Lunes, 27 de enero de 2014

Una gran multitud se reunía junto a Jesús en una ribera, mientras el Señor estaba sentado en una barca. El medio lingüístico usado para hablarles fue la parábola, un relato que hace referencia a un suceso fingido, del cual se deduce por semejanza una verdad o enseñanza moral importante (DRAE). Los discípulos parece que entendieron lo que Jesús decía porque ellos le preguntaron la razón por la cual le hablaba a los demás por parábolas.

El Señor les dijo que no deseaba que entendieran los misterios del reino, ya que no les había sido concedido. En cambio, a ellos sí les había sido dado el comprender la parábola. De todas formas comenzó a explicar el sentido de la misma. Una parte de la semilla cayó junto al camino, pero las aves se la comieron; estos son los que oyendo no oyen ni entienden nada del evangelio. Cuando alguien oye la palabra del reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo que fue sembrado en su corazón (Mateo 13: 19). El otro grupo de semillas cayó en pedregales, que equivale a oír y recibir la palabra con gozo, pero como es obvio, esas plantas no tienen raíz profunda. Cuando vienen los problemas de la vida abandonan lo que antes habían oído con mucho gozo.

El tercer grupo de semillas fue sembrado en espinos, lo cual representa a los que oyen la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y queda sin fruto (Mateo 13: 22). El último grupo de semillas cayó en buena tierra, y dio fruto muy variado y en forma cuantiosa. Por eso había dicho en el verso nueve que el que tuviera oídos que oyera, porque no hay otra forma de predicar el evangelio. Siempre hay alguien que enseña la doctrina de Cristo, pero muchos no la entienden; hay otros que parecen entenderla, la reciben con alegría, pero no tienen raíz. Es decir, son los que gustan del beneficio del evangelio, la cizaña que está junto al trigo, las cabras que se abrevan junto a las ovejas. A éstos afecta en grado sumo las preocupaciones económicas, sociales, políticas y personales, propias del mundo. Aman demasiado lo que Dios no ama: el mundo y sus deseos.

Recordemos que Jesús la noche antes de su muerte oró al Padre pidiéndole por aquellos que le había dado (las semillas que caerían y habían caído en buena tierra), pero específicamente no rogó por el mundo porque representaba a todas las semillas que no prosperarían. Ni qué decir que en el mundo hay gente que ni siquiera ha oído alguna vez el mensaje del evangelio, pero de igual forma el Señor no quiso rogar por ellos. Vino a cumplir el cometido propuesto, a consumar lo que había empezado: a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

¿POR QUÉ POR PARÁBOLAS? 

Porque no hay universalismo en el propósito de Dios, sino que ha dicho en muchas formas que ha amado a unos pero a otros ha rechazado. Hizo eso con Jacob y con Esaú, con los apóstoles escogidos para salvación y con Judas como hijo de perdición. Así también aconteció con Faraón y ha sido escrito de los que adorarán a la Bestia, cuyos nombres no han sido escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. ¿Quién escribió ese libro? Por cierto que no fuimos nosotros, sino el Padre eterno.

¿Puede alguien nacer de nuevo por voluntad de varón? No, Jesucristo se lo dijo a Nicodemo, que eso era solamente por voluntad de Dios. De manera que somos sujetos pasivos, todos de la misma masa pero unos como vasos de honra y otros de deshonra. Aunque todos para glorificar el nombre de Dios, por la vía de su amor o por la vía de su ira, y eso sin que se nos otorgue el derecho de protesta. Me dirás, ¿por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién resiste a su voluntad?  ¿Y tú quién eres para que alterques con Dios? (Romanos 9).

Esa es la respuesta para los que objetan el plan eterno de Dios, no hay otra en las Escrituras. Ahora bien, algunos han dibujado un Cristo diferente, más justo (de acuerdo a los parámetros humanos), más democrático, más humanista y universal. Ese Cristo es falso y pertenece al otro evangelio, al cual Pablo llama anatema (maldito). Por supuesto que este es el evangelio que la mayoría cristiana sigue, porque es el del camino ancho, pero también porque está implícito en la parábola del sembrador. Ellos son las semillas caídas junto al camino, en medio de espinos y pedregales, que no entienden la palabra que han oído, pues tienen engrosado su corazón. Algunos han oído con gozo la palabra, pero no tienen raíz, es decir, carecen de doctrina verdadera. Su doctrina es de demonios, pero no de Cristo ni del Padre.

Pero ¡bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen! (Mateo 13: 16). Tres veces felices aquellos que pueden entender lo que Dios tiene que decir; felices también porque sus nombres han sido escritos en los cielos. Pero muchos se alegran por las señales sobrenaturales que les ocurren en sus vidas, por los milagros extraños que les acontecen. Se alegran por el falso Cristo del otro evangelio.

Es curioso que entre los que predican la doctrina de la predestinación, existen algunos que de repente parecen detenerse demasiado en el afán que les produce el saber que muchos de sus familiares queridos militan en el otro evangelio. Eso también es un tropiezo, un escándalo, una preocupación que puede superar la comprensión de la doctrina apostólica. Después de hacer el periplo intelectual y hasta ridiculizar a los que asumen como a su dios al del otro evangelio, llegan a llamarlos hermanos que no han comprendido del todo la doctrina de la salvación.

Precisamente esta parábola está hablando de los que oyen pero no entienden; sin embargo, Jesús no los llamó hermanos, sino dijo de ellos que el maligno arrebataba lo que había sido sembrado en su corazón. Entonces, el entender la doctrina de salvación es parte del regalo del Espíritu, porque no deja el Señor en la ignorancia a los que hace nacer de nuevo. De otra forma, ¿en quién creerían si no conocen al Señor? Por esa razón, en una oportunidad en que muchos que lo seguían se volvieron murmurando, por causa de esa palabra enseñada (la de que nadie puede ir a él si el Padre no lo trae), la cual les parecía dura de oír, Jesús se volteó a los otros y les dijo: ¿queréis vosotros iros también?  Pedro reconoció que ese Jesús tenía palabras de vida eterna, que no tenían a más a quien seguir. Entonces, para salvar las dudas, para enfatizar lo que venía diciendo acerca de que el Padre es el Soberano que ha elegido a un pueblo para Sí mismo, les dejó dicho: ¿No os he escogido yo a ustedes los doce y uno es diablo? (Juan 6: 67-70).

De nuevo, el que tiene oídos, que oiga.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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