Jueves, 22 de mayo de 2014

Creer cosas es materia de fe, mas por esto muchos predicadores enseñan que se debe confiar en las palabras que proferimos para asegurar el objeto de nuestra búsqueda y deseo. Expresiones como yo declaro, yo decreto, se acompañan de una visión particular que más bien sería una visualización del asunto a conseguir. No importa que sea una relación de pareja lo que se busque, tal vez una casa, un trabajo o un automóvil, lo que interesa es que si se tiene la técnica adecuada se consigue.

Con este gancho atractivo los feligreses irrumpen en sus sinagogas para escuchar las fábulas que les anime en este recorrido de fe cristianizada propia de estos tiempos. ¿Quién no quiere recibir la promesa de un Dios deseoso de hacerlo a uno rico? Todo es cuestión de fe, cada quien construye su propio destino de acuerdo a la medida de la confianza que tenga. Con esta fórmula de yo creo esto o aquello la gente supone que tiene la fe que Jesucristo da como autor y consumador de ella. Muchos testimonios construyen la esperanza de los asistentes a los templos, los escuchan de sus hermanos para seguir adelante. Si esto o aquello le sucedió a quien testifica entonces yo también puedo conseguirlo, o incluso más. Una competencia subyacente se cierne en cada miembro de las sinagogas que oyen ávidos las ofertas de un Dios generoso que solamente demanda que le crean.

Pero la fe de la cual habla la Escritura tiene otro sentido. Más que la confianza en conseguir cosas o beneficios, es un llamado a creer en una persona. Nunca se nos dice que creamos en los objetos que esperamos recibir, o que creamos que vamos a recibir cosas de Dios, sino en Jesucristo como el enviado del Padre para salvar a su pueblo. La fe bíblica sí propone a Dios como el dador de todo cuanto tenemos, como quien suple nuestras carencias. Dios es también Providencia, el que tiene cuidado de las ovejas de su prado, pero el objeto de la fe bíblica es Jesucristo. Esto nos conduce a creer las palabras de Jesús, que debemos buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, para que todas aquellas cosas que necesitemos sean añadidas.

Hay un abismo enorme en suponer que la fe cristiana consiste en acercarse a Dios como proveedor, como el ser divino que da riquezas para satisfacer nuestros deleites. Dios no hace ofertas con su evangelio, no establece vínculos con las necesidades económicas o emocionales de los seres humanos. El ha escogido a un grupo de personas desde la eternidad como objeto de su amor, a quienes ha llamado elegidos. Son los mismos predestinados para vida eterna, quienes reciben igual amor que Jacob.

La historia de los personajes de la Biblia que dieron fe del afecto divino nos muestra que también padecieron dificultades en esta tierra; muchos de sus seres queridos fueron torturados y muertos bajo viles manos de mandatarios molestos. Unos fueron aserrados, otros crucificados, otros apedreados; muchos sufrieron persecuciones constantes, a unos de ellos les tocó una vida solitaria huyendo hacia los montes, escondidos en cuevas en el intento de protegerse. No hubo para aquellos una oferta de obedecer a Dios y obtener beneficios económicos, tal como se propone hoy día en lo que se puede denominar las sinagogas de Satanás.

La fe es la sustancia de las cosas esperadas, la convicción o evidencia de las cosas que no se ven. La fe sería la manifestación de las cosas que no vemos, o de la esperanza que tenemos. Pero, ¿quién puede tener una fe de esta naturaleza, que haga aparecer cosas que no vemos? Ciertamente no es un acto de magia. Es muy interesante que el escritor de Hebreos, cuando define la fe de esta manera, comienza a referir ciertos eventos de la creación de Dios. Por la fe entendemos haber sido hecho el mundo por la palabra de Dios, siendo hecho lo que se ve, de lo que no se veía (Hebreos 11:3). Si nos volvemos a la definición dada en el verso 1, la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven, entonces comprenderemos el gran reto para nosotros en este siglo de las ciencias. ¿Es la ciencia que aprendemos una verdadera ciencia?

Con esta pregunta podemos dar múltiples respuestas. Más allá de definirla como el conjunto objetivo, ordenado y sistemático del conocimiento, también se puede leer que la ciencia es lo que el conglomerado de científicos ha dicho que es ciencia. De allí que Pablo habló de la falsamente llamada ciencia. Hoy día vemos en las escuelas, liceos y universidades que se habla con mucha seriedad de conocimientos no plenamente demostrados, pero asumidos como una gran verdad. En esos centros del saber se nos predica que el universo siempre ha sido o que apareció solo, sin mediación de ningún creador. Y en los seminarios teológicos se nos induce a sostener que Dios creó en evolución, que lo que el Génesis dice es metáfora de lo que la ciencia moderna dictamina.

El autor de Hebreos nos está advirtiendo en su introducción a la fe que debemos creer eso que escribió bajo la inspiración del Espíritu de Dios. ¿Podemos creer la referencia al Génesis? ¿Podemos sostener que Dios ordenó y con su palabra fueron hechos los cielos y la tierra? Porque ciertamente ese es el ejemplo cumbre que se nos coloca para definir la fe, nunca una concentración mental para producir cosas o para materializar deseos por nuestra cuenta.

Después de darnos ejemplos suficientes para enfatizar su tesis, el escritor bíblico nos refiere a los profetas y hombres de batalla que ganaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas y aún taparon bocas de leones. Es una gran apología de la fe, o de los hombres heroicos que alcanzaron sus proezas por medio de esa confianza que Dios les hubo dado. Pero aquello que lograron lo hicieron como parte de la gloria de Dios, no para sus propios deleites. ¿Qué deleite puede haber en morir aserrado, o vivir recibiendo azotes y vituperios? Algunas mujeres recibieron a sus muertos por resurrección, una prostituta llamada Rahab no pereció junto a los incrédulos; otras personas lograron escapar del filo del cuchillo, pero convalecieron de enfermedades. Hubo muchos que experimentaron prisiones y cárceles, viviendo pobres, angustiados y siendo maltratados.

A ninguno de ellos se les apareció un ángel del cielo para pedirles que visualizaran sus deseos y vivieran una vida mejor. A ninguno se les dijo que dieran ofrendas al Dios del cielo para que obtuvieran promesas de las Escrituras. Pero de todos ellos se dijo que el mundo no era digno (verso 38), los cuales fueron aprobados por el testimonio de la fe, muy a pesar de que no recibieron la promesa (verso 39). De manera que aún siendo aprobados por la fe exhibida no consiguieron la promesa que se les había hecho, porque su testimonio quedó como ejemplo, si bien ellos no fueron perfeccionados sin nosotros.

SI TUVIEREIS FE

Si tenemos esa fe descrita en el libro de Hebreos, comprenderemos al Dios que está detrás de lo imposible. ¿Habrá alguna cosa que el Dios de toda carne no pueda hacer? Si de lo que no se veía hizo el universo y todo cuanto existe, entonces no podemos dudar un instante de la capacidad que le asiste. Como no es de todos la fe, sino que ésta es un regalo de Dios, sabemos que los que hemos creído tenemos la sustancia de las cosas que no se ven. Nuestro recorrido existencial nos mostrará la oportunidad para ejercitarla o para ejercerla; poca o mucha, será suficiente para resistir al mundo y para salir airoso como lo hicieron los profetas y grandes personajes nombrados en la galería de la fe del autor de Hebreos.

Asaf escribió el Salmo 73, en el cual nos mostró que sufrió gran angustia por ver el mal de los impíos junto a su prosperidad; hasta que un día, entrando al santuario de Dios (a su presencia) comprendió el fin de ellos. Esa actitud del salmista no es otra que el ejercicio de su fe en medio de su circunstancia de vida. La victoria que venció al mundo en el escritor bíblico ha sido la fe; no hay mucha distancia entre esos personajes descritos y nosotros, pues que a todos nos ha sido dada una medida de confianza para que airosos lleguemos a nuestro destino.

Lo que sí es una gran mentira es visualizar, decretar, ordenar, declarar las cosas como un conjuro para que sucedan. Dejémosle esa tarea a los magos egipcios porque la nuestra es asumir que lo que nos acontece ha sido la voluntad del Altísimo y el acercarnos a Dios nuestro alivio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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