Lunes, 06 de enero de 2014

La soberanía de Dios es de carácter absoluto. Dios no permite que nada de lo que ha creado quede por fuera de Su influencia. Pretender decir que controla la naturaleza pero que se aleja de la voluntad humana ha venido a ser una aseveración ajena a la verdad. Lo cierto es que aún Adán en el Edén estuvo bajo la influencia de su Creador. Se le dijo que no comiera de cierto fruto porque cuando lo hiciera moriría. Prueba de que Dios había preparado a Adán para la caída es el hecho de que el Hijo como Cordero estaba reservado para estos tiempos desde antes de la fundación del mundo.

¿Qué hubiese sucedido si Adán no hubiese pecado? El plan de Dios habría sido burlado por completo, ya que Jesucristo aguardaba desde antes de la creación del primer hombre para entrar en escena. Era imposible que Dios diera la espalda a Adán y lo dejara en un libre albedrío que nunca tuvo, de lo contrario hubiese podido no pecar. Recordemos que Adán estuvo en la época de la inocencia, sin contaminación en su carne con el pecado. Esa situación suya pudo conducirlo a no pecar, pero Dios no lo quiso así porque tenía preparado a Jesucristo para darle la gloria de la redención humana.

Algunos dirán que Dios no tienta a nadie y en eso tienen razón. Quien tentó a Adán fue la serpiente (la cual se llama diablo o Satanás), porque el Señor no necesita tentar a nadie. Pero una cosa es tentar y otra muy distinta es controlar y ejercer su influencia. Las condiciones en las que estuvo el primer hombre en el huerto fueron preparadas para que el pecado entrara en la tierra. Fijémonos solamente que dentro de la absoluta soberanía de Dios el Señor no se opuso en lo más mínimo a que la serpiente se acercara hasta Eva. Dios lo sabe y lo sabía todo, porque todo lo ha planificado desde siempre. Si el Señor no hubiese querido la tentación, simplemente no hubiese aceptado que Satanás entrara en su huerto. Incluso vayamos más lejos, si el Señor no hubiese querido a Satanás en escena no lo habría creado, pero ha dicho: Hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

El poder del Señor es de tal magnitud que cuando el diablo quiso entorpecer el nacimiento del Mesías, Dios no se lo permitió; siempre estuvo detrás de la línea de la cual habría de venir el Cristo. Ni aún la matanza de Herodes sobre los niños perjudicó al hijo de María que habría de vivir lo suficiente para cumplir su propósito. Ni las tentaciones de Satanás sacudieron al Hijo de Dios, ni sus acechanzas a través del pueblo judío que le servía, ni del pueblo romano con sus centinelas. No pudo Judas asesinar a Jesús ni entregarle antes de tiempo; mucho menos pudo infiltrarse en sus filas para traicionarlo. Al contrario, fue Jesús quien dijo que lo había escogido para tal fin, sabiendo que era diablo. Finalmente le dijo: lo que has de hacer, hazlo pronto.

Frente a estos hechos muchos lectores de la Biblia se espantan con los textos que hablan de la más absoluta soberanía del Señor en todos los renglones que uno pueda imaginar. Que Dios escogió a Jacob como objeto de su amor, sin que este mereciera nada (en eso titubean pero aceptan), que Dios escogió a Esaú como objeto de su odio, sin que lo mereciera (acá pegan el grito contra el cielo). Jacob sí, dicen, pues demuestra la misericordia de Dios, pero Esaú no, porque eso sería la crueldad de Dios como Tirano. En todo caso, Esaú se perdió a sí mismo, porque demostró que su tendencia fue siempre de desprecio por las cosas de Dios.

Estos lectores a medias de las Escrituras obvian una línea de un párrafo que utilizan para el amor de Dios hacia Jacob, pero como magos de Faraón la desaparecen cuando han de aplicarla como la voluntad suprema de Dios hacia Esaú. En Romanos 9 se lee que la elección que Dios hizo de estos dos hermanos gemelos fue hecha antes de que hiciesen bien o mal. Veamos ahora la interpretación bíblica de hacer bien o mal; dice David que él fue concebido en pecado por su madre y que fue formado en maldad. Entonces, un óvulo fecundado y maduro ya estaba en pecado y un feto estaba siendo formado en maldad, porque la naturaleza humana cayó y pereció en Adán. No en vano la misma Escritura ha declarado que todos están muertos en delitos y pecados. Por lo tanto, un feto vivo hace mal, hace pecado, pero Jacob y Esaú no hicieron ningún mal cuando fueron escogidos para destinos diferentes. ¿Cuándo fueron escogidos para tal fin? Por cierto, no cuando fueron concebidos por su madre sino mucho antes de la fundación del mundo. De lo contrario, ¿cómo pudo Dios preparar al Cordero para salvación si no tenía a nadie a quién salvar? Ya en su mente estaba todo formado y sus decretos son tanto eternos como inmutables.

Tanto a Jacob como a Esaú escogió Dios antes de que hiciesen bien o mal, el parlamento refiere a ambos hermanos, no a uno solo de ellos. Pretender alegar misericordia para Jacob y justicia para Esaú es pretender ayudar a Dios en el banquillo de los acusados. Dios no ha demandado jamás ninguna ayuda, antes bien Su Hijo le dijo a sus apóstoles que el Hijo del Hombre no había venido para ser servido (ayudado) sino para servir. Nótese que el Dios soberano no necesita nada de sus criaturas, al contrario da todo a ellas. Nos escogió a nosotros y no a la inversa, nos amó y en consecuencia le amamos. La ayuda que los medio lectores de la Biblia intentan suministrar a Dios no es bienvenida. Habla más en contra de los ayudadores que contra la sentencia inamovible del Espíritu en la carta a los romanos.

La condenación de Esaú no es judicial, sino extrajudicial. Los pecados de Esaú cuentan solamente en la medida en que aumentan su castigo, pero el destino para el castigo fue pre-ordenado desde antes de la fundación del mundo (cuando Dios concibió el plan de las edades). Los defensores de Dios se asustan con la idea de que lo acusen de Tirano. De todas formas la acusación ya fue lanzada muchos años atrás, pues John Wesley así lo propuso, por lo cual se rebeló y se burló contra la sentencia de Romanos 9. Incluso el predicador Charles Spurgeon, llamado el príncipe de los predicadores, cayó contaminado con la idea wesleyana al decir la gran barbaridad en sus obras biográficas, acerca de que Wesley merecía ser el nuevo discípulo de Jesucristo, si fuese necesario. El mundo no es digno ni siquiera de desatar su calzado. Spurgeon jugó a dos aguas, por un lado proclamó la soberanía de Dios y refutó la corriente ideológica romanista de Jacobo Arminio, pero por el otro lado se inclinó a darle la bienvenida a John Wesley, el archienemigo de la soberanía de Dios. Su admiración por la fama y por el cuento de la santidad predicada le bajaron el cuello ante la majestad del procaz seudo teólogo que iba de América a su tierra natal (Inglaterra), en visita a las iglesias en tanto fundador del Metodismo.

Spurgeon es célebre por muchos sermones dados, pero en especial por su prédica titulada Jacob y Esaú. Esa todavía se encuentra en internet, hasta que los enemigos de la fe puedan erradicarla como fiel servicio a tan admirado príncipe. En ese sermón dijo que su alma se rebelaba contra la idea de un Dios que recibe a sus pies la sangre del alma de Esaú. En ese sermón torció las Escrituras e hizo desaparecer hacia Esaú, como un mago egipcio, la frase que sí movió a favor de Jacob: antes de que hiciesen bien o mal. Para Esaú hubo un castigo judicial, pues Esaú merecía tal reprobación por haber vendido la primogenitura; para Jacob la sentencia vale porque se trata de la misericordia de Dios.

En otros términos, Dios es soberano para dar misericordia, pero jamás será soberano para endurecer al que quiera endurecer; y si endurece lo hace en la base de un asunto judicial y terreno, nunca en la presunción de un designio o decreto eterno. De todas maneras, si tal hiciera Dios desde la eternidad, de seguro el argumento a seguir sería el más arminiano posible, como lo fue con el señor Wesley, tan admirado por el príncipe Spurgeon. Ese argumento diría que Dios previó el rechazo de Esaú a su primogenitura, por lo tanto no pudo Dios mostrar su misericordia a ese ser humano. Sería como vera algo bueno en Jacob (que buscaba la primogenitura a toda costa) y algo malo en Esaú (como causa del rechazo de Dios). Con esto en mente, las manos de Pilatos fueron lavadas de nuevo y la congregación europea pudo descansar en la magnífica palabra conciliatoria que evitaba un nuevo conflicto con la floreciente sucursal wesleyana que le hacía antagonismo.

No en vano Jesucristo habló de ciegos guías de ciegos, o de los que toman el arado y miran hacia atrás, los cuales no son dignos de él, como tampoco lo fue la mujer de Lot.

La justicia de Pablo fue contada como basura por Jesucristo; la justicia de Spurgeon no debe sufrir menor tratamiento. Si se le considera el príncipe de los predicadores, el propulsor del concepto bíblico de la soberanía de Dios, todo eso puede ser contado como basura a la hora de someterse a la voluntad de Dios. Pero Spurgeon se rebeló contra el Espíritu Santo quien fue el que inspiró a Pablo a escribir las líneas de Romanos 9. Spurgeon hizo las paces con Wesley quien había llamado tirano cruel a Dios por sus decretos de la predestinación, y dijo que merecía ser nombrado uno de sus apóstoles.

Spurgeon ha pasado a ser un santo de los evangélicos, intocable en las iglesias reformadas. Con mi Spurgeon no te metas parece escucharse en muchas latitudes. En realidad ese Spurgeon que pactó con Wesley y que le hizo coro en su interpretación de Romanos 9 es tan perdido como cualquiera de los que él mismo criticó a lo largo de sus prédicas: dijo que el arminianismo no ha llevado a nadie al cielo. Muy bien, tampoco lo ha hecho el calvinismo, de quien fue tan arduo defensor. El mismo Calvino en su interpretación a los Efesios ha señalado que Jesucristo murió por toda la humanidad, sin excepción. Es decir, Calvino, el maestro de Spurgeon, también participó de la herejía arminiana de la expiación ilimitada.

Nada más aberrante que decir que predicar el evangelio es predicar el calvinismo, o viceversa. No solamente es falso, sino que si fuera cierto sería robarle la gloria del evangelio a Jesucristo mismo. Para los calvinistas en general (puede haber excepciones) el arminiano es un ser sub-inteligente, uno que académicamente debe superar algunos obstáculos intelectuales hasta que llegue a entender el enigma o misterio de la predestinación y de la soberanía de Dios. Nada más insultante, que un ciego le diga a otro ciego que han caído en el hueco por culpa de la ceguera del otro.

El asunto de la soberanía de Dios no es un asunto de grados de entendimiento, sino de tipología. Una cosa es la degradación que puede haber entre el color negro y el color blanco, los matices de grises, y otra muy distinta es la diferencia entre una zanahoria y una vaca. El evangelio es binario, no decimal. Se es creyente o se es no creyente; se es salvo o se está condenado; se es de Dios o se es del diablo. No hay decimales, no hay término medio, no hay gradaciones. No es cuestión de alegría el decir que fulano ya no es católico sino adventista y que por eso está más cerca de la verdad. De igual forma el arminianismo no está más cerca de la verdad que el budismo; esa ha sido la trampa satánica más sutil desde la época de la Reforma Protestante. Si bien la vieja data hay que buscarla con los semipelagianos (siglo V) la confección de la mentira nace del pozo jesuita con Luis de Molina. La gracia preventiva es la ilusión de los nuevos magos de Faraón que intentan desviar la atención hacia un evangelio maldito, por ser sencillamente otro evangelio.

A los diferentes evangelios levantados en estos tiempos, a los diversos falsos profetas y maestros que enseñan en los templos o sinagogas de Satanás, no basta con mostrarlos como variantes de una verdad; recordemos una vez más, el mensaje presentado en la Biblia es absolutamente binario: el evangelio de Dios es de Dios, pero el otro evangelio es del diablo y debe ser considerado maldito (anatema), así como a sus seguidores. Como del vivo hay esperanza, los que son llamados de Dios y por Dios oirán y huirán de Babilonia.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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