Lunes, 11 de noviembre de 2013

Una muestra sustancial de la calidad de nuestros pecados ha sido dada por los dos ladrones en la cruz. Eran dos malhechores, igualmente culpables y meritorios del castigo infligido. Tal vez fueron sediciosos contra el Imperio Romano, lo cual se castigaba con la pena de muerte. Posiblemente habían cometido asesinatos, hurtos, robos u otros tipos de crímenes que dañaban a la sociedad. Lo cierto es que allí estuvieron colgados cada uno en un madero, con sus manos clavadas al cerco y sus pies en forma similar. No podían moverse a sus anchas, sufrían cruento dolor y apenas pudieron tener unas palabras de conversación. Los síntomas sufridos por el Salvador fueron en gran medida también su padecimiento: sed, deshidratación, dolor. A todos les gritaban los judíos como enemigos, a lo mejor uno que otro amigo o familiar estuvieron contemplando sus vicisitudes en la hora de su muerte.

Lo cierto es que uno de ellos fue visitado por el Espíritu Santo, quien le llevó al reconocimiento de que Cristo era el Señor. El otro continuó en su naturaleza con sarcasmos contra el Dios no conocido, a quien le decía que si él era el Cristo que se salvara a sí mismo y lo salvara a él. El Señor no le respondió nada, pues no tenía palabra que decirle. No le predicó un sermón express de última hora por si acaso se salvase; no, el Señor sabía desde antes de la fundación del mundo que él no iba a morir por ese ladrón, que aunque estaba a su lado no lo representaría en la cruz. En cambio, el otro fue escuchado y el Señor le prometió que ese mismo día estaría con él en el Paraíso.

Dos hombres con dos destinos finales, aunque con una misma naturaleza pecadora. Uno de ellos fue cambiado por el Espíritu Santo y el otro siguió siendo endurecido por la voluntad del Padre (aunque para eso haya dejado su naturaleza en enemistad intacta contra Dios).

Una situación parecida la vemos entre dos de los doce apóstoles. Pedro y Judas negaron al Señor. Pedro daba maldiciones diciendo que no lo conocía; cuando persistían con el argumento de que él era uno de ellos llegó a jurar que no lo era. Hizo todo lo posible por alinearse en contra del Señor. Judas también lo negó, pues al venderlo por treinta piezas de plata estaba negando la bondad recibida en poco más de tres años de compañía, estaba diciéndole un rotundo no a los milagros de los panes y los peces, al agua transformada en vino, a los paralíticos que caminaron, a la resurrección de Lázaro. Su visión fue muy estrecha, solamente quería una sedición contra el Imperio Romano y la función política que tal vez le convertiría en una persona importante. No reconocerlo como el Hijo de Dios, el Cordero sin mancha, inocente, que no merecía morir en esa cruz, era también negarlo.

Si los dos negaron al Señor, ¿por qué salvó a Pedro y no a Judas? Jesucristo le había dicho a Pedro que había orado por él, para que su fe no fallara, a pesar de que lo iba a negar; Satanás lo había pedido para zarandearlo como a trigo. Esa oración del Señor salvó a Pedro; pero Jesús no oró por Judas como bien se supo en la noche previa a su muerte, cuando en el Getsemaní exclamó: no ruego por el mundo (Juan 17:9). Judas había sido apartado desde antes de la fundación del mundo para ser hijo de perdición, por lo tanto Jesús no perdió tiempo orando por el mundo. La diferencia entre Pedro y Judas (pese a sus semejanzas en cuanto a la naturaleza pecaminosa) es la misma diferencia entre los dos malhechores crucificados junto al Señor. Fue la misericordia de Dios la que hizo la distinción, la que permitió dos destinos finales totalmente opuestos. Esto nos enseña que nadie debe gloriarse en sí mismo, como si hubiese algo digno en sus miembros que permitiese la gracia de Dios. Al contrario, todos somos hechos de la misma masa (Romanos 9) de manera que compartimos las mismas cargas del pecado; la diferencia ha sido hecha en el sacrificio que hizo Jesucristo en la cruz, al derramar su sangre como Cordero expiatorio por el pueblo que representaba (Mateo 1:21).

Nos ocurre a veces, que tenemos nuevos amigos que pueden ser más simpáticos que los viejos conocidos. Compartimos con ellos alguna comida, algunos ratos de alegría y, a pesar de declararnos creyentes y tratar de exponerles el evangelio de Jesucristo, ellos siguen siendo ajenos a la verdad. No obstante, su simpatía se mantiene y al cabo de ciertos días estamos envueltos en las mismas costumbres de ellos, en aquello que criticábamos como creyentes. Mi intención al decir esto no es otra que mostrar la naturaleza de pecado que nos acompaña en esta vida, lo cual nos recuerda que todos estamos hechos del mismo barro. Somos como Pedro negando al Señor cuando no condenamos las obras perversas que vemos alrededor. No obstante, cuando nos recogemos para meditar descubrimos una vez más que la diferencia entre aquellos y nosotros la ha hecho el Señor.

Quisiéramos como Pablo ser anatemas por causa de los que son nuestros parientes según la carne, para que entren en este gozo del Señor. Pero eso no es posible para nosotros, por cuanto depende exclusivamente de la voluntad soberana de Dios. Cuando Pedro le preguntó al Señor acerca de cómo iba a morir Juan, Jesús le respondió que ese no era su problema, sino que le siguiera.

Debemos estar alertas para no alinearnos contra el Señor, contra la Escritura, contra la doctrina apostólica. Alinearse con el mundo no deja buenos beneficios; más bien, el mayor favor que un pecador puede recibir es haber sido aceptado por Jesucristo, haber tenido el favor de Dios. Ese fue el favor que recibieron Pedro y el ladrón en la cruz.

Este gran amor de Dios en nosotros genera un rechazo automático del mundo, como le sucedió a José con sus hermanos. Estos lo odiaron porque era el preferido de su padre Jacob; sin embargo, José no se alineó con ellos ni sucumbió ante la adversidad porque entendió que ese odio provenía del mundo (sus hermanos) pero nunca de su padre. Esa es la manera en que tenemos que vivir en este mundo, bajo la conciencia del gran amor de Dios que nos predestinó para ser semejantes a su Hijo.

El estándar de la justicia de Dios hace que Él castigue a unos con la muerte eterna, pero hace que sobre sus hijos caiga Su disciplina. A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades (Amós 3:2). El amor de Dios implica castigo para sus amados; no se nos ha dicho que estaremos exentos de la tribulación del mundo (pues allí tendremos aflicción y el mundo nos odia porque odia al Señor), pero tampoco escaparemos de la disciplina de Dios. Pero como Noé en el Arca, así nosotros en Jesucristo. El diluvio cayó sobre la faz de la tierra y hubo malestar con tanta muerte acaecida; no obstante, Noé fue protegido aunque sufrió el trabajo de hacer el navío, de pregonar lluvia cuando jamás había llovido. Asimismo,  perdió a otros familiares que no subieron a la nave, estuvo encerrado por varios días y sometido al vaivén de las olas. Muchos pensamientos extraños pudieron pasar por su mente, si bien estuvo protegido al mismo tiempo.

Hay una pregunta que se hizo Asaf, uno de los salmistas de la Escritura: por qué su pueblo era afrentado, escarnecido y burlado por sus vecinos. El inquiría en relación al tiempo: ¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿Estarás airado para siempre? (Salmo 79:5). Pero Asaf oró también en otro sentido, pidió juicio contra sus enemigos: Derrama tu ira sobre las naciones que no te conocen...porque han consumido a Jacob (Salmo 79:6-7). Asaf supo que Dios tenía el control de todo lo que le acontecía, porque la pregunta así lo indica: ¿hasta cuándo? Es decir, Dios estaba controlando la aflicción que le agobiaba. Pero Asaf también oró de otra forma: No recuerdes contra nosotros las iniquidades ... vengan pronto tus misericordias ... por la gloria de tu nombre.

El ladrón en la cruz reconoció que él merecía el castigo, pero rogó al Señor de la gracia que se acordara de él cuando viniera en su reino (e increpó a su colega que zahería al Señor). El ladrón nunca se creyó con méritos para ser salvado, más bien apeló a la misericordia del Salvador; Pedro lloró amargamente cuando el Señor volteó a mirarlo, después de haberlo negado y de que el gallo cantase. 

POR LA GLORIA DE TU NOMBRE

Muchos hoy día argumentan que ellos aceptaron a Cristo como su salvador personal; que levantaron la mano en una iglesia; que repitieron la oración de fe. Esa es la gloria personal de quien se salva a sí mismo. Los Semipelagianos creyeron que el libre albedrío humano llevaba la iniciativa del hombre hacia Dios y por ende Dios los ayudaba: de allí la frase católica romana de ayúdate que yo te ayudaré. Los arminianos fueron un poco más astutos para ocultar la herejía semipelagiana; aferrados igualmente a la ficción del libre albedrío, dejaron la iniciativa a Dios y dicen: ya el Señor hizo su parte, ahora le toca a usted hacer la suya. Para pretender lograr ese objetivo han echado mano de la gracia habilitante, concepto jesuita de Luis de Molina; pero de igual forma el hombre se lleva la gloria final. Asaf no da pie a semejante herejía, simplemente reconoce que las misericordias de Jehová, así como el castigo a sus enemigos, vienen por la gloria de tu nombre.

El malhechor crucificado dejó toda la gloria al Señor, supo que no tenía ni siquiera la opción de discutir acerca de su pasado atroz; reconoció sus faltas y reprendió al enemigo que injuriaba al Señor. Por fortuna,  no hubo ningún predicador a su alcance que le exigiera levantar la mano para ser salvo, porque las tenía clavadas en el madero. Es lógico suponer que si el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, y fue manifestado en nuestros tiempos para beneficio de su pueblo, la salvación no depende de nosotros en lo más mínimo. Mucho menos cuando sabemos que Jesucristo no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado (que incluía a los que habrían de creer por la palabra de aquellos). La salvación pertenece a Jehová y Él tiene misericordia de quien quiere tenerla.

La oración de Jesucristo en Getsemaní es nuestro ejemplo porque en ella valoramos lo que es pertinente pedir y lo que es inútil exigir. La actitud del Mesías en la cruz lo demuestra en la práctica, pues no le pidió al que estaba a su izquierda que se arrepintiera o que hiciera como el que estaba a su derecha; antes bien guardó silencio ante los improperios y las sandeces que su enemigo le decía (enemigo en cuanto miembro del mundo).

Y es que Jesús, la noche antes de morir, no había rogado por ese ladrón perdido, sino solamente por el que el Padre había incluido desde antes de la fundación del mundo. Este hombre no tuvo tiempo de bautizarse, de tomar la cena en memoria del Salvador, de memorizar textos de la Escritura, de predicar el evangelio del reino a todo el mundo. Ni siquiera supo lo que era una reunión en una iglesia, pero de igual forma comprendió por el Espíritu Santo que Jesús era el Salvador y que podía pedir misericordia. Su oración no consistió en un enumerado de obras para conseguir lo anhelado; su oración descansó en la gracia de Jehová: acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino. La fe que es un regalo de Dios siempre se dirige hacia Jesucristo crucificado.

¿DONDE ESTA TU DIOS?

Esta es la gran pregunta de siempre, ¿dónde está tu Dios? La respuesta que la mayoría da refiere al ídolo que se ha forjado, llámese Jesús o Jehová, pero un imaginario concebido según las necesidades de cada quien. Es el mismo Dios que yo elegí, que yo acepté; de manera que yo hice posible la salvación porque aproveché la oportunidad que tuve. Ese es el mismo Dios que hizo todo lo que pudo para salvar a la humanidad, pero que está esperando con los brazos abiertos a cada quien que se acuerde de ir hacia él. No hay tal Dios en la Biblia, sino el único soberano que hace como le place. A quien quiere endurecer endurece, y al que quiere salvar salva, pues todo lo hace para su propia gloria.

Hay un mensaje popular de salvación que las masas pueden escuchar; por doquier se fundan organizaciones religiosas con los adjetivos que más gusten y sus bancas están llenas. Pero no hay que descorazonarse pues a cada rato aparecen sucursales, franquicias, nuevos edificios que le asegurarán una membresía. Tal vez la iglesia sea uno de los clubes con más seguidores en el planeta, siempre y cuando se aferre al evangelio popular. Estos modernos centros religiosos predican a un Jesús que es bondad absoluta, que desea hacerle rico y próspero, devolverle la salud que perdió o la familia que lo dejó. Está dispuesto a usar su fuerza para sacarle los demonios, pero no va a forzar nada que tenga que ver con su sacrosanta voluntad.

Ese Dios es el que la gente que pregunta quiere encontrar, porque de otra forma no preguntarían. Los enemigos habían asolado al pueblo, al punto en que ni siquiera hubo quien enterrara a sus muertos; el vecindario escarnecía al salmista y a otros más que estaban desolados. Pese a que Asaf había exclamado ¿hasta cuándo, oh Jehová?, pues reconocía que ese mal venía del cielo, los que estaban a su alrededor le preguntaban ¿dónde está su Dios? Tal vez tu dios sea igual al mío, es la inquietud del que pregunta. Pero el mal ladrón a la izquierda del Señor desafiaba su poder y su divinidad, de la misma forma que el mundo nos interroga acerca de nuestro Dios en medio de la calamidad. A Pablo lo mordió una víbora después de un naufragio, y todos pensaron que era un perverso a quien la divinidad perseguía, si bien todo sucedió según el propósito de la gloria de Dios.

La oración que el Espíritu le indujo a Asaf ante la pregunta hecha por los enemigos fue muy certera. Sea notoria en las gentes, delante de nuestros ojos, la venganza de la sangre de tus siervos que fue derramada. Llegue delante de ti el gemido de los presos; conforme a la grandeza de tu brazo preserva a los sentenciados a muerte, y devuelve a nuestros vecinos en su seno siete tantos de su infamia, con que te han deshonrado, oh Jehová (Salmo 79:10-12). El gemido de los presos es la clave en esta plegaria, pues bajo esa condición estamos despojados de nuestro YO. Un gemido basta, así como el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles (Romanos 8:26).

Ante la calamidad personal, social, pública o privada, nuestros enemigos siempre se preguntarán dónde está nuestro Dios. Ellos conocen que somos diferentes, no por nuestra esencia, sino por quien nos conduce. Ellos conocen la diferencia entre Pedro y Judas, entre los dos malhechores en la cruz junto a Jesús. Pero de igual forma se gozan en preguntar ¿dónde está tu Dios? Nuestra respuesta debe imitar la de Jesucristo cuando guardó silencio frente a las impertinencias del que estaba a su izquierda; de igual forma debe ser la del ladrón arrepentido que siguió conversando con el Señor; la de Pedro que lloró amargamente cuando Jesús lo miró, pero que fue restaurado (convertido) hasta pastorear a sus hermanos. ¿Dónde estuvo Jesús mientras la tempestad azotaba la barca con sus apóstoles adentro? Estaba dormido y se levantó al llamado para reprender las aguas y los vientos; él es el Señor de las tormentas, es también el Señor de las calamidades ocurridas al pueblo de Israel. Por eso Asaf lo reconoce como soberano, pues su clamor inicial fue ¿Hasta cuándo, oh Jehová? Con ello reconoció que el Señor controlaba cada detalle de lo sucedido, pero reveló en su discurso que todo ocurría para Su propia gloria.

Nuestros enemigos se jactan con la pregunta que presupone el abandono por parte del Señor, pues más que una preocupación mostrada es una inquisición retórica la que hacen. Al parecer su Dios ya no está con ellos (inquisición que añade más angustia para el afligido); han sido alcanzados en sus iniquidades. En otro salmo, los hijos de Coré también clamaron en forma parecida: Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? (Salmo 42:3). En el mundo se ayudan unos a otros mientras puedan, se defienden y se excusan por sus errores. Pero si un hijo de Dios cae en tropiezo, o es visitado por la disciplina del Señor, entonces serán aquellos los primeros en preguntarnos ¿dónde está tu Dios? Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿dónde está tu Dios? (Salmo 42:10). ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios? (Joel 2:17).

Los dioses de nuestros enemigos están a la vista, pueden ser el sol o la luna, sus imágenes en oro, plata, bronce, madera y piedra; dondequiera que ellos los busquen los encuentran. Hay quienes han tallado imágenes de animales, hay otros que lo imaginan de una forma distinta al Dios de las Escrituras. Pero nuestro Dios está en los cielos y todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:2-3). Sin embargo, somos acusados incluso de no servirle y los acusadores nos preguntan (o se preguntan a ellos mismos) ¿dónde está nuestro Dios? Un Dios que envía pruebas o disciplina a sus hijos no es un Dios con hermosura como para seguirle, pero la pregunta persiste porque es retórica y recuerda la proposición hecha por el ladrón en la cruz: Si eres el Hijo de Dios sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros. Por cierto, el Señor era el Hijo de Dios y no respondió a esa petición de salvación.

El Señor estuvo presto a salvar al malhechor en la cruz que fue escogido por Su Padre desde antes de la fundación del mundo; estuvo listo para perdonar a Pedro por quien ya había orado; pero de igual forma está preparado para recibir a todos aquellos que fueron elegidos por el Padre y que él representó en la cruz para limpieza y perdón de pecados. Yo no sé quiénes son los elegidos, pero Dios los conoce y a su debido tiempo los llevará hacia Cristo. En ese momento usted sabrá dónde está su Dios.

La oración de Asaf ruega en dos direcciones: 1) para que Dios no recuerde las iniquidades que nos señalan y vengan las misericordias a encontrarnos; 2) para que devuelva a nuestros vecinos en su seno siete tantos de su infamia, con que han deshonrado a Jehová. Pero el común denominador de la plegaria también es expuesto: por la gloria de su nombre y por amor de su nombre (verso 9). La clave de toda oración es el enaltecimiento de la gloria del Señor. Solamente él es Dios.

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 20:43
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