Lunes, 19 de mayo de 2014

Muchos creyentes se preguntan cómo hacer para continuar en la lucha contra el mundo, contra las fuerzas que destruyen el alma, ya que el gran adversario nos supera. Es cierto que Satanás tiene un poder de gran alcance y fuerza, superior al nuestro. Sin embargo, la proposición bíblica consiste en decirnos que el Señor ha vencido al mundo, ha derrotado a su príncipe y la misma muerte.

La amistad con el mundo es enemistad para con Dios, pero nos sentimos solos en los rebaños que suponemos de las ovejas. La razón bien podría descansar en el hecho de que el aprisco ha sido tomado por las cabras, por lobos disfrazados de corderos, por los cerdos y los perros. Aún las mismas zorras (como Herodes) merodean en el recinto de los ovinos.

Más allá de buscar esa u otra razón, hay una promesa inconmensurable de ser guardados en las manos de Jesucristo y en las manos del Padre. ¿No bastará esa revelación para el pueblo de Dios? Ciertamente que sí, ya que Dios nos preserva.

Es verdad que el evangelio escribe que quien persevere hasta el fin será salvo. Pero colocar la carreta delante del caballo es tarea difícil para el animal, por más que imposible. Nuestra perseverancia proviene de la preservación del Padre y del Hijo. ¿Quién puede mantenerse victorioso contra las fuerzas de las potestades espirituales de maldad? Nadie puede jactarse en sus propias fuerzas o pericia, porque se nos ha advertido que tendremos aflicción en el mundo. La única forma de llegar hasta el final con gran victoria consiste en descansar en aquellas palabras sabias sobre Jesús, quien es el autor y consumador de la fe; en otros términos, al precepto de que le amamos porque él nos amó primero debe seguir que el que nos dio la fe nos la mantendrá hasta el final.

De las manos de Jesús y del Padre no puede nadie sacarnos, ni siquiera nosotros mismos podemos fugarnos, pues no ha sido por nuestra voluntad que allí estemos sino por la operación del Espíritu.  Estando confiado de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Es interesante que tanto en hebreo como en griego, el vocablo con el que se define salvar implica libertar y rescatar, pero además se agrega el sentido de preservar. No podría ser de otra manera, pues ¿qué sentido tendría para un mortal pecador ser rescatado del mal, ser salvado de la condenación venidera, pero ser después llevado al infierno porque no pudo mantenerse en pie?

Frente a lo planteado cabe aún otra pregunta: ¿Se basa la salvación definitiva del hombre en sus buenas obras? Ciertamente la Escritura abunda en que no hay jactancia y que no es por obras para que nadie se gloríe. En definitiva, el ser humano no tiene ni siquiera la posibilidad de exhibir la buena obra de haber mantenido la salvación de su alma a salvo. Es verdad que se nos manda a ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor, pero eso no implica que tengamos la potestad de mantenernos a salvo en las manos de Dios por nuestras propias fuerzas. Ocuparse de la salvación implica vivir una vida acorde con lo que hemos creído, de acuerdo a la santificación que el Espíritu produce en nosotros. Ocuparse de esa salvación no nos capacita para exhibir nuestras fuerzas como las capaces de semejante obra de preservación.

¿No produce Dios el querer y el hacer por su buena voluntad? Entonces gracias a esa realidad nos ocupamos de la salvación con temor y temblor; pero la carreta va detrás de la  bestia, no delante de ella. Jehová ordena los pasos del hombre y aprueba su camino, de manera que cuando cayere no quedará postrado, sino que el Señor sostendrá su mano (Salmo 37: 23-24). Dice el verso 28 del citado salmo de esta manera:  Porque Jehová ama la rectitud, Y no desampara sus santos: Mas la simiente de los impíos será extirpada.

Ese es el gran contraste, Dios preserva a sus santos (dice otra versión) pero los impíos serán extirpados, no serán preservados. Por lo tanto no puede un creyente sostener que él puede perecer o que trabaja en buenas obras para no perecer. Al contrario, la Biblia abunda en mensajes acerca de la preservación que Dios hace de sus santos y coloca el lado opuesto para ilustrar su enseñanza: los impíos no son preservados. Por esa razón el Espíritu inspiró a Juan para escribir su célebre frase que viene al caso: Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros; porque si fueran de nosotros, hubieran permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que todos no son de nosotros (1 Juan 2:19).

Ahora bien, la preservación implica un hacer nuestro, aunque es tarea de Dios. Nuestro hacer es provocado por la nueva naturaleza engendrada en nuestra existencia, por el corazón de carne implantado. Esa nueva naturaleza nos permite aborrecer el mundo, de lo cual Juan viene hablando antes de escribir el texto citado. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él ... mas el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (versos 15 y 17). Hay muchos supuestos creyentes que militan en una congregación adorando a un falso Dios, siguiendo la disolución de sus maestros mentirosos, pero ellos salen de nosotros sin ser de nosotros. Estos son los que aman la concupiscencia de la carne, de los ojos y la soberbia de la vida.

Si Dios ordena y sostiene nuestros pasos, si aprueba nuestros caminos, se supone que nos preserva. Ordenar, sostener y aprobar conllevan la idea de la preservación hecha por el Padre. Él es quien causa que permanezcamos en la justificación que ha hecho y que permanezcamos sometidos a su justicia. De nuevo el viejo ejemplo, que un niño al cruzar una avenida de la mano de su padre va custodiado por éste, pero es el niño quien camina también.

PROMESAS ESPECIFICAS QUE CONCUERDAN

El profeta Jeremías escribió de parte de Jehová que el Señor nos daría un corazón y un camino, para que le temamos todo el tiempo, para el bien nuestro y de nuestros hijos. Que el Señor haría con nosotros pacto eterno, sin dejar de hacernos bien, que pondría su temor en nuestro corazón para no apartarnos de él (Jeremías 32:39). De eso hablaba Jesús al decirnos que todo lo que el Padre le daba iría a él y no lo echaría fuera. Que la voluntad del Padre era que todos los que él le diera no se perdieran nunca, sino que el Señor los resucitaría en el día postrero (Juan 6:37-40). Jesús da vida eterna a sus ovejas para que no perezcan jamás. Y nadie las podrá arrebatar de sus manos ni de las manos de su Padre, quien es mayor que todos (Juan 10:28-29). Esa expresión, mi Padre es mayor que todos deja entendido que es mayor incluso que la oveja a preservar, de tal forma que la oveja jamás podrá huir de las manos de su Padre. Pero hay algo implícito en toda esa lógica de Jesús, la oveja por su naturaleza no querrá huir jamás de esas manos por cuanto se trata de un ser que ha tenido un corazón de carne implantado (Juan 10:28-29).

De esta forma, todas las cosas trabajan para bien de los que han sido redimidos (Romanos 8:28). Por esta razón el salmista escribió que su socorro venía de Jehová, quien no daría nuestro pie al resbaladero, ni se dormiría guardándonos. Dijo que Jehová nos guardaría de todo mal, incluso guardaría nuestra alma. Nuestra salida y entrada están custodiadas por siempre (Salmo 121).

Asaf fue otro salmista que dio testimonio de la preservación que Dios hace de su gente. Dios nos recibirá en gloria, a pesar de que nuestro corazón y nuestra carne desfallezcan; el Señor nos arrastra hacia él, por lo cual le hemos hecho nuestro refugio (Salmo 73). 

UNA ACUSACION PERSISTENTE

A menudo se oye aún en las iglesias que el ser salvo y siempre salvo es una licencia para pecar. Semejante señalamiento no es novedoso sino de vieja data. Ya Pablo había escuchado tal acusación porque era el apóstol que más se refería a la gracia. Pero el capítulo 6 de Romanos habla de lo contrario, de que precisamente el creyente por la gracia de Dios no está dado a permanecer aún en el pecado, ni a incrementarlo para que la gracia abunde.

La vida del creyente es en alguna medida el reflejo de una transformación interna. El pecado lo agobia pero no lo domina, el cristiano cae pero no queda postrado. Por lo tanto, no hay licencia para pecar por el hecho de ser salvo, siempre salvo. La preservación de Dios presupone el ser mantenido y a salvo de cometer ciertos actos que pertenecen por naturaleza a la vida de la carne. No obstante, el cristiano peca -pues si decimos que no hemos pecado le hacemos a él mentiroso y la verdad no está en nosotros- pero no practica el pecado. En otros términos, no se deleita en lo malo que hace, ya que el Espíritu se entristece y nosotros también nos convertimos en seres lánguidos y dignos de conmiseración. También dice la Escritura que recibimos la disciplina del Señor, precisamente porque hemos sido amados por él.

Desde ningún ángulo se puede sostener tal afirmación, que por ser siempre salvos tengamos licencia para pecar. ¿Cómo permaneceremos aún en el pecado? El Espíritu nos anhela celosamente y el pecar nos hace miserables, más allá de que seamos descubiertos en forma pública o de que podamos ocultarnos por un tiempo en lo que hacemos. David cayó en pecado terrible, adulterio y asesinato; perdió el gozo de la salvación y clamó por perdón y piedad de parte del Señor. También fue disciplinado duramente, pero siguió siendo el hombre conforme al corazón de Dios, fue levantado y se cumplió en él la preservación tan anunciada por Dios mismo.

Precisamente porque nuestra salvación depende solamente de la justicia de Cristo, el cristiano es preservado de ciertos pecados. No puede cometer el pecado imperdonable del cual hablara Jesús, no seguirá al extraño jamás, sino que huirá de él pues no conoce la voz de los extraños. Extraños son los falsos Cristos y falsos profetas, los falsos maestros que con vana palabrería seducen a las almas inconstantes; tal afirmación se recoge de lo que escribiera Juan en su evangelio capítulo 10; los elegidos no serán arrastrados por los signos y maravillas de los falsos Cristos y profetas (Mateo 24:24). Es imposible para el creyente creer en la mentira y deleitarse en la injusticia, de acuerdo a la lectura de 2 Tesalonicenses 2:3-17, en la que se muestra el contraste de dos grupos, los engañados por Satanás y los escogidos por Dios desde el principio para creer la verdad. Los que son de Dios jamás anunciarán un evangelio contrario a las Escrituras, pues quienes tal hacen son declarados malditos o anatemas (Gálatas 1:8-9).

EL CONTRASTE

Por el texto de Pablo a los Tesalonicenses vemos dos grupos de personas que se oponen y marcan la diferencia entre la preservación y la condenación de Dios. Los que se pierden son aquellos a quienes el mismo Señor les envía un poder engañoso, un espíritu de error para que crean en la mentira y sean juzgados por eso. Ellos son los mismos que no han creído jamás en la verdad, pero se han gozado en la injusticia. En definitiva, son hijos de perdición y hombres de pecado. El otro grupo, los preservados por el Señor, son sus amados que ha escogido desde el principio para salvación, en la santificación del espíritu, son los que han creído a la verdad; los mismos que Él llamó a través de la locura de la predicación del evangelio con el fin de obtener la gloria del Señor Jesucristo.

Estos dos grupos marcan un contraste ejemplar, pero igualmente pedagógico. Nos enseñan que existe una imposibilidad de cambio grupal, ya que un creyente (regenerado por el Espíritu de Dios) jamás se gozará de la injusticia. Es cierto que antes de haber sido convertidos o de haber nacido de nuevo nuestro andar era semejante al de los demás en muchas marcas. Dice Pablo que por naturaleza éramos hijos de la ira, lo mismo que los demás. Fuimos hechos de la misma masa que los otros, pero con destino diferente por el alfarero. Queda entendido que sin mérito natural alcanzamos la gracia de Dios, por el puro afecto de su voluntad, por lo cual no hay jactancia de buenas obras.

De la misma forma, el grupo de las cabras no puede cambiar su naturaleza, como el etíope no puede mudar su piel ni el leopardo cambiar sus manchas. No dice la Escritura que los creyentes fuimos cabras en algún tiempo, sino hijos de la ira, lo mismo que los demás. El común denominador entre cabras y ovejas es el participar de la misma masa en que hemos sido hechos, haber estado bajo el espíritu que gobierna las tinieblas, haber estado en la desobediencia natural del hombre frente a su Creador. Pero como Dios todo lo planificó desde la eternidad, hay ovejas que llegarán a creer en el tiempo, de acuerdo a los planes sempiternos del Señor, bajo el medio de la predicación del evangelio. Sin embargo, las cabras podrán escucharlo sin comprender del todo lo que se anuncia, pues ellas preferirán un Cristo a la medida de su imaginario, un evangelio recortado para sus prácticas y una alabanza que se amolde a sus sentidos.

Los buenos árboles no producen malos frutos, ni los malos árboles dan frutos buenos (Mateo 7:18). Pero del tesoro del corazón y de su abundancia habla la boca; si el tesoro es bueno traerá buenos frutos, pero si es malo los frutos serán perversos (Lucas 6:45). ¿Y quién podrá tener un corazón bueno? Solamente es bueno el corazón de carne transplantado por Dios, del que hablara el profeta Ezequiel. Por otro lado, debemos preguntarnos qué es lo bueno que se habla, si eso hace referencia a palabras, pensamientos u obras del hombre regenerado. Como dijera Marc Carpenter, Jesús hace referencia al evangelio que el hombre cree y confiesa, por lo cual resulta imposible para un creyente creer y confesar un falso evangelio (http://www.outsidethecamp.org/ccfindex.htm).

LA ALEGRIA

Jamás vamos a decir que Dios no existe o a predicar un evangelio falso; tampoco seguiremos a los falsos maestros o a los extraños, sino que huiremos de ellos (Juan 10:1-5). Mucho menos vamos a rogar a un Dios que no puede salvar, ni a establecer nuestra justicia como modelo. No seremos necios (Salmo 14:1), ni andaremos en la fatuidad de los que adoran ídolos (Isaías 45:20). No ignoraremos la justicia de Dios que es Cristo (Romanos 10:3), ni seremos malditos por predicar un evangelio diferente (Gálatas 1:8-9). ¿Quién es el creyente que dice que no peca (1 Juan 1:8-9), o que niega a Cristo (1 Juan 2:22)? Todo creyente permanece en la doctrina de Cristo (2 Juan 9), y el verdadero cristiano no le dice bienvenido a quien no trae la doctrina del Señor (2 Juan 11).

Este conjunto de enseñanzas debe alegrarnos el alma por cuanto es imposible para un redimido separarse del Señor o cometer los pecados propios de los que no tienen al Espíritu de Cristo. Este es en gran parte el sentido de la preservación que hace Dios de su pueblo, el de la perseverancia de los santos hasta el fin, en el espíritu de que el Señor es quien produce en nosotros este andar por su buena voluntad.

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:55
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