Domingo, 06 de abril de 2014

LA SALVACION DE LA MADRE

El sentimiento por la madre es un asunto cultural y biológico. La biología ha dejado su huella desde que el embrión alojado en el vientre de una mujer cobra fuerza para su desarrollo. Al nacer el niño llora por reflejo y se inicia un proceso de subsistencia diferente al que tenía en la placenta. El hambre le hace mover sus labios hasta que conducido es amamantado por quien tendrá el cuidado necesario de socorrer a ese ser indefenso que ha venido al mundo.

Luego viene la conciencia de los cuidados de esa mujer que se ha encargado de alimentarlo, vestirlo, educarlo, aconsejarlo y hasta disciplinarlo. Resulta difícil negar que esta biología y conducta lleva la huella de la cultura. ¿Dónde tirar la línea que separa estos dos renglones?

No me toca a mí hacer ese trabajo, por suerte he querido dibujar apenas un esquema de lo que suele suceder con los humanos; por eso oímos decir en el argot popular que los hijos son de la madre.

Múltiples legislaciones del mundo así lo pregonan con sus leyes que dan a la mujer la preferencia de la custodia de sus menores, antes que a los padres. Sin embargo, en el teatro griego tenemos una visión distinta; el dios Apolo hace una defensa de Orestes y ataca el concepto de madre. No es la que llaman madre la que engendra al hijo, sino que es sólo la nodriza del embrión recién sembrado. Engendra el que fecunda, mientras que ella sólo conserva el brote (sin que por ello dejen de ser extraños entre sí)... (Esquilo. La Orestíada).

La iglesia protestante no ha escapado a la marca cultural de la pasión por la madre; himnos se han compuesto donde exaltan su grandeza y cantan la esperanza de verla en el cielo. De los padres muy poco se alaba y estadísticamente la inclinación es hacia el favoritismo de encontrar en el más allá a la madre, antes que al progenitor. Por supuesto, ya esto es un asunto cultural, cuyo origen tampoco pretendo analizar, simplemente he querido señalar el deseo humano por ver a sus seres queridos en el reino de los cielos, más allá de la preferencia por alguno en particular.

Pero Jesucristo nos muestra un carácter que difiere de este marasmo de la cultura humana. A su madre la increpó un día diciéndole: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Quiso separar el lazo que María como mujer de una cultura había echado sobre su hijo, pidiéndole vino para las bodas a las que habían sido invitados. A pesar de que el Señor usara esta ocasión para su primer milagro, altamente simbólico de su sangre derramada por su pueblo, el mensaje es también muy claro: Jesucristo se desprende de toda atadura cultural con su madre.

Pero Jesús no fue por esa alocución un mal hijo, más bien en la cruz le encomendó a Juan su discípulo y amigo especial el cuidado de esa mujer que ya era viuda. No se lo pidió a todos los que había formado, sino solamente a Juan. Jesús supo, en definitiva, separar la línea del respeto y cuidado por la madre y el de la obediencia a ciegas a una cultura que la idolatra. Sus dichos así lo refuerzan: El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí (Mateo 10:37).

La gran pregunta para muchos que se dicen cristianos es qué espera encontrar en el reino de los cielos: ¿a sus seres queridos o a la comunión de los santos en torno al Señor? Cuando Jesús escogía a sus discípulos los llamaba y les pedía (ordenaba) ir a él; en varias ocasiones el relato bíblico nos grafica cómo dejaba por fuera a sus padres o familiares, incluso a uno le dijo que dejara que los muertos enterraran a sus muertos. En otros términos, Jesús le anunció a ese discípulo que su padre estaba muerto espiritualmente y que así iba a morir. Jesús no procuró jamás ganarse el afecto de sus seguidores haciendo extensiones de su misericordia, pues cumplía el propósito de Su Padre, la de salvar a su pueblo escogido. En ocasiones Dios ha llamado a varios miembros de una misma familia, pero en la más de las veces escoge apenas a uno solo de ellos. Ni qué decir de las familias en donde ninguno de sus componentes es llamado y mucho menos escogido.

La importancia de ser oveja es un asunto categórico para poder llegar a creer en el Señor Jesucristo y ser salvo. No se llega a ser oveja dejando de ser cabra, sino que se llega a creer en virtud de que se es oveja (Juan 10:26).  Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11). Por eso se enfatiza en las Escrituras que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal o de haber nacido, para que el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras sino por el que llama, permaneciese (Romanos 9: 11).

Un poco más adelante, Pablo continúa desarrollando el antagonismo entre la gracia y las obras: Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra (Romanos 11:6). ¿Qué significa esta aseveración del apóstol, o del Espíritu que inspiró al apóstol a escribirla? Que la salvación pertenece a Dios en un 100% y que disminuirle un decimal pervierte la gracia al punto en que deja de ser gracia y es obra. Esa gracia combinada -aunque sea en un mínimo porcentaje- es una imitación, un engaño, un fraude; no es otra cosa que la condenable herejía de la salvación condicionada en el pecador.

Recordemos que la cabra es 100% cabra y ni siquiera una décima puede cambiarle su esencia, aunque alguien logre bajo engaño hacerla parecida a una oveja. Juan nos recomendó que probáramos los espíritus, para ver si son de Dios; asimismo nos exhortó a no darles la bienvenida a ninguno, que llamándose hermano, no trajera la doctrina enseñada por él. ¿Cuál fue esa doctrina enseñada por Juan? Bástese con leer su evangelio y sus cartas, e incluso el Apocalipsis, para darse cuenta de que el eje central de su prédica es la soberanía absoluta de Dios, su predestinación, el hecho de que nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo llevare; que es necesario ser oveja para poder creer, que el concepto mundo varía según el contexto de aparición, que amamos al Señor porque él nos amó primero. También agregó que era necesario nacer de nuevo, pero que esa actividad era un acto soberano de Dios y no dependía de los hombres; que Dios nos amó de tal manera que nos ha llamado hijos, de quienes es el consuelo del perdón porque tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo. La doctrina enseñada por Juan es la doctrina enseñada por Jesús, que no difiere en nada a la doctrina del Padre que Jesús mismo dijo que había venido a traer.

Por esta razón cobra vigencia no unirse en yugo desigual con los incrédulos (con aquellos con quienes Dios está airado todos los días), pues ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas o Cristo con Satanás? ¿Nos haremos partícipes de la mesa con los demonios? El Dios soberano salva a quien quiere, y no está obligado a salvar a las madres de los creyentes. Dejémonos de esos cánticos de idolatría hacia esos seres tan relevantes de nuestra cultura, pues el que antepone el amor de alguien por encima del amor a Dios no es digno de seguir a Jesús. La conclusión de este discurso no es otra que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de él, en palabras del apóstol Pablo (Romanos 8:9).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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