Martes, 15 de abril de 2014

Los críticos objetores de la soberanía absoluta de Dios alegan que el ser humano no puede bajo ningún concepto ser la marioneta de Dios. Los gritos desesperados para convertirse en hijos jamás podrían pasar desapercibidos por el Dios de amor de la Biblia. Las toneladas de oraciones deberán ser escuchadas y la doctrina apostólica habrá de ser re-interpretada para deslindar de ella sus contradicciones. Se ignora que el concepto de soberanía divina implica un poder supremo, independiente e ilimitado de cualquier otra fuerza. El Dios de la Biblia es soberano, no solamente en materia de salvación, sino en todas las cosas y en todos los caminos de los hombres.

De hecho, una marioneta es manipulada por los dedos del titiritero; pero la figura del alfarero presupone la regencia absoluta de quien amasa el barro con su fuerza, diseña el objeto que decidió construir, destina el uso que pensó darle. ¿No tiene el alfarero el poder sobre la arcilla para hacer un vaso de honra y otro de deshonra? (Isaías 45:9; Romanos 9: 21). El verdadero pueblo de Dios lo reconoce con humildad y alabanza: Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros lodo, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos, todos nosotros (Isaías 64:8). Este profeta hizo gran referencia a esta metáfora y nos lo recuerda con una gran advertencia: ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces; o tu obra: No tiene manos? (Isaías 45:9). Sí, el Señor es el que crea la luz y la obscuridad, el que hace paz y crea el mal (verso 12).

NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA

Sucede a menudo que cuando leemos nos fijamos en aquello que nos ha sido entregado como un cliché, aquella frase, expresión o idea que se usa en exceso, o que se interpreta de la misma forma que el uso impone. Un día Jesús entró en una sinagoga de Nazaret, el lugar donde había sido criado, y se puso a leer al profeta Isaías. Les dijo que en ese día se había cumplido la profecía que acababa de leer, de manera que todos daban testimonio de la gracia que salía de sus labios. Hasta ese momento parecía que la gente creía en él como el enviado, aunque se preguntaban si ese no era el hijo de José, el carpintero.

Pero Jesús desafió al grupo y les dijo que a lo mejor ellos querían algunas señales particulares para afianzar su fe; no obstante, salió el dicho conocido de que nadie es profeta en su tierra. A partir de ese momento comienza a explicarles el contexto de su frase, el otro sentido que se ha perdido o diluido en el cliché inicial. Les habló de las muchas viudas que había en Israel en los tiempos del profeta Elías, pero cómo Dios había escogido solamente a una extranjera (la viuda de Sarepta) para cuidar al conocido profeta durante la sequía y la hambruna de aquel entonces. De igual forma, en los tiempos de Eliseo, el sucesor de Elías, hubo muchos leprosos, pero solamente fue sanado un Sirio llamado Naamán.

Con estos ejemplos Jesús ilustraba su célebre frase de que los profetas no necesariamente hacen sus señales delante de su gente, sino de acuerdo a la voluntad soberana de Dios. De la misma forma él tampoco les iba a hacer señales a los de Nazaret, donde lo habían visto crecer. Aquella gente que momentos antes estaba maravillada por la lectura del texto de Isaías, se levantó en furiosa protesta sacándolo de la ciudad y con el deseo de tirarlo a un despeñadero. El cambio de ánimo es notorio, la otra enseñanza también nos es revelada. La soberanía de Dios es repugnante, como dijera Arminio y como repiten sus seguidores, cuando se refiere a materia de salvación. El Dios de la creación puede ser alabado y reconocido en su grandeza y soberanía sobre los elementos que hizo, pero el hecho de que Dios se inmiscuya en lo concerniente a la voluntad humana genera ira ardiente en los que no son sus ovejas (Lucas 4: 24:30). 

En otra ocasión, el Señor hizo un montón de señales como prueba de que era el Hijo de Dios; sin embargo, la gente no podía creer en él. ¿Cuál fue la razón? Porque Dios había cegado sus ojos y endurecido sus corazones. ¿Cuál era el motivo? Para que no vieran ni entendieran y se convirtieran, de manera que el Señor no tuviera que salvarles. ¿Puede usted imaginar esta escena mostrada por el Dios de amor, el Hijo de Dios enviado a morir por la expiación de su pueblo? Es indudable que la lógica lo aplaude, porque si vino a morir por los suyos resulta evidente que no haya querido salvar a los que el Padre no le había dado. Pero esto es considerado repugnante en la mente de las cabras; esto también daba cumplimiento a ciertas palabras del profeta Isaías (Juan 12: 37-43).

De forma similar aconteció en otra oportunidad, cuando el Señor alabó al Padre por haber escondido de los sabios y entendidos las cosas que conciernen a la salvación eterna, y en cambio se las reveló a los niños, porque así le había placido al Dios soberano (Mateo 11: 25-27). 

EL GRAN CONTRASTE

Dios envía un poder engañoso sobre la gente que no quiso creer en la verdad expuesta a través de Su creación, ya que los cielos cuentan su gloria y el firmamento anuncia la obra de sus manos. A pesar de la revelación escrita, la gente tampoco acepta al Dios soberano sino bajo la condición de que se respete su voluntad. Aquel poder de engaño y mentira enviado por Dios se hace con el fin de que esa gente sea condenada, pues se ha complacido en la injusticia y no en la justicia de Dios que es Jesucristo.

Pero existe un gran contraste, ya que en el mismo texto se habla de otro grupo de personas, los hermanos amados por el Señor, los que Dios escogió desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Por cierto, este contexto presentado en 2 Tesalonicenses 2: 11-13 es semejante al descrito en la carta a los romanos, en capítulo 9, cuando se afirma que Dios endurece a quien quiere endurecer y tiene misericordia de quien quiere. Se añade que no depende de quien quiera (como si alguien pudiera querer seguir al verdadero Dios), ya que la gente anhela seguir a un dios hecho a su medida. Tampoco depende del que corra (de los que hacen esfuerzos religiosos), sino que todo obedece al beneplácito de la libre y soberana voluntad de Dios.

Para aquellos que todavía altercan con Dios torciendo la Escritura, aduciendo que Dios escogió a los que previó que irían a creer, o que condenó a los que previó que no irían a creer, el texto agrega lo necesario para despejar dudas: antes de que Jacob y Esaú hicieran bien o mal fueron escogidos para fines opuestos. En otros textos de la Escritura se menciona que esa elección se hizo desde antes de la fundación del mundo, y dado que no se tomó en cuenta el hacer el bien o el mal el propósito de la elección (para vida o muerte eterna) descansa en el Elector y no en las obras.

Para el hombre es imposible la salvación, por eso queda en las manos del Todopoderoso la posibilidad eficaz de la redención; ya que nadie es capaz de ir a Jesús a no ser que el Padre lo arrastre hacia él, se entiende que el alfarero tiene la potestad absoluta. Con el profeta Elías decimos: ¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos pensamientos? El Señor ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al impío para el día malo (Proverbios 16:4).

Es cierto que hay cizaña en medio del trigo, cabras monteses en los apriscos de las ovejas; pero al final de los tiempos el Señor separará su rebaño que le es propio y las plantas que el Padre celestial no haya plantado serán arrancadas (Mateo 16:17). Algunos lobos rapaces están en los lugares donde todavía hay ovejas, pero ellos son bestias feroces creadas para ser destruidas, como lo señala 2 Pedro 2:12. Ese apóstol también escribió lo siguiente: Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos sean dadas de su divina potencia, por el conocimiento de aquel que nos ha llamado por su gloria y virtud: Por las cuales nos son dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fuésemos hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por la concupiscencia  (2 Pedro 1:3-4).

Hemos llegado a creer porque Dios ha ejercido su voluntad soberana sobre nuestro alejamiento natural de su presencia. El Alfarero nos ha arrastrado hacia Cristo, nos ha hecho nacer de nuevo, nos ha abierto los corazones y nos lo ha cambiado por uno de carne, que esté atento a sus preceptos. Pero todo ha sido su obra de acuerdo a sus decretos eternos e inmutables, por lo tanto nosotros no descuidamos una salvación tan grande, sino que procuramos rendir fruto según el propósito de su voluntad, agradable y perfecta. De esta forma concluimos que Dios es quien ha producido en nosotros tanto el querer como el hacer, por su agradable y bondadosa voluntad; pues no es por obras, para que nadie se gloríe. Así que somos salvos por gracia, por medio de la fe, todo lo cual es un regalo de Dios.

Tienen razón en decir que no somos marionetas en las manos de Dios, somos antes que nada barro en manos del alfarero.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:36
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