Domingo, 23 de febrero de 2014

Ciertamente es importante conocer lo que consideramos revelado por Dios a través de los siglos. Ser docto en las Escrituras cumple en alguna medida el mandato del Señor respecto a ocuparse de ellas, pues creemos que allí tenemos la  vida eterna. También es prudente examinarlas acuciosamente, ya que testifican de Jesucristo. Pero no se implica que todo aquel que conozca las Escrituras tenga el Espíritu de Cristo.

Satanás se disfraza como ángel de luz y de igual forma lo hacen sus ministros. Uno puede escuchar sermones o debates sobre un tema de la Biblia y llega quedar muy impresionado acerca del conocimiento de la semántica y gramática de las lenguas originales en que fueron escritas; también puede impresionarnos la manera en que se mueven a través de ellas: una cita nos conduce a otra  y así vamos hilvanando el tema general.

Sin embargo, ¿no hacen lo mismo los grandes maestros del otro evangelio? En la tentación de Jesús vimos como Satanás usó las Escrituras para inducir al Hijo de Dios a una interpretación paralela, mas no correcta. Lo que sí se demostró en esos actos de tentación es que Jesucristo conocía perfectamente Su Palabra y pudo refutar con ella las falacias que el maligno esgrimía.

El que una religión cualquiera hable de Jesucristo no hace que sea la religión verdadera. La Biblia nos ha advertido contra los que tuercen las Escrituras. En el plano de la argumentación el tipo de razonamiento que conduce a una síntesis desviada se llama falacia. Una falacia es en alguna medida una mentira, un engaño, un razonamiento no verdadero, que se manifiesta en un muy variado rango. Esa es una de las razones por las que el apóstol Juan recomendó examinar a los espíritus, para ver si son de Dios.

¿Cómo puede alguien examinar a los espíritus? Sabemos que ellos no son materia y que no son visibles, pero en el sentido del texto de Juan entendemos que cada ser humano tiene uno. Examinar a las personas es una manera de reconocer qué espíritu tienen, pues lo que ellas dicen, lo que manifiestan creer, la doctrina que traen y han asumido como verdad, hablan del espíritu que tienen y que las gobierna.

Hay muchos que dicen creer en la soberanía absoluta de Dios, hasta entienden que no hay salvación posible a no ser que Dios haya escogido desde los siglos a los que por el afecto de su voluntad quiso salvar. No obstante, se aferran a una falacia (por demás irracional) que pregona una expiación universal. Estos argumentan que Jesucristo murió por toda la humanidad sin excepción,  con lo cual demuestran que no conocen el sentido del evangelio ni su centro principal.

¿Cuál fue el trabajo de Jesucristo en la cruz? Fue dar fiel cumplimiento a lo que las Escrituras decían desde el Antiguo Testamento, que moriría para expiar el pecado de su pueblo. Esto está recogido en Mateo 1:21 y en otros textos del Nuevo Testamento. Ya sabemos que no murió por todos, sin excepción, sino por todo su pueblo escogido. Pensemos un momento para dar respuesta a esta situación: Judas fue llamado por Jesús el hijo de perdición, también dijo de él que tenía que ser de esa manera para que la Escritura se cumpliese. Entonces, si Jesús dijo esas palabras, ¿cree usted que con su muerte perdonó los pecados de Judas? ¿Hizo lo mismo por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo? (Véase Apocalipsis 13:8 y 17:8).

Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo... Nosotros somos de Dios: el que conoce a Dios, nos oye: el que no es de Dios, no nos oye. Por esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:1). Los que se oponen a la realidad narrada en las Escrituras y buscan dar forma a su ídolo forjado en su imaginación, son declarados falsos profetas. De allí que Juan ha urgido a la Iglesia a probar a los espíritus, para saber si son de Dios. ¿Qué es lo que confiesa cada persona? ¿Cuál doctrina trae? Esa es la clave de la prueba, no es la emoción ni son las acciones sobrenaturales que pretenda realizar, sino la enseñanza que ha creído y profesa. No le creamos a todas las personas, es lo que dice Juan, no le creamos a todo tipo de enseñanza de la gente. Tratemos de aprender cuál enseñanza trae la gente cuando la examinemos de cerca. Judas identificó algunas características de este tipo de gente (espíritu o doctrina) que entra encubiertamente en las iglesias:  Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los cuales desde antes habían estado ordenados para esta condenación, hombres impíos, convirtiendo la gracia de nuestro Dios en disolución, y negando a Dios que solo es el que tiene dominio, y a nuestro Señor Jesucristo ... Estos son murmuradores, querellosos, andando según sus deseos; y su boca habla cosas soberbias, teniendo en admiración las personas por causa del provecho (Judas 4 y 16).

Conviene reconocer las particularidades de estas personas denunciadas en las Escrituras. 1) Entran encubiertamente. Con ello se pretende denunciar que adoptan el ropaje de la luz, de la oveja, de manera que pueden dominar las Escrituras, conocer sus lenguas originales y tener apariencia de piedad. Pueden decirle a uno hermano, e incluso alegrarse cuando nos ven. Estos asisten a las iglesias, son cuidadosos de su conducta pública y se la pasan diciendo aleluya y gloria a Dios a cada rato. Hacen largas oraciones y ayunan cuando lo creen necesario. Esto nos recuerda a los antiguos fariseos, de los cuales el Señor dijo que recorrían la tierra entera en busca de un prosélito a quien hacían dos veces merecedor del infierno. 2) Han sido ordenados para la condenación. Es decir, la Escritura no solamente habla de Judas como el hijo de perdición, sino de todos los que Dios ha escogido como a Esaú, a quienes aborrece desde antes de hacer bien o mal (Romanos 9: 11 y 13). 3) Son personas impías. No tienen piedad alguna, no están confundidos, simplemente son cabras monteses que se han infiltrado en los abrevaderos de las ovejas. Si uno los examina de cerca puede darse cuenta de su impiedad (Ah, pero no pensemos que la impiedad es ser adúltero o fornicario y ladrón, pues aparte de que puedan hacer esto -que también pudiera ser un fruto de la carne en el creyente- el impío es alguien que no ha nacido de nuevo, por lo tanto no tiene el Espíritu de Cristo. 4) Convierten la gracia del Señor en disolución. En otros términos, hablan de la gracia, dicen creer en ella, pero de igual forma llaman hermanos a los que la niegan con su doctrina. Juan advirtió igualmente a no decirles bienvenidos a aquellos que no traen la doctrina que es enseñada en la Biblia. 5) Niegan al Señor -por cuanto tienen otro Señor, un falso Cristo, otro evangelio. 6) Son murmuradores y querellosos, que dan prioridad a sus deseos impíos (ya que no tienen piedad). Al parecer esas dos características resaltan en ese tipo de persona: la murmuración y el ser querellante. Están prestos a criticar a muchos y a buscar pelea a los que no tienen el mismo espíritu de disolución de su errada doctrina. 7) Tienen la marca de nacimiento de su padre el diablo: la soberbia. Dice Judas que su boca habla cosas soberbias y se vuelven aduladoras de las personas para sacarle provecho. No en vano la Escritura ha declarado que Dios resiste a los soberbios. ¿No fue el pecado de Lucifer la soberbia? Dijo que subiría hacia el Trono de Dios y sería semejante al Altísimo. Estos espíritus expelen soberbia en sus palabras, porque la humildad es apenas un dibujo pegado a su disfraz de oveja. Si usted los examina de cerca para cotejar sus enseñanzas con las Escrituras, no tardarán en hacer sonar su rugido de león, de proponer con palabras soberbias sus textos torcidos que su memoria retiene muy bien.

FALSOS PROFETAS

1 Reyes 13: 11-19 denuncia a un falso profeta como un hombre de Dios. El punto central del argumento es que el que ha oído la palabra de Dios debe guardarla y no ser como una nube llevada por todo viento de doctrina. De allí que debemos probar los espíritus (examinar las doctrinas para ver si son de Dios). Esta es nuestra tarea, examinar a fondo para comprobar si el que nos habla o nos enseña lo hace de parte de Dios. La respuesta que deberíamos esperar es que traigan la misma doctrina enseñada por el Señor y los apóstoles. Todo lo que difiera en lo más mínimo de la revelación escrita es de sospecha y es un resultado negativo, que nos advierte a no decirle bienvenido a quien trae tal enseñanza, palabra o doctrina, para no recibir parte de sus plagas.

Un falso profeta no es necesariamente uno que profetiza, en el sentido de vaticinar el futuro. No, es simplemente uno que profiere o lleva la palabra de Dios con mezcla, con una curvatura dañosa. Ese es el resultado de torcer o re interpretar las Escrituras y darles un valor subjetivo contrario a lo que ella misma enseña. Los que tenemos el Espíritu de Cristo no podemos malversar la interpretación porque ese mismo Espíritu nos lleva a toda verdad.

2 Corintios 13:5 nos recomienda probarnos a nosotros mismos, esto es, nos llama a comprobar cuál es la doctrina que hemos aprendido y asumido. ¿Está de acuerdo a la expuesta en las Escrituras? ¿Difiere en algún punto mínimo?  Aquellos que no confían en que Jesucristo representó solamente a su pueblo en la cruz tienen miedo de no haber sido predestinados para salvación. Entonces surge una consecuencia peligrosa, proponen su propia justicia para ayudar a la de Jesucristo. Lo mismo hicieron los judíos expuestos por Pablo en Romanos 10: 1-3. Ellos tenían gran celo de Dios pero no conforme a ciencia, por lo cual proponían su propia justicia. Eso hacen los que no están de acuerdo con lo que dice la Biblia acerca de la expiación de Jesucristo. Ellos reconocen que Jesús murió en la cruz pero por todo el mundo, sin excepción. Enseguida, como resultado inevitable de esa premisa torcida, colocan su propia justicia al lado de la de Jesús. Ellos alegan que aceptaron a Jesucristo como Señor y Salvador. Ellos mismos se inscribieron en el libro de la vida del Cordero y se provocaron el nuevo nacimiento. Fue su actitud positiva al mensaje de los falsos maestros la que los salvó, contrariamente a aquellos que rechazaron voluntariamente ese mensaje. Pero están doblemente perdidos, como lo dijo Jesús de los prosélitos conquistados por los fariseos de su época.

Juan tuvo un problema específico con los gnósticos que argumentaban que Jesús era un espíritu puro que no pudo venir en carne, pues se hubiera contaminado. Por eso enfatizó el tema de los que confiesan que Jesús vino en carne. Pero el mandato a probar los espíritus no se limita a la herejía de los gnósticos porque alguien puede decir hoy día que Jesús vino en carne y sin embargo eso no implica que haya nacido de nuevo.  Confesar que Jesucristo vino en carne implica creer en el corazón que Dios lo resucitó de los muertos, que él vino a morir en una cruz por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), que pese a que no pecó jamás fue hecho pecado por sus ovejas. Si alguien confiesa esa verdad se supone que la cree, que forma parte de su pueblo. Tú crees que Dios es uno; bien haces: también los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19), pero eso no les sirve de nada; ellos están seguros de que Jesucristo es el Hijo de Dios y que vino en carne, lo confiesan con su temblor y se registra su voz de reconocimiento cuando hablaron con el Señor: recuérdese el caso del endemoniado de Gadara, la manera como esos demonios se dirigieron a Jesús. Ellos sabían quién era el Hijo del Hombre, el Dios encarnado que vendrá a juzgar a la humanidad y a los ángeles caídos, por lo cual dijeron que todavía no les había llegado su hora. Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo? ... Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos (Mateo 8: 29 y 31).

Queda claro, una vez más, la importancia del contexto en la interpretación de la Escritura con la misma Escritura. Para ello hace falta conocerla bien, pero no torcerla. Los que la tuercen son los falsos maestros y profetas engañosos, esos que han salido por el mundo y son reconocidos porque el mundo ama lo suyo. Ellos tratarán de engañar, si fuere posible, también a los escogidos. Pero el escogido es aquella oveja que sigue al Buen Pastor y no conoce la voz del extraño, por lo tanto no puede ser engañada por el falso maestro o por el falso profeta. Es por esa razón también que Juan nos recomendó probar a las personas, para saber si son de Dios. ¿Para qué perder nuestro tiempo en esta vida compartiendo la relación espiritual con los que no son hermanos en Cristo? ¿Acaso Satanás no tiene hijos que son hermanos unos de otros? No les digamos bienvenidos a los que no traen la doctrina de Jesucristo, tal como la enseñaron los apóstoles; de lo contrario mereceríamos el castigo de sus plagas y se probaría que no seríamos del rebaño. Examinaos a vosotros mismos, dijo Pablo, por lo cual conviene probarse siempre para ver en quién hemos creído.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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