Viernes, 08 de noviembre de 2013

Un veneno necesita el antídoto adecuado para resolver el problema de sus toxinas. Pero el veneno inoculado puede ser atacado si existen síntomas que lo denuncien; en las personas que no se aperciben de la ingestión mortal, el químico hace su obra en forma silenciosa. Dentro del universo cristiano hay miles y millones que al ser intoxicados por diversos vientos de doctrina son llevados cautivos por un camino cuyo final es de muerte. Es cierto que hay caminos que parecen rectos pero que terminan en medio de un puente cortado que no lleva a ninguna parte, menos hacia donde se suponía.

El Sínodo de Dort concluyó que las tesis de los rebeldes protestantes (los Remonstrants) eran heréticas y altamente peligrosas. La doctrina de los arminianos ha sido comparada desde entonces con un peligroso veneno, cuyo frasco tiene una etiqueta que lo hace aparecer como medicina para la buena salud. Los errores blasfemos de esta gente lo han logrado pasar bajo el argumento de simples imprecisiones teológicas, en aquellos que no han comprendido del todo ¨la complejidad¨ del evangelio. Pero esas imprecisiones han logrado destruir más almas de las que cualquier cristiano pudiera imaginar.

Los arminianos han hecho un atentado contra el Dios de todo cuanto existe; ellos han pretendido minimizar la absoluta soberanía de Dios Padre en la elección (nadie viene a mí, si el Padre que me envió no le trajere); van contra el amor de la redención del Hijo (pongo mi vida por las ovejas); arremeten contra el Espíritu Santo quien es el único que hace el trabajo de la regeneración y la santificación (es necesario nacer de nuevo, esto no de vosotros pues es don de Dios: no de voluntad de hombre, sino de Dios). Por gracia sois salvos a través de la fe: y esto no de vosotros, ya que es el don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2: 8-9).

Resulta curioso el clima de aceptación dentro de la iglesia protestante de un variado número de creencias que nunca fueron enseñadas ni por los profetas del Antiguo Testamento, ni por los apóstoles ni tampoco por Jesucristo. Antes bien, este cuerpo doctrinal que se propaga como la hierba mala es una oposición a las Escrituras. Con gran astucia se tuerce la Palabra de Dios para dar marco conceptual a la vieja herejía de Pelagio y de los Semipelagianos. Este monje británico, que vivió entre el siglo IV y V, profesó un riguroso ascetismo bajo el cual proclamó la excelencia del libre albedrío en detrimento de la tesis del pecado original. Asimismo, llegó a afirmar que el hombre no heredaba el pecado de Adán y que para salvarse apenas necesitaba el conocimiento de la ley. De manera que la gracia no era necesaria; por supuesto, fue condenado como hereje y expulsado hacia otra región. Pero años más tarde volvió renovado, aceptando la gracia divina para la salvación pero manteniendo firme su precepto del libre albedrío humano. A esto se le conoce como Semipelagianismo, una doctrina atenuada de Pelagio pero igualmente anti bíblica.

El propio Agustín de Hipona, quien fue su gran opositor en materia doctrinal, llegó a reconocerlo como un hombre santo, debido al ascetismo practicado por el monje. De manera que esta enfermedad viene corriendo por los dos riachuelos, por las dos venas abiertas de la teología, razón por la cual los miembros contemporáneos de la Iglesia Reformada llaman a Wesley un hombre de quien no somos dignos (en palabras de Spurgeon, el príncipe de los predicadores calvinistas). Mala costumbre heredada de Agustín de Hipona, que puede llamar santo a lo profano o vendernos el frasco de veneno como medicina.

PELAGIO, MOLINA Y ARMINIO

Más allá de que se intente esconder la afinidad entre estos tres humanistas cristianos, tenemos que decir que no es posible ocultar el sol con un dedo. Arminio también creyó en el libre albedrío y supuso que el hombre caído tiene la opción, por la ficción de la gracia habilitante, de tomar su propia decisión en cuanto a Jesucristo. Esta idea proviene de Luis de Molina, un jesuita que sugirió este concepto para intentar mantener la intervención soberana de la gracia divina y conservar el libre albedrío simultáneamente. Sin embargo, de ser posible esta ficción, se estaría cayendo en la falacia de Pelagio al suponer que el hombre no está totalmente caído. De esta forma, aunque Arminio haya sostenido que el hombre está caído y no puede motu proprio salvarse, la realidad es que si le asistiere la gracia habilitante lo dejaría en estado neutral, sin voluntad inclinada. Este estado implicaría de manera forzosa asumir que el hombre en tal condición es capaz de tomar una decisión libre por cuanto no está totalmente depravado.

En síntesis, la tesis de la gracia habilitante pregona que Dios habilita a todas las personas en un momento de sus vidas para dejarlas neutras (¿sin pecado?) por un instante, de tal forma que en ese período muy corto de tiempo decida si le sigue o si le rechaza. Eso equivale a que existan dos redenciones: una temporal en la cual la gracia habilitante da vida a un muerto en delitos y pecados, y otra permanente que acontece si la persona toma la correcta decisión. De nuevo otra falacia se presenta: El hombre sin influencia alguna de Dios tiene que tomar una decisión en favor de Dios. ¿Quién lo hace y por qué razón? Allí la cultura influye tanto que los que no tienen la información adecuada del evangelio no podrían jamás decidirse por Jesucristo porque nunca han oído de él. ¿Para qué les sirve la gracia habilitante, si no han escuchado jamás el evangelio?

Esta carencia de lógica en la hipótesis la han pretendido solucionar bajo el ideal de que Dios mira los corazones de los hombres y busca a quienes le buscan. Más allá de religión o credo, Dios salva a un musulmán, a un budista, a un ateo, sin importar que hayan oído o no el nombre de Jesús. ¿Por qué razón? Porque la gracia habilitante permite que el habilitado decida en su corazón seguir los principios generales del bien y rechazar simultáneamente los principios del mal. Esto es poco más o menos la interpretación hecha por Billy Graham, en referencia a que el camino del evangelio es muy ancho (y no angosto como lo señaló Jesucristo).

Pese a la indumentaria que lo asemeja al evangelio de Jesucristo, el arminianismo es por naturaleza otro evangelio. En tal sentido, es una herejía que arruina el alma al pretender compartir entre Dios y el hombre el proceso de la salvación, asunto que conviene al humanismo antes que a la soberanía de Dios. La salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:9).

METODISMO: LA SANTIFICACION POR LAS OBRAS

Si tuviésemos que resumir la doctrina de Wesley diríamos que se propuso vivir una vida de santidad bajo el ejercicio de prácticas que generaran la santificación. Pero nos quedaríamos cortos si apenas señalásemos esta breve herejía, pues en lo que respecta a la predestinación también replicó, al igual que su maestro inspirador Arminio, que esa doctrina es repugnante.

Wesley nunca temió proferir improperios contra la doctrina bíblica de la predestinación; llegó a afirmar que referente a la hipótesis de los decretos divinos, la justicia de Dios no es mejor que la mostrada durante la tiranía de Tiberio. Dios mismo es "un poquito mejor que Moloc." "Un cruel, imprudente, injusto, arbitrario y autosuficiente tirano". "El Dios de los decretos es un ser vacío de sabiduría, justicia, misericordia, santidad y verdad. Un diablo, sí, pero peor que un diablo.¨

Spurgeon se enamoró del espíritu de Wesley, pues, en su Autobiografía, Volumen Uno, escribió de John Wesley lo siguiente: En relación a él yo sólo puedo decir que si bien es cierto que detesto muchas de las doctrinas que él predicó, sin embargo por el hombre en sí tengo una reverencia que nada tiene que pedir a sus seguidores. Y si se necesitara agregar dos apóstoles al número de los doce, no creo que se puedan encontrar dos hombres más idóneos que Jorge Whitefield y Juan Wesley ... El carácter de Juan Wesley está más allá de toda crítica en cuanto a su abnegación, celo, santidad y comunión con Dios. Él vivió muy por encima del nivel ordinario de los cristianos comunes y fue alguien "del cual el mundo no era digno." Creo que hay multitudes de hombres que no pueden ver estas verdades del calvinismo, o, por lo menos, no pueden verlas de la manera que las presentamos, y que sin embargo, han recibido a Cristo como su Salvador y son tan amados por el corazón del Dios de la gracia como el calvinista más ortodoxo en el cielo o fuera del él.

LA GRAN DOCTRINA DEL OTRO EVANGELIO

El otro evangelio enseña que la elección de Dios está condicionada en una fe prevista. Pero cuando el hombre no ha sido regenerado (nuevo nacimiento) es un incrédulo sin esperanza de Dios y sin fe en Jesucristo. Esto es una declaración bíblica; he subrayado la expresión sin esperanza, de manera que no existe la posibilidad de la fe intrínseca o de la gracia por mérito propio. Al contrario, una vez que la persona ha sido regenerada por Dios, se produce la fe pero no por méritos propios (pues es también un don de Dios). Este principio nos conduce a la comprensión de que la fe no es la causa de la elección, es más bien el efecto de ella. Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

El otro evangelio se aferra a Romanos 8:29 como su caballo de batalla: a los que antes conoció, a estos también predestinó. Pero acá pisamos un terreno incierto para ellos, pues el verbo conocer en la Biblia posee el sentido de favorecer en amor y no el de una presciencia. Por ejemplo: A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades (Amós 3:2); Y no la conoció hasta que dio a luz a su hijo Primogénito; y llamó su nombre Jesús (Mateo 1:25); Y conoció Adán otra vez a su mujer; y ella dio a luz un hijo y le puso por nombre Set, porque, dijo ella: Dios me ha dado otro hijo en lugar de Abel, pues Caín lo mató (Génesis 4:25). Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:23).

En estos textos mencionados, como en otra gran lista no colocada, el verbo conocer tiene un sentido distinto al de presciencia o al de conocimiento intelectual. En el último mencionado resulta obvio que el Dios Omnisciente que conoce todas las cosas sabía de antemano quiénes eran esas personas que le manifestarían haber profetizado en su nombre y echado muchos demonios, junto a otros milagros; sin embargo, cuando el Señor les diga: nunca os conocí está dando a entender que nunca tuvo comunión con ellos. Por eso, el texto de Romanos 8:29 esgrimido por los practicantes del otro evangelio no se ajusta a la intención que desean darle.

Los elegidos del Padre son aquellos que Dios conoció de antemano, los únicos con quienes tuvo comunión y a quienes ha amado en la tierra (como a Jacob); los reprobados son los Esaú, los que siempre ha odiado. (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí (Romanos 9:11-13).  La elección de Dios no se ha basado jamás en buenas obras y su rechazo no se ha fundamentado en malas obras. Estos gemelos no habían hecho aún nada bueno o nada malo y su destino estaba prefijado por el Dios soberano de las Escrituras. Uno sería el objeto de su amor, el otro el objeto de su ira y de su justicia. El otro evangelio se rebela y abjura contra tal Dios y contra tal decisión. El otro evangelio llama injusto a Dios, rechaza la revelación completa del Espíritu y declara que Dios es peor que el diablo (en palabras del célebre protestante arminiano y metodista John Wesley). Semejantes a él son los seguidores de su doctrina; y no puede odiarse su doctrina y declararlo a él un hombre ejemplar, un santo de Dios, un hombre meritorio de ser el nuevo apóstol de Jesucristo y uno de quien el mundo no es digno.

El Hijo de Dios murió cuando nosotros éramos aún pecadores, de manera que su expiación la hizo en forma inmediata y total por aquellos que amó desde antes de la fundación del mundo. Jesucristo no murió por los pecados de Esaú, el odiado antes de que hiciese bien o mal. Entonces no hay lugar posible para la imaginaria gracia habilitante. Vano es que el otro evangelio intente quitar una salvación tan grande de las manos de Dios para pasarla a manos humanas.

La soberanía de Dios es tan absoluta que Pablo en Atenas cuando dio su célebre discurso en el areópago dejó patente la idea de estas palabras: Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación (Hechos 17:26). Nadie puede escapar de las manos del Dios soberano, quien hace como quiere y no tiene consejero. Incluso nos ha puesto límites a nuestros días, pero no solamente eso, sino también ha establecido dónde vivir (los límites de nuestra habitación). No hay diferencia entre Arminio y los arminianos, pues en los escritos del caballo de Troya holandés puede uno comprender que también propiciaba la herejía que sus seguidores tuvieron a bien sistematizar. En muchas oportunidades Arminio llamó repugnante a la tesis de la predestinación por decreto de Dios. Si le pareció digno de repugnancia la declaración del Espíritu acerca del tema, hace fila junto con Wesley que abjuró de tal Dios y con Spurgeon que dijo que su alma se rebelaba contra ese Dios.

Hay gente que no cree, aunque sea discípula de Jesús y acepte sus milagros, aunque le siga por mucho tiempo fascinada con sus enseñanzas. No creen porque su palabra les parece dura de oír, por lo tanto se rebelan contra ella y contra el Dios que la profiere. Para los que creemos en todo el consejo de Dios,  él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados (1 Pedro 2:7-8). 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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