Domingo, 01 de junio de 2014

Voy a referirme a lo que la Biblia menciona como la elección de Dios, pero que en no pocos tiene su contrapartida, la elección del hombre. ¿Quién elige? Esa es la pregunta a responder con la finalidad de dar claridad a nuestra mente. Sabemos que Jesucristo un día les dijo a sus apóstoles que los había elegido a ellos y no ellos a él. Con esa máxima en mente debemos escudriñar lo que otros textos de la Escritura señalan al respecto.

En realidad hay muchas citas bíblicas que hablan del Dios soberano que hace como quiere, el que ha creado todo cuanto existe incluyendo el mal. Pero veamos de momento el evangelio de Juan, capítulo 6 y capítulo 10. El evangelista relata el momento en que el Señor les predicaba a un gran número de seguidores (capítulo 6) que pasaban de una comarca a otra con el propósito de ver sus maravillas. Ellos se habían beneficiado de los panes y los peces, conocían muchos de los milagros del Maestro. Cuando Jesús comenzó a decirles que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajese, ellos se conmocionaron. Su alegría se opacó por la palabra dura de oír que profería el Cristo al que seguían. Comenzaron a murmurar entre ellos por lo que el Señor les recordó una vez más lo que les había dicho: que nadie podía estar con él a menos que el Padre lo llevare.

El vocablo griego traducido como traer o llevar significa también ser arrastrado hacia. En otros términos, Jesús les explicaba que acudir a él era solamente posible porque el Padre obligaba a la persona arrastrándola hacia Jesús. Esta expresión un poco ruda demuestra la naturaleza muerta del hombre, que compelido por la fuerza del Espíritu acude al Señor contra su propia esencia pecaminosa. Con esto en mente, nosotros comprendemos que solamente es posible seguir al Señor si se ha nacido de nuevo, si se ha operado en nosotros el cambio del corazón de piedra por el de carne, del que hablara el profeta Ezequiel.

El cambio de naturaleza, o más bien la transformación de nuestro entendimiento, la habitación del Espíritu en nuestro corazón, hace posible el acudir a Jesús. No hay posibilidad alguna de ir por nuestros propios méritos, por cuanto la Escritura ha declarado a la humanidad entera muerta en sus delitos y pecados. Ha dicho que no hay quien busque a Dios, no hay justo ni aún  uno, no hay quien haga lo bueno, y que el hombre es por naturaleza enemigo de Dios.

El otro contexto de Juan, el del capítulo 10, nos muestra a Jesús como el buen pastor. Dice el Señor que él pondría su vida por sus ovejas, que ellas oyen su voz y le siguen, que no seguirán al extraño porque no conocen su voz. Por argumento a contrario el Señor no pondría su vida por las cabras ni por los extraños. En ese mismo capítulo se relata cuando el Señor se acercó a un grupo de judíos y les declaró esta gran verdad: no creéis en mí porque no sois de mis ovejas. Nótese que no se puede ser oveja voluntariamente, que así como el leopardo no cambia sus manchas tampoco una cabra cambia su naturaleza.

Ese texto encontrado en Juan 10:26 nos habla de Jesús como el gran pastor de las ovejas, no de las cabras. Al mismo tiempo nos recuerda que el creer no es condición para ser oveja, sino su consecuencia. Por supuesto, hay muchas ovejas que todavía no han conocido a su pastor, que andan descarriadas por el mundo en una naturaleza de desobediencia. Es por ello que Pablo habló que nosotros (las ovejas que ya hemos conocido en el tiempo y el espacio al pastor) éramos antes por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Pero no dijo Pablo que éramos cabras, sino hijos de la ira. Estuvimos en la desobediencia de nuestra naturaleza, bajo el gobierno del príncipe de este mundo.

LA PREDICACION COMO INSTRUMENTO DE SALVACION

Es falso suponer que las ovejas son salvadas sin la predicación del evangelio. La Escritura claramente señala que la fe viene por el oír la palabra de Cristo, que es necesario predicar para que oigan el evangelio y puedan creer, por lo cual también han sido enviados los que anuncian tal evangelio (Romanos 8). La profundidad y la grandeza de la sabiduría de Dios, lo insondable de sus caminos, se compagina con la locura de la predicación. Así quiso Dios salvar al mundo (en sentido general); escogió desde la eternidad a Jacob para amarlo (sin tomar en cuenta que hiciera bien o mal) y escogió a Esaú para odiarlo (sin tomar en cuenta que hiciera bien o mal). ¿Eso parece injusto? ¿Hay injusticia en Dios? Antes, ¿quiénes somos nosotros para juzgar al alfarero, cuya potestad le permite hacer un vaso para honra y otro para deshonra?

Este es el punto álgido de la doctrina bíblica, que el Dios soberano hace como quiere y da vida y mata, abate y exalta; que ha hecho incluso al impío para el día malo (Proverbios 16:4). De igual forma, el profeta Amós (3:6) declaró esta máxima: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad que Jehová no haya hecho? Y el profeta Jeremías escribió esto: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38).

EL REMANENTE

Inspirado por el Espíritu Santo, Isaías exclamó: Si Jehová de los ejércitos no nos hubiera dejado un remanente (un resto pequeño), seríamos como Sodoma, semejantes a Gomorra. Pablo habló de esta proclamación también: También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo ... Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes (Romanos 9: 27 y 29). Esto concuerda con lo predicado por Jesucristo: No temáis, manada pequeña; porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (Lucas 12:32).

A pesar de los tiempos calamitosos, Dios deja y se reserva para Sí mismo un remanente, unos pocos apartados del desfiladero al que conduce el pecado. Que esto se ha cumplido es una gran verdad, por cuanto los primeros creyentes judíos en Jerusalén así lo demostraron. Continúa a través de los tiempos palpándose la literalidad de estas palabras, ya que siempre han sido unos pocos los que creen el evangelio verdadero. El otro evangelio, el evangelio diferente, el de los anatemas, es muy populoso; baste con visitar las sinagogas de Satanás para quedar impactados con las estratagemas del enemigo.

Un pastor toma el micrófono y comienza a gritar aleluyas para que la muchedumbre ejercite su voz; primero las mujeres, luego los hombres, ahora todos juntos. La masa entusiasmada por el anuncio del ungido que traerá la palabra de Dios (¿cuál Dios?) espera ansiosa, al son de una guitarra eléctrica y del estribillo de los cantores que aturden con su coro cercano al altar. Vienen los testimonios y son del mismo corte casi todos: un antes y un después de ir ellos a Jesucristo. El auditorio quedó atascado de la emoción y la gritería, recogen las ofrendas para un Dios que no pide limosnas, pero que está pendiente de quién da y quién no le da a esa sinagoga. Por otra parte, se anuncia a la pastora. Con esa novedad la masa aguarda el impacto que tendrá al ver a una mujer capaz de hacer lo que hace su marido al frente, sin que importe para nada si esa figura se adapta o no al modelo bíblico.

Ahora se le dice padre o papá al pastor; la razón es sencilla, porque gracias a él se ha podido salir del alcohol y en casos extremos de las drogas. Dios y el nuevo papá son objeto de reconocimiento público. El liderazgo se afianza y se garantiza la continuidad de la franquicia espiritual. Esto es parte del neo-pentecostalismo. Pero nadie se pregunta en esa sinagoga si la doctrina que escucha es la misma enseñada por Juan y los demás apóstoles; no pueden siquiera imaginarse lo que la Biblia enseña, ya que están pendientes en recordar uno y otro testimonio, el que muestra la experiencia que el predicador dice haber tenido.

¿Cómo hablar de elección incondicional? Esto es contrario al evangelio de las obras, y la gente prefiere obrar antes que creer lo que la Biblia dice. Los expertos en torcer las Escrituras han sido enfáticos con su micrófono en la mano, sin dar chance a la contraparte. Lo importante es la exaltación de las emociones y que el intelecto se quiebre para que las falacias entren.

La Escritura ha dicho muchas veces que Dios se dejó un remanente; la frase muestra a un Dios activo que actúa motu proprio sin preguntarle al individuo si quiere o no ser salvo. Jamás el Señor pregunta tal cosa porque él es el Despotes, de acuerdo al griego del Nuevo Testamento. Pero los predicadores insisten en que Dios es un caballero, por lo tanto no obliga a nadie. Eso lo dicen pese a que el texto de Romanos 9 muestra lo contrario: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?  Fijémonos que el texto no dice que Dios es un caballero, sino que inculpa a pesar de que elige para condenación, aún antes de que el hombre haga bien o mal. La duda del objetor bíblico, o su reclamo, no sería puesta en escena a no ser que la lógica del discurso lo amerite. Por el contrario, si Dios fuese justo - a los ojos del objetor - la pregunta no hubiese sido formulada.

¿CUALES MERITOS?

El Señor ha dejado para Sí mismo un remanente, una manada pequeña. Esta gracia salvadora no ha sido derramada para cada miembro de la humanidad, sino que en la profundidad de su ciencia y en su placer eterno Dios quiso reservarla para sus elegidos. Al resto pasó por alto, pero en forma activa. El es un Dios que controla cada átomo del universo, por lo tanto los impíos también están controlados en forma absoluta por su sabiduría, conforme a su plan soberano. No existe mérito alguno en ningún miembro de la raza humana; cada uno pudo haber sido lanzado hacia el infierno eterno y sufrido la venganza como le tocó a Sodoma o a Gomorra. Por eso Isaías, inspirado por el Espíritu de Dios, escribió que fue Él quien se reservó un remanente. No fuimos nosotros los que salimos aprobados, como si fuésemos de masa distinta, pues Pablo habló muy claro, que tanto Jacob como Esaú, los unos y los otros, fuimos hechos todos de la misma masa. De manera que no es por obras, para que nadie robe la gloria a Dios, sino por la elección del Padre.

Dios también dijo que no daría a otro su gloria; esa fue su declaración y por lo tanto es una suprema verdad. Si no dará a otro su gloria, ¿cómo será posible que alguien pueda jactarse en su presencia? Se jactarían aquellos que mostraran una naturaleza limpia y perfecta como la de Jesucristo, pero eso no es posible en ningún miembro de la raza humana. La única forma de ser justificados (y por ende justos) es si fuimos representados en el madero por el Hijo de Dios. Pues es Cristo la justicia de Dios y él es quien justifica (Romanos 8: 33). Decir que Jesús murió por toda la humanidad, sin excepción, es pisotear la sangre del Hijo al enviar al infierno a todos aquellos que allí van a pesar de que Cristo murió por ellos. Ese absurdo se suma al otro de la interpretación bíblica que se hace en las sinagogas de Satanás. Jesús, la noche antes de su crucifixión, oró al Padre en el Getsemaní, pidiendo por los que le habían sido dados; específicamente dejó por fuera en forma explícita al mundo. El dijo: no ruego por el mundo (Juan 17:9). Entonces, ¿cómo pudo al día siguiente morir por ese mundo por el cual no rogó?

El pequeño remanente escogido por el Padre es el mismo que eligió para su gozo; ese conjunto es llamado la manada pequeña, se dice de ellos que entran por la puerta estrecha y caminan por la vía angosta. Ellos son los preservados en la mano del Hijo y del Padre (Juan 10:28) y nadie podrá arrebatarlos de allí; son los que el mismo Señor resucitará en el día postrero (Juan 6: 40).

EL OTRO EVANGELIO

Me serviré acá del señor Wesley, conocido predicador y creador del Metodismo, quien pese a que decía buscar la perfección escribió una carta al final de sus días donde se lee que él no creyó jamás en Dios, sino que fue un pagano honorable. Bien, dado que su teología se centra en lo que se conoce como arminianismo, y porque los arminianos son mayoría (la manada grande) en las filas del protestantismo y del catolicismo, valgan las palabras de Wesley acerca de la elección y la predestinación.

En una palabra, Dios, mirando a través de las edades, desde la creación hasta la consumación, todo en un momento, y viendo de una sola vez cualquier cosa en los corazones de los hombres, conoce lo que cada uno hace o no hace, en cada tiempo y nación. De esta manera, todo lo que conoce sea porque van a tener fe o porque no van a creer, es causado por su conocimiento  (6:227).

Referente a los elegidos dijo que se les predique o no, serán infaliblemente salvos ... esto es una prueba absoluta de que la doctrina de la predestinación no es de Dios, porque hace nulo el consejo de Dios; y Dios no está dividido contra sí mismo. Destruye la santidad que es el fin de todas las ordenanzas de Dios ... la doctrina de que cada hombre está o no ordenado desde la eternidad, y que uno es inevitablemente salvo y el otro inevitablemente condenado, tiene una tendencia manifiesta a destruir la santidad en general; ... Esta doctrina tiende a destruir el celo por las buenas obras ... es una doctrina llena de blasfemia que representa a Jesucristo como un hipócrita, engañador del pueblo, un hombre carente de sinceridad ... Anula tanto la justicia, la gracia y la verdad; representa al más santo Dios peor que el diablo, incluso más falso, más cruel y más injusto (7:376-384).

(Las citas se extrajeron de Los Trabajos de John Wesley -Baker Book House, Grand Rapids, MI 1996. Tomado del escrito Naked and Unashamed: John Wesley Exposes Himself by Christopher Adams. Página Web: http://www.outsidethecamp.org/wesley.htm).

César Paredes

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