Jueves, 23 de enero de 2014

Al menos 55 apariciones del vocablo doctrina se encuentran a lo largo de las Escrituras. Esto refleja la importancia capital del término dentro del pueblo de Dios. Una doctrina es un cuerpo de enseñanza, de tal forma que, como la Biblia no puede contradecirse y se interpreta con ella misma, el cuerpo de enseñanza en cualquier materia debe concordar con la verdad revelada. Ocuparse de la doctrina bíblica no es solamente el deber de un maestro, es más bien el trabajo de cada creyente. Creer implica conocer la enseñanza que se asume, comprender la palabra aprendida. Si alguien dice que cree en Jesucristo se supone que conoce su doctrina, lo que vino a enseñar; por otro lado, Jesús afirmó que había venido a enseñar la doctrina de Su Padre. No puede nadie decir que conoce a Jesucristo o que cree en él y manifestar desconocimiento acerca de quién es él, de cuál fue su obra en la cruz ni del propósito de su venida; tampoco puede desconocer de los anuncios de los profetas acerca del Cordero de Dios que sería inmolado en favor de su pueblo.

Los murmuradores aprenderán doctrina, dijo Isaías. Ya sabemos que la doctrina es un cuerpo de enseñanza que recoge sistemáticamente el conjunto necesario para estructurar el tema que se estudia o se aprende. La doctrina bíblica es todo aquello que nos permite aprender quién es Dios, su relación con su pueblo y su rechazo para con el mundo. Moisés despidiéndose de Israel, cuando ya tenía 120 años, le habló dándole instrucciones: Goteará como lluvia mi enseñanza, destilará cual rocío mi palabra, como lloviznas sobre el pasto, como aguaceros sobre la hierba. Algunas traducciones utilizan el vocablo doctrina en lugar de enseñanza. La Vulgata Latina, más cercana al Castellano, así lo hace: Conscrescat in pluvia doctrina mea, (Deuteronomio 32:2).

Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; (Romanos 6:17). El Nuevo Testamento griego usa el témino διδαχή, de donde viene didáctica, enseñanza, doctrina. Aquel sumario y compendio de verdades enseñados por Pablo no es otra cosa que el evangelio que fue llevado a los romanos. Ellos habían sido esclavos del pecado, asunto que desagradaba a Dios en grado sumo. Recordemos las palabras de Moisés cuando se despedía de su pueblo, una vez que les habló de la doctrina que caería como lluvia o como rocío; él les dijo que Jehová era digno de ser engrandecido, la Roca cuya obra es perfecta, un Dios fiel sin iniquidad, justo y recto; la corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha, generación torcida y perversa.

Pero los romanos habían obedecido de corazón la doctrina enseñada, a la cual habían sido entregados. Cuando una persona toma en cuenta el hecho de su depravación total, como lo hicieron los romanos referidos por Pablo, tiene que aferrarse de corazón a la doctrina del evangelio que ha aprendido. ¿Cuál doctrina es esa? Simplemente está explicado en el texto: habían sido esclavos del pecado y bien es sabido que para la cultura de entonces un esclavo no podía redimirse por cuenta propia. Necesitaba un salvoconducto de libertad, un escrito entregado por su antiguo amo al nuevo redentor o comprador. Jesucristo había pagado el precio por los pecados de la iglesia de Roma y del resto de su pueblo, por eso ellos estaban entregados a la enseñanza aprendida.

¿Pero qué sucede hoy día que muchos no se entregan a la doctrina bíblica? Simplemente que no la han aprendido porque no entienden el sentido de la esclavitud al pecado. Ellos piensan que voluntariamente se hacen libres cuando quieren y se esclavizan cuando desean regresar al fango; suponen que su poder interno -la falacia del libre albedrío- es lo que les permite echar mano de la gracia preventiva (otra falacia) las veces que sea necesario. Entonces suceden dos cosas en el creyente moderno: 1) no conoce la liberación de la esclavitud del pecado, porque no sabe que para ello ha tenido que ser liberado activamente por un sujeto activo y poderoso que pagara el rescate; 2) no entiende la enseñanza bíblica de la depravación total. 

Pero los romanos de Pablo habían comprendido la esencia del evangelio y estaban entregados a su enseñanza. De igual forma, el apóstol citado le escribe a Timoteo que se quede en Éfeso, para que esté pendiente de aquellos que enseñan doctrinas extrañas; es decir, algunos se habían apartado siguiendo vanas palabrerías. ¡Cuán importante es cuidar la lengua! Sus doctrinas desviadas fueron motivadas por su ignorancia de la Palabra, pues querían ser maestros de la ley mas no entendían ni lo que hablaban ni lo que afirmaban con tanta seguridad. Hoy día vemos algo parecido en los templos adonde van los creyentes; gente que no comprende aquello que dice creer con tanta seguridad. Pero precisamente aquella ley que pretendían enseñar es la que los juzgará como personas contrarias a la sana doctrina (1 Timoteo 1).

Pablo le sigue recomendando a su fiel discípulo que cuide la doctrina, que se ocupe de ella, en especial de la lectura. Algo especial ocurre cuando uno se ocupa de la doctrina del Señor: El progreso de uno es manifiesto a todos (verso15). Lo más importante es que si uno se ocupa de la doctrina se salva a uno mismo y ayuda a salvar a otros. Cuando un maestro se ocupa de lo que enseña no cae en trampas de fabuladores, puede probar los espíritus y evita la doctrina de demonios. Esta es una gran salvación del error; mas por otra parte educa debidamente y la iglesia puede pastar bajo el cayado del Pastor. No olvidemos que la iglesia es el instrumento dejado por Dios para la predicación del  evangelio, de manera que cada uno de nosotros somos instrumentos de salvación de otros, en alguna medida. Por supuesto, es el Señor quien salva, pero lo hace a través de la enseñanza correcta. Nunca puede presuponerse que una doctrina errada es el camino correcto para la entrada al reino de los cielos; al contrario, el Verbo de Dios es Jesucristo y nunca está errado.

El apóstol Juan recomienda que no digamos bienvenido a ninguno que no traiga la doctrina que  es anunciada en sus cartas y en los evangelios. De manera que la doctrina errada nunca es el principio de salvación, eso es lo que quiere decirle Pablo a Timoteo con ayudarás a salvar a otros si se ocupa de la doctrina. Otra de las razones para ocuparse del estudio doctrinal es que en estos postreros tiempos muchos se apartan de la fe, prestando atención a espíritus engañosos y a doctrinas de demonios. Estos apóstatas y falsos maestros tienen cauterizada la conciencia y hablan mentira acerca del evangelio. En otros términos, enseñan otro evangelio al cual Pablo llama anatema (maldito). Curiosamente hay dos características enunciadas en estas doctrinas demoníacas: 1) Prohibirán casarse (ya sabemos qué iglesia prohibe a sus sacerdotes casarse); 2) Abstenerse de ciertos alimentos (también conocemos de grupos religiosos que tienen tales costumbres). Sin embargo, esto es apenas una muestra del iceberg porque el fondo es grande y golpea fuerte; bastaría con ver a los tele-evangelistas unos minutos para darse cuenta de la disparatada teología que argumentan. Por otro lado están los que dicen con propiedad el Señor me reveló, como si hubiese nueva revelación. ¿Y qué decir de la tan popular doctrina de los arminianos, que ha penetrado a la mayoría de los templos religiosos protestantes? Es una doctrina que se parece e imita muy bien al verdadero evangelio, pero su fin es de muerte.

Jesús enseñaba como quien tenía autoridad, por lo cual la gente se maravillaba. Sin embargo reconoció que el pueblo lo honraba de labios solamente, mas con el corazón alejado de él: Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres (Mateo 15:9). Los mandamientos humanos son el eje de un sinnúmero de congregaciones autodenominadas cristianas, para subyugar a los fieles y esclavizarlos bajo la vara del pastor. Jesús advirtió contra la doctrina de los fariseos y saduceos; pero enseñaba la doctrina de su Padre y por ello las multitudes estaban atónitas de lo que explicaba. Una gran lección nos deja el Señor para tratar de alcanzar semejante gracia; enseñando en el templo los judíos se asombraron y se preguntaron cómo sabía letras sin haber estudiado. Jesús les respondió que Su doctrina no era suya, sino de quien le había enviado (El Padre); enseñar la palabra de Dios lo hace a uno letrado. Pero el texto completo nos describe lo que sucedió inmediatamente como réplica de sus palabras; la multitud maravillada de su conocimiento le dijo que tenía demonio.

¿No hacen lo mismo quienes escuchan maravillados la doctrina de la soberanía de Dios? Dicen que es diabólica, que Dios es peor que un tirano (en palabras de John Wesley)  y que su doctrina es repugnante (en palabras de Arminio). O en el verbo elocuente de Spurgeon, mi alma se rebela contra un Dios que pone a sus pies la sangre del alma de Esaú (en el Sermón titulado Jacob y Esaú). ¿No se espantan todos aquellos que maravillados escuchan hablar del poder de los decretos de Dios y temen padecer de soledad al saber que la manada es demasiado pequeña? Entonces no resisten y pactan con la alabanza conjunta con aquellos que Dios jamás llamó eficazmente. Uno se pregunta si aquéllos alguna vez fueron llamados y concluye que solamente gustaron del evangelio, pero los afanes del mundo (el argumento de cantidad) ahogó la planta del sembrador.

El profeta Elías una vez se sintió solo, muy solo y clamó: Dios, solamente yo he quedado. Pero el Señor le respondió que no estaba solo, que había más o menos 7000 personas que no habían doblado sus rodillas frente a Baal (el del otro evangelio). Claro, si uno yuxtapone a Elías con 7000 personas más eso es mucha compañía, pero el problema es que Elías no los conocía. Esos 7000 estaban esparcidos por el reino de Israel. Ahora, si sacamos bien las cuentas del censo que David había realizado y la época histórica de Elías, Israel tenía varios millones de habitantes. ¿No le parece a usted que 7000 personas reservadas por Dios es una ínfima cantidad ante los millones que componían la nación? Si le parece muy poco, ¿cuánto más poco puede parecerle si se compara con el resto del planeta, donde no se había anunciado el mensaje del Señor?

Los cálculos hechos por personas con serios estudios en el área arrojan cierta luz de importancia en cuanto a la cantidad de personas del planeta tierra para el momento en que vivió Elías. Dicen que había cerca de cincuenta millones de habitantes. Entonces saque los porcentajes y tradúzcalo hacia la manada pequeña. Ahora podemos comprender la inmensa soledad que sentimos con este anuncio que hacemos como Juan el Bautista, una voz que clamaba en el desierto.  Pero el Señor nos dejó una recomendación grandiosa para tomar en cuenta: No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre ha placido daros el reino.

Pero solamente los que nos ocupamos de la sana doctrina y la enseñamos a otros somos los beneficiados en conjunto, porque la doctrina de demonios no ha conducido a ninguna persona al reino de los cielos.

Para concluir quedémonos con estas palabras de Salomón, el gran sabio. No abandonéis mi instrucción, porque yo os doy buena enseñanza. ¡Adquiere sabiduría! ¡Adquiere entendimiento! No te olvides ni te apartes de los dichos de mi boca (Proverbios 4:2 y 5)

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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