Viernes, 13 de diciembre de 2013

Cualquiera puede suponer que la simple lectura de Juan 14:12 implica que los cristianos tenemos súper poderes. La promesa de Jesucristo a sus apóstoles puede generar tal expectativa y desilusionar a muchos. Pero como Dios no miente, entonces urge la clarificación de lo dicho en ese texto mencionado. Entendemos que lo que Jesús hablaba a los apóstoles lo refería de igual forma a los futuros creyentes, pues del texto se desprende tal idea: El que en mí cree, las obras que yo hago también las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy al Padre. La expresión el que en mí cree alude a cualquier creyente de la fe de Cristo y no se limita únicamente a los apóstoles.

Me permito acá citar un trabajo que se encuentra en internet, perteneciente a Tom Schreiner, el cual considero bastante apropiado para clarificar la interpretación del texto en estudio. Las grandes obras que Jesús tiene en mente (mayores obras) se refieren a las que hace el Espíritu Santo en los corazones de los creyentes, una vez que Jesús haya ido al Padre. Recordemos que él había prometido un Consolador (el Parakletos), el Espíritu que estaría con nosotros todos los días. Si imaginamos un poco, recordemos la relación de Jesús con la mujer samaritana. Fue un contacto inusual pero momentáneo, aunque ella corrió dando voces de que había hablado con un ser especial. De igual forma, el mayor tiempo en esta tierra durante su ministerio la pasó Jesús con sus discípulos, por lo tanto existía una limitación física en los creyentes para estar con Jesús. Muchos le seguían en barcas, otros a pie; María y Martha tuvieron que esperar a que Jesús las visitara. Pero con la venida del Espíritu la limitación nuestra cambió y ahora tenemos al Señor todos los días junto a nosotros.

Según Schreiner, las mayores obras no se refieren a milagros, ya que cuando los evangelistas relatan estos hechos sobrenaturales especiales prefieren nombrarlos como señales. La palabra griega para mayor, grande, no se refiere a cantidad o número sino a calidad. El vocablo griego para cantidad es polla, de donde viene nuestro poli, como en el ejemplo de polivalente, algo de mucho valor o muchos valores. Strong nos dice que el vocablo meizon (μείζων) usado por Juan en ese verso significa el más grande, el más largo, el más fuerte o viejo, pero tiene más que todo un sentido figurativo, lo cual nos conduce a la idea de algo cualitativo: más o mayor.

Por lo que nos muestra Schreiner, en el evangelio de Juan normalmente se hace referencia con este vocablo meizon a cosas que son más grandes en cualidad, por ejemplo: Jesús le dijo a Pilatos que quien le había entregado a él tenía el mayor pecado (acá el pecado de Judas es el más grande en tamaño, no en número). Otros ejemplos serían: Juan 4:12,12 ¿Eres tú mayor que nuestro padre Jacob...? ; Juan 5:36, Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; Juan 8: 53, ¿Eres tú mayor que nuestro padre Abraham...? ; Juan 10:29, Mi Padre que me las dio, mayor que todos es y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre; Juan 13:16, ...el siervo no es mayor que su Señor.        

Como vemos por estos ejemplos, el vocablo usado por Juan (meizon) nunca puede referir a cantidad sino que siempre toca la idea de cualidad. Si Juan hubiese querido señalar más obras en cantidad, de seguro hubiese utilizado el vocablo griego polla. La vida espiritual que los creyentes van impartiendo a medida que propagan el evangelio y es aceptado es mayor que sanar a un cojo o darle la vista a un ciego. Al menos es cualitativamente superior. Por supuesto que las obras que el Hijo hizo en la tierra no son superadas en la gloria mostrada, pero nosotros haremos cosas semejantes (obras) y aún mayores, no en la gloria mostrada por el Hijo sino en el contexto de la evangelización a todo el mundo. Son relevantes, tanto más que hacer andar a un paralítico, si bien los paralíticos que caminaron dieron la gloria de lo imposible al Dios del cielo y de la tierra. La manifestación de los milagros de Jesús dieron fe de su gloria y divinidad; lo que hagamos nosotros no dará fe de nuestra gloria ni de nuestra divinidad. En eso es muy diferente, pero sí serán iguales o mayores en cuanto al alcance físico del reino y en relación a la conquista de las almas escogidas de antemano para redención.

Además, el recibir el Espíritu Santo por la mediación del anuncio del evangelio que se recibe es en todo momento una obra superior a sanar a un cojo o a limpiar a un leproso. Por eso el Señor se refirió a ríos de agua viva que correrían del interior del creyente.

Lucas 10:20 atestigua de la importancia de algo que supera a todas las obras que podamos hacer: el hecho de que nuestros nombres están escritos en el cielo. Esa es la alegría que debemos manifestar, por cuanto no depende de nosotros ni siquiera de nuestra evangelización. Es indudable que el Señor salva a través de la predicación del evangelio, y nosotros podemos ser sus instrumentos; pero nadie podrá creer si su nombre no está escrito en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Jesús lo dejó muy bien instituido, que nuestra alegría debía descansar en ese hecho, no en obras de carácter natural o sobrenatural, como sujetar demonios, hacer milagros o incluso predicar el evangelio.

En síntesis, todas estas obras iguales o mayores a las que el Señor hizo fueron posibles porque Jesús subió al cielo y está a la diestra del Padre; en consecuencia, el Espíritu Santo descendió como lo había prometido, y el día de Pentecostés comenzaron esas grandes obras a suceder en medio de la iglesia. No me refiero al don de lenguas (lo cual fue algo extraordinario y era una señal más bien adversa para los judíos, como bien interpreta Pablo a Isaías, en 1 Corintios 14), sino al hecho de que el Espíritu ahora habita en los corazones de los creyentes. Más allá de que el Espíritu es las arras de nuestra salvación, él intercede por nosotros con gemidos indecibles, se contrista cuando pecamos, testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si alguno no tiene este Espíritu, el tal no es de Cristo. Esa es sin lugar a dudas una gran obra que siguió a los apóstoles, aunque esa no es hecha por ellos ni por nosotros sino más bien por quien hace que hagamos las buenas obras preparadas de antemano para nosotros.

UNA GRAN CONTROVERSIA

La importancia del Espíritu Santo en la iglesia no cesa en ningún momento; pero los dones que fueron impartidos en la Iglesia Primitiva para dar el impulso necesario como marca de identidad a la iglesia incipiente parecen haber cesado. Hay quienes sostienen que los dones ligados a revelaciones, que fueron prominentes en la vida inicial de la iglesia, desaparecieron una vez venido el canon de la Escritura. Estos dones de revelación se daban a través de los apóstoles, profetas, por el hablar en lengua y gracias a los intérpretes de lenguas. Por curiosidad, estos dones son todos de expresión verbal (más allá de que hubo visiones o sueños, aún éstos fueron canalizados por el verbo). La sombra de un apóstol pudo operar el don de sanidad, pero allí no hubo manifestación verbal necesaria.

Lo que en un momento era desconocido se dio a conocer, se reveló o se le quitó el velo. Dios se reveló de diversos modos, pero ahora lo hizo por el Hijo (Hebreos 1:1-2); esto obedece a la libre iniciativa de Dios, en forma pública sin que medie interpretación esotérica alguna. La Escritura se interpreta con la Escritura, pero jamás por intermedio de revelaciones sucesivas. Ni la revelación ni la interpretación han de ser privadas, son públicas pero sujetas al Espíritu de Dios. La revelación fue cerrada definitivamente (como se desprende del libro Apocalipsis de Juan).

La perfección de la doctrina de Cristo no amerita más revelación; por algo el Dios del cielo dijo del Hijo en su bautismo que le era amado, a él oíd. En ese Jesús están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y conocimiento (Colosenses 2:3), en tal sentido Pablo se propuso conocer solamente a Jesucristo y tomó todo lo demás como basura. ¿No nos basta con la doctrina de Jesucristo, que hemos de buscar otras revelaciones?

¿QUE ES LA PROFECIA?

Es la proclamación de una revelación divina, antes que una predicción del futuro. Deuteronomio 18:15 es la clave para comprender la magnitud del profeta y de la profecía. Muchos indicativos se dan en el capítulo 18 cuando Moisés habla al pueblo acerca de la conducta a asumir una vez entrados en la tierra prometida. Precisamente se les advierte contra la forma profana de profetizar de esos pueblos, agoreros y hechiceros, que consultan a pitones (serpientes) y a magos, hacen sortilegios y escuchan a los adivinadores. El verso 15 dice así: Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis. Es cierto que después de Moisés muchos profetas de Dios vinieron para ser voceros del Altísimo y orientar a  su pueblo, para amonestarlo y para edificación de Israel. Sin embargo, ninguno de ellos fue de la estatura o de la misma semejanza de Moisés.

Muchos comentaristas de la Biblia señalan que este futuro profeta es Jesucristo. En 1 de Pedro 1: 10 al 12, podemos contemplar una retrospectiva hecha por el apóstol acerca de los profetas que profetizaron el advenimiento del Mesías. Era el mismo Espíritu de Cristo el que les instruía a ellos, afirmó Pedro. Aquellas personas se convirtieron en administradoras de una información que no llegaron a mirar en su realización, pero que guardaron para nosotros y para quienes ahora es predicado el evangelio. Este profeta (Jesucristo) no solamente enseña, sino gobierna y salva. Así como Moisés se manifestó con prodigios y señales en medio del Faraón y del pueblo de Dios en el desierto, Jesucristo, el Hijo de Dios, el profeta prometido, actuaría con grandes señales (como Moisés). Con la diferencia de que además gobernaría y salvaría a su pueblo eternamente.

Tal vez quien más se acercó al modelo de Moisés fue el profeta Elías, quien fue traspuesto al cielo. No en vano el pueblo de Israel creía que Jesús era el Elías que había de venir. De manera que si el Padre tuvo a bien decir públicamente que Jesús era Su Hijo amado, en quien se complacía, y que por lo tanto debíamos oír, no esperemos nuevas profecías ni nuevos profetas.

Profetizar es tener la capacidad de hablar las palabras que Dios da al profeta. Si en el pasado Dios habló por medio de profetas, hoy nos habla por medio del Hijo. ¿Necesitamos más profetas o profecías, o más actividades proféticas? Solamente en aquellos en los cuales la Palabra no es suficiente es necesaria una extraña profecía, como la que se proclama a través del evangelio diferente.

Pero en el Nuevo Testamento Pablo nos recomienda profetizar. Esto debemos entenderlo en el sentido no de vaticinar el futuro, o en el de recibir una nueva revelación (como si hubiera un nuevo evangelio), sino como el acto de proclamar la palabra divina ya revelada. El don de lenguas en el Nuevo Testamento está ligado a la profecía, como se desprende del discurso de Pedro en el libro de los Hechos, cuando hace referencia al profeta Joel acerca de los sueños y las visiones (que no precisamente de las lenguas). La interpretación de lenguas presupone la revelación de un contenido lingüístico necesario para el oyente, por lo cual se liga por naturaleza al hecho profético o de revelación. Los misterios expresados por el hablante en lenguas extranjeras son cosas desconocidas, que eran dignas de revelación. Pero de nuevo, si ya todo ha sido revelado cuando la Escritura se concluyó por la actividad apostólica y profética, mediante la inspiración del Espíritu Santo, ya no es necesario el don de lenguas.

Si como Pablo dijo, quien habla en lenguas habla a Dios y por el Espíritu habla misterios (1 Corintios 14:2), estos misterios debían ser revelados a través del intérprete o del hablante en lenguas. Pero como ya ha venido lo perfecto (la Palabra de Dios escrita), no se acepta ninguna otra revelación más. El mismo apóstol Pablo declaró y advirtió contra los que traen un evangelio diferente al que él predicó: ni un ángel del cielo puede ser aceptado si viniere con un evangelio extraño. Podríamos incluir por extensión de la expresión ni un ángel del cielo a ni que las declaraciones vengan por lenguas extranjeras en forma sobrenatural. Ya todo lo que necesitamos saber fue dicho y no puede haber un nuevo fundamento sino aquello que ya ha sido echado como base: la doctrina apostólica y Jesucristo mismo como piedra del ángulo fundamental. La edificación la hacemos sobre esas bases, pero no con más revelaciones.

No dijo el autor de Hebreos que Dios habla en este tiempo, sino que Dios ha hablado en este tiempo, dando a entender con ello que todo quedó sellado en tiempo pasado. Ahora nos ha hablado por el Hijo, pero si no es suficiente que le oigamos, a pesar de que el Padre eterno lo dio como mandato (a él oíd), entonces ya no queda más esperanza sino una horrenda expectación de juicio y un poder engañoso para los que no quisieron oír la verdad sino que la detienen con impiedad.

César Paredes

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BIBLIOGRAFIA

THE GREATER WORKS IN JOHN 14:12 Tom Schreiner

http://www.sbts.edu/documents/tschreiner/John14_12.pdf


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:58
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