Martes, 11 de febrero de 2014

El sueño de la humanidad desde su inicio ha sido tomar la independencia de su Hacedor. Para ello ha estimado como válidas muchas hipótesis que a través de su historia ha valorado como tesis aparentemente comprobadas. En el Edén siguió el consejo de la serpiente y quiso ser como Dios. Expulsado del Paraíso, ya muerto en delitos y pecados (bajo muerte espiritual), continuó por el sendero de la adoración a un dios que supuso el verdadero. Era el dios que más se parecía a lo que su mente imaginaba como el Dios recordado en la creación.

Dios habló de muchas maneras, en especial a través de la obra manifiesta de sus manos, pero el hombre prefirió rendir culto a la criatura antes que al Creador. En ese sentido adoró toda forma de animales, figuras en piedra y madera, fabricadas en metal, dándole forma al concepto particular que había concebido a lo que debería ser Dios. Después que Dios escogió a Abraham para darle la promesa de un hijo en el cual serían benditas todas las naciones de la tierra, hijo cuyo linaje desembocaría en el Hijo del Hombre (Jesucristo), la humanidad empezó a fijarse en la idea de la promesa. Hubo cantidad de manifestaciones artísticas en las que se pueden observar el culto hecho al niño sostenido por una madre en sus brazos; sin embargo, ese culto se extendió a la madre misma y desde Babilonia (tierra de confusión) surgieron los misterios religiosos. Recordemos que la antigua Babel es Babilonia, una de las ciudades más antiguas de la tierra y de allí nace la mezcla religiosa que se introduce siglos más tarde dentro del cristianismo oficial del Imperio Romano.

Pero el sueño continuó bajo muchas formas, con la ayuda de teólogos en la iglesia naciente. Siempre hubo pensadores y filósofos que dieron sus opiniones en relación a lo que debería ser el amor de Dios. Le tocó a algunos ser marcados como íconos en la historia eclesiástica, íconos de la herejía y del evangelio diferente. Uno de ellos fue Pelagio, quien afirmó que el hombre podía ser salvo incluso sin el sacrificio de Jesucristo, simplemente con la imitación de su conducta o con seguir la ley de Moisés. Muchos le señalaron su error y en la exposición de su desvío tuvo que retractarse más tarde para poder ser aceptado por un nuevo Papa en la iglesia ya corrupta.

Pelagio volvió con una variante de su hipótesis primera, ahora el hombre necesitaba a Jesucristo, pero mantenía intacto el libre albedrío, la libertad esencial que lo hacía humano, que lo mantenía con su hipotético logro del Edén: independiente de la voluntad de su Creador. El hombre puede por sí solo decidir si quiere o rechaza al Salvador. Esta fue la tesis oficial de la Iglesia Católica Romana y al Papa le pareció notable la opinión teológica de Pelagio. Claro, ahora esta tesis era distinta de la que Pelagio tenía años atrás, cuando fue acusado de hereje, por eso se le conoce desde ese momento como semipelagianismo. El semipelagianismo es lo mismo que Pelagio decía, pero con la salvedad de que el hombre necesita ahora de Jesucristo para la salvación.

Muchos siguieron su disolución en una iglesia al abrigo del estado imperial en la que desde un comienzo el emperador fue el Sumo Pontífice entre el cielo y la tierra. Poco tiempo después de que Constantino hubo declarado oficial la religión cristiana (375 d.C.), el papado toma las riendas y los Papas asumen ser los nuevos Sumos Pontífices. Discuten materia teológica y se oponen a nuevas herejías, pero mantienen bajo la manga otras de vieja data e incorporan nuevas para el futuro de la feligresía.

¿Cómo creía la gente frente a tanta confusión? No es ningún misterio, pues Dios ha tenido pueblo a lo largo de la historia de la iglesia. Dios no necesitaba de la institución oficial para salvar a los suyos, sino que muchos oían el evangelio y creyeron sin seguir la disolución de la franquicia religiosa babilónica oficial. Se tiende a creer que la Reforma Protestante fue el inicio de la salvación de los creyentes, pero hay que notar que el Señor ha cuidado siempre a los que son suyos. Aún antes del protestantismo la gente conocía el evangelio y los que habrían de creer lo hacían de acuerdo a la voluntad de Dios. Muchos dieron el ejemplo con su protesta religiosa, pero fueron silenciados hasta por la historia. Recordamos la Reforma Protestante porque fue un movimiento que utilizó la fuerza política para crear un impacto notorio contra la gran corrupción eclesiástica del momento.

Con la aparición del protestantismo se enfatizó que el justo por la fe vivirá, que Dios ha redimido a un pueblo por gracia y no por obras. De manera que ese fue el baluarte teológico de la nueva iglesia, enfrentada a la tradición y a las obras emanadas de los mandatos papales con sus sínodos. La asunción del protestantismo de que el llamado libre albedrío de Pelagio y sus predecesores y seguidores era una falacia, hizo que la Iglesia Católica y Romana se enfrentara en el Concilio de Trento a la tesis de la Reforma y proclamara maldito a todo aquel que negara que el libre albedrío humano coopera con el Espíritu para la salvación. En otros términos, más allá de las denuncias de Lutero acerca de que el Papa vendía bulas (instrumento de perdón) para reunir dinero con miras a la adquisición de obras de arte y otros objetos de relevancia católica, el punto álgido de discusión teológica consistió en el enfrentamiento contra el concepto del libre albedrío, absolutamente negado en la nueva iglesia reformada.

Más tarde, la Iglesia Católica añadió otros dogmas fuertes, como la Asunción de la Virgen al cielo, la corredención de María junto con Jesucristo, la intercesión de los santos (ya muertos), el pedir por los que ya murieron, todo lo cual niega múltiples principios bíblicos, entre los cuales vale la pena mencionar al menos algunos: que hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; que está determinado para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.

JACOBO ARMINIO: UN PUNTA DE LANZA DE LOS JESUITAS

Con la Reforma Protestante se creó la Compañía de Jesús para hacer frente a este resquebrajamiento de la Iglesia Católica. Su nombre lo indica, fue solamente una reforma, no una revolución, no un salir de ella en forma efectiva. Lutero, en un principio, no quería dejar atrás su pleitesía al papado, más bien buscaba se corrigiesen algunos desmanes dentro de la Institución a la que había ingresado después de haber estudiado artes, filosofía, matemática, metafísica y ética. Pero los católicos estaban decididos a no dejarse vencer y para ello crearon a los Jesuitas. Uno de ellos, el español Luis de Molina, unió esfuerzos para crear una doctrina que diera con el equilibrio teológico entre protestantes y católicos. Fue llamada la gracia habilitante o el punto medio, un trabajo sinergístico en el que Dios deponía su soberanía por un instante y aguardaba humildemente a que su criatura, no del todo muerta en delitos y pecados - o si muerta ya habilitada por unos momentos - a que tomara la decisión. De esta forma, el sacrosanto católico pelagiano libero arbitrio (libre albedrío) quedaba intacto. Viva la gracia, pero sujeta al libre albedrío; este era el punto de encuentro, el justo medio aristotélico del cual la iglesia católica era devota.

La mejor forma de introducirla al mundo del protestantismo consistió en utilizar un punta de lanza que se inmiscuyera en las universidades donde imperaba la enseñanza de la Reforma. En ese caso preciso, Calvino se había mudado a Ginebra y desde allí impartía cátedra y además ejercía funciones políticas. Jacobo Arminio, de origen holandés, fue el escogido para tal objetivo. Subsumido en la doctrina de Luis de Molina, conocida más tarde como molinismo, se hizo pasar por calvinista y asumió como dogma de fe la tesis de la soberanía de Dios en todos sus puntos. Una vez dentro de la universidad pudo enseñar ocultamente, fuera del salón de clases, su tesis prestada de Molina, que a su vez había sido inspirada en Pelagio, quien la había tomado de la serpiente del Edén.

Pese a la gracia soberana, el hombre seguía siendo libre: era una especie de dios (y seréis como dioses). Este hecho trajo como consecuencia un Sínodo donde se discutió la tesis de los discípulos de Arminio; en Dort, ciudad holandesa, se dio la discusión teológica. Con representantes del protestantismo reformado del mundo de entonces, durante varios meses, se condenó la tesis de los arminianos (llamados Remonstrans, vocablo holandés que significa protestantes: eran los protestantes de los protestantes, una ironía jesuita). El Sínodo de Dort dijo que esa herejía era en extremo peligrosa para la iglesia y expulsó a los seguidores de Arminio de los cargos claves en las iglesias y universidades.

Sin embargo, como la mala hierba nunca muere, ésta se propagó años después con el esfuerzo de Roma en medios ingleses. El rey y las iglesias se habían tragado suavemente la droga del arminianismo, en palabras de un arzobispo al servicio de los jesuitas. El fruto se vería en las décadas siguientes. Con la aparición de predicadores y las nuevas técnicas trazadas para alcanzar a las masas, uno de los propósitos de la tesis arminiana, el protestantismo se fue tornando de otro color. Ahora la mezcla entre los que se llamaban calvinistas y los arminianos era de tal grado que ambos sectores concurrían a las mismas iglesias. Predicadores del tono de Charles Wesley, Finney, Moody, expandieron la semilla del arminianismo por doquier.  Lo que importaba era la masa perdida que ellos alcanzaban con técnicas musicales, hipnóticas, de repetición e insistencia, para su otro Cristo. Los llamados calvinistas se vieron acorralados por el argumento de cantidad y poco a poco fueron cediendo terreno, de manera que hoy por hoy en los Estados Unidos de Norteamérica, para muchos considerado como el alto refugio del protestantismo, el 85 por ciento de los feligreses se confiesan arminianos. Y es que el calvinismo había nacido cojo, deforme, pues su precursor y mentor Juan Calvino creía que la expiación de Cristo era ilimitada, hecha para toda la humanidad sin excepción. Con esta premisa chueca, sus seguidores que se ufanaron en pregonar que el evangelio y el calvinismo eran lo mismo, no hicieron sino torcer las Escrituras.

PROVIDENCIA E INFALIBILIDAD (SEGUN EL ARMINIANISMO)

Los arminianos sostienen, como buenos humanistas, que Dios creó el mundo con leyes naturales que son responsables de los desastres que se producen con tornados, terremotos, inundaciones, maremotos y un gran etcétera de eventos de la naturaleza. De esta forma dejan a Dios atado de manos y libre de toda responsabilidad en lo que acontece dentro de su creación. Este criterio es consecuencia obvia del criterio de no responsabilidad de Dios frente a los que se pierden. Dios da la oportunidad por igual a todos y como buen Caballero no presiona a nadie para que vaya a Él con arrepentimiento. De la misma forma actúa en forma gentil frente a los eventos naturales.

Esta actitud de Dios, desde la perspectiva arminiana, nos lleva a un problema lógico en relación a Su providencia. ¿Cómo puede proveer Dios, si su conocimiento está sujeto a lo que los hombres quieren hacer? ¿Qué garantía existe para que la providencia divina se manifieste, si el hombre es cambiante? Las profecías son una muestra clara e inequívoca de la providencia divina en la historia, con personas específicas y con las circunstancias precisas para que acontezca aquello que ha decretado. De lo contrario, sus profecías serían un simple plagio de lo que la mente humana pensó de antemano. Si Dios conoció de antemano, gracias a que previó lo que el hombre pensaría y haría, entonces no es el autor de las profecías sino un plagiario.

¿Cómo puede Dios ser infalible si el hombre es quien cambia su voluntad a cada instante? Claro, muchos argumentan lo contrario, que la providencia de Dios demuestra que el futuro no está fijado de antemano sino que se va construyendo día a día, momento a momento. Pareciera un contrasentido, pero de seguro que el dilema lo es en cuanto a que la premisa mayor está erróneamente planteada. Pensemos en un solo ejemplo, por ahora, encontrado en el relato bíblico. A Pedro se le dijo que iba a traicionar al Señor, pero el apóstol no lo quería hacer y negó que jamás hubiese pensado tal cosa. Si no lo hubo pensado, ¿cómo supo el Señor que aquello acontecería? Un tercer agente interviene en el relato, Satanás lo había pedido para zarandearlo como a trigo. No estuvo en Pedro tal pensar ni accionar, pero ya Satanás había solicitado permiso para actuar. El Señor no ruega para que no peque, sino para que su fe no falte. Allí está su providencia y el futuro seguía siendo cierto, prefijado y no abierto. El Dios de la providencia provee eficazmente porque el futuro no está cerrado, de lo contrario no tendría acceso para proveer.

Sabemos que oramos y obtenemos lo que pedimos, pero también conocemos por las Escrituras que aún las oraciones han sido preordenadas para la gloria de Dios. El Señor tiene planes de bienestar y no de mal para con nosotros, para darnos porvenir y esperanza, el fin que esperamos. Cuando llegue ese momento iremos a Él y oraremos y Él nos escuchará. Le buscaremos y le encontraremos, porque lo haremos con todo nuestro corazón (Jeremías 29: 11-12).

Dios está en control de lo que sucede en el mundo, en los gobiernos políticos, en la naturaleza, en los corazones de las personas, sean ovejas o cabras. Esto no es por conocimiento previo adivinado en una bola de cristal o en los corazones humanos, ni por acto de un Dios que mira el futuro gracias al túnel del tiempo. No, la Escritura es explícita en señalar que Dios declara el fin desde el principio (Isaías 41:21-29; Daniel 11, Juan 13:19; Salmo 139; etc.).

Una de las variantes arminianas es el Teísmo Abierto, según el cual Dios ha creado las estructuras del universo y del hombre pero, en virtud de la libertad otorgada a sus criaturas y al universo mismo, ha dejado una relación dinámica entre los hombres y el cosmos, ha decidido no conocer el futuro sino en la medida en que este se va convirtiendo en presente.

Con el argumento de que el conocimiento previo de las cosas lo obtiene Dios de antemano en virtud de lo que hará el libre albedrío humano, o que a lo mejor Dios conoce el presente porque ha dejado el futuro abierto y se ha negado a conocerlo por respeto a la libertad de los hombres y del universo, se ha pretendido exonerar a Dios de la culpa de todo cuanto acontece en este planeta. Pero tampoco puede exonerarse felizmente.

El hombre se condena de todos modos y mucho le hubiera gustado a los condenados que ese Dios Caballero y gentil hubiese violentado su libertad para llevarlos hacia el cielo. Los que padecen las calamidades naturales hubiesen agradecido no tanta gentileza de ese Dios para con la naturaleza, sino que más bien se hubiese ocupado de la protección de sus cuerpos. El hombre siempre acusará a Dios por todo lo que acontece: el Dios de la revelación fue acusado por el objetor levantado en Romanos 9, quien argumentó acerca de Su injusticia por cuanto ha condenado a Esaú no en base a sus malas obras sino aún antes de hacer bien o mal. Lo mismo han hecho otros predicadores de la gracia, que se han contaminado de arminianismo. El arminianismo de John Wesley afectó tanto a Charles Spurgeon que éste llegó a decir que el mundo no era digno de desatar el calzado de su admirado Wesley. Eso lo dijo después de pasarse años predicando contra la doctrina arminiana, pero aún con todo su conocimiento teológico parece que también rodó del caballo, cuando en su prédica titulada Jacob y Esaú exclamó que su alma se rebelaba, se oponía, se sublevaba contra la idea de poner a los pies de Dios la sangre del alma de Esaú. Aún con el texto de Romanos abierto en el capítulo 9, Spurgeon dio el giro arminiano porque consideró ofensiva la declaración del Espíritu.

Hoy día hay seguidores calvinistas a ultranza, son aquellos que homologan las enseñanzas de Calvino al evangelio. Estos no siguen el consejo de Pablo, de examinarlo todo y retener lo bueno. De seguro Calvino tiene enseñanzas buenas, como inteligentes sermones tuvo Spurgeon. Pero el príncipe de los predicadores debió haber sido prudente antes de sublevarse contra la enseñanza del Espíritu. Al parecer, para muchos protestantes que dicen militar en la doctrina de la gracia, Spurgeon ha venido a ser un santo patrón, un ícono semejante a una virgen de cualquier poblado, alguien a quien no se le debe señalar de haber cometido algún error.

Los errores y herejías han de señalarse a tiempo, para que la gente no siga la doctrina desviada. Pero el que ama a padre, madre, hermano, hijo, esposa, o a Spurgeon, más que al Señor, no es digno de él.

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:09
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