S?bado, 29 de marzo de 2014

En la estepa cercada por suaves montañas yace una oveja extraviada. Separada de su rebaño, el peligro se incrementa en la medida en que es la única a ser atacada. La estadística está en su contra y lo saben las hienas, lobos y perros salvajes. Sin embargo, lo más escalofriante es que el pastor distante la puede dar por perdida y la abandona. Para él pudiera ser de alivio sacrificar un solo animal en favor del resto de la manada.

La oveja pierde en muchos sentidos, incluso cuando por supervivencia anhela la protección del tropel, pues sucede con frecuencia que las cabras también buscan un redil donde abrevar. Entonces, por huir del lobo, se entrega al consenso general de la masa, sin importarle la confussio  que existe en su rebaño. Esta unión, en el sentido del Derecho Romano Antiguo, que confundía, mezclaba, unía los terrenos cuando existía un deslinde natural o artificial, viene a ser el símil para la oveja que comparte la personalidad del colectivo sin que le importe mucho encontrar el camino correcto. De mucho peligro es imitar gustos e ideas de la multitud que la protege, sin examinar la doctrina que ella  imparte.

Jesús narró una parábola acerca de la oveja perdida. Al final de su historia nos expuso la metáfora que quiso implicar, que en el cielo habrá mucho gozo por un pecador que se arrepiente, más que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento (Lucas 15:7). Dios tiene cuidado especial de los suyos (que siempre son las ovejas que le son propias), pero en ocasiones podemos entregarnos al pecado cual hijo pródigo, hasta perder nuestra alegría en el mundo. Ese hijo, sujeto de otra parábola, pretendió alegrarse con las cabras, pero se fue a la bancarrota.

El pródigo y la oveja perdida son ejemplos de un desastre emocional, intelectual, corporal y espiritual. El hijo se perdió de la familia y la oveja abandonó al rebaño; ambos quedaron expuestos al peligro salvaje de sus enemigos naturales. El mundo nos odia porque no formamos parte de su esencia. ¡Cuán grande es la tendencia hacia la búsqueda inútil de una felicidad que jamás llegará! -asunto que ocurre gracias a que intentamos compararnos con el mundo. Pero en el mundo tendremos aflicción, no regocijo. Menos mal que el Buen Pastor nos dejó dicho que él había vencido al mundo y por lo tanto debíamos confiar en él.

Claro, la oveja del Buen Pastor se pudo extraviar como lo hizo el hijo pródigo. Sabemos que ese Pastor no se conformó con el abundante rebaño, ya que se fue al desierto a buscarla para traerla de vuelta a casa. El hijo extraviado que anhelaba comer las algarrobas de los cerdos entró en razón y emprendió el camino de regreso a casa, porque sabía que era hijo, porque también su padre lo esperaba con vehemencia. Jesús nos contó del hijo pródigo que cuando aún estaba lejos, lo vio su padre (Lucas 15:20); la razón para que un padre lo haya visto desde lejos es porque se supone que aguardaba su regreso, que tal vez cada mañana o cada tarde volvía sus ojos al horizonte para distinguir entre las sombras la silueta de su hijo extraviado. El padre fue quien corrió y se echó sobre su cuello y le besó.

¿No hace lo mismo el Buen Pastor con su oveja extraviada? Ciertamente es él quien sale a buscarla, y él conoce mejor que nadie los vericuetos del mundo donde las ovejas corren más peligro. Hacia allá se dirige sabiamente porque entre otras cosas él ha vencido al mundo. Pero la metáfora se limita ante la magnitud del personaje que la relata. Jesús es omnisciente, es omnipresente, tiene a sus ovejas en sus manos, de tal forma que conoce sus corazones y lo que piensan y anhelan. En ocasiones hay que podar las plantas, cortar lo que está dañado para que pueda producir fruto. Ese es el mensaje que nos ha sido entregado, que tenemos una grande nube de testigos, para que dejemos todo el peso del pecado que nos rodea y corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta (Hebreos 12:1).

EL METODO

Continúa el autor de Hebreos diciéndonos que debemos tener los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús, para que no desmayemos. Que el pecado hay que combatirlo, que recibamos el castigo sin menosprecio, porque el Señor al que ama castiga, y azota a todo aquel que tiene por hijo (verso 6). El hijo pródigo fue recibido con un beso, restaurado en su hogar; la oveja extraviada fue traída en hombros y se convirtió en objeto de regocijo del Pastor. ¿Dónde queda el castigo por su desobediencia? Pienso que el castigo está en la misma tragedia vivida en el mundo, en los tormentos sufridos y en el odio recibido; en no poder salir por fuerza propia del lodazal, en el tiempo perdido sin llevar fruto.

Esto cobra sentido al reconocer las cualidades naturales del Buen Pastor antes mencionadas. Su omnisciencia y omnipresencia, sus manos poderosas que nos protegen; pero como quiera que aún la tendencia de la carne atrapa con fuerza, recibimos la disciplina del Señor, la cual en muchas ocasiones consiste en dejarnos experimentar las toxinas del mundo para que vomitemos con fuerza aún ante su olor. El castigo también se produce por el Espíritu Santo contristado entre nosotros, lo cual se traduce en una tristeza permanente en nuestro espíritu producto del pecado que aunque odiamos cometemos.

Pero hay casos extremos en que el castigo va más lejos porque el Señor así lo considera pertinente y sufrimos las consecuencias de nuestra desobediencia. Dios nos azota para nuestro provecho, para nuestra santificación (verso 10). Sabemos que el escarmiento no produce gozo sino tristeza, mas después da el fruto apacible de justicia. El hijo pródigo experimentó su castigo en la pocilga, lejos de su padre; la oveja extraviada demostró con su balido que temía por causa del lobo, que anhelaba volver al rebaño.

EL PRECIO DE UNA OVEJA

Se desprende de la parábola el valor de una oveja. Por supuesto, no hablamos del mercado entre humanos, sino de lo que vale ante el Padre uno solo de sus pequeños. En la economía de Dios, que incluye la economía de la salvación, la relación de valor es simétrica entre los objetos que le importan. Dado que Jesús aseguró que nadie podría arrebatar una sola oveja de sus manos, ni de las manos de su Padre, entonces la sangre de Cristo derramada por sus ellas tiene un valor idéntico en una o en cien. Lo demuestra la parábola, si entendemos que las cien ovejas fueron cien redimidos por la sangre del Señor.

El Buen Pastor no se conformó con noventa y nueve, no consideró como poca pérdida el uno por ciento de su capital; no, sino que asegurando a las noventa y nueve se fue al desierto a buscar la que estaba extraviada. Por eso el Señor la noche antes de su sacrificio expiatorio oró al Padre diciéndole que de lo que le había dado nada había perdido (sino solo el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese, Juan 17:12). Para Dios una oveja vale toda la sangre de su Hijo; cien ovejas valen toda la sangre de su Hijo; pero una cabra no vale nada, por lo cual Su Hijo no rogó por ellas (no ruego por el mundo, sino por los que me diste, Juan 17:9) y en consecuencia no murió por ellas.

Quiera el Señor usarnos como sus instrumentos en el alcance de las ovejas extraviadas, para darles la mano oportuna del evangelio de su salvación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:36
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