Martes, 13 de mayo de 2014

En el libro de los Hechos Apostólicos, en su capítulo 10, se expone una visión recibida por Pedro, que nos sirve para estudiar el cambio de paradigma y cómo asumir un esquema de vida correcto.  Una visión que le requirió al apóstol mudar la perspectiva pasada de moda, reducida, producto de una manera exclusivista de ver el mundo. Los judíos habían sido escogidos como portadores del Verbo de Dios pero se habían acostumbrado a encarar al resto de las gentes con el privilegio que ello suponía. La razón fundamental de su desvío pudo reposar en que no atinaron a comprender que tal elección se sostenía por causa del Elector.

Un oficial del ejército romano que ayudaba a someter a los judíos al servicio del Imperio se convirtió en el centro de interés de Pedro. Dios lo había escogido  para dar inicio al derramamiento de su Espíritu en el mundo gentil y pagano, contrario y normalmente opuesto al universo judío. Desde ese momento el cristianismo incipiente ya no sería exclusividad de los judaizantes, sino que implicaría universalidad al integrar a las gentes en una fe común.

Llama la atención que Cornelio era un hombre piadoso y temeroso de Dios. Sus limosnas al pueblo eran notorias como las oraciones que hacía al Dios de la Biblia. Lo que hoy conocemos como el Antiguo Testamento era la Escritura leída por el centurión romano, pues fue Jehová quien le respondió a sus plegarias y el mismo que le dio la revelación a Pedro. No oraba Cornelio a Baal o a Astarté, sino que manejaba el conocimiento general que muchos judíos tenían en relación con el primer advenimiento del Mesías. Pero Cornelio necesitaba una explicación teológica del evangelio, y tal explicación también necesitaba darla el apóstol para su propia instrucción del cambio de paradigma.

Lo que Cornelio aprendió de Pedro lo aprendió igualmente el apóstol que le instruía. Que Dios no hace acepción de personas, sino que en todos lados está pendiente de quién teme a su voz. La visión reductiva de Pedro fue cambiada al darse cuenta de que Dios abría las puertas con su evangelio al mundo gentil. La antigua resolución de Dios en relación a los animales inmundos estuvo limitada al mundo judío; ahora se abría un nuevo tiempo con una visión diferente. Ya no existiría más el concepto de animales inmundos dentro del plan de Dios para su iglesia. Ahora el mundo gentil se uniría al mundo judío, pero solamente en Cristo. Y a la inversa, el mundo judío tenía que estar abierto al mundo gentil, siempre en Cristo, conformando un solo pueblo.

Pedro se resistió un breve tiempo a la visión que le estaba siendo dada, pero Dios terminó convenciéndolo. Su sorpresa alcanzó el clímax con la admiración sostenida por otros judíos que le acompañaban en la casa del centurión romano, al ser testigos de la forma como los gentiles recibían el Espíritu Santo dado por Dios.

EL ORDEN DE LOS TIEMPOS: KAIROS Y CRONOS

Las circunstancias paralelas son creadas por Dios como mecanismo de desarrollo de sus planes. Por un lado Pedro tuvo una visión que refería a los animales inmundos, de acuerdo a un momento histórico en que Dios había ordenado a través de Moisés las instrucciones para sacar a su pueblo de Egipto y llevarlo a la tierra prometida. Por otro lado, Cornelio recibió la visita de un mensajero de Dios, quien le indicó que hiciera contacto con Pedro. Este paralelismo no es único en la Biblia, sino más bien un elemento común encontrado en su lectura. En otra oportunidad Pedro estuvo encarcelado, pero la iglesia hacía oración por el apóstol en una casa. Mientras unos oraban, un ángel desataba las cadenas que mantenían aprisionado al apóstol. Sin embargo, el ángel le indicó que atara su calzado. Hay cosas que no podemos hacer por nosotros mismos, por lo cual necesitamos la específica intervención divina; pero hay otras que podemos resolver solamente con la dirección de Dios.  Eso quedó demostrado con la frase ata tu calzado.

La mitología griega había desarrollado la idea de dos tipos de tiempo. Ambos eran dioses, uno abuelo del otro. Cronos, el más antiguo, tenía a su nieto Kairós; el primero se ha ocupado de los eventos sucesivos que llenan todos los espacios y que todo lo circunda, mientras el segundo tenía que ver con la ocasión, con el instante que uno debe aprovechar al máximo.

Es posible que esta idea haya tomado fuerza en la mentalidad de los escritores del Nuevo Testamento. El empleo de la lengua griega como emblemática de lengua franca intelectual hizo que los judíos escribieran el Nuevo Testamento en una forma muy particular. En el principio era el Verbo, escribió Juan en su evangelio; tal proposición es sumamente abstracta, muy distinta de una lengua con preferencias concretas como el hebreo.  De hecho, Dios en lengua hebrea es visto como Roca, con alas como de una gallina que cubre a  sus polluelos; también como el Ser que es el que es. Pero en ningún lado se le ha descrito con tanta abstracción como en Juan 1:1.

Quizás por ser el griego una lengua que se prestaba para tanta riqueza intelectual, los judíos la tomaron como el vehículo en el que se transportaría la ideología de la iglesia cristiana en su origen. La percepción del tiempo en lengua griega fue mantenida y podemos asegurar que en el Nuevo Testamento se hace distinción entre el Cronos y el Kairós. En Marcos 1:15 leemos: El tiempo (kairós) es cumplido, y el reino de Dios está cerca: arrepentíos y creed al evangelio. Esta es una medida específica de tiempo, una parte definida de éste; el tiempo correcto, la gran oportunidad. Cuando Jesús nos dijo Mirad, velad y orad: porque no sabéis cuándo será el tiempo, Marcos lo escribe utilizando el término kairós, como un elemento de especificidad (Marcos 13:33). Juan también lo hizo en otro texto: mi tiempo (kairós) no ha llegado aún (Juan 7:6).

Con este concepto de temporalidad específica se quiere hacer referencia a algo muy importante que ha de acontecer o que acontece; por ello la teología cristiana habla de el tiempo de Dios (kairós), dejando de lado al krónos antiguo mucho más cuantitativo que cualitativo.

Si alguien dudase de lo dicho, tenemos otro ejemplo muy convincente que presenta a ambos términos en un mismo verso, para establecer la diferencia conceptual entre uno y otro vocablo. Περὶ δὲ τῶν χρνων (KRÓNON) καὶ τῶν καιρν (KAIRÓN), De los tiempos y los momentos. Distinción que también respeta en este texto la Vulgata Latina: De temporibus autem, et momentis (1 Tesalonicenses 5:1). La teología cristiana puede hablar con propiedad del tiempo de Dios, así como los griegos distinguieron entre el tiempo sucesivo y el momento específico, en que se consideraba el momento adecuado para hacer algo. Esta concepción la mantuvo la retórica clásica, con la ambición de aprovechar las circunstancias para convencer al auditorio. Los latinos lo expresaron unos siglos después con el poeta Horacio como el Carpe Diem (toma tu tiempo), que también se puede interpretar como aprovecha el tiempo oportuno, aprovecha el momento que te ha sido dado.

Llama la atención la frase del profeta Isaías: He aquí el tiempo aceptable, el día de salvación; o esta otra: Buscad a Jehová mientras puede ser hallado. Esto fue escrito en lengua hebrea, pero el enunciado implica un momento oportuno. De allí que se diga que el tiempo de Dios es perfecto; sin embargo, para los humanos sería maravilloso que ese tiempo divino tuviese lugar en el tiempo (cronos) humano. Nuestra impaciencia lo aguarda, lo exige, lo espera, pero no puede bajo ningún respecto apresurarlo. He allí el dilema, he allí nuestra desesperación porque Dios no envejece. Algunos cantos o salmos hablan del hombre que necesita que Jehová se apresure a socorrerlo, le dicen al Señor que nuestros huesos expiran, que nuestra carne desfallece y que allí en el Seol no habrá quien lo alabe.

No importa cuán creyentes seamos, todos deseamos que el tiempo de Dios llegue y se convierta en nuestro tiempo existencial; esperamos el momento decisivo, el día aceptable, la respuesta concreta y puntual a nuestras oraciones; aguardamos la hora señalada por Dios para satisfacer nuestras carencias. Las crisis que se recurren en la historia humana son vistas como manifestaciones específicas que solamente serían posibles bajo los decretos divinos. Añoramos que termine el tiempo (kronos) del dictador y esto solo será posible en el tiempo (kairós) de Dios; de allí que busquemos los signos (semeia) indicativos de la recurrencia histórica porque los interpretamos como la mano de Dios que hace todo posible.

En el texto señalado de los Hechos de los Apóstoles podemos leer que mientras ellos iban por el camino y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la azotea para orar (verso 9). Como Dios ha fijado el orden de los tiempos (de los momentos) las circunstancias por Él creadas son sus mecanismos para lograr sus fines. Por un lado Pedro sube a la azotea y obtiene la visión acerca de la necesidad de cambiar su paradigma: los animales que fueron inmundos en un tiempo o sazón determinado ya no lo son más. Por otra parte, los enviados por Cornelio en busca del apóstol llegaban a la ciudad. En la economía de Dios no hay desperdicio alguno y aunque nosotros por escépticos lo veamos como coincidencia, los eventos tienen forma, tiempo y lugar de acuerdo al plan sempiterno del Altísimo. Esa es la enseñanza de la Biblia, el despliegue conceptual de la soberanía de Dios en todo evento y circunstancia.

Una vez que Dios destruyó el esquema incorrecto de Pedro lo habilitó para escuchar su nueva proposición y para aceptar la invitación de los emisarios del centurión romano. Dios teje y desteje la historia humana, tiene cuidado hasta de un átomo porque dentro de su esquema perfecto no cabe ni la irracionalidad ni la duda. Todo en Él es un sí y un amén.

Pedro aprendió que Dios no hace acepción de personas, lo cual equivalía a un cambio de paradigma al que había estado habituado como judío. Asimismo, sus compañeros de raza y credo se espantaron al ver que lo que había acontecido a ellos sucedía también en casa de los gentiles. Cornelio recibió el Espíritu y fue bautizado junto con su gente; en tal sentido, todos se beneficiaron del cambio que produjo la nueva visión.

Nosotros entendemos que el tiempo de Dios llegó para Cornelio el gentil de la misma manera que llegó para Pedro y sus compañeros judíos. El mensaje que Pedro le dio a Cornelio fue muy sencillo: que Jesús de Nazaret había vivido entre ellos y había hecho maravillas, pero que había sido colgado con los malhechores en un madero. Sin embargo, al tercer día hubo resucitado, de lo cual daban testimonio los que lo habían visto en tales circunstancias. Pedro acotó que de ese Jesús testificaban también los profetas leídos por el centurión romano. Ese es el mensaje del evangelio que se nos manda a creer una vez que nos arrepintamos de nuestra vana manera de vivir o de nuestra incredulidad. El mensaje sigue siendo igual hoy día: arrepentíos y creed en el evangelio.

Cualquiera que crea será visto con asombro por el cambio que ocurrirá en su vida; de igual forma fue visto Cornelio una vez que el Espíritu entró en él. Recordemos que el don de lenguas fue una promesa hecha al mundo judío, pero fue también una advertencia de que el Señor les hablaría en lengua de tartamudos, de acuerdo a un texto de Isaías citado en 1 Corintios 14. No fue una promesa para cada creyente, sino un evento particular mencionado en el libro de los Hechos en tres oportunidades en que los judíos siempre estuvieron presentes. Después se mencionó en referencia a la Iglesia de Corinto; fue una señal particular para el mundo judío, extensiva a los gentiles, pero que concluyó cuando vino lo perfecto, como lo advirtió Pablo.

El Espíritu sigue siendo una promesa y una garantía de nuestra salvación. Ese mismo Espíritu nos llevará a toda verdad y en virtud de ella no nos inducirá a hablar en lenguas extrañas (como mal traduce el texto), sino que nos hará entender la mente del Señor y nos permitirá amarlo y desearlo. Si él nos guía a toda verdad, entenderemos que hablar en lenguas hoy día no es la verdad enseñada por la Biblia para estos tiempos. Precisamente, todo tiene su tiempo y el tiempo de Dios es perfecto.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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