S?bado, 11 de enero de 2014

En la carta a los romanos Pablo definió que la humanidad entera tiene conocimiento del Creador. Lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pero el corazón del hombre caído se extravió buscando a un Dios que no pudo definir bien. Hay un Dios revelado en la Naturaleza, pero hay otra revelación que está en las Escrituras. El hombre natural no pudo sino acercarse a definir algunos atributos generales de Dios y le tocó a los grandes filósofos de antaño llegar a sistematizar sus cualidades.

El Ser es, el no ser no es, dice el poema de Parménides (s.V a.C.), por lo tanto el Ser es inmutable, eterno, bueno, etc. Pero el hombre común también presupuso que un Creador estaba detrás de lo que le rodeaba. Algunos lo llamaron el rayo que caía con las tormentas, otros pensaron que era un animal temible, otros el fuego o el aire. De esta forma los pueblos corrieron la voz de un ser que era superior a todos, del cual provenía lo que conocían. En tal sentido, la idolatría y la multiplicidad de dioses confirman el sentido universal de la Divinidad. Existe en la mente de la gente la idea de un Supremo Poder digno de ser adorado.

Siempre ha habido un espacio para la duda y allí surge el ateísmo, la idea de que ningún Ser Superior está detrás del telón del universo; sin embargo esa no es la tendencia como tampoco es una certeza en esos no creyentes, pues la más de las veces se preguntan cómo vino a ser formado todo cuanto existe. Ya esa pregunta puede ser una duda de lo que han asumido como una verdad, la inexistencia de un dios.

Los griegos fueron los cultores poéticos del politeísmo. A cada error humano, a cada necesidad del hombre, aparecía una nueva divinidad que daba cuenta de la carencia o de la presencia de un talento. Muchos han supuesto que esa divinidad no es más que un dios creado a la imagen y semejanza del hombre, y en algún sentido tienen mucha razón. Pero no se puede negar que existe una ley de la naturaleza escrita en la mente o en el corazón de los hombres, la cual dirige en alguna medida sus acciones. Por supuesto, la idea del bien y del mal están impresos en sus conciencias, de tal forma que si la obedecen evitarían infinidad de problemas. El asesinato de un ser humano es algo temible en la mayoría de las culturas humanas, el robo del alimento siempre fue visto como un atentado contra la comunidad a la que se pertenecía. Tal vez exista alguna relatividad cultural en cuanto a lo bueno y lo malo, pero en general se da la distinción entre el bien y el mal como rasgo natural.

La gran premisa está hecha, si hay algo escrito en la conciencia humana debe haber un escritor y dador de la norma. Una mano superior grabó esos principios por los cuales el hombre natural persigue fines superiores y acciones de convivencia y protección. Lo que llamamos el instinto de supervivencia no abandona ni siquiera al suicida, pues una vez empujado a intentar contra su vida se aferra a ella con tal fuerza que tiene que luchar para poder dar el paso osado de quitársela.

¿COMO PREDICAR EL EVANGELIO?

Hemos hablado mucho del otro evangelio, pero surge la interrogante acerca de cuál evangelio predicar. Por supuesto, se implica conocer el verdadero evangelio para poder distinguir el falso.  Creo factible que se debe hacer el anuncio de la condición humana que presupone a la humanidad entera muerta en delitos y pecados. Al menos esa es la declaración bíblica y no todo el mundo tiene que creerlo. Pero ese es el punto de partida de las Escrituras, un hombre caído por su deseo de independencia de Dios. Dado que el hombre está perdido y le aguarda la condenación eterna, si desea establecer el contacto con el Dios de la Biblia, entonces es invitado por Jesucristo a su reposo.

Pero sabemos que no depende del que quiera o desee, ni del que corra o se disponga, sino de Dios que tiene misericordia. ¿Por qué, entonces, la invitación de Jesucristo? Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar. En la casa de mi Padre muchas moradas hay, voy pues a preparar lugar para vosotros. El que a mí viene no le echo fuera. El que quiera venga y beba gratis del agua de vida eterna. Ese es más o menos el resumen rápido de las palabras de Jesucristo invitándonos a acudir a él.

Ahora bien, surge la interrogante de nuevo acerca de cómo puede acudir a Jesús un muerto en espíritu, un ser separado de Dios por culpa de sus delitos y pecados. Pero en la invitación de Jesús debemos ver su contexto, ya que no puede haber contradicción alguna en su palabra. Ese mismo Señor dijo que nadie podía acudir a él si el Padre que le envió no lo trajere. Esa es la premisa mayor para acudir a Jesús, que el Padre nos lleve. Por eso también le explicó a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para ver el reino de Dios; el asunto es que nadie puede nacer de sí mismo, ni siquiera por voluntad de un santo hombre de Dios. Simplemente es a través del Espíritu Santo que se produce el nuevo nacimiento, y sabemos que a Él nadie lo puede controlar. El Padre, el Hijo y el Espíritu concuerdan entre sí, por lo cual no hay contradicción alguna en ellos. El Espíritu a los que quiere da vida, lo cual supone por argumento a contrario que hay muchos a quienes no quiere dar vida. Solamente vivifica aquellos que el Padre ha elegido o predestinado para tal fin desde antes de la fundación del mundo.

De manera que cuando Jesús invita que acudamos a él, solamente aquellos movidos por el Espíritu de Dios son los que acudirán a descansar, a beber del agua de vida eterna, a comer su palabra. Hay muchos que se animan por ver a los demás, o porque el evangelio sicológico los empuja; otros acuden como Simón el mago, queriendo alcanzar poder para conseguir cosas. Otros porque les gusta la sabiduría de las palabras de Jesús, algunos porque quisieran que le aconteciesen ciertos milagros. Pero esos que así se añaden no lo hacen en la garantía del llamado de Jesús, o de la iniciativa del Espíritu.

El dilema del predicador o del anunciador de la buena nueva de salvación es que no sabe quién es el predestinado; por ello su llamado es general, pero no hipócrita. Nunca invito a nadie a acudir a Jesús para ser salvo, simplemente le hablo de la naturaleza humana, de la muerte espiritual del hombre. Luego le digo lo que Jesús ha dicho, lo que la Biblia enseña acerca de ese Salvador. Si la persona es movida por Dios a acudir a Él, eso es un asunto entre esa persona y el Señor, nunca es un asunto que me compete porque no soy ningún mediador.

Los predicadores de la puerta trasera siempre andan haciendo pactos con los individuos y las masas, procurando alcanzar almas para Cristo. ¿Cuál Cristo? Tal vez sea el del evangelio del camino ancho, cuyo fin no es de bien aunque su sendero parezca recto. Ese es el evangelio de los salteadores que no entran por la puerta principal que es Cristo.

Hay muchos que al oír la exposición del evangelio de Cristo se espantan y lo consideran injusto. Bueno, en su oportunidad una gran multitud que seguía por días a Jesús también se espantó de sus palabras. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Enseguida le dejaron y Jesús no se fue tras ellos para persuadirlos, simplemente ya sabía quién era el que creía y quién no iba a creer nunca. Por eso se volteó a los discípulos y les dijo si ellos querían irse también. Sin proselitismo alguno los confrontó con la verdad y Pedro respondió que no tenían a quien ir sino a Jesús, quien tenía palabras de vida eterna.

Los que tropiezan en la roca de la soberanía de Dios caen y perecen. Pretender andar con Dios y al mismo tiempo contender en relación a su soberanía implicaría la eterna ruina. En palabras de Johathan Edwards, es absolutamente necesario que nos sometamos a Dios como el Absoluto Soberano, así como el soberano de nuestras almas. Él es el único que puede tener misericordia de quien Él quiere tenerla, pero asimismo puede endurecer a quien Él quiere endurecer.

Los pastores que anuncian la gracia de Dios para Jacob pero que sostienen que Esaú se condenó a sí mismo sin que mediara la voluntad de Dios, han tropezado con esa roca del Dios soberano y han perecido. Están caminando sobre su propia ruina. La puerta trasera es la entrada de millones destinados para destrucción, pero la puerta principal y de entrada al reino de los cielos es Jesucristo. ¿A quién iremos sino a Jesús?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:13
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