Domingo, 12 de enero de 2014

Aún los cabellos de vuestra cabeza están todos contados, fue la frase que Jesús le dijo a sus discípulos. Esto no es ninguna contingencia o cosa superficial, sino un argumento veraz acerca de la seguridad del creyente. Es el confort impartido al alma, pues no se ha dejado nada al azar, sino que todo acontece por necesidad. Un cabello parece no ser gran cosa, no en los cientos de una cabeza. En realidad, estudios han demostrado que el cuero cabelludo está conformado por un promedio de entre 100 mil y 150 mil pelos o cabellos. Con este conocimiento a mano podemos valorar las palabras de Jesús en su contexto, ya que si el Padre celestial sabe la cantidad de cabellos que tenemos, y si ordena que un ave caiga a tierra, es porque no deja nada a la casualidad.

¿Nos importa algo el tener 110.000 cabellos en vez de tener 120.000? Tal vez nos parezca nada pertinente dicho conocimiento, pero para Dios es relevante. ¿Cómo sabe Dios cuántos cabellos hay en nuestra cabeza? Simplemente porque Él hace todo posible, de allí su nombre Jehová, ya que es el que es. El conocimiento que nosotros tengamos acerca de la predestinación nos capacita para temerle con reverencia, pero al mismo tiempo nos instruye en la confianza que hemos de tener por la seguridad que ella implica. Nada queda al azar, ni el vuelo de un ave ni los cabellos de nuestra cabeza.

El amor de Dios no es una pasión de la cual hablar, es más bien su eterna benevolencia, su voluntad eterna, propósito y determinación de liberar, bendecir y salvar a su pueblo (Jerome Zanchius. La Doctrina de la Absoluta Predestinación). Su amor implica beneficencia actual y no potencial, por lo cual el Santo Espíritu nos separa con diligencia del mundo a través de su llamamiento eficaz. Porque el Señor nos escogió a nosotros de entre el mundo, este mundo nos odia (Juan 15: 19); sin embargo, en la Biblia se menciona a menudo la predestinación nuestra, lo cual significa el placer que debemos sentir o la felicidad que debemos reflejar al saber que nunca dependió de nosotros (como si pudiésemos), sino que de no haber sido por la voluntad del Padre jamás hubiésemos comprendido el evangelio.

LA PRESCIENCIA DE DIOS

Mucho se ha tergiversado el concepto de la presciencia de Dios. Se ha proclamado la mentira de la bola de cristal. Dios conoce porque mira el futuro en el túnel del tiempo, o porque lo investiga en el quehacer de sus criaturas. Pero nada más lejos de la realidad y nada más torcido que esta visión. La presciencia de Dios no es más que el conocimiento que Él tuvo desde la eternidad de lo que Él mismo iba a hacer, así como lo que sus criaturas harían de acuerdo al plan que les preparó. La presciencia de Dios es absolutamente universal: comprende a todas sus criaturas formadas, así como a todos sus actos, sean buenos o malos.

La predestinación de Dios nos permite decir que ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo, que el Cordero de Dios fue inmolado desde el principio del mundo. Es decir, lo que para nosotros acontece en la esfera del tiempo y del espacio para Dios parece haber ocurrido en la eternidad. Por esa declaración bíblica entendemos la importancia y la cualidad de los decretos divinos, la inmutabilidad de su persona y de sus propósitos.

Decir que los cabellos de nuestra cabeza están todos contados no es descabellado. Más bien es la garantía argumentativa de que delante de nuestro Padre celestial nada es contingente y todo importa. El conoce nuestras necesidades aún antes de que se las pidamos, porque en alguna medida es el que las ha ordenado.

Más allá de que el diablo existe para hacer daño y para procurar robarnos la paz, su función como acusador de los hermanos también ha sido ordenada, pues no en vano el Señor afirmó que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Sí, el diablo existe y fastidia, procura (en vano) engañar aún a los mismos escogidos de Dios; se disfraza como ángel de luz, ejerce su rol de tentador, facilita toda actividad que produzca maldad, es el gran mentiroso de siempre. Pero el conocimiento previo que Dios tiene de él implica que ha sido creado para tal fin, pues nada dejó el Señor a la contingencia ni puede decirse que Dios permite, como si no ordenara todo lo que acontece.

De allí que la lucha humana no es dualista, no se desenvuelve entre el bien y el mal como fuerzas antagónicas, sino que amparado en el conocimiento del Altísimo el hombre batalla contra la naturaleza vil de su alma, contra los residuos del viejo hombre. El bien y el mal están en la palestra, pero no como dos fuerzas independientes que triunfan alternativamente; más bien ha sido la intención del Todopoderoso el ordenar que lo malo esté en su creación para sujetar a esperanza lo que ha querido y amado.

Claro que nuestra lucha es contra las potestades de los aires, contra huestes espirituales de maldad que están en las regiones celestes, pero a semejanza de David contra Goliat nosotros también batallamos en el nombre de Jehová. Con esto se quiere indicar que no existe una batalla entre el bien y el mal, como si tratara de imponerse uno de ellos; simplemente que el bien y el mal existen por decreto divino para la gloria de Dios. El Señor sometió el mundo a vanidad por causa de Jesucristo nuestra esperanza, y como nada queda a la casualidad, aún nuestros pasos están pre-ordenados junto a nuestras buenas obras.

En síntesis, que los cabellos contados de nuestra cabeza nos indican que el Dios de los detalles vela por su pueblo, no solo como un colectivo sino también como individuos que somos. De allí que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito somos llamados. A los que antes amó (o conoció), a éstos predestinó, justificó, llamó, santificó y glorificó. Son el mismo grupo que puede manifestar su alegría por tan inmerecido regalo.

LA JUSTICIA DE DIOS

El profeta Isaías expuso un argumento contra la ignorancia, porque el desconocimiento de Dios importa. El mundo lo desconoce, lo percibe como si despertara de un sueño, en forma borrosa. Los pueblos que están alejados de su majestad apenas oyen de su existencia, conocen o sospechan de la presencia de un ser superior y le dan diversos nombres y formas. En eso son prolíficos para soltar su imaginación, pero como buen conocedor de la condición humana el profeta de Dios supo identificar y calificar a los tales. Isaías dijo que esas personas no tienen conocimiento, en forma llana y simple.

La alusión de Isaías hacía referencia a un ídolo de madera, pero un ídolo es una imagen de algo que se tiene en mente, una representación física de lo que se recoge en el imaginario humano. Agregó que los que cargan el ídolo a cuestas ruegan a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). Esta ignorancia es grave y peligrosa, porque se puede pasar la vida entera en servicio a un dios inútil, aunque la gente lo crea útil; se puede destinar tiempo y energía en el servicio a un ídolo que se supone digno de la devoción, mas equivale a surcar el mar con un arado. El ídolo es cubierto con ropas, tallado con buril y hecho por obra de artífice humano; se hace lo más parecido a una imagen que se tiene y se reporta real, pero sigue siendo un pedazo de madera.

Los defensores del ídolo aducen que es una representación de lo divino, de manera que cuando la gente adora una imagen de Cristo adora al mismo Cristo y no a la imagen. En otros términos, el ídolo es un signo que representa el objeto a que refiere. De esta forma, los teólogos de la idolatría han salido al paso de las acusaciones que la Escritura les hace: No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni en la tierra debajo de los cielos, no te inclinarás a ellas ni las honrarás (Exodo 20). Estos teólogos sugieren que lo que su pueblo hace es venerar y no adorar. Pero la definición de estos vocablos es dada como sinónimo uno del otro, de manera que hacen poco servicio a su defensa. Venerar es definido como honrar, con lo cual se desobedece el mandato de no honrar al ídolo. Por si fuera poco, ese texto fue arrancado, hecho desaparecer de las traducciones hechas por los que más excitan a su pueblo a idolatrar.

Sin embargo, si nos quedamos con el texto de Isaías podemos ver con suficiencia el peligro y el engaño del ídolo. El profeta lo define como un dios que no puede salvar. Sabemos que un ídolo no es nada, en palabras de Pablo, pero que lo que se les sacrifica (honra, honor, reverencia, respeto, relevancia, una vela, una procesión, una ofrenda), aunque se haga en representación de aquello que creemos divino, se hace en honor a los demonios (así lo aseguró en 1 Corintios 10:20).

Pero ¿qué es un ídolo? Es una representación física de una imagen mental. Así de simple, pues no puede hacerse algo con las manos si no lo imaginamos primero; incluso, si un artista da forma con sus manos a la figura impresa en un papel, lo que está previamente dibujado vino a ser el producto de lo que estuvo en la mente del dibujante. Por esa razón un ídolo es una representación física de lo que está en la mente, de lo imaginado, de lo que se sospecha es Dios.

Cuando el profeta Isaías habla del pedazo de madera incluye por extensión a los pedazos de piedra, de metal y de cualquier material utilizado para la confección de la imagen. Pero cuando habla del ídolo como resultado de una labor de artífice también incluye por extensión a la imaginación humana, a la representación mental que los sobrevivientes de entre las naciones tienen acerca de Dios. Por lo tanto, un ídolo es mucho más que un pedazo de madera en forma de muñeco, es la conclusión del imaginario individual o colectivo (nacional) de aquello que se concibe como Dios.

¿Cuál es la visión de Isaías respecto al problema que representa el ídolo? Es una visión distinta a la de Pablo. El apóstol habló de los demonios detrás del sacrificio a los ídolos, pero el profeta nos narró desde la perspectiva del fracaso humano en su esfuerzo por servir al ídolo: un dios que no puede salvar. En ambos casos, estos dos hombres de Dios escribieron bajo la inspiración del Espíritu Santo y dieron dos perspectivas acerca de una misma actividad humana, en relación a un mismo evento. Tal vez Pablo expuso siglos más tarde la razón por la cual Isaías había declarado la inutilidad del ídolo, para resumir el conjunto de la siguiente manera: los ídolos no pueden salvar porque detrás de ellos están los demonios que no desean la salvación de nadie (1 Corintios 10:20).

El Dios justo y Salvador se ha declarado único, ha dicho que es el que anuncia desde el principio lo que ha de acontecer. Jehová es quien salva y fuera de Él no hay otro Dios, ni hay quien de su mano libre. Su justicia es tan alta que la medida es Jesucristo Su Hijo. Pero muchas personas pretenden acercarse a la justicia de Dios por la vía de su imaginario; ellos creen que es asunto de grados, de estar más o menos cerca, de cumplir con algunos rituales que lo mantendrán cercanos al ideal de justicia de Dios. Pero la justicia de Dios es Jesucristo. Los israelitas tuvieron el problema de ignorar la justicia de Dios, pese a que demostraron en su nación que tenían celo de Dios. Este afán o entusiasmo fue demostrado con diligencia, con meticulosidad y ahínco, en el respeto por las Escrituras, por sus transcripciones, con el pronunciamiento del nombre de Jehová, del cual preferían proferir un equivalente para evitar su profanación. Incluso sus escribas tomaban una pluma nueva cada vez que escribían dicho nombre. Guardaron rigurosamente las fiestas, los años, los meses y los días, estudiaban cada sábado en sus sinagogas los papiros de sus profetas; velaban por los sacrificios de los animales, cuya sangre representaba figurativamente a la que derramaría el Cordero de Dios por los pecados de su pueblo. Recorrían la tierra en busca de un prosélito -de alguien que se afiliara a su religión; daban la ofrenda y el diezmo de acuerdo a la ley de Moisés, eran vigilantes del cumplimiento literal de la ley, rígidos en cuanto a cuidarse de los ídolos físicos, obra de las manos de los hombres. Difícilmente se percibe tanto celo por una doctrina de la cual tenían intérpretes, pues habían invertido siglos de su historia en anotar el sentido de lo que los papiros decían.

Pablo dijo de ellos que eran ignorantes de la justicia de Dios, pues su conocimiento no era conforme a ciencia. Uno observa que el ladrón de la cruz viene a ser la antítesis de lo que un judío celoso de Dios representa. Sin embargo, ese ladrón sí tuvo conocimiento del evangelio, sí supo que Jesús el Cristo era el único que hacía la diferencia entre el infierno y el cielo, entre el castigo eterno y la salvación perpetua. Supo que Jesucristo era la justicia de Dios  por lo cual pudo clamar Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. De manera que el conocimiento del evangelio de Cristo lo da el Señor en el nuevo nacimiento; es posible que la gente conozca intelectualmente lo que estamos diciendo acá, lo que la Biblia anuncia abiertamente, pero una vez que el Espíritu Santo opera en nosotros el nuevo nacimiento resulta imposible quedar en la ignorancia del evangelio, resulta imposible ignorar quién es el Jesucristo que salva perpetuamente a los que a él se allegan.

Los judíos celosos de Dios, de los que Pablo hablaba en Romanos 10, ignoraban que oraban a un dios que no salva. Oraban y sacrificaban alabanza a lo que ellos habían concebido como Dios, pero que en realidad era un ídolo más, una imagen mental confeccionada por la tradición y la cultura de su nación. El objeto de adoración de su ignorancia refería al servicio a los demonios (como dijo Pablo a los Corintios) y a la inutilidad de un dios que no puede salvar (como refirió el profeta Isaías).

FE O NUEVO NACIMIENTO: LO PRIMERO

Cristo no hizo posible la salvación para darle a cada uno un chance. A pesar de que las variadas teologías cristianas coinciden en su mayoría en que la gracia de Dios es fundamental para la salvación, el problema se presenta cuando el imaginario prevalece sobre la revelación. Sinergismo o monergismo, dos o más personas trabajan juntas para la salvación o ésta pertenece solamente a Dios. Cuando el Espíritu Santo regenera a una persona no permite que el individuo actúe conjuntamente con Él, simplemente no hay cooperativismo sino operatividad. Un muerto en delitos y pecados no tiene ni arte ni parte en su proceso de regeneración, simplemente es regenerado por la actividad voluntaria del Espíritu.

Dios rescata al pecador pero no deja en el pecador la posibilidad de su propia decisión, ya que su inclinación natural es de continuo en enemistad para con Dios. Tal vez usted piense que eso no es siempre correcto porque muchos desean la amistad con Dios. Muy bien, en apariencia suele suceder que las personas por costumbre religiosa o por curiosidad intelectual deseen conocer más a Dios. Muchos manifiestan buena voluntad para las cosas de Dios o para  la persona de Dios, pero en este punto cabe la interrogante acerca de cuál Dios ellos buscan. Por cierto, un dios que se conforme a la imagen y semejanza de su imaginario, de su constructo cultural o intelectual, de acuerdo a lo que Isaías ha llamado la construcción de un ídolo. Son celosos de Dios, van los domingos a la iglesia, interpretan alabanzas, leen las Escrituras, procuran darse la paz unos con otros, pero son semejantes a los judíos de Romanos 10:2, que tenían celo de Dios mas no conforme a ciencia. De ellos Pablo dijo que su oración era para salvación, oraba porque los consideraba condenados, perdidos, detrás de un dios que no podía salvar.

Pablo les recuerda a los efesios que Dios los resucitó (Capítulo 2 de Efesios) cuando estaban muertos en delitos y pecados, siguiendo al príncipe de la potestad del aire, el que opera en los hijos de desobediencia. Todos ellos eran como los demás, por naturaleza hijos de la ira, pero Dios que es rico en misericordia había tenido piedad de ellos. Dios no los habilitó para que tomaran una decisión cooperativa, simplemente les dio vida y cambió la disposición de su corazón (les dio un corazón de carne y les quitó el corazón de piedra). Les dio vida cuando estaban muertos, de la misma forma como hizo con Lázaro.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9) (γὰρ χάριτί ἐστε σεσσμένοι διὰ πίστεως; καὶ τοτο οὐκ ἐξ ὑμῶν; Θεοῦ τὸ δῶρον οὐκ ἐξ ἔργων,ἵνα μή τις καυχήσηται). Un dativo singular femenino (por gracia) con un nominativo plural masculino (salvados), junto a un genitivo singular femenino (de la fe) necesitan un pronombre determinativo que los una, en este caso uno nominativo singular neutro (esto, que en español es un residuo del neutro latino). Por la gracia sois salvados, a través de la fe, Y ESTO  (καὶ τοῦτο) no es de vosotros sino que es un regalo de Dios para que nadie se gloríe. La gramática griega exige que cuando se menciona uno o varios nombres masculinos junto a un nombre o varios nombres femeninos debe colocarse el pronombre conector en género neutro. Esto es el conjunto de lo expresado que incluye la gracia, la salvación y la fe, por lo tanto ni siquiera la fe es nuestra, sino que como bien lo señala la Escritura es un don de Dios. Pablo enfatiza que la salvación otorgada fue un acto de gracia de Dios y resalta que no fue por obras, no hubo voluntad humana alguna, no existió decisión de nadie (pues los muertos no toman decisiones), sino que fue una operación de Dios, no vaya a ser que alguien se gloríe. Los que resisten la declaración del Espíritu se glorían a sí mismos, se envanecen pretendiendo asumir un sinergismo que intenta robar la gloria a Dios. Pero en realidad no roba ninguna gloria, ya que Dios no ha intentado salvarlos. Ellos se han abrazado a su ídolo (el Cristo imaginario) y cooperan para declararse salvos. Hacen de su situación teología y crean academias y seminarios (semejante a los Escribas y Fariseos de antaño, que tenían el Targum y los intérpretes rabinos, al estilo de Gamaliel). Pero esto es vano porque no es conforme a ciencia (Romanos 10:1-3), por lo tanto están perdidos como los antiguos judíos.

Somos justificados por fe, pero incluso esta no proviene de nosotros; no proviene de la humanidad caída sino de la humanidad regenerada por el Espíritu. Nuestra voluntad natural siempre se opone a Dios, al verdadero mensaje de Dios, a su verdadera doctrina. Con la regeneración se cambia nuestra voluntad y acudimos de buena gana al Señor, ya que nos ha dado el corazón de carne para que andemos en sus estatutos y guardemos y cumplamos sus ordenanzas. Su mandamiento no es gravoso sino que implica que andemos en amor unos con otros, cumpliéndose así la profecía de Ezequiel acerca de nosotros (Ezequiel 11:19-20). En consecuencia pasamos a ser parte del pueblo de Dios con lo cual se comprende -lo proferido por el ángel a José, que el niño se llamaría Jesús, pues salvaría a su pueblo de sus pecados. Jesús significa Jehová salva.

DIOS CUIDA DE LOS SUYOS

Como la regeneración precede a la fe, todos los que hemos creído el evangelio de Jesucristo conocemos esta verdad que es el centro de la buena noticia. Los idólatras desconocen el centro del evangelio, por eso adoran lo que no saben y oran a un dios que no puede salvar. El punto de vista bíblico acerca de la naturaleza humana es que el hombre está totalmente caído, muerto en delitos y pecados. Por esa circunstancia agravada está incapacitado para recibir cualquier gracia habilitante o cualquier gracia preventiva, pues muerto no puede ni siquiera ver dónde está esa gracia. De paso se dice que una vez apercibido de tal dádiva debe tomar una decisión, pero de nuevo, al igual que Lázaro, su muerte no le permite percibir la vida. No necesita de una gracia ficticia que lo prevenga, más bien requiere de la orden de volver a la vida que le dio el Señor a su amigo muerto. Ese es el acto operativo y monergístico del Espíritu Santo, que da vida a los que quiere dar vida y nadie puede resistírsele. ¿Cómo puede un muerto resistir a la violencia de la resurrección?

Los que niegan la elección niegan el evangelio; los que aceptan la elección para Jacob pero niegan el endurecimiento de Dios para Esaú, niegan el evangelio. Son semejantes a los judíos que añadían la obra de sus manos (hacer y no hacer) para intentar alcanzar el reino de los cielos. Pero Dios cuida de los suyos, pues a pesar de que el diablo intente engañar a los escogidos no le será posible. Estamos escondidos en las manos de Dios y de Cristo, sellados con el Espíritu Santo que nos anhela celosamente y nos guía a toda verdad.

El que no escatimó ni a su propio hijo, el que cuenta los cabellos de nuestra cabeza, el que ordena que un pájaro caiga a tierra y el que viste a los lirios del campo, ¿cómo no nos dará todo aquello que redunde en su gloria y en beneficio de sus hijos?

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:08
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios