Lunes, 20 de enero de 2014

Alguien dijo que la más grande herejía destructiva de la iglesia de hoy es el arminianismo. No le faltaba razón porque es la repetición del engaño de Satanás en el Edén, seréis como Dios. En efecto, Arminio enseñó con su doctrina jesuita prestada de Luis de Molina que el hombre es una especie de dios.     

El deseo humano sembrado por la Serpiente antigua no es otro que el sueño de la independencia del Padre. El hombre pensó que al ser semejante a Dios, conociendo el bien y el mal, podía vérselas por sí mismo. La ayuda del Creador ya no era necesaria en esa nueva dimensión heroica de pasar de simple humano a un semidiós. Lo que no se tuvo en cuenta fue la advertencia que le hicieron, que el día de su desobediencia moriría espiritualmente.

El hombre caído tuvo vergüenza ante Dios y se procuró vestimenta para ocultar su desnudez. La desnudez del espíritu era lo más grave para el Creador, por lo cual le hizo vestiduras con pieles de animales. Era el principio del sacrificio lo que se inauguraba en el Génesis de todo, el anticipo de lo que realmente cubriría el pecado humano. Con ello se anunciaba al Señor con el sacrificio que vendría y que estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, el Cordero que expiaría la culpa de su pueblo escogido.

Pero la mentira del Génesis corrió como el agua de un manantial, con fuerza y por doquiera hubiese un cauce. Nada más natural para la humanidad que esparcir la mentira heredada, de que el hombre era un semidiós (o como Dios) y de que era totalmente independiente del Creador. No obstante, los que aprendieron a temer al Creador quedaron igualmente sometidos a las mentiras que la historia humana ha suplido en materia de teología.

Ahora el hombre caído no lo estaba completo, porque a fin de cuentas quien había fallado era el padre Adán; cada uno podía ayudarse espiritualmente si procuraba hacerlo. Surgieron medios e intentos para suplir la necesidad arraigada en el alma humana, la nostalgia por volver a casa. Sin embargo, Dios se manifestó a través de un pueblo escogido, que comenzó con Abraham, el padre de multitudes. A partir de ese personaje corre una línea profética que concluye en la totalidad del pueblo elegido de Dios redimido por el Cordero prometido. La sentencia contra la serpiente era que sería herida en la cabeza (Génesis 3:15), lo cual se hizo realidad en la cruz del Calvario.

Como las diferentes religiones no quisieron quedar por fuera de lo que anunciaron los profetas del Dios de la revelación intentaron re-interpretar las Escrituras a su medida. Lo primero que declararon fue que el hombre no había muerto del todo, sino que tan solo necesitaba ayuda espiritual. Nada más humanista y nada más comunitario el proponer que los colectivos humanos se han de salvar con la ayuda de Dios. Eso suena a teología común, a divinidad pura.  Pero como los profetas bíblicos no cesaron de anunciar que existía un pueblo elegido, un remanente dejado por Dios, que son los escogidos como objeto de su amor, los falsos profetas de entonces también anunciaron la elección pero desde un plano humanista y de esperanza colectiva. El hombre es elegido en la medida en que Dios ve con antelación la disposición humana para la fe y la buena voluntad humana. El grito del ángel en el nacimiento de Jesús, que decía: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres, quedó ahora transformado en el inconsciente colectivo como Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz para los hombres de buena voluntad. Un juego de palabras que cambia el orden de las mismas pero que torna el sentido en más humano y social.

Para sostener estas dos primeras mentiras hace falta el eje que soporta la trampa, el engaño mayor que asegura que Jesucristo murió en forma universal por toda la humanidad, haciendo posible la salvación para todo aquel que quiera. Es una salvación abierta, una redención potencial. Poco importa que Jesús haya orado la noche antes de su crucifixión por los que el Padre le había dado, que haya dicho expresamente que no rogaba por el mundo; poco importa que Jesús haya dicho en la cruz que todo estaba consumado, que en su ministerio haya expresado de diferentes maneras que había gente que moriría en sus pecados. Claro, lo dijo porque lo sabía de antemano, es la salida engañosa de Arminio. Pero si Jesús murió por toda la humanidad, ¿qué sentido tiene que el Padre haya escogido solamente a los que iban a creer? O hagamos la pregunta en forma invertida, ¿qué sentido tiene morir por todos, universalmente, si ya el Padre sabía quiénes iban a creer y quiénes no? Aún dentro de la falacia jesuita, la muerte universal de Jesús no puede explicarse con coherencia. De ser cierto que Dios sabía de antemano quién creería en Él, porque lo supo en el túnel del tiempo o en la bola de cristal de la mente humana, no tiene lógica que Jesús haya muerto por Judas, por Faraón, por los que adorarán a la Bestia, por los que jamás han oído el evangelio o por los que nunca habrán de creer en él. Si ya lo sabía, no hay razón para morir por ellos.

Pero la mentira mientras más se repite tiende a aceptarse como una verdad; por eso continúan con el supuesto de que el Espíritu Santo trabaja arduamente en cada corazón humano, si bien muchos se le resisten. Tampoco tiene lógica un Espíritu que trabaja en aquellos que ya sabe de antemano que jamás van a creer en el evangelio. Desde nuestra perspectiva humana sí hay sentido en predicar las buenas nuevas de salvación a toda criatura, pues no sabemos quién habrá de creer o quién habrá de rechazar tal mensaje. Pero el Espíritu Santo es Omnisciente, por lo tanto sabe quiénes no van a creer; de manera que ¿cómo es que trabaja arduamente en aquellos que se le resisten? Pues eso afirman, que el hombre puede rechazar el trabajo de la gracia salvadora y en virtud del libre albedrío de su corazón resistir al Espíritu Santo. Estamos seguros de que el Padre, el Hijo y el Espíritu concuerdan, no se contradicen. Lo que ellos conocen se fundamenta en lo que ellos han decretado desde los siglos, no en lo que ellos descubren en los corazones cambiantes de la humanidad.

Estas cuatro grandes mentiras se adornan con la quinta que dice que el creyente puede dejar de creer y en consecuencia perder su salvación. Esta es la mentira más lógica, por cuanto si todo depende de la voluntad humana lo más seguro es que nadie se salve, ya que el mundo arrastra con fuerza aún al más fuerte que se sostiene solo. La Biblia dice que siete veces caerá el justo y volverá a levantarse, porque Jehová sostiene su mano, no porque el justo se sostiene de la mano de Jehová.

Por lo expuesto sabemos que el arminianismo enseña absolutamente lo opuesto a lo que la Biblia enseña. Su doctrina es contraria a la de Jesucristo, a la de los apóstoles fundadores de la iglesia, cuya piedra angular es precisamente el Señor. Esa mentira es una colección de supuestos cuyo origen se remonta al Génesis humano, a las palabras de la Serpiente. Es lamentable que la mayoría de las iglesias denominadas evangélicas en todo el orbe sigue la falsa doctrina que Arminio divulgó junto a sus discípulos. Esta gran mentira jesuita fue el caballo de Troya contra la Reforma Protestante, el gran veneno que se ha extendido como una mala hierba, doquier se intente presentar la verdad del evangelio. Sabido es que el arminianismo, en cualquiera de sus múltiples variantes, transformados en pentecostales, presbiterianos, bautistas, menonitas, sana doctrina, evangélicos inter-denominacionales, protestantes de la Alianza evangélica, y un gran etcétera para abreviar, no es el evangelio de la Biblia. Es el gran engaño de la mente más depravada, una réplica del evangelio auténtico con un dios que usa las Escrituras como las usó Satanás con Jesucristo. Pablo llamó a este otro evangelio uno que es maldito, anatema; pero no solo a esa doctrina sino a todo aquel que la enseñe (Gálatas 1:8-9).

El arminianismo ha invertido la carreta y el caballo ahora camina por detrás, empujándola con su pecho; ese absurdo es semejante a caminar por el sendero ancho y entrar por la puerta amplia, seguir los pasos hacia un gran puente que solamente llega a la mitad del camino. Un camino que parece recto de lejos, pero cuyo fin es de muerte (Proverbios 14:12). El hombre pudo por fin vivir la fantasía de su independencia de Dios, por eso puede decirle a Cristo que entre en su vida cuando desde su libre arbitrio así le parezca bien; la religión pura y sin mancha en la cual Dios hace todo para sus elegidos se convierte ahora en una participación colectiva en la que sinergísticamente el hombre coopera con Dios, poniendo su fe y su voluntad, corriendo y queriendo la salvación ofrecida universalmente en la cruz. Tal parece que la Biblia fue mal escrita y hay demasiados textos que borrar, uno de ellos que podría ser de los primeros en desaparecer dice: Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia...De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 16 y 18).

El texto citado habla de Dios como alguien que endurece los corazones, de manera que tampoco parece propio que Dios endurezca a los que no quieren acudir a Él, pues ha dicho que no depende del que quiere ir a Él ni del que corra hacia Él. De todas formas, sabemos por las Escrituras que no hay quien busque a Dios, ni siquiera uno, de manera que nadie querrá ir ni correr tras Él, a no ser que Dios mismo lo lleve a Cristo (Juan 6: 44).

Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los cuales desde antiguo habían sido destinados para esta condenación. Ellos son hombres impíos, que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje y niegan al único Soberano y Señor nuestro, Jesucristo (Judas 4). Parece ser que este texto describe muy bien a los arminianos, que niegan al Señor Soberano, declarándolo impotente ante la criatura humana que se le resiste con su libre albedrío. Por otro lado, habla de los que habían sido destinados desde antiguo para esta condenación, no dice que fueron endurecidos por sí solos sino destinados para tal fin. Para los arminianos el hombre pone la fe, la disposición de su corazón, de la misma forma  como lo hacían los judíos mencionados en Romanos 10:1-3, los cuales tenían gran celo de Dios pero no lo hacían conforme a ciencia; pues negando la justicia de Dios (que es Jesucristo en la cruz) procuraban establecer su propia justicia.

Cristo nos dejó la advertencia a través de sus discípulos de que estuviéramos atentos en estos tiempos, pues vendrían algunos engañadores hacia el rebaño, lobos feroces entre las ovejas escogidas de Dios. Estos falsos profetas (o maestros) vienen vestidos de ovejas pero son internamente lobos rapaces que enseñan doctrinas de demonios, un evangelio diferente. Lo mismo dijo Pablo y también Pedro, este último indicó que se infiltrarían falsos maestros trayendo sutilmente herejías destructoras.

El Dios de la Biblia convierte eficazmente al pecador y cambia su corazón para que pueda creer. La declaración bíblica es que Dios hace esto en sus elegidos únicamente y no en forma universal con cada uno de los seres humanos. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, pues es soberano y no rinde cuentas ante nadie (Romanos 9). El Dios de la Biblia presenta un cuadro muy distinto del evangelio popular de los falsos maestros, pues soberanamente predestina, elige, llama eficazmente y nadie le puede resistir a su voluntad. El Hijo de Dios dijo muy claramente lo siguiente que puede resumir lo acá expresado hasta ahora: Os lo he dicho, y no creéis. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las ha dado, es mayor que todos; y nadie las puede arrebatar de las manos del Padre. Yo y el Padre una cosa somos (Juan 10: 25-30).

La Biblia condena las enseñanzas de Arminio como heréticas, pues ellas constituyen la base doctrinal de los evangelios diferentes que se han mostrado en estos últimos siglos. El dios jesuita de Arminio es una falsificación burda del Dios de la Biblia y constituye un ídolo más. Los herejes y los idólatras no heredarán el reino de Dios (Gálatas 5:19-21). El Dios de la Biblia le dice a su pueblo que salga de Babilonia, la madre de las abominaciones de la tierra; que escudriñen las Escrituras porque en ellas está la vida eterna. La fama y la celebridad del falso evangelio se debe a que es parte del mundo y el mundo ama lo suyo; basta con que uno exponga la verdad para recibir persecución y odio de esos que se llaman hermanos cuando se les dice amén a sus desviadas enseñanzas. La adoración a Dios en forma conjunta con los señores del falso evangelio no es viable según las mismas Escrituras: Si alguien va a vosotros y no lleva esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le da la bienvenida participa de sus malas obras (2 Juan 1:10-11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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