Martes, 29 de abril de 2014

Son muchos los que se preguntan qué es la conversión a Dios. ¿Será un acto unilateral, en donde la criatura motu proprio toma la decisión de recibir a Jesucristo como salvador? ¿O tal vez será un acto bilateral, en donde convergen la voluntad divina oferente y la voluntad humana recipiente? Tal vez no sea ni lo uno ni lo otro.

Podemos hacer referencia a la herejía del Lordship salvation (el señorío de Cristo), pero debemos preguntarnos ¿cómo puede ser una herejía el hablar del señorío de Cristo? Bueno, la expresión en inglés proviene de la idea errónea de que para ser salvos por Cristo es necesario primero que nada recibir a Jesucristo como el Señor. Ese es el error, afirmar que si no existe el señorío entonces no hay salvación. Esta idea se traduce en presumir que el hombre está capacitado para aceptar el señorío de Jesús y en consecuencia obtiene la prebenda de la salvación.

Pero ya sabemos que hasta los demonios creen y tiemblan; que muchos de ellos hablaron con el Señor y le llamaban por ese nombre reconociéndole como el Todopoderoso del cielo y de la tierra. Sin embargo, ellos muy bien supieron y saben que para ellos no hay redención alguna. Por otro lado, la humanidad muerta en delitos y pecados no tiene la capacidad espiritual para recibir el señorío de Cristo y perseguir la salvación que supuestamente le ofrece. Esta herejía ha sido propagada ampliamente por dos predicadores archiconocidos en Norteamérica y en América Latina, pues viaja en forma bilingüe, en inglés y en español, de la boca y de la pluma de John MacArthur y Paul Washer. Ellos dicen: tienes que recibir a Jesucristo como tu Señor para que pueda ser tu Salvador.

Son numerosos los predicadores (aún aquellos que hablan de la gracia) que profieren tales palabras: cuando recibí a Jesús como mi Señor y Salvador... ¿Pero es que acaso ignoramos que Dios el Padre le dio todo dominio al Hijo sobre la tierra y sobre las potestades espirituales? ¿Anda Jesús deseoso de que la humanidad muerta en delitos y pecados lo reconozca como el Señor del universo? ¿Ha establecido el principio del señorío de Cristo como condición para salvar a los que el Padre le dio? Jesucristo representó en la cruz a aquellos que el Padre le dio, como lo confesó en su oración en Getsemaní, la noche antes de su crucifixión. Dijo expresamente que no rogaba por el mundo, sino solamente por aquellos que el Padre le había dado.

Por lo tanto, añadir a sus palabras es herejía, es torcer las Escrituras para perdición de quien lo hace. La conversión es la consecuencia natural e inmediata del nuevo nacimiento, un acto operativo del Espíritu de Dios de acuerdo a lo determinado por el Padre. El Hijo no murió en vano por el mundo, sino por su pueblo, de acuerdo a lo que el ángel le dijo a José en relación al nombre que debía ponerle al niño: Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Este nombre significa Jehová salva.

ἐπιστρέφω - Epistrepho

Este vocablo griego significa convertirse, volverse a la alabanza al verdadero Dios, a la obediencia a Dios, tornarse a amar la sabiduría y la justicia. Regresar, volver, revertir moralmente. Acá no se implica el reconocimiento del señorío de Cristo para poder ser salvo. Es obvio que todo convertido (por cuanto ha nacido de nuevo) reconoce que Jesucristo es el Señor, de eso no queda la menor duda. Lo impropio de la herejía es presumir que ese acto viene antes como una condición necesaria para poder alcanzar la salvación del Señor. Eso es añadirle a las Escrituras, eso es colocar una piedra pesada que no puede ser movida, pues ¿cómo podría un muerto en delitos y pecados reconocer al Señor y su señorío si antes no ha sido salvado, convertido, por la gracia del nuevo nacimiento? En eso deberían pensar esos teólogos del susto, sinergísticos, Paul Washer y John MacArthur. Se parecen a los antiguos fariseos que colocaban cargas pesadas que ellos no podían ni mover: ¿Acaso alguno de ellos ha podido reconocer el señorío de Cristo antes de ser salvo? Si de esta forma lo declaran, de seguro no lo son, por lo imposible de la tarea. Y si así no lo declaran, entonces ¿por qué son herejes? No en vano Pablo recomienda examinarse a uno mismo para ver si estamos en la fe (2 Corintios 13:5). La regeneración nunca va precedida por ninguna condición que el pecador deba o pueda cumplir.

Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu simiente, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que tú vivas (Deuteronomio 30:6); Y les daré corazón para que me conozcan, que yo soy Jehová: y me serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios; porque se volverán a mí de todo su corazón (Jeremías 24:7); Entonces respondió y me habló, diciendo: Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, en que se dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos (Zacarías 4:6); Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios (Juan 1:13); Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen (Juan 10:27); Como le has dado la potestad de toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste (Juan 17:2);  Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado (Romanos 5:5); Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó (Romanos 8:30); No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó, por el lavacro de la regeneración, y de la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5); Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23).

Como vemos de estos textos citados, en ninguno se deja espacio para el agregado del reconocimiento del señorío de Jesucristo como la condición para que él sea nuestro salvador. Los predicadores de tal herejía enfatizan en la conducta como fruto de justicia que el creyente debe rendir para asegurar su salvación, o para demostrar que se es salvo. Si Jesucristo no es Señor de la vida del creyente entonces no es salvo. Acá confunden la causa con la consecuencia o la consecuencia con la causa; el hecho es ser convertido por la gracia del nuevo nacimiento, cuyo estado se impone en virtud de que Jesucristo es el Señor del universo. Es de tal manera el Señor que rige incluso a las potestades espirituales (exhibió cautiva la cautividad), los demonios se le sujetan y tiemblan, Satanás tuvo que retirarse con su tercera herida en el desierto, cuando Jesús le dijo: Escrito está. Pero es de tal manera el Rey de Reyes y Señor de señores que no necesita que se le reconozca para poder ser tal Señor. Ante él se doblará toda rodilla de la faz de la tierra, en el día señalado; impone con tal soberanía su gracia irresistible que no exige condición alguna en el pecador que ha salvado en la cruz porque Su Padre lo ha predestinado para tal beneficio.

El nuevo nacimiento produce en nosotros la conversión, por medio de la cual reconocemos que en virtud del corazón de carne trasplantado que Jesucristo es nuestro Señor y Salvador. Pero en ningún momento la Escritura señala que ese reconocimiento de su señorío es una condición para la salvación; el cristiano peca, como lo hizo Elías, sujeto a pasiones como las nuestras; como lo hizo David, asesino y adúltero, pero conforme al corazón de Dios; como lo hizo Pablo, que no hacía el bien que anhelaba empero el mal que odiaba. Todos ellos supieron que eran salvos, siempre salvos. El mismo David, después de su terrible pecado, cayó a tierra postrado ante Dios en presencia del profeta Natán, pero en el Salmo 51 exclamó: devuélveme el gozo de la salvación. No dijo: devuélveme la salvación, sino el gozo.

¿Es esto una apología del pecado? En ninguna manera; esa es la acusación que se nos hace a aquellos que anunciamos la gracia soberana de Dios. Más bien, la preservación -que algunos llaman perseverancia- de los santos también es una cualidad o beneficio con el cual el Padre nos ha bendecido. Pero en ningún momento en las Escrituras se nos ha dicho que no tenemos más pecado, todo lo contrario. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros (1 Juan 1:8). Este es Juan escribiéndole a la iglesia, de manera que continuamos en este peregrinar pecando y odiando al pecado.

El error está en suponer que si nos damos a la aceptación del señorío de Cristo entonces pecaremos menos y seremos más aceptos por Dios, por lo cual estaríamos más cerca de la salvación del Señor. Pese a que cada pecador ha nacido con una naturaleza totalmente depravada, Dios que es soberano controla todas las voluntades humanas. De allí que es paradójico predicar el señorío de Cristo como una condición para ser salvo; el hombre totalmente muerto en delitos y pecados no tiene oídos para oír ni corazón de carne para obedecer. Sin embargo, la conversión se puede definir como la gracia otorgada por el Señor en la cual el Espíritu Santo provoca en el pecador el arrepentimiento y el creer el evangelio. Esto se hace no en forma separada de la predicación del evangelio de Cristo, pues quiso Dios salvar al mundo por la locura de la predicación. No obstante, la persona regenerada recibe el conocimiento espiritual suficiente para entender el verdadero evangelio, el cual no es otro que el trabajo de Jesucristo en la cruz expiando los pecados de su pueblo (de los elegidos, de los que el Padre le dio, de las ovejas que le conocen, de los creyentes, de los que Dios añadirá cada día a su iglesia para que sean salvos). Por supuesto, cuando el que ha nacido de nuevo conoce por la gracia otorgada el verdadero evangelio, reconoce de inmediato que Jesucristo es el Señor. Pero jamás se le ocurriría al Espíritu Santo proferir tal herejía, la de que es necesario primero reconocer a Cristo como Señor de tu vida para que puedas ser salvo. En eso deben pensar estos propulsores de la herejía del Lordship salvation como se le conoce en inglés, lengua con la que ha nacido.

LOS NO CONVERTIDOS

Estos son los incrédulos o los que creen un falso evangelio condicionado en el pecador. Son los que andan en obras muertas y generando fruto para muerte. Por esa razón la Biblia habla de la conversión, porque es necesario volverse atrás del mal camino; pero eso no indica que el hombre sea capaz, sino que es su deber el convertirse a Dios. Pero como Dios es soberano, Él hace que sus elegidos nazcan de nuevo en el momento en que ha sido indicado y les permite volverse del camino del error, tener todo como pérdida por amor a Cristo.

EL CONTRAARGUMENTO

Los enemigos del evangelio dicen que Dios hace acepción de personas, al elegir a unos para vida y a otros para muerte. Pero la Biblia nos asegura lo contrario, en Hechos 10: 34-35:  Entonces Pedro, abriendo su boca, dijo: Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas; sino que de cualquiera nación que le teme y obra justicia, se agrada. Más tarde, en su epístola, el apóstol escribe y confirma: Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conversad en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación (1 Pedro 1:17).

Resulta evidente que por un acto de soberanía nuestro Dios hizo la elección de acuerdo al afecto de su voluntad. El hecho de haber incluido a los gentiles, y no solo a los judíos, permite ver que no toma parcialidad por nadie. Ha escogido a lo más vil del mundo, a lo que no es, para deshacer a lo que es; entonces allí no hay acepción de personas. Pues también la misma Escritura añade: no hay muchos nobles entre vosotros, lo que implica que ha incluido a algunos de ellos; pero además, en el Apocalipsis se lee que alabarán a Dios de toda raza, lengua, tribu y nación.

También aducen que la doctrina del Dios soberano hace innecesaria la evangelización. Estos enemigos del evangelio no comprenden que el Dios de los fines es el mismo de los medios, que aunque Dios dé la fe, la gracia y la salvación, que aunque Él sea el autor y consumador de la fe, que a pesar de que nadie podrá ser arrebatado de sus manos, se nos ha encomendado la predicación del evangelio por todo el mundo. Que Jesucristo la noche antes de su crucifixión declaró que el Padre le había dado a muchos que entrarían en el reino por la palabra de los anteriores. En otros términos, Dios salvará a sus ovejas a través de la predicación de su buen anuncio, nunca por arte de un milagro de los que nosotros llamamos sobrenatural. Si ese fuera el caso, no tendría ningún sentido el seguir en esta tierra esperando el final de todo, ya que de un solo suspiro del Todopoderoso nacerían todos los que habrían de ser salvos y Él se los llevaría al cielo. Todo esto implicaría, por extensión de argumento, que pudo habernos redimido históricamente e incluso hacernos no nacer físicamente, llevando nuestras almas de una vez al cielo. Es más, pudo crear nuestras almas y de un solo golpe hacernos aparecer en su presencia sin que mediara la historia humana y la lucha con el mundo.

Sin embargo, Dios ha querido hacer las cosas como las ha hecho, como las estamos viendo, porque eso le permite obtener mayor gloria y mayor alabanza, al menos dentro de los redimidos. El impío está sordo y ciego, con un corazón de piedra, pero la oveja que llega a creer agradece que su nuevo nacimiento haya sido obra exclusiva de Dios. Eso glorifica al Padre, el hecho de que nadie pueda jactarse en su presencia. Por otro lado, Dios ha soportado con mucha paciencia a los vasos de ira preparados por Él mismo para el día de su justo juicio.

Los que tuercen las Escrituras también sostienen que los salvados no tienen que preocuparse por el enemigo de las almas, haciendo contradictoria la advertencia de Pedro, acerca de que el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar (1 Pedro 5:8). En este punto conviene preguntarse quién tiene la razón: Jesucristo al afirmar que estamos en sus manos y en las manos de su Padre que es mayor que él, o Pedro, que dijo que tuviésemos cuidado del diablo que podría devorarnos. Si respondemos que la razón está en uno y no en el otro, entonces contradecimos la Escritura o al Espíritu quien fue el inspirador de ella. Por eso tenemos que responder que son dos textos complementarios y quien no razona propiamente es el contradictor o el objetor. Jesús dice la verdad, pero Pedro, inspirado por el Espíritu la confirma desde otro ángulo. Estar sobrio y vigilante nos previene de las trampas de Satanás y del mundo. El acusador de los hermanos (el fiscal general del espíritu) se torna feliz en acudir en nuestra contra. Primero nos seduce hacia el mal, por muchas vías. Tal vez la más factible es por intermedio de nuestra concupiscencia; pero luego nos acusa ante nuestras conciencias y ante Dios mismo. Esa es una de sus actividades por las cuales nos devora, ya que quien peca no es feliz y contrista al Espíritu de Dios que nos fue dado como las arras de nuestra salvación.

El león rugiente anda rodeando la tierra buscando una oveja para asustarla, para rugirle a su oído, para destruirla en el servicio que le debe a Dios. ¿Es eso arrebatar la presa de las manos de Jesucristo y del Padre? Si tal fuera, entonces habría que concluir que esas manos son débiles y defectuosas, que el diablo es superior a su Creador, que la victoria de Cristo fue pírrica y momentánea, que nuestra salvación es apenas una ilusión de nuestra teología. Satanás entró en Judas y éste entregó al Maestro, pero eso estuvo escrito desde los siglos porque era la voluntad del Padre. Satanás tentó a Pedro y lo zarandeó como a trigo, pero Jesús había orado por el apóstol, no para que no pecara negándolo y dando maldiciones, sino para que su fe no fallara. Entonces no vemos contradicción alguna entre el rugido de Satanás y la protección del Señor. Pedro fue afectado por el enemigo, pero no pereció jamás. Fue devorado por unos momentos, pero estuvo vivo en las manos del Señor. Ese es el milagro de la salvación, es la consecuencia de la conversión. Siempre nos volvemos atrás, hacia nuestro Padre, como lo hizo el hijo pródigo.

También podrían aducir nuestros enemigos que el hecho de la advertencia contra el diablo implica que hay contingencia en nuestras vidas. Que no todos nuestros actos han sido planificados por el Padre y que dejó al libero arbitrio ciertos hechos que modifican el futuro. Tal absurdo es porque no les ha amanecido la verdad de Cristo, ya que aún esas caídas del creyente fueron previstas, como lo demuestra el caso presentado, cuando Jesús le dijo a Pedro con anticipación lo que le habría de suceder. Son dos ejemplos muy concretos: el de Judas, a quien el Señor le recomendó que lo que había de hacer lo hiciera pronto, y el de Pedro, a quien le declaró su inmediato futuro con el pecado, pero por quien hubo orado (no para que no pecara, como muchos sostienen tercamente que debería ser siempre si Dios nos cuida), sino para que su fe no fallara. Esto concuerda con la otra gran verdad, que Jesús además de ser al autor de la fe es su consumador.

Por si fuera poco lo expuesto, agreguemos un nuevo texto: Los que a Jehová amáis, aborreced el mal: Guarda él las almas de sus santos; de mano de los impíos los libra (Salmo 97:10). Y para los que todavía dudan de cómo Dios nos guarda, leamos este último por ahora: Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y darán señales grandes y prodigios; de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos (Mateo 24: 24).

DIOS NOS CONVIERTE EN SUS HIJOS

No somos sus marionetas, sino sus vasos de barro que Él ha moldeado como ha querido. La orden de evangelizar es dada para que se haga a toda criatura posible, pero al mismo tiempo se nos advierte de no echar las perlas a los cerdos o lo santo a los perros. En la encomienda de Cristo de ir de dos en dos y predicar en las casas en donde fueran recibidos, advirtió que en aquellos sitios en que su palabra fuese rechazada la paz se volvería a los evangelizadores; ellos sacudirían el polvo de sus pies y se irían de allí. No mandó a ayunar por ellos, no les dijo que volvieran en quince días, o que enviaran a otros dos, o a dos mujeres atractivas para que los sedujeran con su presencia en pro de ganar sus almas. Jesús no ruega, solamente anuncia a quien quiere.  A pesar de que la Gran Comisión es de ir por todo el mundo a predicar el evangelio, no todos oyen y a no todos se les logra anunciar. Hay miles de miles que perecen en la ignorancia del anuncio; hay otros que son llamados, pero son pocos los escogidos.

En una oportunidad Jesús llamó a sus discípulos y hubo un caso en que uno argumentó acerca de su padre que debía enterrar. El Señor le dijo que dejara que los muertos enterraran a sus muertos; él no llamaba a toda la familia de los escogidos. Eso es prudente tenerlo en mente para no confundirse con el específico caso del carcelero de Filipos, a quien Pablo y Silas le anunciaron que él y su casa sería salvada (Hechos 16:31). Son casos concretos que el Espíritu ha colocado para hacernos seres pensantes y analíticos. No están escritos para hacernos falsas ilusiones universalistas, con progresiones geométricas de la salvación, sino para que entendamos que Dios es soberano y cuando decide salvar a una familia completa lo hace, pero cuando decide llamar a uno solo de ellos también lo hace. De igual forma, a muchos ni llama ni escoge.

Vale la pena concluir con el contenido del siguiente texto, para recordarlo a diario y poder reverenciar a quien es absolutamente soberano: ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para vergüenza? (Romanos 9:21).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:08
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