Domingo, 23 de marzo de 2014

Hablamos del nuevo nacimiento, porque la humanidad entera fue declarada muerta en delitos y pecados. Al ser esto una aseveración espiritual enunciada por Dios, es de entender que la totalidad del hombre quedó en el sepulcro. No es posible hacer dicotomías, separar una parte de la esencia humana y dejarla viva. Hay quienes en su desvarío sostienen que el nuevo nacimiento es un asunto espiritual, pero que el alma parece haber quedado viva después de la caída de Adán. No obstante, la Biblia es categórica y ha declarado que el hombre está muerto por la caída de su cabeza federal Adán. No dijo la Escritura que el espíritu humano murió mas el alma quedó aleteando, al estilo de lo dicho por Pelagio, el gran hereje de los primeros tiempos del cristianismo.

Bien, la necesidad imperiosa para entrar al reino de Dios es nacer de nuevo. El vocablo griego usado en el libro de Juan, según palabras de Jesús, es γεννάω (Gennao), de donde viene generación, ginecólogo, génesis, género, general, gente, progenitor, genocidio, progenie, genio, indígena, genital, germen. La raza, la casta, la familia, también proceden de la raíz de este vocablo. Por cierto, la agenesia es la imposibilidad de engendrar, lo cual debemos tener en cuenta en este tema del nuevo nacimiento, ya que nadie se puede engendrar a sí mismo.

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3:6). En la alegoría de Sara y Agar, Pablo hablaba a los gálatas empleando el término gennao, pero en voz pasiva de la lengua griega, aunque el español lo traduzca como un pretérito simple. Se leería de la siguiente manera: El de la sierva (Agar) es nacido según la carne; pero el de la libre (Sara) es nacido según la promesa...pero como antes, el que era engendrado según la carne, perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora (Gálatas 4:23 y 29).

Tal parece que el texto de Jesús cuando hablaba con Nicodemo se refería al nacimiento para vida, producido por el Espíritu de Dios de acuerdo a la voluntad del Padre. Jesús dejó por fuera toda posibilidad de acción humana o de voluntad de varón. Pero llama la atención que el texto de Pablo a los gálatas recoge la misma idea con un añadido: los que son nacidos en la carne. De la humanidad muerta en delitos y pecados hay dos nacimientos que se producen con una fuerza exterior al individuo, y eso lo demuestra la voz pasiva. Hay un agente ejecutor del nacimiento, así como un agente pasivo que recibe la influencia del verbo nacer, engendrar.

Esto nos conduce al Dios soberano presentado en Romanos capítulo 9, que genera tanto al vaso de honra como al de deshonra. El barro es el mismo, así como el alfarero, pero los vasos son hechos distintos. Ellos no se hacen solos a sí mismos. La metáfora es por demás brillante y esclarecedora, precisa y matemática.

En la descripción de la alegoría de Sara y Agar, Pablo muestra al mismo alfarero -que es Dios- haciendo una actividad similar a la que se narra en Romanos 9; a los muertos Dios les da vida, pero dos tipos diferentes de vida: 1) el hijo nacido de la sierva es nacido (voz pasiva) según la carne; 2) el de la libre es nacido (voz pasiva) según la promesa. Uno puede preguntarse de inmediato quién es el autor de la promesa y sabemos que en el Génesis 3:15 está descrito el tema. Cobra fuerza el hecho de que Esaú, odiado antes de hacer bien o mal, es un hijo de la carne para muerte eterna; fue hecho por el mismo alfarero que hizo el vaso de honra llamado Jacob, para vida eterna. Ambos gemelos fueron creados (no se hicieron a sí mismos) con el mismo barro, para que no se diserte acerca de la materia prima del vaso, como si fuese distinta. No hay cualidad en los componentes de los vasos que los haga diferir en cuanto a su propósito o destino. No hay sociología que aguante ni ideología que venza, simplemente es la voluntad del alfarero la que hizo la diferencia (por el puro afecto de su voluntad, para que se honre la elección y no las obras).  Sara y Agar, por implicación, fueron vasos hechos del mismo lodo, pero una dio hijos para honra, de acuerdo a la promesa, y la otra dio hijos según la carne (porque para ella no era la promesa, ya que en Isaac te será llamada descendencia).

La intención de la carne es muerte porque es enemistad contra Dios, y no se puede sujetar a la ley de Dios; por lo tanto, estos hijos de la carne no pueden agradar a Dios. Pero el Espíritu de Dios cuando hace nacer de nuevo, lo hace para vida, y va a morar con el creyente como garantía de ser hijo de Dios. La regeneración o nuevo nacimiento se traduce como la gracia por la que el Espíritu Santo lleva a un pecador muerto espiritualmente para quitarle su viejo corazón de piedra e implantarle uno de carne (un nuevo espíritu), haciendo de la nueva criatura una nueva creación. Ahora ese nuevo ser está muerto al pecado pero vivo para Dios en Cristo Jesús. Dejó de ser totalmente depravado y ya no sirve al pecado como esclavo. Este acontecimiento nos hace creer seriamente que la gracia de Dios es irresistible, pues los muertos no pueden objetar el ser resucitados para vida, ni colaborar para tal faena.

De la misma manera, los muertos (de acuerdo a la alegoría de Agar) son traídos por fuerza como vasos de ira por el alfarero que los ha confeccionado para la alabanza de la gloria de su poder y justicia, y tampoco pueden resistir a su voluntad (Romanos 9), ni colaborar en la concepción que Agar haya tenido de ellos.

La regeneración se opone a la muerte eterna. Ambas actividades son atribuidas al Dios soberano, si bien muchos pleitean con su Hacedor. Muchas son las variantes teológicas en relación a este asunto, desde aquellos que aducen que Dios prevé en la máquina del tiempo, en el conocimiento previo del libre albedrío humano, hasta los que sostienen que en efecto Dios da gracia a Jacob, pero no se ocupó de la perdición de Esaú. Estos son objetores de la soberanía de Dios que levantan su puño contra el Altísimo y le llaman injusto, pues ¿por qué inculpa a los Esaú, si no pueden resistir a su voluntad? (Romanos 9:19).

La naturaleza del barro en manos del alfarero deja por fuera cualquier reclamo o jactancia en la condición del pecador. Pero de la misma manera incluye la injerencia de Dios endureciendo a Esaú y preparándolo como vaso de ira, antes incluso de hacer bien o mal. Por eso se levantó de manera lógica la voz del objetor de la justicia de Dios en el texto de Romanos antes citado (9:19). Al reclamo de que no somos títeres de Dios, la metáfora del alfarero y el barro les da la razón de la protesta, pues el títere es movido apenas con los dedos del manipulador, pero el barro es amasado con el poder de la mano del Todopoderoso. No somos títeres, sino barro en las manos de Dios, lo cual hace de la metáfora del alfarero en grado superior y en poder al del titiritero.

Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu simiente, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que tú vivas (Deuteronomio 30:6);  Y les daré corazón para que me conozcan, que yo soy Jehová: y me serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios; porque se volverán a mí de todo su corazón (Jeremías 24:7); Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios (Juan 1:13); Como le has dado la potestad de toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste (Juan 17:2); Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado (Romanos 5:5); Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó; Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23).

UN PECADOR ES SALVADO POR GRACIA, PERO A LA FUERZA

No hay consulta ni petición de permiso, pues el libero arbitrio es una falacia, una invención de Roma para el engaño de las almas. Una ilusión del averno para la dignidad humana, para el triunfo del ego como señuelo de la independencia de Dios. Nada más alejado de la revelación bíblica el que Adán haya sido independiente de su Creador.  Adán con su transgresión había sido preparado para tal fin, pues ya el Cordero de Dios había sido mucho antes preparado para la redención de su pueblo. Como Dios no tiene planes B, se entiende que por perfecto es un Ser con un solo propósito y Adán no podía demostrar independencia de su Hacedor, por lo tanto tampoco tuvo libre albedrío antes de su caída. Si lo hubiese tenido, Dios hubiese corrido la posibilidad de fracasar con el Cordero ya preparado de antemano. Por lo tanto, Adán estuvo preparado para caer, más allá de que Dios no tienta a nadie, pues para eso tiene a la Serpiente Antigua, la cual se llama Diablo o Satanás. No en vano, en la oración enseñada por Jesús, se nos recomienda pedir: no nos induzcas en tentación, o lo que es lo mismo, no nos metas en tentación, sino líbranos del maligno o del mal.

Es una fábula teológica urbana el decir que el Espíritu Santo es un Caballero. Nada más lejos de la verdad, pues no ruega a nadie ni pide permiso. No tiene preferencia por personas, ni hombres ni mujeres, ni respeta posiciones sociales, económicas, raciales o políticas. No mira tampoco la condición pecadora humana, sino que se ocupa de llevar por la fuerza a las ovejas signadas por el Padre para ser rescatadas. Ese rescate ya fue realizado por Jesús en la cruz, cuando representó a todos aquellos que el Padre le hubo dado. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados, por lo cual no rogó por el mundo que no vino a representar (Juan 17:9).

El vocablo griego presentado por Juan en su evangelio (6:44) es helkúo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Helkúo - ἑλκύω significa arrastrar, llevar a la fuerza, desplazar, tirar, carretear, acarrear. El verbo traer usado en la traducción en español está escrito en griego como helkúo y significa todo lo ya mencionado. Allí no se ve ningún acto caballeroso del Espíritu que irrumpe en nuestro corazón muerto y nos da vida a la fuerza. No hay permiso solicitado ni colaboración humana posible; no hay lugar para el ruego, sino que somos impelidos por su poder y por su fuerza para ir a Cristo. Es por esa razón que el lógico objetor descrito en Romanos 9 pregunta por qué Dios inculpa de pecado al hombre, pues ¿quién puede resistir a su voluntad? La voluntad de Dios reseñada en Romanos 9 es presentada en dos sentidos: 1) en arrastrar a Jacob hacia su gracia; 2) en arrastrar a Esaú hacia su perdición. Ese es el reclamo lógico del objetor, pues si la Escritura hubiese descrito solamente un solo sentido de la voluntad de Dios, entonces no habría lugar para el reclamo. El reclamo pudiera haber sido otro, pero no el mismo. Tal vez hubiese dicho: ¿por qué no tuvo misericordia de Esaú, como la tuvo de Jacob? Pero nunca hubiera acusado a Dios de injusto, a menos que hubiese visto desde su propia naturaleza que Dios le parecía injusto al escoger a Esaú como vaso de ira, aún antes de hacer bien o mal.

Veamos otros casos en donde se utiliza el verbo helkúo, que muestra gráficamente su significado ya enunciado. Recordemos a Pedro, una vez que Jesús hubo resucitado; él estaba en el mar tirando la red y oyó la voz del Señor que le decía que echara la red hacia la derecha. Luego escuchó a Juan decir que era Jesús quien había hablado. Cuando descendieron a tierra, el Señor les pidió que trajeran de los peces que habían pescado. Pedro arrastró la red con 153 peces (Juan 21:11). En ese texto el verbo es también el mismo que se usa cuando se refiere al Espíritu llevando a los elegidos a Cristo, helkúo.

En una ocasión Pablo expulsó el espíritu de adivinación de una mujer que daba grandes ganancias a sus amos. Esto molestó tanto a esa gente, que arrastraron a Pablo y a Silas ante el foro, en presencia del magistrado (Hechos 16:19). El verbo usado acá para prender o tomar o llevar  es también helkúo.

Santiago nos relata acerca de los ricos que oprimen a los pobres y los arrastran a los juzgados. Ese verbo arrastrar es también helkúo (Santiago 2:6). El Señor hablando con sus discípulos les dijo que cuando él fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo (Juan 12:32); de nuevo, el verbo empleado fue helkúo. Existen otros textos con el mismo verbo y en la misma idea, pero sean estos suficientes para demostrar que Juan 6:44 pone de manifiesto la forma en que el pecador es salvado, a la fuerza, arrastrado, obligado, porque ese acto operativo del Espíritu de Dios obedece a los designios eternos del Padre, quien se ha complacido en escoger a un pueblo para alabanza de la gloria de su gracia.

¿Acaso no hizo lo mismo el Señor con Judas Iscariote? El dijo: ¿No os he escogido a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? Es decir, también el Señor escogió, sin petición de permiso, a Judas como hijo de perdición. Lo mismo hizo con Esaú, con Caín, con los réprobos en cuanto a fe, con aquellos reservados para la alabanza de su ira y su poder, a los cuales no escribió en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. De allí que el apóstol Pablo daba gracias por la elección de Dios: Mas nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salud, por la santificación del Espíritu y fe de la verdad (2 Tesalonicenses 2:13).

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen (Juan 10:27). Todo lo que el Padre me da a mí, vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera jamás (Juan 6:37).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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