Martes, 14 de enero de 2014

En ocasiones la gente dice que confía en Dios y se encomienda a su poder. Estoy a la buena de Dios es una expresión común para notar desamparo o pobreza. Como si Dios en su bondad lo que regala es miseria, por eso muchos piensan que el Dios de la Biblia es tacaño. Hay que pedir bastante, para ver si te dan algo, suele ser otra de las frases célebres de los que dicen conocer al Ser Supremo. Todo esto es parte del acervo popular que se pregona a través de las generaciones que van escuchando la teología de los pueblos.

Pero nada más alejado de la realidad natural, cuando uno mira los frutos excesivos que puede dar un solo árbol, o los millones de huevos que colocan los peces en las aguas. La naturaleza creada por Dios se muestra generosa y pródiga para con quienes la cultivan; a veces se ofrece gratuita sin que medie trabajo humano. Es de suponer que quien está detrás de esa creación es mucho más caritativo y abunda en dádivas, de manera que estar a la buena de Dios sería lo mejor que nos pueda pasar.

La Biblia dice que Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros; por lo tanto uno puede preguntarse ¿cómo es que no nos dará también todas las cosas que pidamos? Jesús dijo que pidiéramos en su nombre porque íbamos a recibir con creces; que buscáramos porque de seguro hallaríamos, que lo llamáramos porque respondería. No se trata de pedir como Simón el mago, para gastar en nuestros deleites, pero sí que podemos deleitarnos con lo que recibamos. Es más, lo que primero recibimos cuando estamos en la presencia de Dios es su Persona, por lo cual el salmista pudo decir: deléitate asimismo en Jehová y Él te concederá las peticiones de tu corazón (Salmo 37:4).

A veces la oración no contestada tiene el beneficio de la espera, el cultivo de la paciencia; en otras oportunidades no recibimos porque no nos conviene lo que pedimos. Sin embargo, si estamos en comunión con Dios el Espíritu nos indicará lo que debemos pedir, pues con nosotros gime en forma especial ayudándonos a pedir lo que nos conviene.

Son muchas las ocasiones en que no sabemos qué es lo que realmente queremos pedir, por eso necesitamos la ayuda de Dios para tal fin. Queremos vender una propiedad, pero tenemos nostalgia si la vendiésemos. He allí el dilema; deseamos estar casados, pero extrañaríamos la vida de soltero. Nos gustaría pisar otras fronteras, irnos de nuestro país, pero pensamos mucho en la tristeza que eso nos depararía. La incertidumbre no nos deja pedir ni buscar ni llamar.

También sucede que nos quedamos quietos y esperamos que el Señor vaya dándonos lo que se supone nos hará feliz, pero seguimos añorando aquello que no nos atrevemos a pedir. De todas formas una cosa es muy cierta, que lo que vamos a recibir ha sido pre ordenado desde antes de la fundación del mundo. Poco importa que no sepamos cómo funcionan esos asuntos de la predestinación, pero de seguro que cada detalle de nuestra vida ha sido preparado por el Padre soberano. En tal sentido sabemos que Él se complace en bendecirnos con su respuesta a diario; pero la Biblia nos dice que no sabemos lo que hemos de pedir, lo que realmente nos conviene. Agrega que el Espíritu nos ayuda en nuestras oraciones porque Él entiende la mente del Señor y puede interpretar mejor que nosotros el deseo del Padre. Nuestro foco se dirige hacia los problemas, hacia la solución que nuestra inteligencia puede prever, pero la visión del Espíritu es superior, no solamente porque es global sino porque interpreta a la perfección aquello que lleva gloria al Señor.

Las dádivas que recibimos redundan en más gloria para Su nombre, pero nosotros no estamos pendientes de ese detalle. Simplemente nos interesa resolver el problema inmediato y rogamos para que Dios se haga cargo; muy a pesar de que sabemos que somos sus hijos, son pocas las veces en que nos detenemos a darle gracias por cada oración contestada. Decimos a gran voz: gracias a Dios, pero no nos sentamos a conversar con el Dador acerca de la dádiva recibida. Así somos, pero así nos quiere Dios de todas maneras.

Cuando los discípulos le dijeron a Jesús que los enseñara a orar tal vez estaban pensando en recibir alguna técnica que les diera más resultado en lo que hacían. Lo que el Señor les enseñó como modelo fue que hay un Dios que está en los cielos al cual debemos adorar o de quien debemos santificar su nombre. Debemos pedir que su reino venga y que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo. De igual forma se ha de reconocer que nuestro pan diario proviene de su gracia, más allá de que nos provee de trabajo para obtenerlo. Ese pan no es solamente el alimento sino también todo aquello que es material y que nos conviene. La oración es un acto de fe, pues reconocemos que a pesar del desastre humano hay un Dios que gobierna; que aunque los enemigos crujan sus dientes contra nosotros existe un Señor que nos protege. Jesús agregó que debemos perdonar a quienes nos ofenden para que seamos perdonados en esas ofensas cotidianas que hacemos a Dios. Si no existe el perdón de nuestra parte la oración habrá de sufrir tropiezo, como también lo indicó Pedro el apóstol respecto de los esposos que deben tratar con honra a sus esposas, para que las oraciones no sufran obstáculo alguno. De manera que se liga al acto de orar la disposición del corazón limpio de rencores. Finalmente, el Señor recordó que es necesario pedir que Dios nos libre del mal o del maligno, y sobretodo que no nos meta en tentación.

Este último punto es importante comprenderlo bien, pues puede confundirse la gente en una interpretación errónea. Dios nos puede meter en tentación (según lo demuestra el Padrenuestro como el paradigma dejado por Jesucristo a sus discípulos) pero eso no implica que Dios sea el tentador. Sabemos que así también lo asegura la Biblia, de manera que quedemos claros al respecto. Pienso que es más inteligente la prudencia al respecto, es mucho mejor pedirle a Dios que no nos meta en tentación a que nos saque de ella. Por supuesto que Dios puede hacer fácilmente cualquiera de esas dos actividades, pero el problema lo tenemos nosotros. No en vano la Biblia también recomienda huir de la tentación, nunca nos aconseja pasar por ella o acercarnos a ella. No mires el vino cuando se pone rojizo, dice un texto del Antiguo Testamento; en otros términos, la prudencia ordena alejarnos de la tentación. De allí que el Padrenuestro también nos permite decirle a Dios que no nos meta en tentación (no nos induzca a la tentación, sino líbranos del maligno).

Estar a la buena de Dios es lo mejor que nos puede pasar como creyentes, pues su benevolencia no tiene límites y su paz no la podemos encontrar en el mundo. Pidamos en el nombre de Cristo, bajo la autoridad de su nombre, porque de esa manera glorificamos al Padre y al Hijo y por supuesto al Espíritu que es quien nos ayuda en las intercesiones. Es preferible estar de rodillas delante de Dios que delante de los hombres.

Los que son renuentes a invertir cinco minutos de su vida apresurada ante la presencia del Dios de la Creación deberían empezar a practicar esta actividad. La vida de oración a solas es riqueza sólida para el alma sedienta; entra a tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto, el cual te responderá en público (Mateo 6:6).

Millones de personas no pueden salir de sus casas si no han desayunado o tomado un sorbo de café, pues han tenido un entrenamiento social y biológico por años. Deberíamos administrar la costumbre de orar, desarrollar la disciplina de hacerlo a diario. Esto no es nada fácil, pues el que se acerca a Dios debe saber que existe. ¿Por qué? Porque estamos hablando con un Ser invisible y eso demanda gran concentración de nuestra parte. Los discípulos lo supieron desde un principio, se quedaban dormidos cuando el Señor les pedía que lo acompañaran a orar. Era más fácil hablar con él cara a cara que con el Padre a quien no veían.

Dejemos de estar viendo al diablo en la actividad de la oración, dejemos de creer los mitos levantados en torno a esta actividad. No pensemos que no oramos porque el diablo nos domina y nos vence, simplemente entendamos que esa es una actividad difícil y que requiere entrenamiento. Si alguien necesita ir a un gimnasio y le da flojera, entiende que es su desgana lo que lo aleja de la actividad física, pero no se inventa el cuento del diablo. Con la oración sucede lo mismo, no nos inventemos el cuento de Satanás tratando de que no oremos, sino seamos responsables y comprendamos que en ocasiones nos da flojera concentrarnos en Dios. Es cierto que en el libro de Daniel se explica que el ángel tuvo lucha con un príncipe del aire cuando trataba de llevar la respuesta que requería el profeta; pero venció y prevaleció. La actitud de la responsabilidad es un buen comienzo, lo demás vendrá poco a poco hasta que sintamos gozo por lo que hacemos. El gozo del Señor será nuestra fortaleza y después no querremos dejar nunca su presencia.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:26
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