Mi?rcoles, 01 de enero de 2014

Hacemos planes para que nuestra vida tenga un rumbo diferente cada año, intentamos mejorar  nuestra actitud en relación a lo que nos circunda, pero en ocasiones el fin de cada año muestra la libreta en rojo. De nuevo aparecen las promesas para superar aquello que nos ata a la carne y nos separa del reino del Espíritu, aunque no sabemos si en esta oportunidad vamos a salir gananciosos con nuestras expectativas.

En muchas congregaciones denominadas cristianas la gente ha dejado de creer en el infierno; otros se han vuelto más liberales en cuanto a tolerar tendencias enfermizas entre los feligreses. A primera vista pareciera encantador el ambiente más humanista y menos acusatorio de la feligresía, sin embargo es prudente recordar que el mensaje de Jesucristo sigue siendo el mismo desde ayer. Bastaría con releer el Sermón del Monte para percatarse de que aún se nos sigue diciendo que quien mira a una mujer ajena para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.

Al parecer nada ha cambiado, las admoniciones continúan vigentes en el texto bíblico y nuestra naturaleza busca abrirse paso a través de sus líneas, para que el Espíritu no la acorrale. En la carta a los Romanos el apóstol Pablo nos expuso que la ley ha entrado para decirnos lo que no debemos hacer, pero que al mismo tiempo genera una reacción de hacer en nuestros corazones. Cuando la ley dice: No codiciarás, el pecado toma ocasión por el mandamiento y produce en nosotros toda codicia -porque sin la ley el pecado está muerto- (Romanos 7:7-8). Nosotros conocemos el pecado gracias a que hay una ley que nos advierte del hacer y no hacer; sin embargo, la ley es buena en sí misma, solamente que produce una reacción en nuestra naturaleza que exacerba el pecado.

La bondad de la ley consiste en que gracias a ella conocemos lo que es pecado, y bien sabemos que ella nunca nos hace más pecadores. El beneficio del mandato es que nos anuncia el camino correcto, más allá de que se produzca una reacción en cadena en nuestro corazón que nos conduzca a más pecado. A través de esa ley de Dios podemos reconocer que existen dos situaciones en batalla dentro del corazón del creyente: una carnal que sirve al pecado y otra mental que sirve a Dios (Romanos 7: 25).

El hombre natural que aún no ha sido redimido sirve en esclavitud al error; de igual forma ha sido declarado muerto en delitos y pecados, de manera que no hay quien busque a Dios ni quien haga lo bueno. Esa es una declaración bíblica, desde la perspectiva que Dios tiene de la humanidad caída. Al parecer el hombre natural solamente conoce la atrición mas no la contrición, su arrepentimiento de las malas obras se produce gracias al miedo que tiene frente al castigo antes que por la vergüenza ante el Dios a quien desobedece.

Con esto en mente podemos sentirnos gozosos al saber que nuestro pecado diario generará conflicto diario en nuestras vidas; sabemos que la ley de Dios conviene al hombre, que el Espíritu se contrista en nosotros por nuestras faltas, pero que su anhelo celoso nos conduce a toda verdad. De igual forma, la declaración bíblica nos permite ver que ya hemos sido justificados ante Dios, que Jesucristo anuló en la cruz el acta de los decretos que nos era contraria.

El camino que el creyente ha de transitar es de victoria en medio de las dificultades; el primer enemigo vencido es la muerte, que no tiene más aguijón contra nosotros. El aguijón de la muerte es el pecado y el poder del pecado es la ley, de manera que gracias a Jesucristo somos más que vencedores. Aquellos que suponen que el infierno no existe, o que el castigo eterno es una invención eclesiástica para someter a los fieles bajo el terror, ignoran voluntariamente que la salvación de Cristo es precisamente el rescate de la muerte espiritual hecha en favor de su pueblo.

Jesucristo expió todos los pecados de su pueblo escogido (llamado también sus amigos, sus ovejas, su iglesia), no hubo uno solo de ellos que no fuese lavado en la cruz. En base a esta limpieza hecha con su sangre, el pecado dejó de ser el aguijón de la muerte espiritual del creyente. En virtud de esa declaración podemos preguntarnos junto con Pablo, ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Asimismo, podemos responder con él:  Dios es el que justifica, como también afirmó el profeta Isaías: Cercano está el que me justifica; ¿quién contenderá conmigo? Comparezcamos juntos; ¿quién es el enemigo de mi causa? Que se acerque a mí (Isaías 50:8).

Pero aún existe un gran número de personas que continúan sin vida en el mundo, caminando como zombies espirituales. A estos les parece locura la palabra de la cruz, pero no saben cuán necesario es ser rescatados por medio de la locura de la predicación. El buen anuncio de salvación se sigue proclamando mientras el día dure, en la pro de que muchos lleguen a ser llamados y los escogidos del Padre salgan de las tinieblas a la luz. En ese sentido, Isaías recomendó que si oyes hoy su voz no endurezcas tu corazón; sabemos de igual forma que ese corazón duro como piedra será cambiado en uno de carne que pueda oír y obedecer el mandato de Dios.

Dos lados de una misma moneda, Dios dando vida y el hombre acudiendo al llamado; sin embargo, es el Todopoderoso el que sujeta la moneda en sus manos. Dentro de la soberanía divina está el que este mensaje de salvación sea anunciado por el mundo entero, aunque en igual forma está garantizada la respuesta de aquellos en quienes el Espíritu produce la regeneración o nuevo nacimiento. A este sistema de salvación llamó Pablo la locura de la predicación, pero sabemos que aún lo necio de Dios es más sabio que lo sabio de los hombres.

Para los que piensan mucho y suponen en sus elucubraciones que existe otro mecanismo para acercarse a Dios, decimos con la Biblia que no existe otro método, otra vía ni una mecánica diferente para llegar a Él. Solamente es a través de Jesucristo crucificado y por su gracia eterna e inmutable. Y dentro de la soberana voluntad divina repetimos con Isaías: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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