que el Señor dejó por fuera de su sacrificio expiatorio a Judas Iscariote. Sabemos que a muchos de sus seguidores les recalcó que nadie podía ir a él si el Padre que le había enviado no lo trajere a la fuerza (Juan 6); esto lo dijo repetidas veces para demostrarles que su murmuración de nada les servía. Después de eso, se apartaron diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?

No hay lugar en las Escrituras para que se afirme que Jesucristo fue enviado a morir por toda la humanidad, sin excepción. Si nadie puede ir al Padre a no ser por el Hijo, ¿cómo habrían de oír aquellos que no tuvieron quien les predicase? Porque muchos han muerto sin el beneficio de escuchar el evangelio de salvación, de manera que esa supuesta muerte expiatoria por todos sin excepción carece de valor en aquellos que jamás oyeron de ese mensaje de salvación.

Esa manera torcida de razonar lleva a torcer las Escrituras, con la consecuencia de una expiación universal que confrontaría dos grandes males: 1) si todos son salvos, nadie es condenado, lo cual hace a Jesucristo mentiroso; 2) si todos tienen la misma oportunidad, hace a Jesús fantasioso por cuanto no todos han oído ese anuncio. Por lo tanto, pretender la expiación universal implica sostener un evangelio diferente, un evangelio maldito (anatema) o igualmente falso.

Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron (1 Corintios 5:14). Pablo nos expone en este texto que el sacrificio de Jesucristo fue vicario, pues si murió por todos (los creyentes, su pueblo, sus ovejas, su nación santa, su real sacerdocio, sus elegidos), entonces esos todos murieron. En otros términos, el apóstol nos enseña que la muerte de Jesús fue eficaz, ya que los que representó (su iglesia) murieron juntamente con él.

Por esa figura entendemos que el Señor sustituyó en la cruz a todos sus elegidos, siendo específico como lo fue la noche antes de su crucifixión. Recordemos que en el Getsemaní no quiso orar por el mundo, sino que pidió solamente por los que el Padre le había dado y le daría a través de la predicación de aquellos. No podemos suponer una salvación incierta o potencial, sino eficaz y actual, proveniente de un Dios soberano y perfecto.

Fijémonos que en múltiples textos de la Biblia se nos recuerda que nuestra salvación no ha sido alcanzada por nuestras obras, sino que es absolutamente un regalo de Dios. Hasta la fe para creer en el verdadero evangelio de Jesucristo ha sido un don de Dios. Pero esa Escritura nos declara también que no es de todos la fe. En este momento muchos se moverán a exclamar lo que ya se dijo hace siglos: ¿Hay injusticia en Dios? ¿Porqué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? Para ellos hay una sola respuesta emanada de la misma Palabra: En ninguna manera ... ¿Y tú quién eres para que alterques con Dios? (Romanos 9).

El Buen Pastor da su vida por las ovejas (Juan 10: 11,15), pero los que no son ovejas no pueden creer (Juan 10:26). El Señor vino a buscar las ovejas extraviadas, no las cabras. Esa distinción es hecha desde la eternidad, por lo cual el objetor de Romanos 9 se levanta en clara protesta contra la injusticia en Dios. Si no le pareciera injusto no hubiese formulado la demanda, pero precisamente porque contempló a un Dios soberano haciendo como quería con lo que es suyo, al sentirse relegado por no ser oveja sino cabra, levantó sus manos contra el Todopoderoso.

Y es que esa palabra, la del verdadero evangelio, es dura de oír, para los que no son llamados. Pero en aquellos que son invitados por el Buen Pastor produce un elevado peso de gloria. De no haber sido porque Dios se reservó un remanente, hubiésemos compartido un destino semejante al de Sodoma y Gomorra. Esto es motivo suficiente para bendecir el nombre del Dios que tiene misericordia de sus escogidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:13
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