Domingo, 09 de febrero de 2014

La Biblia no alienta a nadie al suicidio; al contrario, nos desanima a cometer semejante crimen. Más allá de que las legislaciones en los distintos países del mundo difieran en cuanto a si se pena o no al suicida fallido, la Escritura nos presenta al menos siete casos de célebres personajes que cometieron suicidio. Quizás el más conocido por los lectores de la Biblia es el de Judas, el traidor. Sabemos que Judas Iscariote, arrepentido, intentó devolver el dinero recibido por traicionar a Jesús, pero a los sacerdotes y ancianos no les importó su reconocimiento de haber entregado sangre inocente. Entonces Judas lanzó las treinta piezas de plata en el interior del templo y fue y se ahorcó. Una vez colgado, tal vez en alguna rama débil, cayó de cabeza y se derramaron sus entrañas cuando su cuerpo se rompió por la mitad. Pedro nos dice, por el relato de Lucas, que Judas adquirió el campo donde murió, si bien Mateo nos señala que fueron los sacerdotes. No obstante, fue gracias al dinero entregado por Judas que se hizo posible la posesión de ese terreno, como bien lo da a entender la Vulgata latina.  De todas formas, lo que nos incumbe en este breve análisis es que Judas se suicidó.

El otro caso es el de un rey muy perverso, llamado Abimelec. Este era hijo de Gedeón, pero había matado a sesenta y nueve de sus hermanos y buscaba matar al número setenta, para gobernar él solo como juez. La maldición dictada por Jotam, el hermano que logró huir de la matanza, cayó contra este rey malvado. Jehová envió un mal espíritu entre Abimelec y los señores de Siquem; y los señores de Siquem traicionaron a Abimelec. Como resultado de una dura batalla cuando trataba de tomar una torre en Tebes, una mujer dejó caer un pedazo de una rueda de molino sobre la cabeza del rey y le rompió el cráneo. El soberbio guerrero y asesino familiar (un digno ejemplar de la psicopatía) llamó rápidamente a su escudero para decirle que sacara su espada y lo matara, de tal forma que no se dijera de él que lo había matado una mujer. Entonces el escudero obedeció y le atravesó el cuerpo hasta que murió (Jueces 9: 53-54).

El celo machista, el orgullo aún frente a la inminencia de la muerte, hizo que despreciara lo poco que le quedaba de vida, de tal forma que ordenó que lo matasen. Esto ha sido considerado una variante del suicidio, pero sin duda que es el acto voluntario de un ser con plenos poderes políticos y militares que ordena un acto contra sí mismo, el cual un subordinado, como el escudero, no puede desobedecer. Judas no quiso andar en medio de los demás apóstoles sabiendo que era un traidor, el horror de ser señalado como el traidor superó su instinto de supervivencia, de manera que también se ve en estos dos personajes reseñados una común pincelada de soberbia. Ambos valoraban como de mayor importancia la estima pública (el qué dirán), antes que el temor de Jehová para no atentar contra su propia vida.

Hablemos ahora de Saúl y su escudero. El primer rey de Israel se había cargado de egoísmo y malicia, por su arrogancia prefirió obedecer a su concupiscencia antes que cumplir en obediencia con el mandato de Jehová. La narración que se encuentra en el segundo libro de Samuel nos indica que en plena batalla el rey había sido alcanzado por los arqueros enemigos y una vez herido pidió a su escudero que lo ayudara a morir. Pero el escudero tuvo miedo porque era el rey, de manera que no lo obedeció en tal mandato. El rey, por su parte, tomó la espada y se dejó caer sobre ella (1 Samuel 31:3-4). Acto seguido, su escudero lo imita y también comete suicidio en la forma en que lo hiciera el rey. El suicidio de Saúl es parecido al del rey Abimelec en cuanto se le pidió a su escudero que lo matase.

David tenía en su reinado a un consejero muy eficiente. Al parecer, la habilidad política y militar de Ajitofel ayudaba a que el reino se mantuviera unido. Sin embargo, pasados los años, con la revuelta de Absalón, el hijo del rey David, Ajitofel decidió conspirar contra David y se unió al reciente enemigo del rey, uno de sus hijos más queridos.

Pero David tenía un espía en los cuarteles de Absalón, otro consejero que le mantenía informado de los movimientos de sus nuevos enemigos. Absalón pidió consejo y Ajitofel dio las indicaciones sabias y apropiadas para acabar con la vida del rey; no obstante, el joven muchacho que se había rebelado contra su padre pidió una segunda opinión. En este caso el consejero fue el espía introducido por David. Absalón tuvo en mejor estima este consejo e ignoró el de Ajitofel. Por supuesto, cuando David se enteró de los planes recomendados por su espía, huyó y escapó de la muerte por mano de su hijo. Todo parece indicar que Ajitofel se dio cuenta de que el golpe de estado de Absalón estaba destinado al fracaso por haber dado tiempo a su padre para salvar su vida. Tal vez el miedo de encontrarse de nuevo ante un David victorioso (a quien él había traicionado) fue el elemento crucial que lo llevó a tomar la determinación de cometer suicidio.  Su ambición quedó truncada al darse cuenta de que David huiría de Absalón y ya éste perdería la oportunidad de oro para quedarse con el trono. ¿No están entrelazadas las vidas de Ajitofel y Judas Iscariote, cuando ambos fueron traidores a quienes servían en su ministerio? ¿No fue David un hombre conforme al corazón de Dios y Jesús el Hijo amado en quien el Todopoderoso tenía complacencia? Jesús mismo fue llamado hijo de David.  Ajitofel y Judas, traidores ambos, cometieron suicidio. De Judas ya sabemos la forma como murió, y de Ajitofel nos cuenta Samuel que Al ver Ajitofel que no se había seguido su consejo, aparejó el asno, partió y se fue a su casa, en su ciudad. Después de poner en orden su casa, se ahorcó y murió. Entonces fue sepultado en la tumba de su padre (2 Samuel 17:23).

El sexto caso exhibido en la Escritura es el de Zimri, un jefe de la mitad de los carros del rey Ela.  Zimri tuvo la ambición de reinar sobre Israel y asesinó a Ela, rey hijo de Baasa. Había una profecía de Jehová, por intermedio del profeta Jehú, contra la casa De Baasa y de Ela, por haber pecado y hecho pecar a Israel en pos de sus ídolos vanos. Como el pueblo de Israel estaba acampado contra una ciudad filistea, Zimri hizo de las suyas en pocos días de reinado, asesinando a todos los parientes y amigos del predecesor rey Ela.  En cuanto Israel supo lo acontecido a su rey, proclamaron a Omri, jefe del ejército, como su nuevo monarca. Entonces Omri subió desde Gibetón, y con él todo Israel, y sitiaron Tirsa.  Sucedió que al ver que la ciudad era tomada, Zimri entró en la ciudadela de la casa del rey y prendió fuego a la casa del rey con él dentro. Así murió, (1 Reyes 17: 17-18).  El suicidio de Zimri fue además muy cruel, pues murió calcinado para evitar enfrentar el juicio que le harían por conspirador y asesino.

El último caso es el de Sansón, quien dijo: perezca yo pero perezcan ellos. Claro, muchos pueden argumentar que la muerte de Sansón fue heroica y que no cometió suicidio, pero si uno mira los detalles de este hombre derrotado por su propia concupiscencia con la mujer filistea descubre que había sido un desobediente a las normas de Jehová. Prisionero y objeto de burla estuvo encadenado en un templo de Dagón. Desde sus columnas principales rogó al Dios del cielo que le devolviera las fuerzas una vez más para destruir a sus enemigos, que eran los mismos enemigos del pueblo de Dios. Sabía que iba a morir debajo de los escombros del templo, pero no temió por su vida sino que prefirió redimirse de la burla hecha a Israel por su desobediencia. De esta manera quedó exonerado ante la historia de los judíos.

JESUCRISTO

Una vez el Señor dijo una frase digna de tener en cuenta en estos casos analizados, en  especial por aquellos que han pensado en cometer tal atrocidad contra su vida. ¿De qué le sirve al hombre si ganare el mundo y perdiere su alma?  Detrás de cada suicidio hay desesperación pero también hay orgullo. Muchos anhelan cosas por el afán de la vida, pero cuando no las obtienen pueden llegar a matar a otros o incluso a matarse a ellos mismos. ¿Qué está deseando una persona que comete suicidio? ¿Está deseando a Cristo o algo que ha robado su lugar? Tal vez esté sirviendo a un ídolo que se llame dinero, relación de pareja, el rol de hijo o de padre, o que se llama trabajo o tiene el nombre de cualquier otro bien apreciado.

El que la persona se considere creyente no implica que lo sea; el que sea siervo en una congregación eclesiástica no le ayuda en nada si no ha sido llamado por Dios. Ajitofel sirvió a David en forma muy emblemática pero no le fue útil su servicio cuando escogió traicionar a su señor. Judas servía junto a los otros discípulos y anduvo con el Señor por más de tres años, escuchando sus palabras y viendo sus milagros y señales. Tal vez a él también se le sujetaban los demonios y se alegraba por el poder que tenían los doce. Sin embargo, el Señor lo había escogido como a diablo, para que la Escritura se cumpliese. De nada le sirvió tanto tiempo al lado de estos creyentes que andaban con Jesús en la tierra, pues su traición y aún su remordimiento por haber entregado sangre inocente lo llevaron al suicidio.

Los deseos insatisfechos pueden llevar a muchos a la pérdida de la vida. La Biblia también nos presenta el caso de algunos personajes desesperados y cansados que oraron al Señor para que les quitara la existencia. Es interesante que ellos no tomaron su vida por mano propia, sino que a pesar de su agonía, su desespero y tristeza (depresión) tuvieron la prudencia de orar al Señor para que los matara. Pero el Señor siempre misericordioso les dio aliento para continuar con su misión en esta tierra, pues hemos venido a este mundo con objetivos escritos en el guión que Dios tiene para cada uno. Ahora recuerdo a Jonás quien se entristeció tanto por el arrepentimiento de Nínive que rogó a Dios que le quitara la vida, porque mejor sería mi muerte que mi vida (Jonás 4:3). Después se enojó por causa de una planta que se había secado y dialogó con Dios acerca de su existencia: Y aconteció que al salir el sol, Dios dispuso un sofocante viento oriental, y el sol hirió la cabeza de Jonás, de modo que se desmayaba y anhelaba morirse. Y dijo: --¡Mejor sería mi muerte que mi vida! Entonces Dios dijo a Jonás: --¿Te parece bien enojarte por lo de la planta de ricino? Él respondió: --¡Me parece bien enojarme, hasta la muerte! (Jonás 4:8-9).

También viene a mi mente Elías, el hombre poderoso en señales. Después de derrotar a los profetas de Baal, de haber pedido sequía y lluvia, de resistir una carrera delante de la carroza del rey Acab, tuvo miedo por la amenaza de la reina Jezabel sobre su vida. ¡Basta ya, oh Jehová! ¡Quítame la vida, porque yo no soy mejor que mis padres! (1 Reyes 19: 4). Sin embargo, el Señor lo consoló, le envió alimento y le produjo un reparador sueño.

El rey David, cantor y profeta, en muchas oportunidades se sintió desolado. Fue un gran pecador cuyas faltas la Biblia no oculta, pero pese a sus depresiones y aflicciones no recurrió al suicidio. En el Salmo 55 el rey se describe de una forma tenebrosa, tal vez con una aflicción semejante a la tenida por todos los suicidas antes mencionados. Su actitud sí que es diferente de toda aquella gente perversa, pues ruega a Dios y le pide que no se esconda ante su súplica. Pensemos en estas sus palabras y hagamos el análisis comparativo con los dichos y actos de aquellos suicidas señalados en las Escrituras. Cada quien derivará la conclusión que Dios tenga a bien impartir. Atiende, oh Dios, mi oración; no te escondas ante mi súplica. Escúchame y respóndeme. En mi pensar estoy deprimido y turbado por la voz del enemigo, por la presión de los impíos que me inculpan de iniquidad y me odian con furor. Mi corazón se estremece dentro de mí; terrores de muerte me han caído encima.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:21
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