S?bado, 26 de abril de 2014

Se conoce también como el nuevo nacimiento, el volver a nacer por la gracia operativa del Espíritu. Un pecador espiritualmente muerto es vuelto a la vida, un corazón de piedra es cambiado por uno de carne. De esta manera, el nuevo espíritu implantado permite desear y anhelar los estatutos divinos. Se nos asegura que el hombre renacido ha pasado de muerte a vida, ha sido hecho una nueva criatura y ahora está vivo ante Dios en Jesucristo.

Este maravilloso hecho trae muchas implicaciones; quizás una de las más importantes e ignoradas es que el regenerado ya no tiene más el corazón de piedra. No, recordemos que ese ha sido quitado y en su lugar se ha trasplantado uno de carne. Por lo tanto, lo que el profeta Jeremías ha referido del corazón humano tiene que ver con el corazón que vive en tinieblas, el que está esclavizado por Satanás. El nuevo corazón sirve a Dios y en él vive el Espíritu implantado como las arras de nuestra salvación.

Por esta razón conviene entender en forma definitiva que el nacido de nuevo ya no tiene más ese corazón de piedra que odia a Dios; el corazón engañoso y perverso es del varón maldito que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, apartado de Jehová. Ese es el contexto inmediato en el cual habla el profeta (Jeremías 17:5). Más adelante dice que el varón que confía en Jehová es bendito (verso 7); la síntesis extraída por el profeta es muy simple: el corazón es engañoso y perverso y solamente Jehová lo conoce (versos 9 y 10).

Al volver a mirar el tema del nuevo nacimiento, podemos comprender esta gran verdad de Jeremías. Son dos corazones existentes en la humanidad: uno de piedra y otro de carne (Ezequiel 11:19), pero el cirujano es Jehová. La conclusión inmediata descansa en que la humanidad entera sin Dios, los muertos en delitos y pecados, tienen ese corazón de piedra que está en enemistad con el Creador. El nuevo nacimiento presupone el cambio de corazón, operación absoluta de Dios como lo atestigua tanto Ezequiel y Jesucristo, este último, al hablar con Nicodemo (Juan 3); de igual forma está implicado en lo expuesto por Jeremías: ya que solamente Dios lo conoce por cuanto Él es quien hace el cambio.

Resulta imposible que una persona nacida de nuevo continúe odiando a Dios o en enemistad contra Él; el creyente puede pecar, como lo dijo Pablo, puede llegar a hacer el mal que no quiere y no hacer el bien que quiere, incluso llega a sentirse miserable, pero siempre dará gracias a Dios por Jesucristo quien nos librará de este cuerpo de muerte (Romanos 7).

Deberíamos preguntarnos cómo pudo el apóstol Pablo desear hacer el bien y anhelar no hacer el mal. Eso hubiese sido imposible en tanto fue Saulo de Tarso, el perseguidor de la iglesia de Cristo. El tuvo que nacer de nuevo para poder desear hacer lo bueno, odiar hacer lo malo y darse cuenta de su condición dual, pues descubrió que una ley en nuestro cuerpo nos lleva a hacer el mal que odiamos. Según el hombre interior nos deleitamos en el mandato de Dios, pero otra ley en nuestros miembros se rebela contra la ley de nuestro espíritu (Romanos 7: 21-23). El hombre que está muerto en delitos y pecados (que tiene todavía el corazón de piedra) no desea hacer el bien y no tiene conciencia de su cautividad al pecado. Pero el hombre que ha nacido de nuevo sigue viviendo en este mundo, nadando contra corriente, si bien toma conciencia de que su deleite en el Señor es por causa del hombre interior vivificado por el Espíritu.

CONDICIONES PARA LA REGENERACION

La Biblia no habla de ninguna condición inherente en el hombre para ser regenerado. Al contrario, sobre pesa las palabras en las que afirma que Dios es quien opera por su voluntad este nacimiento. Desde luego, el Espíritu da vida a los elegidos del Padre, pues no es por voluntad de varón sino de Dios. No a todos da Dios el nuevo nacimiento, ya que no depende de quien quiera ni de quien corra (como si los muertos corriesen y quisiesen), sino de Dios que tiene misericordia (en lo cual también es soberano).

Cuando se habla de la gracia irresistible es porque el hombre muerto en delitos y pecados no puede ni desear a Dios ni mucho menos oponérsele. Es llevado a quirófano y allá es atendido, por pura gracia. ¿Cómo puede oponerse un hombre cuyo corazón es de piedra? Simplemente está muerto, como lo declara la Biblia, en sus delitos y pecados. Lázaro estuvo muerto por varios días y no podía volver a la vida, pero bastó la orden de Jesús (quien es la Vida) y Lázaro pudo salir de su tumba. ¿Por qué Jesús no resucitó a todos los muertos? Por la misma razón que el Padre no predestinó para salvación a toda la humanidad. Hay un plan, un propósito, y éste es la alabanza del nombre de Dios, en los que se salvan y en los que se pierden.

Nadie podrá alegar a su favor obra alguna, porque si es por gracia ya no es por obras, a fin de que nadie se gloríe ni se jacte en la presencia de Dios. Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23).

EL INTELECTO

Muchos autodenominados creyentes le tienen pavor a esta palabra; ellos prefieren hablar de corazón o de emociones. Pero Jesucristo es el Verbo hecho carne, el Logos encarnado. En otros términos, Jesucristo es la razón pura, la lógica, la Palabra que razona. En ningún texto de la Escritura se describe a un Dios molesto con la razón, sino que más bien vemos a un Creador que habla con el entendimiento. En la Biblia el corazón presenta la más alta frecuencia como centro del intelecto, pero muy baja tendencia a ser el lugar de las emociones. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).

El corazón es visto como el contenedor del intelecto (pensamientos e intención). Bajo esta tesis insistimos en la doctrina como el núcleo de la enseñanza de Jesús y de los apóstoles. Ocuparse de ella es un trabajo intelectual, no emocional. No se trata de adorar a Dios con las emociones, con el ritmo de la música o con el entusiasmo de la asamblea que canta; más bien dice Jesús que la adoración ha de hacerse en espíritu y en verdad. ¿Cuál verdad? La verdad doctrinal enseñada por Jesús (la de su Padre) y el fundamento de los apóstoles (lo que les fue revelado). ¿Cuál espíritu? El que les fue renovado por el entendimiento, por operación del nuevo nacimiento, el que está ahora recibiendo la influencia el Espíritu de Cristo que habita en nosotros.

¿Podrá usted imaginarse al Espíritu de Cristo decirle a nuestro espíritu que lo más importante es que esté emocionado, pero que olvide el trabajo intelectual que demanda la doctrina? Eso sería un exabrupto y jamás habría de esperarse. El nos guía a toda verdad, por lo tanto nos mostrará el camino de la verdadera adoración al Padre. Pero la gente se equivoca creyendo en fábulas artificiosas o doctrina de demonios, asumiendo que adoramos a Dios al conectar nuestros oídos a un ritmo musical que nos despierta según el ritmo que nos inspire.

Nuestra inspiración para adorar a Dios ha de ser siempre la doctrina que la Biblia enseña; la doctrina no es otra cosa que el cuerpo de enseñanzas recogidas por los escritores bíblicos. La Biblia nos enseña que el tema central que ella procura mostrar es la soberanía de Dios. Es un Dios tan poderoso que no hay quien de su mano libre, que hace como quiere y que no tiene quien le dicte un consejo o que le diga qué haces. El otro gran tema de las Escrituras es el Hijo de Dios, a quien quiso dar todo dominio y poder en la creación, y ante quien toda potestad se sujeta. Esas serían dos razones suficientes para adorar al Padre, al Hijo y al Espíritu; el que tiene el Espíritu de Cristo no necesita del impulso musical o del entusiasmo de la multitud para adorar al Señor (aclaro que no tengo nada en contra de la música como parte de la adoración, sino que no dependo de ella para adorar).

LOS NO REGENERADOS

Una persona que no ha nacido de nuevo es incapaz de creer y tampoco lo desea. La doctrina del Señor lo demuestra: Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre lo arrastre hacia mí, y yo lo resucitaré en el día final (Juan 6:44). La razón la explica la misma Escritura: la intención de la carne es enemistad contra Dios, no se puede sujetar a la ley de Dios, por lo cual no pueden agradarle (Romanos 8:7-8). Para el hombre natural las cosas del Espíritu de Dios son locura, no las puede comprender; para entenderlas tiene que hacerlo en forma espiritual (1 Corintios 2:14). El evangelio parece estar escondido en aquellos que se pierden, en quienes el dios de este siglo les cegó el entendimiento de tal forma que no les alumbre la luz del evangelio de la gloria de Cristo (2 Corintios 4:3-4).

Ahora bien, el que a una persona no le guste la doctrina bíblica del Dios soberano no la invalida en modo alguno; antes bien, la confirma, pues también está escrito que de entre estos no regenerados hay un gran número que son réprobos en cuanto a fe, de quienes la condenación no se tarda. Es menester aclarar que muchas ovejas pueden leer las Escrituras, pero si no se ha operado en ellas el nuevo nacimiento lo que allí está podrá parecerles un sin sentido. No obstante, en el momento en que Dios haya señalado (en el día del poder de Dios) nacerán de nuevo y comprenderán a perfección la salvación tan grande que les ha sido dada.

EL ALFARERO

Dijimos al comienzo que uno de los temas de la Biblia era el relacionado con la soberanía absoluta de Dios. Sabemos que no somos títeres en la mano del Altísimo, sino más bien barro hecho por Él mismo. Su mano nos moldea y ejerce la presión necesaria para dar figura a lo que ha querido hacer. Él es un ser perfecto, por lo tanto todo lo que hace le rinde pleitesía. En una oportunidad Jehová le dijo a Jeremías que fuese a casa del alfarero para que observara su obra sobre la rueda. Uno de los vasos que hacía se quebró en su mano, pero lo volvió a pasar por el torno y quedó en mejor forma. Después que el profeta vio la confección de los vasos la palabra de Jehová le llegó diciéndole si Dios no sería capaz de hacer con la casa de Israel (hoy día por extensión con la iglesia) tal como hizo ese alfarero. La razón era que nosotros somos como barro en las manos del Señor (Jeremías 18:2-6).

No solamente hace Dios vasos de honra y de deshonra, sino que retoma el vaso quebrado y lo pasa por el torno, amasándolo con sus manos para hacer una obra nueva. Eso hace también con el creyente que anda quebrado, lo toma y lo confecciona. Esa figura es muy importante, pues está avalada por el Nuevo Testamento: Dios a quien ama castiga, y azota a todo al que tiene por hijo. Pero además, cuando a Él clamamos, nos responde y nos enseña cosas grandes y ocultas que desconocemos (Jeremías 33:3).

Él es el Dios de las oportunidades para su pueblo, siempre nos prepara para cosas mejores. Nadie puede argumentar que no tiene un espacio en su obra, una actividad en la cual se sienta a gusto para trabajar. Dios prepara a sus hijos con habilidades para que continúen en la propagación del evangelio, en la edificación de la iglesia, en la comunión de los unos con los otros. Pero es necesario recordar siempre que no existe unión alguna entre Cristo y Belial, entre la luz y las tinieblas, entre una oveja y una cabra.

Hay actividades en las iglesias que nos desagradan, pero precisamente porque no son las que el Padre ha ordenado. En muchas ocasiones estos centros eclesiásticos son más bien sinagogas de Satanás, con toda suerte de doctrinas, bajo una combinación de la verdad con la mentira, lo cual nos disgusta sobremanera. Uno pudiera preguntarse por qué ese disgusto, tal vez hemos llegado a pensar que andamos mal del espíritu. Pero cuidado, hemos sido llamados a salir de Babilonia, nunca a convertirla. Esto es de tal importancia que si no actuamos en esa forma recibiremos sus plagas y castigos.

Juan nos ha recomendado probar a los espíritus para verificar si son de Dios. Nos ha dicho que no le digamos bienvenido a ninguna persona que no traiga la doctrina que él ha enseñado. Mal podemos hacer yendo a los centros eclesiásticos donde se predica una doctrina diferente a la enseñada por Jesús y los apóstoles, a la expuesta por cada escritor bíblico. Esa contaminación paraliza, nos indigesta en el ámbito del espíritu. Esa puede ser la causa de nuestra apatía y aburrimiento al momento de acudir a esos centros espirituales donde reinan las enseñanzas de los demonios.

Jesucristo nos dijo expresamente que examinásemos las Escrituras porque en ellas estaba la vida eterna y ellas eran las que daban testimonio de él. Los cristianos de Berea (de acuerdo al libro de los Hechos) comprobaban día a día con las Escrituras si los dichos de sus predicadores estaban conformes con lo escrito por los hombres inspirados por Dios. Pablo le pide a Timoteo que se ocupe de la doctrina y nosotros no nos cansamos de insistir sobre lo mismo. La importancia capital de lo que aprendemos, de lo que enseñan las Escrituras, no es materia de emociones, de cómo me siento, de si siento el Espíritu, de si hay un escalofrío cada vez que escucho un canto. No, lo que es relevante radica en el contenido de la doctrina apostólica, lo cual presupone un esfuerzo intelectual. Pero la humanidad entera ha sido capacitada con inteligencia y el Dios de la revelación escribió tablas y se las dio a Moisés, muy a pesar de que dentro del pueblo escogido hubiese gente analfabeta. Cada uno fue llamado a hacer el esfuerzo por escribir y leer los mandatos del Señor.

En ocasiones hacemos esfuerzos nimios por cosas banales; bajamos de peso porque queremos exhibir una camisa o un pantalón; nos sometemos a una dieta muy disciplinada por el deseo de tener mejor salud o mejor estética corporal. A veces nos esforzamos por estudiar de madrugada para salir bien en un examen; pasamos horas en la computadora revisando las noticias del mundo, examinando un tema particular de interés. ¡De cuánta mayor valía no será el que dediquemos tiempo y energía en procurar crecer en el conocimiento de la doctrina del Señor!

Conozco personas de avanzada edad que han aprendido a leer (y no a escribir) solamente para leer la Biblia. Hoy día hay tecnología de mucha relevancia para que gente discapacitada pueda escuchar los textos de las Escrituras, o tal vez leerlos en el sistema Braille, o que alguien se los exponga aún en lenguas de señas. Siempre habrá el medio ordenado por Dios para alcanzar el fin propuesto por Él. Pero a nosotros se nos ha exigido ocuparnos con temor y temblor en esta salvación tan grande. Por cierto, no es temor de perderla sino de no disfrutarla desde ahora; se nos induce a temer reverentemente a aquél que es capaz de echar el alma y el cuerpo en el infierno. El que un niño cruce una avenida o una autopista tomado de la mano de su padre no implica que el niño no camine, simplemente lo hace ayudado por quien lo protege. La Biblia promete que Dios cuidará de nosotros, como el padre cuida a ese niño; pero esa ayuda pasa por la exhortación a caminar rectamente ante la presencia del Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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