Jueves, 09 de enero de 2014

Los que están contra la puerta estrecha y pregonan la puerta ancha son llamados falsos profetas. El camino angosto es Jesucristo mismo, la fe en el Hijo de Dios, pero la vía ancha es la de los falsos profetas y ellos son en alguna medida el camino ancho. Caminamos por fe cada día en Jesucristo solamente, pero hay algunos que tratan de sacarnos de este camino estrecho. Esta gente viene con ropaje de ovejas, aunque por dentro son lobos rapaces, falsos maestros o falsos profetas.

La naturaleza humana está deteriorada hasta su muerte, por lo tanto continúa enemiga de Dios. Los falsos profetas vienen hacia nosotros, no hacia el mundo. Habrá falsos profetas entre vosotros, lo cual implica que serán semejantes a nosotros en un simulacro de fe que se confunde con la fe verdadera. Por eso son peligrosos, porque no se presentan como ateos, o como miembros de sectas extrañas de las cuales es fácil separarnos. Los pastores son los primeros llamados a estar en guardia para prevenir a estos falsos maestros que introducen doctrinas encubiertas y dispersan el rebaño.

Es curioso que nadie va conscientemente detrás de un falso profeta o detrás de un falso maestro. Más bien, estos lobos rapaces entran al rebaño y toman cautivas las almas seducidas por sus doctrinas. Una cosa muy distinta son las sectas religiosas, en donde uno puede observar como la multitud milita en ellas de manera voluntaria y consciente. Pero el falso profeta entra encubiertamente en la iglesia y seduce con sus enseñanzas muy parecidas a la verdad a aquellas almas inconstantes que no están firmes en la palabra de Dios.

Recordemos la historia del pueblo de Israel en los relatos referentes a los falsos profetas. Al menos miremos un caso ahora, el del profeta Elías cuando tuvo que enfrentarse en una oportunidad a 400 profetas falsos, todos servidores de Baal, pero que tenían seducido al pueblo y aún al rey Acab. Incluso la reina Jezabel era una servidora y protectora de esos profetas del camino ancho. Elías tuvo que estar solo contra los 400 profetas de Baal, si bien el pueblo se le unió una vez que fue confrontado para decidir quién era en realidad Dios: o Jehová o Baal.

El falso profeta dice paz cuando no hay paz, anuncia la prosperidad para la iglesia y pregona abundancia de cosechas de almas. Más bien, si uno examina las Escrituras, el falso profeta siempre habla en contra de ellas. Pero el argumento de cantidad parece ser uno de sus preferidos. Al igual que en tiempo de Elías, la iglesia debe ser confrontada para que decida quién es su Dios, o es el Jesús de la Biblia o es el que la congregación se ha confeccionado a su imagen y semejanza.

Sabemos que el evangelio de Jesucristo no ofrece prosperidad económica a nadie, pero el falso profeta lo anuncia y eso encanta a las multitudes. El hombre natural anhela riquezas y siente pasión por ellas; no le hace falta incursionar en un templo cristiano para alcanzar esa meta. Sin embargo, los llamados cristianos o creyentes sienten la alegría del dinero y en su vieja naturaleza que todavía vive se entretienen de tal forma que aguardan al maestro que le ponga verbo a su necesidad carnal. El falso maestro llega e interpreta que los que buscan el reino de Dios y su justicia tendrán todas las cosas que necesitan; eso es una verdad pero a medias. Esa fue una promesa de Jesucristo para que evitemos las preocupaciones acerca de lo que vestiremos o comeremos, para evitar la queja diaria de la inflación y el dinero. Pero el falso maestro tuerce la Escritura y dice que si queremos riquezas debemos buscar el reino de Dios primero que nada.

Si siembras recoges, si das una semilla cosechas; poco más o menos son las frases de los tele-evangelistas que caminan por el sendero ancho. Ellos se basan en el texto de Pablo acerca de que todo lo que el hombre sembrare eso también segará. ¿Pero dice el contexto de Pablo lo que los tele-evangelistas interpretan? Las campañas de evangelización son adornadas con todo tipo de tecnología sicológica para seducir a las mentes deseosas de oír las  fábulas que agradan a su alma. Un predicador se levanta en la tarima y expone dramáticamente la muerte de Jesucristo, el sufrimiento en la cruz, pero vende la idea de que hizo todo por todos. Ahora le toca a la multitud que acudió al moderno circo romano tomar la decisión por Jesucristo. Todo ello se hace mientras los músicos traen el suave sonido de un himno que llega a las fibras del alma, junto a la voz del predicador que ruega en nombre de Dios para que levanten su mano, para que den un paso al frente.

Muchos no se atreven a hacerlo por vergüenza pública, pero cuando ven que alguien más lo ha hecho, y que otro por allá también se levanta, toma ánimo y como una turba se van levantando uno a uno los que desde ese momento serán llamados cristianos. El pastor de turno proclama un Dios te bendiga, con voz ronca y trémula y el nuevo prospecto es llevado a decir la oración de conversión. Uno más para el camino ancho, seducido en un ambiente de teología corrompida, de un evangelio que predica que Jesús hizo su parte y que ahora te toca hacer la tuya.

El falso profeta habla cuando no es enviado a hablar; en el libro de Jeremías encontramos la clara admonición contra estos señores: Entonces Jehová me dijo: Mentira profetizan los profetas en mi nombre. Yo no los he enviado, ni les he mandado ni les he hablado. Os profetizan visión mentirosa, adivinación vana y el engaño de sus propios corazones (Jeremías 14:14). Dios no los ha enviado a hablar, pero ellos van por su cuenta diciendo que vienen en el nombre de Jehová. Y Jesucristo dejó dicho que debemos guardarnos de los falsos profetas, que vienen vestidos de ovejas, pero que por dentro son lobos rapaces. De manera que lo recogido en Mateo 7:15 es comparable con lo dicho por el profeta Jeremías, ya que es el mismo Dios quien inspiró toda la Biblia. Estos falsos profetas están prestos para contar sus sueños, para decir que Dios les reveló algo nuevo, muy a pesar de que ya la revelación cesó, se cerró y no se puede ni añadir ni quitar a lo declarado por el Señor.  Entonces, lo que Jesucristo nos enseña es que podemos conocer a estos falsos profetas por sus frutos. ¿Cuáles frutos? No son precisamente los frutos de la conducta, pues pueden presentar incluso mejor conducta que los creyentes verdaderos (gracias a su ropaje de oveja). Recordemos que el camino arduo del hijo pródigo no dejó ver que era un falso profeta o maestro, siguió siendo hijo hasta el final y solamente manifestó una caída de la cual fue sacado una vez que le tocó llegar al fondo del dolor del mundo (comer de los algarrobos de los cerdos). Cualquier falso profeta puede manifestar una conducta superior y más ética que la del hijo pródigo, pero no por eso tiene la cualidad de hijo de Dios. Sigue siendo un lobo rapaz. Los frutos del falso profeta están descritos en el texto señalado por Mateo y Jeremías: vestidos de ovejas (el simulacro de la piedad), fiereza de lobo rapaz (irascibles en materia de doctrina, cuando son confrontados con la verdad), dicen que vienen en nombre de Jehová (pero su énfasis los delata porque se les ve que quieren hacer creer que esa es su procedencia: el Señor me envió a decirles, el Señor me reveló lo siguiente, el Señor me dio este sueño, etc.), proclaman visiones que son mentira, proclaman adivinaciones (el Señor me dijo que habrá un gran terremoto), y lo más terrible de todo: proclaman el engaño de sus propios corazones.

EL ENGAÑO DE SUS PROPIOS CORAZONES

Este punto es álgido y merece un acercamiento especial. Ya no basta con decir que el Señor les reveló un texto de la Biblia, como si eso fuese necesario. Por ejemplo, hay quienes proclaman que Dios les reveló que en los postreros tiempos habrá mucha maldad en la tierra. Nosotros sabemos por las Escrituras que eso está escrito, que no se necesita una nueva revelación sobre el tema. Pero estos falsos profetas además de anunciar la palabra de Dios como si les hubiera sido revelada de nuevo a ellos,  ahora proclaman el engaño doctrinal de sus propios corazones, haciendo un gran daño al rebaño.

El engaño de sus propios corazones es la doctrina desviada, torcida, que tienen en su interpretación original y particular de las Escrituras. Ellos hablan su propia palabra y los creyentes incautos celebran la palabra de sus maestros, al punto en que en todo cuanto tienen conflicto interpretativo acuden a ellos para la explicación. Los falsos profetas y maestros son capaces de decirle a sus fieles que deben votar en las elecciones presidenciales por determinado candidato, de lo contrario estarían demostrando que no son salvos. Son capaces de decir que predican el evangelio de la gracia, pero que la interpretación de este concepto debe hacerse desde una perspectiva especial. De esta forma comienzan a torcer el sentido de la Escritura y convierten la gracia en obra. Son los que afirman por poco me convence, pues adaptan la Biblia a su propia ideología. La gracia para los falsos profetas es aquella que Dios ofrece a todos por igual, pero que depende de la actitud que tomemos para que sea eficaz. Esa es una de las tantas sutilezas de los falsos profetas.

Ellos reclaman absoluta sujeción en la iglesia, pues temen perder parte de su rebaño. Bajo esta premisa asustan y coaccionan a sus ovejas para que siempre hagan su voluntad. Son amantes de las ordenanzas, del hacer y no hacer, de la disciplina del sometimiento. Manejan a su antojo la teología de la culpa, como su maestro Satanás el acusador de los hermanos. Si alguien tiene una situación familiar propia de estos tiempos (hijos en desobediencia a los padres o que rechazan el evangelio), entonces estos falsos profetas se ufanan en interpretar esa situación familiar: esto se debe a que usted mostró rebeldía y no participó en el programa dedicado a los jóvenes y a los niños. Son expertos en la hermenéutica libre que les permite dar cuenta hasta del vuelo de un ave rapaz, siempre y cuando eso se acomode a sus intereses personalísimos: controlar el rebaño bajo el gobierno de la culpa.

En los países más pobres (llamados del Tercer Mundo) es habitual que muchos analfabetas se ocupen de enseñar la palabra de Cristo. Estos van a seminarios de pobre calidad intelectual en donde se demuestra baja exigencia y se les prepara en un sistema conductista y doctrinal para que prediquen ese evangelio extraño que han aprendido. Son perezosos en estudiar la doctrina  de la Biblia, buscan la verdad de las Escrituras en el sistema de conducta asceta, en el que todo parece resumirse en fumar o no fumar, beber o no beber, bailar o no bailar. Sin embargo, en los países del Primer Mundo los seminarios preparan intelectualmente a sus falsos maestros y profetas. Más doctos que los otros, adquieren la destreza en el torcimiento de las Escrituras, ejercitando una hermenéutica privada que separa del contexto al texto bíblico. Más allá de estas costumbres, el falso profeta ama repetir versículos de memoria -en especial fuera de contexto-, ajustando la interpretación a lo que más le convenga.

Jesucristo nos dijo que tuviéramos cuidado con estos falsos profetas, no nos mandó a discutir teología con ellos, ni siquiera a predicarles el evangelio o a tratar de corregirlos. Ellos son como los cerdos y los perros a quienes no debemos echarles las perlas, no sea que se volteen y nos despedacen (Mateo 7:6).

El gran fruto de los falsos profetas es la doctrina desviada, ya que por medio de ella se convierten en nuestros carceleros y nos castigan con su sistema conductista de causa y efecto, haciéndonos creer que todo cuanto nos sucede es producto de la obediencia o desobediencia a sus mandatos. Alguien una vez dijo que el diablo se disfraza como ángel de luz pero no puede imitar el amor, ya que le sale el rugido del león. No estoy seguro de si esta aseveración es totalmente cierta, pero algo sí es verdad, el falso profeta no ama porque está incapacitado para hacerlo. Sus ojos, ventana del alma, muestran desprecio por los que son de la verdad. Cuidado con los falsos profetas, porque son lobos rapaces.

Pero el Señor tiene una sentencia contra ellos: morirán y el pueblo que los oye también morirá (Jeremías 16:16). Recordemos que los falsos profetas siempre vendrán disfrazados, nunca vendrán como ellos son porque serían rápidamente descubiertos. Ellos no vienen a la iglesia diciendo que las Escrituras no son la palabra de Dios, ni que están erradas; al contrario, ellos proclaman que la Biblia es la verdad de Dios revelada al hombre. Proclaman la doctrina de la gracia, pero sutilmente introducen herejías perniciosas y enseñan doctrinas de demonios. Tampoco proclaman que lo que predican proviene del demonio, sino que hacen pasar sus argumentos falaces (mentirosos) a través de muchos argumentos verdaderos. Recomiendan muchas enseñanzas tomadas de las Escrituras, se interesan en la escatología, en la convivencia de los hermanos, animan a la congregación a estar unida, a prestarse ayuda unos a otros, todo lo cual es conforme al mandato bíblico. Entonces, ¿cómo conocer a un falso maestro o a un falso profeta? Por la doctrina que pregona, lo que está más allá de su ropaje de oveja. Son lobos rapaces que no cederán en aquello para lo cual fueron enviados: la enseñanza de una doctrina errónea.

Por sus frutos los conoceréis, y estos frutos no son sus acciones y obras, sino su doctrina. Fijémonos en el ejemplo dado por el Señor: el árbol bueno no da fruto malo ni viceversa. No dijo que el árbol bueno está sembrado junto al arroyo, o que está plantado en una colina o en un valle. Tampoco argumentó que el árbol bueno es aquel que se riega todos los días. Simplemente el árbol bueno produce buen fruto, no frutos malos. Un creyente no puede producir doctrinas torcidas, pues eso sería evidencia de ser un falso maestro, un falso profeta. A veces el problema no está en lo que los maestros dicen, sino en lo que no dicen. Un falso profeta puede hablar de la  Trinidad como concepto, puede hablar de cielo e infierno, del matrimonio sin mancilla, contra la fornicación y la homosexualidad, puede hablar de actuar con probidad como para el Señor.  En eso se parece a una oveja, pero su rapacidad la tiene escondida en aquello que no anuncia: esconde la doctrina de la predestinación, por ejemplo, o la transforma en el concepto que se adecue a su ideología. Tal vez Dios predestina, pero de acuerdo a lo que ve en el túnel del tiempo. Ya eso es indicio de ser partícipe de un falso evangelio, del evangelio maldito. Eso es lo que hace un falso profeta, habla de cosas bíblicas pero esconde o tuerce las que no cree.

La recomendación es a estar atentos de manera que no seamos engañados por esos charlatanes, aunque tengan el título de pastor. Pueden ser graduados en seminarios teológicos, pueden ser legos en cuanto a la academia, pero de igual forma son charlatanes que hablan de acuerdo a lo que la gente quiere oír. Ellos no han sido enviados por Jehová, como lo dijo Jeremías; han ido por su propia cuenta o por el envío de su padre el diablo. En ocasiones se han tomado el trabajo pastoral como su fuente de ingreso económico.

En una oportunidad enseñaba en un escuela dominical, pero el pastor no creía del todo en la doctrina de la predestinación bíblica. Se me acercó y me dijo que eso era muy complicado enseñarlo, que la iglesia podía confundirse. Yo le respondí que había que arrancar la mayor parte de las hojas de la Biblia, porque doquier uno leía se hablaba de la soberanía de Dios. Entonces me recomendó lo que a él le dijo uno de sus maestros de seminario: ¿usted cree en la predestinación? ¿Sí? Yo también. Pero lo mejor es guardarse eso para uno y no pregonar lo que trae tanta confusión. Este pastor olvidaba que Pablo dijo que había anunciado todo el consejo de Dios.

Un pastor que niegue la enseñanza de la predestinación es un lobo rapaz escondido en piel de oveja; por eso Jesucristo dijo por sus frutos los conoceréis. Tal pastor no puede producir el buen fruto de ser testigo de Dios, simplemente es testigo del otro evangelio. La Biblia habla de estas personas como de no creyentes, calificándolas de lobos rapaces, perros, locos, malditos, mentirosos, bastardos, hipócritas, cerdos, hijos del infierno, ciegos, serpientes, zorras, hijos del diablo, adúlteros enemigos de Dios, embrutecidos, pertenecientes a la Sinagoga de Satanás. Con estos nombres y adjetivos se engloba a los falsos profetas, aquellos que están bajo la maldición de Dios y que se aparecen como enviados del Altísimo, aunque en realidad no han sido enviados por Él.

No reconocemos a un falso profeta por su vestidura, sino por su fruto. Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y darán grandes señales y maravillas de tal manera que engañarán, de ser posible, aun a los escogidos (Mateo 24:4).  Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme (2 Pedro 2: 1-3).

Sigue el dinero y encontrará al criminal, suelen decir en materia policial; siga al falso maestro o al falso profeta y encontrará a alguien que ama el dinero como la raíz de todos los males. Tener o no tener mucho dinero no es una señal de falsedad en materia espiritual, pero el amar las riquezas de la tierra es un asunto común en los falsos profetas.

Guardaos de los falsos profetas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:55
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