Lunes, 04 de noviembre de 2013

Hemos sido predestinados para ser conformes a la imagen de Cristo, asunto que en ocasiones nos impresiona hasta la perplejidad. Muchos se saltan esta cláusula de la revelación porque les interesa más la predestinación para ir al cielo o para escapar de la eterna condenación. El mismo autor de Romanos escribió en su carta a los Efesios (1:4) que Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él en amor.

Claro que entendemos esta proposición, pero la suponemos fácil porque ya Jesucristo nos justificó en la cruz; sin embargo, se nos ha encomendado en esta vida luchar contra las pasiones de nuestro corazón. De igual forma, el Espíritu que nos ha sido dado se opone a los deseos de nuestra carne y en consecuencia estamos en medio de una batalla entre nuestro hombre interior, que se deleita en la ley de Dios, y la ley de nuestro cuerpo que se rebela contra la ley de nuestro espíritu (Romanos 7:22-23).

Es cierto que sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito; ah, pero ¿sabíamos cuál era su propósito? Era precisamente el que fuésemos conformes a la imagen de Cristo. El alfarero toma la arcilla endurecida y la quiebra y luego hace barro y confecciona el vaso como quiere; no obstante, ¿es justo suponer que somos sometidos a un proceso de santificación para que podamos partir y estar con Cristo  en el cielo? Debemos  revisar en las Escrituras lo que ha sucedido con otros creyentes para sopesar si existe un rasero único para esta actividad.

Tal vez algunos han pensado que les ha tocado toda una larga vida para doblar su rostro ante la soberanía del Altísimo, pero eso no es una ley general para todos. El ladrón en la cruz fue hecho conforme a la imagen de Cristo en un tiempo mucho más breve del que nos ha tocado a muchos, aunque de igual forma para él haya sido tormentoso. El ir a la cruz no fue algo fácil, si bien reconoció que merecía el castigo que se le infligía.

Justo es considerar que en virtud de su soberanía Dios hace como quiere, por lo cual unos reciben la visita del Espíritu de Dios en temprana edad (caso de Juan el Bautista, estando en el vientre de su madre), mientras otros en el momento de su muerte si llegan a nacer de nuevo. No existe una regla fija para ser conformes a la imagen de Cristo, pero lo que es cierto es que todos los predestinados lo somos para esa transformación. Los que todavía batallamos en esta vida no podemos suponer que no nos iremos de acá hasta que hayamos alcanzado esa imagen; no podemos pensar que lo nuestro sea un sacrificio que conduce a la perfección.

En este punto justo es advertir contra la idea de la meritocracia cristiana. Los diversos sufrimientos por los que pasamos en esta vida son necesarios, pero nunca nos otorga el derecho de reclamar que seamos hechos a la imagen de Cristo. La tribulación que abordamos por estar en el mundo que odia al Señor no nos hace aptos para entrar al reino de los cielos. La tribulación es parte de la voluntad de Dios para que experimentemos la lucha entre estas dos fuerzas que se oponen entre sí: la ley de nuestros miembros y la ley del hombre interior. Dios ha querido que pasemos por muchas tribulaciones, pero no supongamos jamás que eso es lo que nos hace  a la imagen de Cristo pues pensar de esa manera sería asumir que quien menos sufre menos se asemeja al Señor.

¿Por qué es necesario que entremos en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones? (Hechos 14:22). No es para expiar nuestros pecados ni para alcanzar purificación, sino porque somos testigos del amor de Dios ante un mundo que odia a Dios. Pablo no dijo que era necesaria la tribulación para entrar en el reino de Dios, sino que a través de ella entraríamos en ese reino. En otros términos, las tribulaciones son un medio de transporte (el hecho mismo de ser testigos: mártires, según la etimología griega), son nuestro inevitable camino (el testificar) por el cual habremos de andar en esta tierra. Pero no pongamos la carreta delante del caballo, porque no funciona de esa manera. No digamos que la tribulación es el mecanismo que me lleva al reino de Dios, pues el mecanismo fue el sacrificio de Jesucristo de acuerdo al propósito eterno de Dios.

Por esa razón Pablo se gloría en la tribulación ya que produce en nosotros paciencia, lo cual genera la prueba y ésta la esperanza que no avergüenza (ya que el amor de Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo) - Romanos 5: 23- 24. De igual forma sabemos que ni siquiera la tribulación o la angustia, ni la persecución o el hambre, la desnudez o el peligro nos podrá separar del amor de Cristo.

Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones, de tal manera que nosotros podamos consolar a los que están atribulados. Este principio cumple un doble propósito de testimonio, pues de un lado testificamos del amor de Dios por nosotros y de otro lado del amor de nosotros por nuestros hermanos: testificamos ante el mundo y ante la iglesia (2 Corintios 1:4). Nuestro deber es valorar la tribulación como algo momentáneo frente al eterno peso de gloria, ya que lo temporal cae ante lo que es eterno.

LA VIDA COMO CREYENTES

El hecho de que hayamos sido predestinados para ser conformes a la imagen de Cristo rompe con la idea de los que nos acusan, la que habla de la predestinación como una patente de corso para hacer el mal. La imagen de Cristo es todo lo opuesto a la maldad; de esta forma nadie podrá argumentar que es lícito echarse al abandono de la concupiscencia porque está predestinado para ser salvo. Es cierto que el actuar bien no conduce al cielo, pero también es verdad que aún las buenas obras han sido preparadas para que andemos en ellas.

La declaración de Pablo en Efesios 2:8-10 nos conduce al menos a varias aserciones: 1) La salvación no se logra por ninguna obra nuestra, pues aún la fe es un don de Dios -que como bien enseña la gramática griega, se usa el pronombre neutro cuando éste refiere a un sustantivo masculino y a otro femenino al mismo tiempo: Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. Si bien tanto la gracia - Xaris - como la fe - Pistous - son sustantivos femeninos en griego, el participio salvos - Sozo - es un masculino. Por lo tanto, el pronombre demostrativo neutro usado -touto- señala algo que está cercano del oyente, en este caso del lector, que contiene en nuestro caso dos vocablos femeninos y uno masculino. De esta forma, la expresión y esto no de vosotros hace referencia a los tres conceptos implicados: la gracia, la fe y el ser salvos;  2) Las buenas obras que vamos a practicar ya han sido preparadas de antemano, de manera que no tenemos ni siquiera que gloriarnos por hacerlas ni mucho menos suponer que no las vamos a hacer; 3) Andar en esas buenas obras está predeterminado, por lo tanto jamás podremos alegar que hacemos el mal porque somos salvos de todas formas. Recordemos que Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. En este punto conviene aclarar que siempre tendremos la lucha entre las dos naturalezas que nos acompañan, como bien lo indicó Pablo en Romanos 7.

HACIA LA CONCLUSION

El cristiano no debe ser un imitador externo o en apariencia de Jesucristo, sino haber nacido de nuevo. Nuestra ciudadanía está en los cielos y acá somos extranjeros y peregrinos, de manera que andamos por fe y no por vista. Pablo quería hacer el bien porque ya había nacido de nuevo, pues había citado en la misma carta la Escritura que refiere a que no hay justo ni aún uno, ni quien busque a Dios o haga lo bueno. ¿Cómo podría querer hacer el bien y no hacer el mal si hubiese pertenecido al lote general de la humanidad que no quiere buscar a Dios? Pudo decir lo que dijo porque era un hombre que había nacido de nuevo, de manera que nos legó para tranquilidad nuestra la proposición de que si hacemos lo que no queremos no somos nosotros quienes lo obramos, sino el mal (la concupiscencia) que mora en nosotros. Dijo también que existe otra ley en nuestros miembros, que se rebela contra la ley de nuestro espíritu, y que nos lleva cautivos a la ley del pecado que está en nuestros miembros (Romanos 7: 23). Pero Pablo también supo que con su mente servía a la ley de Dios y que Jesucristo lo habría de librar de su cuerpo de muerte.

En tal sentido, todas las cosas cooperan para nuestro bien, pues hemos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. A todos los que el Padre amó también los predestinó, los llamó, los justificó y los glorificó. Esa es precisamente la bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad, para que seamos para alabanza de su gloria (Efesios 1:11-12 en Versión Reina Valera Antigua).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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