S?bado, 28 de diciembre de 2013

La reconciliación del  hombre con Dios la hizo Cristo por sus amigos (Juan 15:13). En esta reconciliación caben al menos tres hipótesis: 1) Cristo murió por todos sin excepción y todos son salvos (universalismo); 2) Cristo murió por sus amigos solamente (los elegidos por el Padre desde la eternidad); 3) Cristo no murió por nadie en particular, sino por toda la humanidad, pero su sangre está disponible para quien la quiera tomar (en un banco de sangre al cual los necesitados pueden acudir). Esta última es la tesis arminiana en general.

Vemos que las hipótesis 1) y 3) son similares en cuanto universales, pero se distinguen una de la otra en cuanto al efecto. En 3) solamente son salvos los que acuden voluntariamente a esa sangre de Cristo.  Pero si pensamos que la reconciliación fue hecha por todo el mundo, sin excepción, entonces tendríamos que admitir que Dios está reconciliado con toda la humanidad, sin excepción. De ser así, todos somos amigos de Dios y la expiación universal ha triunfado (más allá de la distinción entre 1) y  3). 

Como la evidencia bíblica es abrumadora en cuanto a la multitud de los que se pierden, la hipótesis número 3) ha aparecido para darle una salida elegante a la presunción de universalidad en la expiación de Jesucristo. Con 3) en mente, toda la carga de la muerte eterna descansa solamente en el hombre y Dios es liberado de una acusación de injusticia que solamente es hecha por el objetor de la Biblia. Esa defensa hecha a Dios no le hace mucho beneficio ya que son muchos los que no se han enterado de ese beneficio, desde la muerte expiatoria de Jesucristo.

Como el objetor se opone a la idea de un Dios que predestina en sentido doble (a vida y a muerte eterna, bajo la figura usada por el Espíritu en Romanos 9 cuando habla de Jacob y Esaú, escogidos antes de que hicieran bien o mal), la defensa a Dios no solicitada por Él resulta inútil. Además de la arbitrariedad de la cual es acusado el Creador, una nueva mancha aparece en su nombre: ahora es negligente porque no ha procurado adecuadamente que todos los seres humanos se hayan enterado del beneficio desde la cruz misma. La defensa realizada bajo la hipótesis 3), sin querer, acusa a Dios de descuidado porque muchos son los que ignoran el supuesto beneficio universal de la cruz, sin llegar a decidir si acceden o no a esa sangre salvadora.

Cabe agregar que la enemistad del mundo con Cristo y de Cristo con el mundo (Santiago 4:4) carecería de sentido si ya todos hemos sido reconciliados con Dios y Jesucristo ha pasado a ser nuestro amigo. En síntesis, la hipótesis 3) genera las siguientes interrogantes: 1- Como ya dijimos, ¿qué pasó con aquellos que nunca oyeron de la existencia de ese banco de sangre en Jesucristo?; 2- ¿Cómo pueden acudir a él los que no desean buscar a Dios? ¿Cómo acudirán a él los que están muertos en delitos y pecados?

La  Biblia ha declarado que la humanidad entera pereció en sus delitos y pecados (Efesios 2:1) y que no hay quien busque a Dios (Romanos 3:11-18). En tal sentido, urge el nuevo nacimiento, la vuelta a la vida espiritual por parte de la acción del Espíritu Santo. Pero Jesucristo dijo que solamente aquellos a quienes el Espíritu diera vida podrían ir a él; de manera que se entiende que no a todos da vida el Espíritu. Si todos fuesen resucitados espiritualmente, todos serían salvos, asunto que no sucede según la declaración bíblica pues hay muchos en el infierno de fuego y se irán muchos más hasta el fin de los tiempos (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

ENEMIGOS RECONCILIADOS

Dice la Biblia que nosotros éramos hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:3), pero que fuimos reconciliados con Dios (Romanos 5:10). Estuvimos apartados en otro tiempo, ocupando la mente en las malas obras, pero ahora hemos sido reconciliados, sin enemistad alguna. El Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios en tanto nos ayuda a pedir como conviene ante el Padre, de tal forma que podamos decir Abba Padre (Padre querido); asimismo, intercede por nosotros con gemidos indecibles, nos conduce a toda verdad y se contrista en medio nuestro cuando tendemos hacia la vieja naturaleza.

También asegura la Biblia que quien no tenga el Espíritu de Cristo no es de Dios porque la única forma de tenerlo es que hayamos nacido de nuevo por el Espíritu mismo. Eso es una obra absoluta de Dios (Juan 3) de manera que no depende de voluntad humana alguna. Ese mismo Espíritu nos anhela celosamente, por lo tanto siempre nos transmitirá las cosas que Cristo quiere que sepamos de él. Existe para el creyente una garantía triple de protección en materia de salvación: Estamos en las manos del Padre, en las manos de Cristo y con el Espíritu Santo como arras de nuestra final salvación (Juan 10:28-29 y Efesios 4:30).

En Romanos 8 leemos que nadie nos puede separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, por lo tanto ese nadie nos incluye a nosotros mismos. Ni aún nosotros podemos separarnos de la protección del Padre, del Hijo y del Espíritu. Como la salvación nunca ha dependido de nosotros sino que hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe, todo lo cual es un don (regalo) de Dios, tampoco podremos desprendernos ni renunciar a la dádiva divina. Es cierto que hay creyentes que son inmaduros o poco espirituales pero no son de la carne sino del Espíritu. De tales creyentes Pablo refirió que los mismos serían salvos como de un incendio, si bien la obra de los tales sería quemada (pasada por el fuego) como si fuese heno, madera u hojarasca (1 Corintios 3:15).

Pero esta salvación tan grande no merece ser descuidada sino que debemos más bien ocuparnos de ella con temor y temblor. Esta es una gracia que nunca dependió de nuestra voluntad, sino de la voluntad eterna del Padre. Porque Él nos amó (nos conoció, en sentido bíblico, como Adán conoció a Eva su mujer), nos predestinó para que fuésemos hechos conformes a la imagen del Hijo. Esa sola razón sería suficiente para que nos ocupemos con reverencia de esta tan grande salvación. No en vano se nos ha dicho que Dios nos suplirá todo lo que nos falte conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:19); esta seguridad tenemos, que quien no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, también nos dará juntamente con él todas las cosas. El ocuparse del reino de Dios y su justicia hace que todas las cosas que nos son necesarias nos sean añadidas.

Como estamos reconciliados por la muerte del Hijo, mucho más seremos salvos por Su vida.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:37
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