Jueves, 29 de mayo de 2014

Los que no han logrado comprender la doctrina bíblica de la absoluta soberanía de Dios en su creación, no pueden asumir que hay una actividad realizable por los escogidos de Dios. No hemos sido llamados a la parálisis o a la pereza por el hecho de que el Señor lo hace todo; al contrario, ya que produce en nosotros tanto el querer como el hacer, nosotros cumplimos con su cometido.

El texto de Ezequiel es una clara admonición para la pereza del espíritu: Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás: y tú no le amonestares, ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino, a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, mas su sangre demandaré de tu mano. Y si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad, y de su mal camino, él morirá por su maldad, y tú habrás librado tu alma (Ezequiel 3:18-19).

El quietismo es la inacción de la voluntad, la parálisis del trabajo. Es también una doctrina de ciertos místicos que pretenden alcanzar la perfección del alma humana en el anonadamiento de la voluntad para unirse con Dios; para alcanzar esa meta se dedican a la contemplación pasiva y aún a la indiferencia (RAE). Pero tal parece que los que aborrecen la doctrina de la predestinación absoluta de Dios (tanto de los salvados como de los condenados) pretenden endilgarnos esa enseñanza a los que disfrutamos del beneplácito de su soberanía.  Ya el texto de Ezequiel demuestra que tal cosa no existe en la Biblia, por lo tanto nosotros la rechazamos categóricamente.

Los que nos acusan pretenden hacer buenas obras, viven en su afán de alcanzar un prosélito, dan la vuelta a la tierra propagando su doctrina de la angustia, convirtiendo la buena nueva de salvación en una neurosis del alma. Se es salvo un día pero al día siguiente puede ser que se haya perdido aquello que alcanzaron; otros, más avezados, aseguran que su sinergismo (el trabajo conjunto de Dios y del hombre) les brinda la seguridad eterna de la salvación que ellos han conquistado. En otros términos, si Dios predestinó lo hizo en base a que previó quién habría de ser salvo y quién habría de rechazarlo.

Tal concepción debería seguir su consecuencia lógica. Ya que Dios previó quién se salvaría y condenaría a sí mismo, no tendría ningún sentido que con ese conocimiento previo enviara a su Hijo a morir por toda la humanidad sin excepción. ¿Se dan cuenta del exabrupto propuesto? Si ya Dios sabía que de cien personas solo veinte se salvarían, ¿qué sentido tiene que la sangre de su Hijo se derrame por los otros ochenta? Sería un despilfarro económico en la soteriología divina, y por supuesto que en un Dios perfecto no cabe tal irracionalidad.

De todas formas, sea por la vía del error de los que aborrecen la tesis bíblica torciéndola a su acomodo, sea por la vía del acierto de los que comprendemos la economía de la salvación, la expiación está lógicamente restringida a los que Dios ha escogido de antemano. Poco importa, en este momento del análisis si se cae o no en el error interpretativo. En los dos casos, la expiación se ha de dar (se dio) para los escogidos, solamente. Lo contrario conllevaría a pisotear la sangre de Cristo (Hebreos) al suponerla insuficiente para la salvación eterna en los que se pierden.

Pero al pasar a examinar el error interpretativo tenemos que acusar a los que así piensan por haber dejado de lado a un innumerable número de textos que nos describen el nivel de depravación humana. Muertos en delitos y pecados, sin querer buscar a Dios, sin que exista ni siquiera un justo en la humanidad caída, son algunas de las declaraciones explícitas o implícitas que habría que solventar antes de asumir el infeliz desacierto de un Dios que prevé quién habría de aceptarlo para poder salvarlo.

Solamente a los que el Padre da vida por Sí mismo, de acuerdo al propósito eterno de su voluntad, los ha predestinado para ser conformes a la imagen de su Hijo. No dice la Escritura en ningún lado que hay personas justas que quieran buscar a Dios y que por esa razón el Señor los escogió para salvación. Antes bien, se ha dicho que es necesaria la cirugía de corazón, el trasplante del corazón de carne cuando se quite el de piedra. De eso habló precisamente el profeta Ezequiel (11:19).

LLAMADOS A NO PARTICIPAR EN LAS MALAS OBRAS

La Biblia ha enfatizado mucho en el hecho de no participar en las malas obras de aquellos que traen un evangelio diferente al enseñado en la doctrina apostólica. El que Dios haya escogido a unos para salvación no le impide que les advierta de no compartir su alegría de salvación con las cabras. Un buen padre de familia puede darle un carro nuevo o usado a un hijo y decirle al mismo tiempo que lo cuide, que no meta en ese automóvil a gente viciosa que le acarreará problemas serios con la ley. El regalo no impide el consejo; la desobediencia tampoco impide el castigo del padre.

Cualquiera que se rebela, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios: el que persevera en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡bienvenido! Porque el que le dice bienvenido, comunica con sus malas obras (2 Juan 9-11). Sería incoherente que un paciente enfermo recibiera la noticia de que no tiene ninguna enfermedad, una vez que su doctor lo ha declarado en peligro de muerte. Esa incongruencia se puede ver en forma muy clara en aquellos pastores que predican paz, paz, cuando no hay paz. Los que predican un evangelio diferente al enseñado en las Escrituras son llamados malditos; los que les dicen bienvenidos a los tales son advertidos de que recibirán las plagas de las malas obras de los que no traen la doctrina de Cristo.

Y es que decirles bienvenido o paz, paz, es un acto de hipocresía. Hipocresía porque los que tuercen las Escrituras para su propia perdición están en enemistad con Dios y por ende bajo la ira de ese mismo Dios. Hablarles de paz equivale a promulgar el sentido escondido en la frase que la serpiente de dijo a Eva: No moriréis (Génesis 3:4). A propósito, sirva un ejemplo para ilustrar lo presente. Hay muchas iglesias que se alegran por los llamados hermanos adventistas, porque ellos cantan sus mismos himnos y oran en el nombre de Cristo. Pero su ignorancia los mata (como les sucedió a los judíos descritos en Romanos 10:1-3), ya que desconocen o pasan por alto que los adventistas son herejes: ellos creen que Satanás llevó parte de nuestros pecados, al asegurar que el chivo expiatorio del Antiguo Testamento es un símbolo del diablo. Al mismo tiempo aseguran que no hay infierno de sufrimiento eterno, sino que la muerte segunda es una aniquilación total del alma del impío. Con esa tesis endulzan a sus seguidores que asumen que un Dios bueno no puede martirizar eternamente a un alma impía. Pues bien, baste con leer en el Nuevo Testamento las veces que Jesús hizo mención al infierno de fuego que no se apaga; cuando uno lee que el Dios de amor hecho hombre entre nosotros hizo una gran referencia al lago de fuego, uno puede ver igualmente que los adventistas llaman mentiroso a Jesús al interpretar torcidamente sus palabras.

En el Antiguo Testamento tenemos muchos ejemplos de lo que acabamos de expresar. Veamos algunos textos: Proverbios 30:16 El Seol, la matriz estéril, la tierra que no se sacia de aguas, y el fuego que jamás dice: ¡Basta! Salmo 11:6 Sobre los malos hará llover calamidades; Fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos. Isaías 33:14 Los pecadores se asombraron en Sión, espanto sobrecogió a los hipócritas. ¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?

En el Nuevo Testamento encontramos otras claras referencias al infierno que no termina nunca. Un lago de fuego (Apocalipsis 20:15), un abismo sin fondo (Apocalipsis 20:1), un horno de fuego (Mateo 13: 41-42), un lugar de tormentos (Lucas 16:23), un sitio de castigo eterno (Mateo 25:46), el lugar donde la gente llora y ruega por sus seres queridos (Lucas 16:24 y 27). Es también un sitio donde la gente llora por misericordia (Lucas 16:24), o donde se lamentarán (Apocalipsis 20:1 y 15; 17). También se considera como un lugar de oscuridad extrema (Mateo 8:12) o donde no se tiene descanso (Apocalipsis 14:11) y donde existen tinieblas y oscuridad eterna. (Judas 13). Tampoco muere el gusano de ellos y el fuego nunca se apaga (Marcos 9:48), o el sitio donde se es atormentado con azufre (Apocalipsis 14:10) y el humo de su tormento asciende para siempre (Apocalipsis 14:11) .

Se suman a este otros cuantiosos errores de los adventistas, mas sin embargo, muchas iglesias les dicen bienvenido. Y de igual forma hay otros casos que se podrían mencionar, que demuestran el desacato al mandato bíblico. Por ello es conveniente precisar las palabras de Juan: el que no trae la doctrina de Cristo no tiene a Dios. Es muy sencillo, Juan no lo llama hermano sino simplemente le dice que no tiene ni al Hijo ni al Padre. Exhorta el apóstol a no recibirlo en casa ni decirle bienvenido. ¿Y cuál es la doctrina de Cristo? Repasemos un momento lo que relata Juan en su evangelio, capítulo seis. Había un numeroso grupo de seguidores del Señor que tenían días caminando con él, los cuales habían presenciado el milagro de los panes y los peces. Estaban maravillados y eran también sus discípulos (alumnos). Sin embargo se escandalizaron cuando el Señor comenzó a hablarles de la doctrina de su Padre, que nadie podría venir al Hijo si el Padre no lo trajere (arrastrare en forma obligada). Ellos murmuraron y dijeron que esa palabra era dura de oír, que nadie la podía escuchar (asumir). Por esa razón el Señor les volvió a increpar con el mismo argumento diciéndoles lo que los ofendía. Aquella gente se distanció del Señor en el acto y el Dios del cielo y de la tierra no insistió en que se quedaran. El no estaba haciendo proselitismo religioso, ni salvando almas a diestra y a siniestra; él estaba llamando a los escogidos del Padre, como lo hace aún hoy día (Juan 6:37,44,60, 66). 

En Juan 10:1-5 también leemos lo que es su doctrina: que él es el buen pastor que da su vida por las ovejas (no por las cabras), que sus seguidores no irán tras el extraño, porque desconocen su voz. Es decir, los que andamos tras la voz del buen pastor no podemos seguir a los falsos maestros o falsos cristos porque nos son extraños. A un grupo de personas el Señor les dijo que no podían creer en él porque no eran de sus ovejas (Juan 10:26-30). No les dijo que no podían ser sus ovejas porque no creían en él, sino que no podían creer porque no eran de sus ovejas.

Los que se deleitan en oír un evangelio diferente se dan a las fábulas, buscan predicadores que les digan paz, paz, cuando no hay paz. Estos predicadores les anuncian paz a sus vecinos, si bien les tienden una emboscada a su alma (Jeremías 9:8). La gente de hoy día no gusta la sana doctrina, pero tiene comezón de oír; a ellos les encanta el discurso religioso en sus muy variadas formas. Hay quienes asisten a las iglesias para buscar a un marido que respete la armonía conyugal, o a una esposa que no les resulte adúltera. Otros concurren a los templos para que sus hijos tengan amistades sanas, porque valoran a la iglesia como una organización social con buenas costumbres, donde ni se bebe ni se fuma. Pero a casi nadie le gusta oír el evangelio de la verdad, por lo cual muchos apartan el oído de esa verdad y se vuelven a las historias y a las fábulas. Al mismo tiempo, sus maestros discurren de acuerdo a sus propias concupiscencias (2 Timoteo 4: 3-4).

El quietismo no existe como doctrina bíblica, antes bien se nos da una clara admonición para estar alertas ante las inclemencias del mundo. El ocuparse de la salvación con temor y temblor no implica que ella se pierda, sino que no debemos anonadarnos por el hecho de la predestinación. El niño camina de la mano de su padre para atravesar la avenida, el padre anda junto a  él, pero el niño también camina. De igual manera nosotros somos guiados por el Espíritu de Dios quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, pero no nos aletargamos contemplativamente en una comunión extática, sino que procuramos seguir al blanco.

La absoluta soberanía de Dios lejos de permitirnos el quietismo produce en nosotros un mayor eterno peso de gloria. Existe la garantía del autor y consumador de la fe, por lo cual también obramos de acuerdo a su voluntad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:32
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