Martes, 11 de febrero de 2014

Aún si un ángel del cielo o un apóstol predicase un evangelio diferente al revelado en las Escrituras, debe ser anatema (maldito). ¿Por qué es tan importante predicar el evangelio revelado? Porque es la buena noticia para los que son elegidos desde la eternidad por el Padre, con la finalidad de que crean la verdad y sean salvos. Cuán grande maldición para una iglesia el tener un maestro que predique un evangelio diferente, aunque sea un poco torcido, aunque sea una variante de la verdad revelada.

Muchos pueden alegar que aman a Dios, pero eso no es suficiente como declaración de fe. Ir diciendo que amo a Dios, o que agradezco a Dios por lo que me ha permitido, no es garantía de haber creído el verdadero evangelio. ¡Ah!, pero cuán grande diferencia existe si se logra entender por qué nosotros amamos a Dios. Dice Juan que nosotros lo amamos a Él porque Él nos amó primero (1 Juan 4:19); entonces, si decimos que amamos a Dios porque comprendemos quién es Dios y lo que hizo por nosotros al enviar a Su Hijo a la cruz, hemos logrado entender la esencia del evangelio.

Con este conocimiento (que no es otra cosa que la enseñanza o doctrina de Cristo) podemos mirar al otro evangelio. Sabemos que es otro porque no compagina plenamente con la declaración bíblica del evangelio. Jesucristo es el centro de la buena noticia, pero no lo es el conjunto de ritos religiosos que se ocultan en múltiples nombres, como franquicias espirituales. 

Desde el momento en que el ángel le dijo a José que le pusiese al niño por nacer el nombre Jesús, se dio la explicación de la razón de su venida. En definitiva, Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados, y eso es lo que significa su nombre: Jehová salva.

Fijémonos una vez más en lo que escribió el apóstol Juan: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados (1 Juan 4: 10). Acá se ha dado la razón por la cual estamos seguros de que nos amó, el hecho de que haya sido enviado el Hijo para expiar nuestros pecados. Ahora bien, uno puede preguntarse si todo el mundo sin excepción ha sido beneficiado con esa expiación y debe concluir que no es posible. Hay un sinnúmero de gente impía mencionada en el Antiguo y en el Nuevo Testamento que murieron en sus pecados, de manera que ellos no fueron representados en la cruz por Jesucristo. Tampoco fueron objeto de la expiación todos aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8); no lo está el Anticristo, quien es el hombre de pecado. De igual manera uno puede darse cuenta de que hay mucha gente que ha muerto sin el conocimiento de lo que hizo Cristo en la cruz, tanto en estos momentos como en siglos atrás. Al mismo tiempo, muchos que han escuchado la palabra de Dios no dan fruto alguno, es decir, la semilla les ha caído en espinos, pedregales o a la orilla del camino. Por lo  tanto, si sumamos a ellos todos aquellos que son declarados como falsos maestros, falsos profetas, engañadores, blasfemos, pertenecientes al mundo, sabemos que son muchos los que se pierden.

Desde esta perspectiva parece sencillo identificar al falso evangelio, pues su doctrina es inclusiva, universal, humanista, promovedora de la falacia del libre albedrío, del evangelio de las obras (hacer y no hacer) y de un conjunto extra de otras características. A estos les molesta que la Escritura enseñe que hemos sido escogidos en Cristo desde antes de la fundación del mundo, enseñando que si hubo elección ésta ha debido hacerse en base a que Dios vio en el futuro de los hombres quién iba a aceptar ese evangelio y quién lo iba a rechazar. Esta visión torcida haría reposar en los hombros humanos la carga de la salvación, en una actividad sinergística (de colaboración al menos de dos personas) en donde la voluntad humana, respetada por el Dios Todopoderoso, emerge al margen de la decisión de la declaración bíblica de que el hombre está muerto en sus delitos y pecados, como para decirle sí a Cristo.  

DAR ENTRADA A LOS DE LA OTRA DOCTRINA

Juan nos advirtió contra el peligro de decir bienvenido a las personas que traen una doctrina (enseñanza) diferente a la que ha sido anunciada en las Escrituras. El solo compartir con ellos (en cuanto a suponer que son nuestros hermanos) acarrea el ser partícipes de sus plagas (2 Juan 1:10-11). El falso evangelio cree que el ser humano puede decidir nacer de nuevo; para ello ha desarrollado una tesis en la cual la conducta cristiana se propone como el elemento esencial para nuestra relación con Dios. En consecuencia, sus feligreses imitan la conducta enseñada en sus sinagogas (iglesias) y se visten con el ropaje de oveja, pero eso no los convierte en amigos de Cristo, sino que los hace simples imitadores.

A muchos se les presenta una situación incómoda, el de adónde reunirse para adorar a Dios y para compartir con los hermanos. Bueno, esto es parte de la lucha contra el mundo, de manera que no debemos temer por la soledad que nos alcanza. Sin embargo, siempre hay alguien que cree el verdadero evangelio, ya que el Señor no nos ha dejado solos sino que más bien nos ha aparejado como iglesia. Donde hay dos o tres en su nombre, allí está el Señor en medio de ellos. No se nos pide que nos reunamos con decenas, centenas o con miles de personas, sino que se nos sugiere que la manada pequeña tiene siempre con quien refugiarse: dos o tres en el nombre del Señor.

El falso evangelio es una imitación muy aparejada con la verdad, pero no porque se le eche agua al veneno se vuelve la bebida inofensiva. Todo evangelio que enseñe que Dios hizo su parte pero que ahora le toca al hombre hacer la suya, está negando la verdad revelada: Dios es el autor y consumador de la fe, es el que comenzó en nosotros la buena obra y la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús (Hebreos 12:2 y Filipenses 1:6). Está negando que le amamos a él porque él nos amó primero; niega, además, que estando los hombres muertos en delitos y pecados es el Espíritu Santo el que produce el nuevo nacimiento (no por voluntad de varón sino de Dios), como lo explicó Jesús a Nicodemo (Juan 3).

LOS QUE AMAN A DIOS

Dice el libro de Romanos que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien. Pero esta frase sería un sofisma si se dejase fuera del contexto, si se comprendiese sin atención a lo que Juan ha declarado acerca de por qué amamos a Dios. Es cierto que todo nos ayuda a bien, pero no podríamos amar a Dios si Él no nos hubiese amado primero. Aclarado este principio, el mismo texto de Romanos sigue explicándose por sí solo: esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (los llamados conforme al propósito de Dios no son otros que los que Dios amó primero, aquellos por quienes Cristo fue enviado a expiarles la culpa en la cruz). Y ahora uno entiende mejor las palabras de Jesucristo cuando declaró que no existe mayor amor que el que uno ponga su vida por los amigos.

Alcanzar la perspectiva clara de lo que es el amor de Dios, viene a ser la gran infusión de fe y confianza que todo cristiano debe adquirir. Hemos sido conocidos (amados) por Dios, por lo tanto también hemos sido predestinados y llamados, se nos ha justificado y glorificado. En tal sentido, ¿quién puede acusar a los escogidos de Dios? (Romanos 8: 28-39). Nosotros no somos sino sujetos pasivos de la frase usada por Pablo, ya que el sujeto activo es Dios. La frase es una voz pasiva que ilustra gramaticalmente la posición monergística de la salvación (solo Dios en acción en favor nuestro).

No permitamos que nos enfríen la alegría los miembros del otro evangelio, dejemos que ellos reciban sus plagas que les son propias. Lo que la Biblia enseña no puede ser tergiversado sin la consecuencia de la desolación y desesperación. Anunciamos la palabra de Dios para que se cumplan las Escrituras, para que del montón de gente que oye crean los que estén preordinados para ser añadidos a la iglesia. No predicamos para salvar a la humanidad, simplemente para que los que sean del Señor reciban la buena noticia y abandonen a Babilonia, si todavía viven en ella.

La llamada que hace Dios es irresistible, es una llamada de las tinieblas a la luz, la cual ha sido planificada desde la eternidad por el Padre. Se hace efectiva en la historia, en el aquí y ahora, a través del tiempo y en este espacio (el planeta), pero fue programada en base al amor de Dios por sus elegidos. No en vano dijo el Espíritu que Dios había amado a Jacob antes de que hiciera bien o mal (antes de esta historia) y había aborrecido a Esaú antes de que hiciese bien o mal (también antes de esta historia). Sabemos que ese amor u odio no se construyó mientras eran embrión, pues David ha dicho que el hombre ha sido formado en maldad. El otro evangelio considera esta declaración aberrante, injusta, digna de un tirano antes que de un Dios de amor. Bueno, no hay más que escoger ya que esa es una frase declarada en las Escrituras, dentro del contexto preciso de la predestinación de Dios. Solamente el objetor que se describe en Romanos 9 pudo levantar la voz contra Dios argumentando que esa doble predestinación es injusta, pues nadie puede resistir a la voluntad de Dios. La respuesta del Espíritu es doble también: explícitamente le dijo que él no era nadie para argumentar contra el Hacedor, ya que era simple barro en manos del alfarero; implícitamente, se entiende que ese objetor fue también creado como vaso de ira para el día de la ira.

Hay gente que molesta a la iglesia de Cristo anunciando otro evangelio. Sabemos que la palabra evangelio significa buena noticia, de manera que los que anuncian otra buena noticia en realidad anuncian una muy mala, pues no hay otro evangelio (otra buena noticia) sino simples imitaciones. Esta actitud de los anunciantes del otro evangelio no es una simple negación del evangelio de Jesucristo, es más bien una perversión de la buena noticia. Estos anunciantes tuercen las Escrituras para mezclar sus interpretaciones con la verdad bíblica y logran construir falacias que mantienen a muchos cautivos en la doctrina del error.

Los que anuncian el otro evangelio disfrazan su doctrina con la enseñanza de la gracia de Dios, solamente que la combinan con un poco de obras: un poco de libre albedrío no hace daño, parecieran decir. Pero en realidad, esto es engañoso en cuanto es un sistema de obras. Al igual que los judíos de antaño, que tenían gran celo por Dios, su conocimiento no es conforme a ciencia. Ellos ignoraban la justicia de Dios y proponían la suya propia (Romanos 10:1-3). Estos falsos maestros anuncian que son salvos por gracia, pero... Siempre hay un pero que incluye el sinergismo, la colaboración humana con Dios. Si no hay una disposición del corazón hacia Cristo, si no lo recibimos como nuestro Señor, entonces él no será nuestro salvador. Estas son enseñanzas contemporáneas de gente que predica la predestinación de Dios, la soberanía de Dios, pero que desconoce la justicia de Dios.

Dios es soberano y es el Señor de todo cuanto ha creado, de manera que no necesita que lo reconozcamos como Soberano para poder salvarnos. Al contrario, ha escogido a muertos en delitos y pecados que no tienen ni siquiera la oportunidad de reconocerlo como Señor. No obstante, una vez que los ha hecho nacer de nuevo, ellos han llegado a reconocerlo no solamente como su salvador sino como su Señor. Pero estos falsos maestros enseñan una doctrina pervertida del evangelio y nos conviene denunciarlos, pero también nos conviene no compartir con ellos para no ser partícipes de sus plagas.

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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