Jueves, 30 de enero de 2014

Si conocemos que somos agentes pasivos en eso del amor de Dios -pues lo amamos a él porque Él nos amó primero- debemos preguntarnos cuándo empezó esa relación amorosa. La Escritura lo revela sin temores, nos declara que todo comenzó en la eternidad, antes de la fundación del mundo. Por otro lado, existe una vinculación entre el amor de Dios y la predestinación para salvación. La razón es muy simple porque a los que Dios amó (o conoció) a éstos también predestinó. De manera que amor y predestinación van de la mano como un equivalente el uno del otro. Dos vocablos relacionados como sinónimos, dentro del contexto soteriológico bíblico.

Podemos considerar que la Biblia ha declarado que Dios está airado contra el impío todos los días, por lo tanto no lo ama. Lo mismo ha dicho respecto a Esaú, a quien ha manifestado su aborrecimiento (odio) desde antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9). Si contraponemos estos dos hechos declarativos de la Biblia, tendremos que converger en la idea de que lo que ha sido decretado en la eternidad es inmutable, por lo tanto no puede alguien odiado ser amado como tampoco puede alguien amado ser odiado.

Esto genera molestias en algunos enemigos de la declaración bíblica. En especial en aquellos que consideran un rasero diferente para juzgar a Dios, los que se oponen a la idea de su soberanía absoluta. Estos alegan la objeción de que Dios sería injusto si no le da la oportunidad a cada uno para que tome una decisión acerca de su destino final y eterno.  Dado que la Biblia es un conjunto de declaraciones teológicas consideradas reveladas por Dios, hemos de asumir como verdadero su contenido. Por otro lado, ante la objeción realizada, el Espíritu ha dado respuesta inmediata en Romanos 9: ¿Y quién eres tú, oh, hombre, para que alterques con Dios? En otros términos, Dios considera a los hombres como ollas de barro hechas de una misma masa, para que no se discuta preferencia alguna en la calidad del material empleado, pero con destinos diferentes. Unas ollas son para honra y otras para deshonra.

A pesar de todo este periplo obligado que uno hace para espantar las aves agoreras del mal, que vuelan en torno a la semilla plantada, debe haber gozo en aquellos que hemos sido llamados para vida eterna. Nuestra seguridad no reposa en la habilidad intelectual, emocional o espiritual que tengamos para permanecer fieles hasta el final. Nuestra perseverancia proviene de la preservación que Dios hace de los suyos: están en las manos de Cristo y del Padre (Juan 10: 28-29).

EL OTRO EVANGELIO

Pablo se maravilló de los gálatas insensatos que se habían ido tras otro evangelio no enseñado por ninguno de los apóstoles. Sentenció que cualquiera que proclamara tal evangelio habría de ser declarado maldito (anatema). A los Corintios les dijo que temía que de alguna manera los pensamientos de ellos se hubiesen extraviado de la sencillez y pureza debida a Cristo. Cualquiera iba predicando a otro Jesús y ellos lo toleraban, o les anunciaban un evangelio diferente y ellos lo aceptaban; Pablo les dijo que aquello acontecía de la misma manera como la le sucedió a Eva con el engaño de la astuta serpiente (2 Corintios 11: 3-4).

Hemos de derivar una primera conclusión en relación al otro evangelio, que advertir contra él no es un capricho doctrinal de algunos predicadores, sino más bien una necesidad histórica que nació en el huerto del Edén. El Señor había advertido al hombre que no comiera del fruto prohibido porque moriría, pero la serpiente le dijo que eso no era del todo cierto, sino que más bien se convertirían en dioses. Esa idea en la mente de Eva le fascinó, llegar a ser casi divina, compartir con su marido los atributos del Creador. La muerte espiritual fue inmediata, la física vino más tarde en consecuencia. Pero la idea de la serpiente no murió en el Edén, sino que ha sobrevivido a los siglos de historia humana con el anuncio del otro evangelio.

A la declaración bíblica de la depravación total de la humanidad (no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno, no hay quien busque a Dios), la teología del otro Jesús dice que el hombre es libre y puede tomar una decisión para ser salvo. No sólo contraviene el enunciado de las Escrituras referente a la condición de muerte del corazón humano, sino que neciamente intenta cambiar un designio eterno que nació antes de la fundación del mundo. Ni los griegos que eran los paganos más célebres y sabios de la humanidad tuvieron tal desfachatez de asumir los designios sobrenaturales como débiles. Ellos se inventaron muchos dioses, pero se crearon una figura ejemplar: La Moira o Destino, que estaba incluso por sobre sus seres divinos. Contra sus designios ni siquiera sus variadas divinidades podían competir en poder, más bien se sometían a lo inevitable.

La idea bíblica es también la de lo inevitable en materia espiritual; el hombre ha sido declarado muerto en delitos y pecados y Dios tiene misericordia de quien quiere tener misericordia. Ah, pero endurece a quien quiere endurecer. Esta declaración bíblica enardece a millones de personas auto denominadas cristianas, pero la misma idea dentro de la visión griega del mundo fue motivo para dar a luz al concepto de tragedia en sus celebradas obras de teatro. Una y otra vez cantaban al infranqueable destino, trágico destino para la mayoría de los personajes descritos en el teatro griego, pero se dedicaron a vivir lo que consideraron una vida sin otro objetivo que lo cotidiano y lo filosófico.

Hoy día, los del otro evangelio, celebran a su falso dios, a su copia favorita, al duplicado del huerto del Edén, al regalo de la serpiente antigua, pero no viven como los griegos dedicados a la sabiduría humana. Antes, se meten en las asambleas religiosas para propagar su veneno a todo aquel que lo reciba, generando una vana manera de vivir y un malestar espiritual insufrible: colocan cargas tan pesadas que ellos mismos son incapaces de mover. Ellos predican a otro Jesús y han recibido a otro espíritu, anuncian una doctrina diferente a la revelada en las Escrituras, más bien propagan una doctrina de demonios.

¿COMO PABLO CONCIBE EL EVANGELIO?

Evangelio significa la buena noticia, el hecho de que Cristo se dio a sí mismo por nuestros pecados, nos libró de la presente época malvada, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre (Gálatas 1:4). Esa es la definición de Pablo del evangelio que él mismo anunció, de manera que declaró maldito a todo aquel que anunciare algo diferente. Veamos el texto y su contenido: Jesucristo no se dio a sí mismo por los pecados de todo el mundo, sin excepción, porque eso equivaldría a expiar los pecados de Judas, de Faraón, de Caín y aún del Anticristo, quien es el hombre de pecado. Por otro lado el texto dice que Jesucristo nos libró de la presente época malvada, de tal forma que si Jesús hubiese expiado los pecados de cada uno sin excepción no habría ninguna época malvada porque todos hubiésemos sido transformados por el Espíritu. Solamente habría la concupiscencia humana que nos haría pecar, pero no existiría oposición humana alguna al evangelio. Por lo tanto, Jesucristo no murió por la presente época malvada. Finalmente, lo que hizo Jesús estuvo en un todo de acuerdo con la voluntad de nuestro Dios y Padre. Cuando miramos el capítulo seis de Juan leemos que la voluntad del Padre es que todo aquél que Él enviare al Hijo no lo pierda, sino que lo resucite en el día postrero. Pero de la lectura del citado capítulo se desprende que el Padre no envía a todos hacia Jesucristo.

Sabemos de otros textos en los cuales se describe a Jesús anunciando el destino de algunos oyentes como un destino de muerte en sus pecados, por ello sabemos que tampoco murió por esa gente. El evangelio que predicó Pablo no fue originado ni enseñado por hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo (Gálatas 1: 12).

Los judíos proponían su propia justicia y no aceptaban exclusivamente la de Jesucristo. Ese fue su error y esa su caída, pero los gentiles aceptaron por fe a ese Jesús anunciado en las Escrituras. Lo mismo le aconteció a Abraham, quien es antes de la Ley de Moisés, y quien creyó a Dios y le fue contado por justicia. ¿En qué creyó Abraham? En la promesa de que tendría un hijo que sería bendición a las naciones. De hecho ese hijo es Isaac quien tendría descendencia, al punto de que de esa semilla vendría Jesucristo quien preexistía a Abraham.

El evangelio no es un método para ser salvos, es el anuncio de que hemos sido salvados por el sacrificio de Jesucristo. Por supuesto, esto lo declara el Espíritu a cada hijo regenerado. La buena noticia es para los creyentes, no para los que jamás habrán de ser llamados hijos. La ley se resume en amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Eso hacemos como producto del evangelio, no porque podamos generarlo para asumir el evangelio. Pero el evangelio no es un conjunto de enseñanzas morales o éticas de Jesucristo; tal vez esto suene extraño, pero no vino Jesús a enseñarnos cursos de conducta o auto estima. La ley de Dios en el Antiguo Testamento era lo suficientemente ética como para que la gente mantuviera una moral ajustada a lo que convenía social y teológicamente. Por eso Jesús no vino a darnos más ética o moral, simplemente vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21).

Hay gente que infiere enseñanzas curiosas de la lectura de los evangelios. Dado que una mañana el Señor buscó un higo porque tenía hambre, entonces  deducen que desayunaba con frutas. O tal vez era vegetariano a ratos, pues también comía pescado. Para muchos Jesús es su médico, pero nadie lo declara su carpintero. Esto es llamativo porque se le da el honor de una profesión que la sociedad ha considerado muy honorable, mas se ignora la de obrero de carpintería, trabajo que realizaba con José en su hogar.

LA ORACION DE JESUS

Maravillosa la oración que hizo la noche antes de su martirio, rogó por los que el Padre le había dado, que incluía aquellos que creeríamos por la palabra de ellos. No rogó por el mundo, sino solamente por sus ovejas, sus amigos, su iglesia. Es un mismo conjunto que se resume como su pueblo, que jamás sufrirá vergüenza sino que será llamado bendito y heredará la vida eterna. Por eso decíamos al inicio que la predestinación equivale al amor de Dios, pues si el Padre ha amado a alguien entonces lo ha predestinado para que sea llamado en su tiempo, santificado, glorificado y por supuesto justificado.

No vivimos el evangelio, simplemente nos alegramos de la buena noticia de redención. Las buenas obras que hemos de practicar ya fueron preparadas para que andemos en ellas, por lo tanto nada de lo que hagamos nos ayudará en lo más mínimo a ganar el evangelio. Así como los griegos entendieron que no podían cambiar a La Moira o al Destino, así mismo tenemos que aprender que no podemos cambiar los planes eternos e inmutables de Dios. El evangelio es la buena noticia de Dios salvando a su pueblo elegido en base al puro afecto de su voluntad. Todo lo que se le añada a esta verdad es mezcla para el otro evangelio y ha sido llamado anatema (maldito).

Por cierto, muchos no se alegran de esta buena noticia, porque entienden que no son llamados para participar de ese buen anuncio. Eso es natural, pero hay algunos falsos creyentes que educados por falsos maestros enseñan un falso evangelio. Ellos anuncian que Jesús murió por cada uno en particular y que depende de nosotros el aceptar su gentil e insistente invitación para que pueda ser nuestro Señor. Eso no es más que la herejía del universalismo sumada a la herejía del Lordship salvation (la idea de que debemos recibir a Jesús primero como Señor, para que pueda ser nuestro Salvador). Se han olvidado de que él es el Señor de todos, lo acepten voluntariamente o lo rechacen con placer. De igual forma hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

Puesto que en la sabiduría de Dios, el mundo no ha conocido a Dios mediante la sabiduría, a Dios le pareció bien salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: para los judíos tropezadero, y para los gentiles locura. Pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento: No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Más bien, Dios ha elegido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo Dios ha elegido para avergonzar a lo fuerte. Dios ha elegido lo vil del mundo y lo menospreciado; lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte delante de Dios. Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor (1Corintios 1:21-31).

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:27
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