Viernes, 23 de mayo de 2014

Son muy variados los libros referidos al tema de cómo orar eficazmente, algunos de ellos fantasiosos si bien otros muy acertados. Cada creyente cuenta con su propia experiencia y no podría haber ninguno al que Dios no le haya respondido literalmente alguna vez. Más allá de cómo Dios habla a sus hijos, centrémonos en cómo hablarle a Dios de nuestros asuntos.

Los que amamos la espontaneidad y detestamos el método rígido de vivir, solemos asumir un concepto de la oración un poco distinto del que tienen los devotos del método y de la técnica. Por eso es frecuente conseguir listas de condiciones para que seamos tenidos por dignos de nuestras plegarias. Pero dentro del campo de la soberanía de Dios es muy difícil conseguir algún lugar para nuestra jactancia, para nuestra sapiencia de cómo convencer a Dios de su desgana de respondernos. Pareciera que la técnica de algunos que oran descansa en la idea de un Dios silencioso, al cual se debe pedir una y otra vez hasta convencerlo de que nuestros pensamientos son urgentes.

Como la Biblia no contiene tal proposición, la oración a Dios es tanto un acto como una actitud. La expresión de orar en todo tiempo, con toda deprecación y súplica, presupone un oficio propio de un creyente consciente de su trabajo como intercesor. En toda plegaria se implica la conferencia a favor de quien clama; más allá de que lo hagamos por otros, la oración es el medio para llevar ante el Señor todo aquello que nos aqueja y nos pesa. De allí que orar es un trabajo activo hecho en todo tiempo, lo cual se traduce tanto en el acto de hablar con Dios como en una actitud ante su presencia.

Esto quiere decir que el cristiano está en continua comunión con su Señor, no solamente en los momentos propios y puntuales de los actos de aislamiento en que nos inclinamos a conversar con él. El profeta Elías lo resumió de forma muy gráfica y sencilla cuando hablaba con el rey Acab: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no lloverá sino por mi palabra. Estar en la presencia de Jehová (aún hablando con el rey) fue para el profeta la demostración de que orar era también una actitud continua e ininterrumpida. No se está en la presencia de Dios solamente con los actos específicos de oración, sino que se ora puntualmente porque nuestra actitud de plegaria es continua.

Una persona que permanece en la presencia de otra no presume silencio o desconocimiento de aquel que lo mira y se comunica. El Espíritu de Cristo que habita en nosotros nos permite esa comunión permanente, esa conciencia de la presencia del Padre en nuestras vidas, para que como el hijo pródigo podamos recordar siempre que podemos emprender el camino de regreso a casa.

Sin embargo, nadie mejor que el Señor en esta tierra para enseñarnos con su ejemplo lo que deseamos comunicar. Podemos decir que siempre estuvo acompañado por el Padre, que su actitud comunicativa era de contacto permanente con quien lo había enviado. No obstante esa realidad, de él se puede relatar que en muchos momentos se entregaba a los actos de oración. Por costumbre general se retiraba como a un tiro de piedra para hablar con quien sabía obtendría toda fuente de poder; pues no debemos olvidar que cuando vino y habitó entre nosotros lo hizo como humano.

A sus discípulos les recomendó no dejar de orar nunca. Juan nos cuenta que todos somos pecadores, pues si alguno dijere lo contrario entonces la verdad no estaría en él y llamaría mentiroso a Jesús. Santiago habló de Elías diciendo que era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras; de manera que no hay excepciones en los hombres de fe, ya que seguimos pecando a diario. La vida de David es un ejemplo de pecado y de oración; por ello no estoy muy agradado de aquella literatura que exige al creyente una vida de pureza sin igual para poder ser escuchados en los cielos.

Pablo nos habló con una metáfora sencilla de su tiempo, aludiendo a la armadura del creyente. Después de describir cada implemento del vestuario de un soldado romano, nombró dos elementos del combate: la espada del Espíritu (que es la palabra de Dios); y orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu (Efesios 6: 17-18). En su descripción se exhiben por lo menos dos acciones de combate espiritual, el combate a espada -que se hace con la palabra- y la oración hecha en todo tiempo. La palabra de Dios es tan importante como la oración misma, sin la cual no podría sostenerse esta última actitud de guerra.

Recordemos que el apóstol nos mencionó que nuestra lucha se hacía contra principados, potestades y señores del mundo, contra los que gobiernan las tinieblas, contra las malicias espirituales en los aires. Enfatizó que no luchábamos contra personas de carne y de sangre (Efesios 6:12). Esto puede confundirnos por un momento, ya que a diario confrontamos actitudes de personas que nos agobian y queremos batallar contra ellas. Esta realidad no se niega, pues el mismo apóstol habló en otra oportunidad de personajes concretos que le habían hecho mucho daño, a quienes entregó al Señor para que los juzgara; también se enfrentó a los que con injusticia detenían el anuncio del evangelio, pidió ser llevado ante el César, confrontó de manera personal a muchas autoridades judías y romanas. Pero en ningún momento se ve a Pablo tomando justicia por su propias manos, sino comprendiendo que luchaba contra las potestades espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes.

No podríamos comprender esta realidad si no estudiamos la Biblia. Jesús se enfrentó a Herodes, a quien llamó zorra, lo hizo igualmente con los judíos, muchos de ellos llamados hijos del diablo. Pero el Señor habló del ayuno y la oración para confrontar a los demonios que sus discípulos no pudieron combatir con éxito. El sabía que las potestades espirituales de maldad merodeaban la tierra y perjudicaban a los seres humanos. Nada ha cambiado desde entonces.

Las Escrituras nos enseñan muchas de estas verdades y nos dan ejemplo de cómo hicieron los grandes hombres de Dios para asumir la realidad histórica que les tocó vivir. Cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto recibió tres heridas de muerte; cada una de ellas fue infringida con la Escritura: escrito está. Cuán grande ejemplo para nosotros poder responder al enemigo con la palabra específica de Dios.

Teniendo la comprensión de las Escrituras, el segundo elemento de ataque es la oración, de acuerdo a la metáfora de Pablo descrita a los Efesios. Y orar es conversar con Dios, no un monólogo. En el diálogo hay interacción entre las partes comprometidas en la conversación. Dios utiliza a su Espíritu que mora en nosotros para guiarnos a toda verdad, para remover los textos de la Escritura que nos sean pertinentes. Pero de la misma manera lógica en que Pablo escribió acerca de la necesidad de predicar para que la gente oiga el evangelio, haciéndose la pregunta clásica ¿cómo oirán si no hay quien les predique? y ¿cómo predicarán si no fueren enviados?, nosotros debemos preguntarnos cómo nos guiará el Espíritu por la Escritura si no la hemos leído.

La expresión escrito está que produjo una gran herida en Satanás fue posible por haber sido hecha por alguien que conocía bien la palabra de Dios. Esa ha de ser también nuestra tarea para poder combatir eficazmente contra las asechanzas del diablo y contra los gobernadores de las tinieblas.

LA ESPACIALIDAD EN LA ORACION

El Señor dijo que debíamos entrar en nuestro aposento, y cerrada la puerta orar a nuestro Padre que está en secreto. A veces se iba solo a orar, lejos de la multitud. En otras oportunidades oraba públicamente y sus palabras fueron recogidas por el escritor bíblico para nuestro beneficio. Entonces queda claro que podemos orar en todo tiempo y lugar, pues no es exigente un espacio específico para desarrollar tal actividad. En materia de preferencia no podemos discutir con cada creyente, pero de seguro que las palabras específicas de Jesús, de entrar al aposento y cerrar la puerta, nos indican un estilo de aislamiento con Dios muy particular.

Cerrar la puerta es clausurar el ruido del mundo, presupone quedarnos a solas con el Padre. Como se nos dijo que él nos oiría en secreto, podemos comprender la sabiduría de esa expresión. Hay cosas muy personales que no conviene decírselas a los demás, por ello es preferible estar a solas con quien sabiéndolas de antemano nos propone la terapia del diálogo. Cuántas veces la solución a nuestros conflictos ha salido de esos encuentros en la cámara secreta; el salmista Asaf nos dio testimonio de esa realidad. El entró al santuario de Dios y comprendió que aquello que le angustiaba tanto (la prosperidad de sus enemigos) estaba planificada por Dios, al punto en que los haría entrar en resbaladeros a su debido momento.

Pero también se nos encomienda orar los unos por los otros. Esta intercesión puede hacerse tanto en privado como en forma pública. La iglesia es el recinto ideal donde se escuchan las peticiones de oración y las necesidades de los hermanos; la oración de los unos por los otros cultiva el amor de la congregación y la convivencia social.

Cuando amamos a nuestros seres queridos deseamos pasar tiempo con ellos hablando de cualquier cosa. Horas enteras son invertidas a diario para beneficiarnos de la presencia de ese otro que nos interesa tanto. Pongamos esa realidad como el ejemplo a seguir con el Señor de lo imposible, con el Dios soberano que todo lo puede y lo ha decretado. Si le amamos a él pasaremos tiempo conociéndolo y conversando de cualquier tema con él. La gente presume erróneamente que debemos reunirnos con el Señor para contarle cosas que llamamos ¨espirituales¨, que de paso nos aburren. No, a él no le interesan conversaciones aburridas, él quiere diálogo porque nos ama y conoce la necesidad de nuestras almas, de nuestra mente; él sabe de aquello que nos emociona, por lo tanto nos ha propuesto su amistad (no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os llamaré amigos). Si somos amigos hablemos con suma confianza de cada cosa de la que somos capaces de hablar con quienes suponemos amigables.

Finalmente, si la oración eficaz del justo puede mucho, en palabras del apóstol Santiago, recordemos que hemos sido declarados justificados por la sangre de Jesús. Ya somos justos, por lo tanto no esperemos a tener una vida de piedad exagerada como si con eso pudiésemos persuadir a Dios de nuestra bondad para ser oídos. Nunca nuestros méritos serán suficientes, solamente el mérito del Hijo ha hecho posible que el Padre quite la enemistad que una vez hubo entre nosotros. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios.

Los escritores que aman poner listas de condiciones específicas para poder orar parecen haber olvidado que nuestra salvación ha sido por gracia; nada ha dependido de nosotros, por lo cual no tenemos de que jactarnos. Mucho menos tendríamos posibilidad de alabanza personal en materia de la oración, que es el acto más específico de la comunión con Dios. Oremos siempre, en todo tiempo, porque aún el hijo pródigo estando en pecado reconoció que era hijo del Padre e iría hacia él en su camino de regreso a casa. La oración es un arma de guerra y los guerreros a veces caen heridos en el combate; eso no impide batallar desde el suelo, en la medida de nuestras posibilidades. Que oremos en todo tiempo es un llamado oportuno para aquellos que reconocemos a Dios en todos nuestros caminos. ¿Es que acaso nuestros caminos son siempre de pureza y santidad? ¿No visita el pecado la casa del cristiano? Si decimos que no tenemos pecado, la verdad no está en nosotros. Pero orar en todo tiempo implica orar aún cuando hemos pecado, pues de otra forma cómo podríamos confesarlos y conocer que él es fiel y justo para perdonarnos. Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios.

Cuidado con los libros de oración que colocan reglas clásicas para poder ser escuchados por Dios; las plumas con que se han escrito sus líneas parecen haber sido prestadas por el enemigo de las almas. No parece haber nadie más preocupado por nuestra santidad que el mismo Satanás, quien nos aconseja pureza absoluta para que seamos escuchados en el trono de la gracia. Esa sutileza diabólica deja ver que aquel trono parece ser el de las obras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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