Martes, 25 de febrero de 2014

La imputación es la cualidad de atribuir a alguien la responsabilidad de un hecho que se reprueba.  La Biblia nos habla de Adán como el primer imputado en el Edén. De allí salió otra imputación por extensión a toda la especie humana, pues el pecado entró a todos por un hombre y la muerte por el pecado (Romanos 5:12). Como la naturaleza humana se corrompió fuimos declarados muertos en delitos y pecados. Se agrega que no hay justo ni aún uno, que no hay quien haga el bien sino lo malo, ni quien busque a Dios motu proprio.

Una cita de David es retomada por Pablo y la relata de la siguiente forma: Bienaventurado el varón al cual el Señor no imputó de pecado (Reina Valera 1909). La Vulgata Latina dice de la misma forma: Beatus vir cui non inputabit Dominus peccatum (Romanos 4:8). Pero la versión griega presenta una característica muy importante para traer a este breve análisis, ella utiliza en la frase citada la doble negación, según la cual se expresa una proposición absoluta que niega la posibilidad de que alguna vez seamos señalados con la pena eterna del pecado.

Las dos negaciones se refuerzan la una a la otra y una de ellas podría suprimirse, pero el escritor bíblico las utilizó para remarcar la importancia de lo que Dios ha hecho con su pueblo. Es como si dijera que es bendita aquella persona que ha sido perdonada y cuyos pecados han sido cubiertos de tal forma que el Señor no se los toma en cuenta. Esta idea se desprende de la referencia original encontrada en el Salmo 32:1.

Pero es un tema que se repite en el Nuevo Testamento; ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo para sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación (2 Corintios 5:19). Valga la acotación de que el mundo y nosotros son el mismo grupo porque no podría entenderse de otra forma sin contradicción. Judas, Caín, Faraón, Esaú y un gran etcétera componen el mundo enemigo de Dios, del cual se nos conmina a separarnos. En la Biblia aparece el vocablo mundo con significados diferentes, en especial con dos sentidos antagónicos de los que el contexto se encarga de identificar. Por un lado mundo es el conglomerado regido por su príncipe Satanás y se nos ordena no amar a ese mundo. Por otro lado mundo es el conjunto de personas que el Padre amó de tal manera que dio a Su Hijo para que los creyentes tengamos vida eterna.

La imputación de nuestros pecados hecha a Cristo viene a ser el centro del evangelio en el Nuevo Testamento ya prefigurado en el Antiguo. Los escritores bíblicos lo dijeron en sus cartas y algunos textos son un faro que nos orienta a la médula de la buena noticia.  Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia: por la herida del cual habéis sido sanados (1 Pedro 2:24); Porque también Cristo padeció una vez por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu (1 Pedro 3:18). Si padeció una vez por los injustos con el fin de llevarnos a Dios, estamos ciertos que el Todopoderoso no falla en su misión y propósito. Por lo tanto, todos aquellos por los que padeció serán llevados en su oportunidad histórica a Dios, a través de la predicación del evangelio y el nuevo nacimiento que da el Espíritu.

Si Cristo padeció una vez significa que lo hizo de un todo, como él mismo dijo: Consumado es; por lo tanto, no tenemos que padecer de nuevo para salvación. No tenemos ni podemos añadir nada para obtener una salvación tan grande por cuanto todo se originó en la eternidad, de acuerdo al propósito eterno e inmutable del Padre, en el afecto de Su voluntad.

La carga de nuestros pecados llevada por Cristo (quien fue hecho pecado por nosotros) fue tan precisa, que ya Isaías lo declaró por mandato de Jehová: Con todo eso Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando hubiere puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Del trabajo de su alma verá y será saciado; con su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y él llevará las iniquidades de ellos ... habiendo él llevado el pecado de muchos y orado por los transgresores (Isaías 53: 10-12). Jesucristo está saciado del trabajo de su alma, por lo tanto no necesita más ni menos. Ha justificado a muchos no a todos. Ese conocimiento está relacionado con el amor, como se ha demostrado en otros textos de la Escritura: a los que conoció a estos también predestinó; pero no nos ha justificado por el conocimiento que él posea sino por impartirnos ese Su conocimiento. La justificación por fe incluye el conocimiento de Cristo sufriendo y muriendo por su pueblo, cargando la imputación de nuestros pecados. La fe descansa solamente en ese conocimiento del Cordero. Finalmente, Isaías ha declarado que el Hijo de Dios llevó el pecado de muchos (no el de Judas, ni de Caín, ni del Faraón ni del gran etcétera).

JUSTICIA SIN OBRAS

La ley de Moisés fue dada a Israel no para creerla sino para cumplirla, pero era maldito todo aquel que fallaba aunque fuera en un punto. Sin embargo, Abraham -antes de la ley- creyó a Dios y le fue contado por justicia. Lo que creyó Abraham le fue como justicia y él es llamado el padre de la fe por cuanto fue el primero en creer en esa promesa de que por su simiente serían benditas todas las naciones de la tierra. De la simiente en Isaac tendría descendencia, de la cual vendría el Hijo de Dios por la casa de David. Pero si la ley era para cumplirla, la fe en Cristo se ha impartido para que creamos en él.

¿Quién puede creer en él? Solamente sus ovejas, los elegidos por el Padre (vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas -Juan 10:26). Una de las características de la fe que agrada a Dios es que ella nos permite vernos justos sin la imputación de nuestras obras. La fe no es una obra del creyente, sino que todo el paquete de la gracia viene de Dios (Efesios 2:8-9). David lo anunció y Pablo lo citó por cuanto eso es parte del centro del evangelio:  Como también David dice ser bienaventurado el hombre al cual Dios atribuye justicia sin obras (Romanos 4:6).

Los judíos celosos de Dios no tenían conocimiento, por lo tanto se atribuían su propia justicia porque desconocieron la justicia de Dios que es Cristo. Jesucristo es nuestra justicia porque cargó nuestros pecados en la cruz y el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en ella. Insisto, no fue clavada el acta de los decretos que le era contraria a Judas.

No podría Jesús ser imputado de delito personal alguno, al ser por naturaleza y por declaración un Cordero sin mancha. Entonces, ¿qué culpa fue la que se le imputó? ¿A quién pertenecían los delitos que se le achacaron? La respuesta clara la da el libro de Romanos, en capítulo 5 y verso 21: El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, de manera que podamos ser la justicia de Dios en Él.  Este nosotros es la clave del asunto de la imputación. Pero volvamos a la historia, ya que todo comenzó con la imputación del pecado de Adán a toda la humanidad (Romanos 5:12-19) y siguió con la imputación de los pecados de los electos en Jesucristo (el llevó nuestras transgresiones Isaías 53:6; 2 Corintios 5: 21; 1 Pedro 2:24).

Hemos sido pecadores por el pecado de Adán, pero hemos sido justos (o declarados justos o justificados) por la justicia de Jesucristo, que incluye su obediencia y su muerte (obediencia hasta la cruz). Dios no culparía a ninguna persona inocente, por lo tanto si Jesucristo fue inocente deberíamos conocer la razón de ese castigo en la cruz. No solo fue hecho pecado por su pueblo, sino que fue maldito por morir en un madero. Por su maldición nos redimió de la maldición de la ley (que no era para creerla sino para cumplirla - Gálatas 3:13).

La fe en Cristo no nos permite jactancia alguna, pues la gracia viene sin las obras de la ley. La ley podía enaltecer a quien la cumplía (aunque al parecer no salvó a nadie, sino que fue el Ayo que llevaba a Cristo), porque cualquiera que fallaba en un punto se hacía culpable de todos. La ley mostró el pecado y la rebelión al mandato divino, pero la muerte de Jesucristo en la cruz, su sangre derramada por los transgresores que representó, salvó a muchos  y dejó al Señor satisfecho. La salvación es por gracia a través de la fe en el Hijo de Dios.

La ley (y con ella las obras) no fue dada para justificar a nadie sino para exacerbar el pecado, pues cuando se dice no codiciarás la concupiscencia se enciende y más se codicia (sin la ley el pecado está muerto, con la ley cobra vida - Romanos 7).

El justo vivirá por la fe de manera que eso es lo que nos permite acercarnos al trono de la gracia para encontrar el oportuno socorro. El otro evangelio le agrega a la fe obras y eso permite el regocijo del yo, del ego, lo cual roba la gloria a Dios. La soberanía de Dios es absoluta, a tal punto que sin ella nadie sería salvo. ¿Por qué los que acusan a Dios de injusto, porque salvó a Jacob pero condenó a Esaú, no señalan la injusticia en condenar hasta la muerte atroz a su Hijo inocente? Esa podría ser considerada una grande injusticia; sin embargo, vale lo que Pablo dijo: lo necio de Dios es más sabio que lo sabio de los hombres. Esa aparente injusticia de enjuiciar a Su Hijo fue hecha en virtud de su sabiduría o conocimiento, pues en ese sacrificio estaba representado su pueblo entero.

Para los que conformamos el pueblo de Dios no existe injusticia alguna en sus decretos. Los que miran defectos en el Ser perfecto debe ser que continúan siendo sus enemigos. La fe más obras es inútil porque nuestra justicia proviene del trabajo de Jesucristo en la cruz, lo cual es suficiente y quedó consumado para siempre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:21
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