Viernes, 25 de abril de 2014

¿Habrá conocimiento en el Altísimo? Esta es una de las interrogantes más antiguas de la historia bíblica. ¿Cómo supo Dios que Caín había matado a su hermano Abel? ¿Y cómo fue descubierto Adán? Una simple pregunta que aparenta no tener mucho sentido, pero cuyas respuestas alcanzan niveles diferentes en relación a la claridad teológica.

La Biblia nos demuestra que Dios no planifica de acuerdo a como vaya viendo, sino que lo que acontece en el universo es el producto de su plan perfecto. No hay tal cosa como una bola de cristal o un túnel del tiempo mediante el cual el Señor pueda ver y prever el futuro. El futuro le es cierto en tanto forma parte de sus decretos eternos e inmutables.

Dios no permite las cosas, las decreta. ¿No le dijo Jehová a Moisés que iba a endurecer el corazón al Faraón, para que no dejara ir a Israel de Egipto? En realidad así aconteció, de acuerdo a sus planes revelados a Moisés, hasta que en la última de sus plagas enviadas el Faraón cedería, si bien finalmente el Señor se gloriaría en él y en su ejército.

PROVIDENCIA

El Dios de la providencia se anularía si fuese el Dios de la previsión. De hecho, imaginemos las necesidades de sus criaturas y cómo podría Dios suplirlas. Un día alguien necesita lo que más desea, o tal vez desea lo que cree necesitar más; pero como el hombre es cambiante y las circunstancias lo impulsan a desear nuevas cosas para su vida, el Dios de la providencia se vería frustrado al intentar proveer a sus criaturas aquello por lo cual han clamado en un primer momento. Tendría que regresar para averiguar lo que intenta saciar el nuevo deseo del hombre que pide, pero de esa forma se convertiría en el Dios de la previsión. Las mismas profecías bíblicas estarían sujetas a cambio permanente, por cuanto los eventos de los hombres, como los deseos de sus corazones, cambian de forma continua. En resumen, sería el Dios de la Cábala judía, esa que dio origen al Código Secreto de la Biblia, en donde se toma en cuenta la forma del texto bíblico y lo que de acuerdo a una frecuencia de aparición de letras muestra un texto profético. En el comentario del escritor del Código, ese evento puede o no puede pasar, dependiendo de la voluntad humana. Por ejemplo, hay un caso en donde se habla de guerra nuclear, pero se interpreta que si la gente cambia su intención tal guerra quedará suspendida.

Semejante Dios de la Cábala judía, reflejada en su más influyente obra de estos tiempos es el mismo dios de la previsión, que no el de la providencia. Aquél es el dios que ve en el túnel del tiempo y predice (plagia, más bien, a sus criaturas) y aquello que anuncia puede o no puede acontecer porque el hombre cambia si lo dispusiere su intención.

En relación a los eventos ordinarios sabemos que existen declaraciones bíblicas acerca de que el Señor envía su lluvia sobre toda la tierra (incluso sobre justos e injustos). El sol brilla, la grama adorna los campos en servicio al ganado. Como alguien dijera, Dios incluso provee para que se le ofrende a los dioses ajenos, es decir, ha creado el oro y la plata con la cual se configuran las imágenes que se adoran en toda la tierra. Lo que se conoce como Teísmo Abierto refleja este tipo de teología, manifiesta a un Dios que no conoce el futuro, sino que lo deja en manos de sus criaturas, lo cual equivaldría a decir que hay tantos futuros posibles como decisiones humanas se tomen.

Pero el Dios de las Escrituras es muy diferente. Es el Dios que planifica aún las cosas malas que suceden en la ciudad. Por ejemplo, en lo correspondiente a los asuntos civiles se señala que Él pone y quita reyes. Incluso inclina sus corazones a todo lo que Él quiere; por esta razón muchos se preguntan cuál es la razón por la cual decreta que gobernantes blasfemos y tiranos rijan en las naciones de la tierra. En el libro de Isaías encontramos descrito una forma muy particular del gobierno divino sobre los habitantes del planeta: Asiria se había convertido en el bastón del furor del Señor, era la nación que manejaba su ira contra la maldad del pueblo de Israel. Pero al cabo de un tiempo, cuando el rey hubiere ajusticiado la idolatría de Jerusalén y de Sion, visitaría el Señor el fruto de la soberbia de ese rey de Asiria (Isaías 10: 5-12).

Respecto al bien y al mal, Dios ha ordenado todo cuanto acontece. Uno de sus profetas ha declarado que no hay nada malo que suceda en la ciudad que Jehová no haya hecho (Amós 3:6). El libro de los Proverbios establece que aún al malo hizo Dios para el día malo (16:4). La cadena de eventos de la crucifixión del Señor estuvo marcada por una gran cantidad de actividades pecaminosas, todas planificadas y ordenadas por el Padre. Aún Judas era el hijo de perdición escogido para tal fin, de manera que la Escritura pudiera cumplirse. El Cordero de Dios fue preparado desde antes de la fundación del mundo, de tal forma que no obedeció a un plan B como motivo de la caída de Adán. Al contrario, la caída de Adán fue ordenada por Dios para darle la gloria al Mesías salvador a cabalidad.

Aquellos que Dios conoció en su propósito eterno, o conforme a su propósito inmutable, con el interés de un afecto especial, no como conociendo los hechos que harían sino como conociendo los hechos que Él les había programado, son los que reciben su bendición. De no ser así, entonces no habría soberanía de Dios sino un simulacro de poder sometido a la más horrenda suposición humana: una libertad de acción que conlleva a todos sin excepción al infierno de fuego.

La omnisciencia de Dios implica mirar hacia lo que conoce de antemano porque lo conocido fue ideado y creado por Él; implica conocer con especial delicia e interés, con el afecto necesario para que se cumpla una acción programada; esto significa amar. La omnisciencia en Dios presupone tomar en cuenta -conocer- lo que Él ideó o hizo en un momento dado de la historia de la eternidad, si cabe la expresión, para cumplir el propósito de su Providencia. No puede haber providencia si no hay omnisciencia. Pero la omnisciencia no depende del objeto conocido sino del creador del objeto. Nosotros, como obra de sus manos, hemos venido a ser el objeto de su voluntad, unos somos vasos de honra y otros son vasos de deshonra. Pero nada puede escapar a ese conocimiento que responde a su propósito eterno e inmutable. Si nadie fue su consejero, entonces los objetos creados jamás han podido darle la pauta de esa omnisciencia.

Un poema nace por obra de un poeta, pero jamás tal poeta ha dependido del orden preestablecido de las palabras del poema. Un edificio lo diseña un arquitecto, lo ejecuta un ingeniero con ayuda de maestros, ayudantes y obreros. Jamás el diseñador o ejecutor de la obra la conoce con anticipación a su realización, a no ser que haya configurado un plano. En todo caso, ¿de dónde salió la obra o la idea? De la mente del diseñador o ejecutor. De la misma forma Dios conoce todas las cosas porque en su mente ha diseñado todo cuanto ha de acontecer.

Si eso parece inconmensurable, sin medida también son todas sus obras. Detengámonos a pensar en lo intrincado del funcionamiento del cuerpo humano o en la anatomía de un caballo. El Dios que le dio nombre a cada estrella, que se cuentan por miríadas, ¿no será capaz de diseñar la voluntad humana? ¿No será capaz de programar cada evento para que acontezca aquello que profetizó? La crucifixión del Señor estuvo programada desde antes de la fundación del mundo, pero aún así dice la Escritura que ese Cordero ya había sido inmolado desde antes. Entonces, lo que acontece en la historia humana ya ha sucedido previamente en la mente del Todopoderoso.

Los dualistas y los compatibilistas no están contestes con esta doctrina. La razón fundamental es que quedarían sin argumentos sus hipótesis. Hay quienes sostienen que la vida no es más que una lucha entre el bien y el mal, que en ocasiones la mano se inclina a un lado o a otro; eso dicen los dualistas, bien representados por la célebre mitológica diosa Juno. Ella era la deidad de dos rostros, con uno miraba hacia un horizonte y con el otro hacia el lado contrario. Hay también quienes alegan que para que haya responsabilidad humana es necesaria la libertad de acción. Estos son los compatibilistas, pues sin compatibilidad entre libertad y responsabilidad no hay culpa y nadie es responsable. Para ellos bastaría un ejemplo del Derecho Civil, con el cual se demostraría la doctrina de la responsabilidad sin que medie dolo o culpa. En materia de tránsito terrestre, por ejemplo, puede surgir un accidente en donde no haya ni dolo ni culpa. El dolo es la mala intención con que algo se hace, la culpa es la negligencia, impericia o desconocimiento y desacato de la norma jurídica. Sin embargo, quedaba un vacío antes de que apareciese la doctrina de la responsabilidad (creada por el Derecho Francés). El chofer y el propietario del automóvil o vehículo a motor, ahora son corresponsables de lo que acontezca con su transporte y con sus pasajeros. Esta responsabilidad exige el cumplimiento de un deber, el de resarcir los daños y aún pagar otras penas civiles o penales, pese a que no exista ni dolo ni culpa en el conductor o propietario del sistema de transporte, al momento del accidente.

De manera que la tesis de la responsabilidad en materia civil-automotriz no exige la capacidad para cumplir con el deber, mucho menos que haya habido mala intención o culpa alguna. En otros términos, esta doctrina jurídica no presupone compatibilidad alguna, lo que nos permite inferir que en materia teológica el Dios soberano no puede ser exigido tampoco a ser compatibilista. Los que se refugian en Roma junto a sus seguidores arminianos son compatibilistas teológicos al extremo, ya que ellos han supuesto la existencia del libre albedrío para que haya responsabilidad. Pero la Biblia no enseña tal doctrina, antes bien la demuele. Doquier uno puede leer que Dios es soberano en forma absoluta y sus criaturas son nada o menos que nada. El único ser que no responde ante nadie es Dios, pues no hay igual ni superior ante quien tenga que rendir cuentas; mucho menos lo habrá de hacer ante sus criaturas que son como barro en manos del alfarero, pero que además son barro creado por el alfarero mismo.

DIOS NO RESPONDE

Dijimos que Dios no responde ante nadie, pero que también Él se inmiscuye en todo cuanto acontece en su creación. Lo bueno y lo malo están en las manos del Altísimo, y este hecho no lo convierte ni en tentador ni en mentiroso. Él es santo en todas sus obras, es al mismo tiempo un agente activo en todo cuanto acontece por el puro designio de su voluntad. Adán no pudo ser libre en ningún momento, pues si Jesucristo estuvo predestinado como el Cordero de Dios, incluso antes de la fundación del mundo, no hay cabida para un plan B de parte del Creador. El que Dios haya hecho a Adán con esa tendencia a la desobediencia no lo hace tentador; el tentador fue la serpiente antigua, la cual se llama diablo o Satanás.

Pero Dios hizo al diablo, en efecto, hizo al malo para el día malo. El autor de todo cuanto existe ha ordenado aún aquello malo que acontece en la ciudad (Amós 3:6). Todo lo ha hecho Dios por Sí mismo y para su gloria, y recordemos que todo cuanto hizo Dios fue bueno en gran manera. Sin el pecado no hubiese habido expiación ni redención, por lo tanto no hubiese habido esa suprema manifestación de amor para con sus hijos, los elegidos. Más allá de que Esaú haya sido odiado desde siempre por Dios, aún antes de que hiciese lo bueno o lo malo que hizo, Esaú es responsable de haber cambiado su primogenitura por un plato de lentejas.

Sin embargo, todavía sigue levantándose la voz del objetor (Romanos 9:14 y 19) diciendo que Esaú no tuvo la culpa de ese trueque, por cuanto no fue amado por Dios sino creado para destrucción. Pero la respuesta del Espíritu es una sola, contra toda nuestra lógica con la cual podamos odiar a Dios o por la cual podamos argumentar que Dios es antipático: ¿quién eres tú para altercar con Dios? No somos más que ollas de barro en manos del alfarero: Él endurece a quien desea endurecer, sin que haya quien de su mano libre, pero tiene misericordia de quien desea tenerla.

Nuestra respuesta frente a esta revelación narrada en las Escrituras manifestará si estamos dando coces contra el aguijón, si estamos tropezando contra la roca desechada por los edificadores, o si estamos humillados bajo la poderosa mano del Señor, exclamando juntamente con él: Así, Padre, porque así te agradó.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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