Domingo, 13 de abril de 2014

La experiencia emocional está asociada con los órganos del cuerpo. La literatura antigua así lo ha demostrado y era factible escuchar a los enamorados frases como te quiero con todos mis riñones. Hoy día todavía se oye decir ese tipo sí que tiene riñones, dando a entender que es un ser valiente o atrevido. La versión Reina Valera Antigua dice lo siguiente en Apocalipsis 2:23: Y mataré a sus hijos con muerte; y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriño los riñones y los corazones: y daré a cada uno de vosotros según sus obras. La Vulgata Latina mantiene la misma estructura fiel al original griego: ... ego sum scrutans renes et corda... (Renes es riñones y Corda es corazones).

Pero hay otros textos de la Escritura, sea en hebreo o en griego, donde Dios habla de los riñones y del corazón como centro de interés e importancia en los hombres. El pueblo alababa a Dios de labios pero su corazón estaba lejos de Él, sin embargo el hebreo dice sus riñones estaban lejos de Él. Las traducciones van amoldándose a la estructura cultural metafórica de los pueblos, por lo cual se prefiere hoy día hablar de corazón como del centro de la vida. También hay un salmo donde se combina la palabra corazón  con riñónExamíname, Señor; ¡ponme a prueba! Purifica mis entrañas [riñones] y mi corazón (Salmo 26:2).

De manera que cuando se habla de corazón  o riñón, o de entrañas, se hace también referencia a la conciencia, al pensamiento y a las emociones. El contexto permitirá distinguir cuando refiere a un concepto o a otro. Por ejemplo, en Proverbios 23:16 se habla de las emociones: En lo íntimo de mi ser me alegraré cuando tus labios hablen con rectitud. La Reina Valera Antigua habla de entrañas y la Vulgata Latina dice renes (riñones)Mis entrañas también se alegrarán, cuando tus labios hablaren cosas rectas... et exultabunt renes mei cum locuta fuerint rectum labia tua.

Con esta introducción pasemos a lo que Jesucristo dijo acerca del corazón: Porque cada árbol por su fruto es conocido: que no cogen higos de los espinos, ni vendimian uvas de las zarzas. El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca bien; y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca mal; porque de la abundancia del corazón habla su boca (Lucas 6:44-45). Estadísticamente, cuando se habla de corazón o de riñones en las Escrituras, se hace más énfasis a la referencia de la razón que a la de la emoción. En el entendido de que el Espíritu de Dios inspiró las Escrituras, leamos lo siguiente: Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia (Proverbios 3:5); Y él me enseñaba, y me decía: Retenga tu corazón mis razones, guarda mis mandamientos, y vivirás (Proverbios 4:4); No se aparten de tus ojos; guárdalas en medio de tu corazón (Proverbios 4:21); Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). La Biblia recoge alrededor de 876 citas o versículos que hablan del corazón. Con eso podríamos pasar meses desarrollando cada referencia, pero de seguro en su gran mayoría hablaría del intelecto humano, de la razón donde se retiene la enseñanza de Jehová. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios (Mateo 7:21). Sea pensamiento, conciencia o emociones, no hay diferencia a la hora de señalar el origen de esas cosas malas que la naturaleza humana tiene; de igual forma, cuando Dios prometió darnos un corazón de carne lo hizo en función de permitirnos amar sus estatutos con todo nuestro pensamiento, con toda nuestra conciencia y con toda nuestra emoción.

Pretender separar el sentimiento de la doctrina es un terrible error, como si con ello se intentara validar que no importa que doctrina se tenga mientras tengas un corazón que alabe a Dios. Sucede, además, que las múltiples religiones del planeta alaban a su dios de todo su corazón, pero en base a su doctrina que no tiene nada que ver con las enseñanzas de Jesucristo y de los apóstoles. La gracia irresistible de Dios es independiente de los sentimientos humanos, de manera que los que prueban los espíritus para ver si son de Dios tomando en cuenta los sentimientos o la conducta de la persona cometen desaciertos. Si usted pudiera preguntarle a un viejo fariseo si se sentía salvo, de seguro le diría que sí, que esa era su confianza. Pablo habló de ellos y de los demás judíos como de quienes tenían gran celo por Dios, pero no conforme a ciencia (Romanos 10:1-3). La gran prueba no descansa en la emoción sino en la doctrina: ¿cree la persona el evangelio de Jesucristo?

El evangelio es la promesa de Dios para salvar a su pueblo, que se inicia con las bendiciones de la salvación a través de la regeneración (o nuevo nacimiento) hasta la obtención de la gloria final. Ah, pero condicionada solamente en la sangre derramada y expiatoria del Cordero de Dios, cargando con todos los pecados de sus escogidos en forma independiente de las obras y esfuerzos de los regenerados. Este hecho revela la justicia de Dios en la cual se agrada y la única que acepta. Están equivocados quienes piensan que el evangelio es un cuerpo de enseñanzas éticas o morales, una forma de vida decente, o que Jesús vino a sanar a los enfermos y a realizar obra social, como dar de comer a los pobres, rescatar la moralidad de las masas, apoyar a los oprimidos de la sociedad. Esto no niega las grandes obras o señales hechas por el Mesías para autenticar ante su gente que era el Hijo de Dios. Tampoco puede entenderse el evangelio como una cadena de eventos que se inician con la venida de Jesucristo encarnado, su vida en la tierra, su muerte y resurrección, sin considerar su objetivo principal de establecerse como la justicia para todos aquellos a quienes representó en la cruz.

El evangelio es el poder de Dios para salvar a los creyentes; nadie puede ser salvado jamás ni nunca sin el conocimiento de este evangelio. No es posible suponer que una persona regenerada permanezca en la ignorancia de esta verdad evangélica. Juan el Bautista era apenas un feto de unos meses cuando fue movido por el Espíritu Santo ante la presencia del Mesías en el vientre de María. ¿Fue eso una emoción del niño o fue un reconocimiento del Salvador enviado? El ladrón en la cruz reprendió a su colega que injuriaba a Jesús, comprendió que ese Mesías era el enviado de Jehová, lo tuvo como su Señor y le pidió que se acordara de él al volver con su reino. ¿De dónde supo toda esta verdad evangélica? Es indudable que tanto en Juan como en el ladrón arrepentido se operó el nuevo nacimiento, hecho que permitió humillarse y regocijarse ante la presencia del Señor. No le sucedió lo mismo al otro ladrón, el cual no fue vivificado por el Espíritu sino endurecido para que aún al momento de su muerte continuara con su odio natural al Dios del cielo y de la tierra.  

Los sentimientos no pueden reemplazar la doctrina como el estándar para juzgar el estatus de una persona regenerada. La expresión yo sé en quien he creído denota intelecto y no emoción. Dios es lógico (pues es el Logos eterno), por lo tanto lo que enseñó a su pueblo fue un cuerpo doctrinal para que lo conocieran a Él y para que a través de ese conocimiento sus escogidos fuesen transformados con la renovación de su entendimiento. En medio de un pueblo ignorante, casi analfabeto, el Señor le dio las tablas de la ley a Moisés. Exigió que su pueblo las leyera, las escribiera en sus vestidos y en sus casas, que se instruyera por ellas. En otros términos, quiso que hubiera un esfuerzo intelectual en la masa que iba a redimir, que la gente procurara leer y aprender aquello que pretendía enseñarles. Es cierto que Su Hijo se hizo hombre, para que igualado a nosotros pudiésemos comprender su doctrina, pero no abarató su enseñanza por el hecho de que de esa forma se nos hiciera más fácil su comprensión.

Ese nivel de exigencia mostrado en un principio en el desierto lo ha seguido manteniendo a través de los siglos. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo. Jesús enseñaba la doctrina de su Padre, los apóstoles educaban a la iglesia con la doctrina aprendida de Jesucristo, Juan nos previno para alejarnos de aquellos que no traen la doctrina que él había enseñado. En ninguno de estos casos se menciona la tarea de ocuparse de las emociones que provoca el Espíritu, no se nos encomienda a dar saltos o a hacer danzas, ni a hablar en lenguas raras o a decir nuevas profecías como prueba de que somos hijos de Dios. Al contrario, se nos amenaza con añadirnos las plagas del Apocalipsis si quitamos o anexamos a lo expuesto en el libro. La profecía ya fue sellada, lo perfecto ha venido con el libro que recoge la palabra profética de los apóstoles y las enseñanzas de Jesús. ¿Es que acaso no es suficiente con lo que allí se declara? Tal vez sea necesaria la añadidura para aquellos que pregonan el falso evangelio, para los falsos profetas y apóstoles, para los lobos rapaces y maestros engañosos de doctrinas diferentes. Hay doctrinas de demonios que vienen encapsuladas en nuevas profecías o nuevas enseñanzas, por eso las iglesias se han convertido en sinagogas de Satanás (Apocalipsis 3:9), en franquicias genéricas de mega-iglesias que procuran sacar provecho económico (dando cumplimiento a la profecía de que se haría mercadería de los fieles).

Pero detrás de un falso maestro sigue una multitud de amantes de las fábulas artificiosas. Estos caminan en una mixtura de pensamiento, endulzados con la idea de un Cristo a la medida de sus pensamientos. En vez de acomodar lo espiritual a lo espiritual, acomodan lo espiritual a lo carnal. La carne no es solamente el sexo mal concebido, o el alcohol mal injerido, o la droga consumida y su mercado; la carne no es únicamente el amor al dinero, o los anhelos concupiscentes de los hombres; la carne también se manifiesta por la vía del espíritu, por la espiritualidad de las personas que siguen otro evangelio. Juan nos exhorta a que probemos los espíritus para ver si son de Dios. En ningún momento esta tesis refiere a una sesión espiritista para conocer quien habla a través de un médium, más bien se entiende que esta prueba es doctrinal, el examen de la enseñanza que delata a la persona y la descubre ante los ojos de las Escrituras. Tampoco se refiere el apóstol a probar a los demonios (o a las potestades espirituales que habitan en los aires) para ver si son de Dios, porque es tácito que al ser demonios ya no son de Dios sino de Satanás. Entonces esta prueba de los espíritus es el examen doctrinal de las personas que dicen venir en el nombre del Cristo de la Biblia.

Esta evaluación propuesta por el apóstol no se refiere tampoco a un examen emocional, para ver si están alegres al cantar un himno cuya música puede darles tal alegría; no se trata de valorar si la felicidad de la persona se reinterpreta como una bendición de Dios, pues mucha gente en el mundo es feliz en medio de su perdición. Tampoco tiene que ver con la manifestación de su paz, pues hay quienes aseguran que si algo les produce paz entonces es un indicativo de que lo que hacen, dicen o creen es de Dios. Cuidado, porque Jesucristo también nos aseguró que el mundo da paz. Por esa razón comparó la paz que da el mundo con la paz que él da. Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo (Juan 14:27).

Una importante tarea del verdadero creyente es ocuparse de la doctrina de los apóstoles y de Jesucristo. La doctrina no es otra cosa que el cuerpo de enseñanzas sobre una materia específica. La doctrina del evangelio es lo más valioso para el alma humana, pues ¿de qué aprovecha ganar el mundo entero y perder el alma? David fue un prototipo de hombre conforme al corazón de Dios, él se enfrentó al gigante Goliat, siendo apenas un hombre de baja estatura. Sus pecados fueron terribles, como terrible también fue el castigo al que Dios lo sometió; pero tuvo claridad doctrinal todo el tiempo de su vida. Cuando el profeta Nathan le habló en nombre de Jehová, cayó a tierra postrado reconociendo su horrendo pecado. Eso es tener claridad doctrinal; pero cuando se enfrentó al gigante en la época en que Saúl era el rey de Israel, tuvo también la más límpida visión doctrinal. Muchos recuerdan la frase célebre de su enfrentamiento contra este hombre temible: tú vienes a mí con espada y con lanza, mas yo voy a ti en el nombre de Jehová. A pesar de que este verbo es importante, hay algo que precede que nos enseña la trascendencia doctrinal que tenía este hijo de Dios. Cuando miraba de lejos todavía dijo: ¿Quién es este filisteo incircunciso que viene a perturbar a los ejércitos del Dios de Israel?

Fijémonos en esta breve síntesis que se exhibe en estas palabras del pastor de ovejas, pero ya ungido por Samuel: llamó a su enemigo filisteo incircunciso. Esta es la clave de todo el discurso, el reconocimiento del otro, pero bajo la claridad doctrinal de quiénes somos nosotros los creyentes. David, antes de irse con sus piedras y su honda para la batalla, tuvo la clarividencia que solamente da el Espíritu de Dios con la doctrina que Él enseña: reconoció a dos pueblos, reconoció de un lado al pueblo de Dios (bajo el pacto de Abraham cuya circuncisión era el símbolo de la elección para un fin específico en la historia). Sabemos que Pablo nos aclara que no todo israelita es salvo porque no todos son descendencia de Isaac; también lo dijo el profeta Isaías, que si Israel fuere como la arena del mar, tan solo el remanente será salvo. Pero existía un pacto histórico llamado circuncisión, que daba derechos y privilegios para el pueblo que Dios pastoreaba en esta tierra de acuerdo a sus propósitos. David también reconoció del otro lado a un pueblo sin derechos ante el Dios de la Creación, por eso lo llamó incircunciso, fuera del pacto con Dios. Pablo habla acerca de la circuncisión del corazón y se refiere a los creyentes. Nosotros somos el pueblo del Nuevo Pacto de la sangre de Cristo, esa es nuestra circuncisión, y eso nos separa del mundo. La aflicción que tenemos en el mundo es natural y normal, pero pese a su odio hacia nosotros Jesucristo ha vencido al mundo. David tuvo en cuenta la enseñanza que el Espíritu le brindaba (él había sido ungido por el profeta Samuel, y en esos tiempos no muchos eran los que tenían el Espíritu de Dios, como ahora en la iglesia de Cristo).  Apoyado en esa doctrina habla del otro grupo, de los escuadrones del Dios viviente (1 Samuel 17:26).

Juan nos lo ha enseñado una vez más al decirnos que miremos cuán grande amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios; Pablo nos dijo que por el Espíritu de Dios podemos llamarle Abba Padre (Papá querido); pero este apóstol también nos aseguró que si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él. De manera que el examen de la doctrina indicará quién tiene o quién no tiene el Espíritu de Cristo, a quién debemos decir bienvenido y a quién debemos cerrarle la puerta para que no recibamos sus plagas.

Creer un evangelio diferente al enseñado por los apóstoles o por Jesucristo implica, por fuerza, tener una doctrina diferente y un espíritu extraño. En otros términos, se sobreentiende que quien así cree no tiene el Espíritu de Cristo, por lo tanto no es de él. No es posible aducir que se ama a Cristo con el corazón aunque no entendamos con el entendimiento todas sus enseñanzas, ya que el mismo Señor nos dejó ver por sus enseñanzas que el corazón del hombre es el asiento de su conciencia, intelecto y emoción. La emoción de los judíos estaba centrada en el Dios de Israel, en el Dios que habían conocido a través de la ley de Moisés; su celo por Dios les permitía recorrer la tierra en busca de un prosélito; pero Pablo el apóstol dijo de ellos que oraba para que tal vez fuesen salvos porque ese celo era en vano, esa emoción era vana, esa alegría de saberse el pueblo de Dios lo que manifestaba era una profunda ignorancia. Su conocimiento no estaba fundamentado en la ciencia, o lo que es lo mismo, no se basaba en la doctrina que los apóstoles y Jesucristo habían enseñado.

De nuevo recordemos, que si usted pudiera preguntarle a un judío de la época apostólica cuál era su sentimiento respecto a Dios y a su salvación, sin duda le hubiera respondido que se sentía seguro. Sin embargo Pablo daba fe de que era una mentira (Romanos 10:1-3). Pablo no le dijo a Timoteo ocúpate de las emociones, o de la danza para Dios, ni ocúpate en la ayuda social de la iglesia para que testifique de nuestra gentileza ante el mundo; no le dijo ocúpate del testimonio de la buena conducta ante los hombres, para que a través de ella sean atraídos a la iglesia. Lo que le dijo el apóstol fue ocúpate de la doctrina.

Pablo tuvo problemas de conducta, como se manifiesta en el capítulo siete de la carta a los romanos. El bien que quería hacer no lo hacía, empero el mal que odiaba esto hacía. Se sintió miserable por su pecado pero dio gracias a Dios por Jesucristo. Una vez más, sin que esto sea un llamado al libertinaje como a veces se nos acusa, el evangelio no es una normativa para portarse bien ante la gente o ante Dios. El evangelio es la buena noticia para el pueblo elegido de Dios de que Cristo cargó con nuestros pecados y nos representó en la cruz para llevar él el castigo que nosotros merecíamos sufrir. Semejante amor no es posible encontrar en este mundo ni en el venidero sino en el Hijo de Dios y en el Padre que nos escogió desde la eternidad, para que a través de la acción operativa del Espíritu se produzca en nosotros el nuevo nacimiento que no obedece a obra humana sino que es absolutamente monergística, esto es, obra exclusiva de una sola persona, de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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