Lunes, 21 de octubre de 2013

Lucas 8:22-25 relata la tormenta marina levantada en medio de una barquilla con unos discípulos angustiados y un Maestro dormido. Este evento nos enseña entre tantas cosas una gran moraleja, la de que Jesús no nos ha llamado a llevar una vida sin tropiezos en el mundo, sin que nos afecte los eventos que solemos llamar naturales, sino que más bien nos ha llamado a enfrentarnos a ellos desde su propia perspectiva.

Con el barco pequeño sentimos nuestra fragilidad frente a las ondas bravas del enfurecido mar; los vientos que soplaban mecían la barca donde los discípulos se sentían perecer. Quizás la mayoría de ellos eran expertos marinos, muchos eran pescadores, de manera que no iban a temer por unas leves ondas levantadas en la mar. Ellos sabían lo grave de la tormenta que se les había venido encima; la suya no fue una queja sin razones, más bien sobraban los argumentos para alarmarse.

Quizás peor que el bravo mar fue para ellos ver a su Maestro dormido, sin que el vaivén de las olas agitadas lo despertasen. Maestro, que perecemos, fue la exclamación casi en coro levantada por ellos. ¿Cómo puedes dormir así?, imagina uno  que pudo continuar el reclamo; ¿no tienes cuidado de ti mismo y ya que hemos visto tantos de tus milagros, por qué no nos ayuda en esta situación? Sería especular mucho indagar en lo que sus mentes pensaban, pero de seguro las nuestras han pensado de esa manera.

A menudo, cuando nos encontramos con fieros problemas donde la humana decisión está distante o se muestra imposible, recordamos los distintos eventos en que nuestro Dios ha estado con nosotros sacándonos de situaciones terribles. Pero el nuevo problema parece mayor que los demás, y aunque no dudemos de Su poder dudamos de Su amor hacia nosotros. La culpa nos agobia y suponemos que ya no merecemos sus cuidados. Sin embargo, eso es tener confianza por las obras y no por la fe; nosotros no merecemos nada, sino que somos objeto de su gracia; si vivimos, para él vivimos, mas si morimos, para él morimos.

¿Nos sacará Dios de la nueva situación tormentosa por la que estamos atravesando? Esta interrogante es válida, toda vez que de seguro pasó por la mente de los desesperados discípulos cuando se vieron envueltos por las aguas alzadas en derredor de su frágil barca. El Maestro estaba dormido, libre de preocupaciones. Ah, pero en este punto justo es comprender que no era ignorante de lo que sucedía, pues él también puede ser llamado el Señor de las tormentas.

Si leemos bien el texto de Lucas nos daremos cuenta de la reflexión de sus discípulos una vez que vino la calma.  Atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen? El contexto de Lucas nos revela que quienes estaban con Jesús en la barca eran sus discípulos, aunque por el relato de otros evangelistas también había un grupo de barcas alrededor, con gente que le seguía. Destaca el hecho de que esta exclamación se le atribuyó a sus discípulos inmediatos, por lo que nos podemos dar cuenta de que ellos estaban conociendo un poco más acerca de la grandeza de su Maestro.

A nosotros nos sucede igual, en ocasiones avanzamos un poco más en el conocimiento del Señor; nos toca enfrentarnos solos a situaciones difíciles y como dijo el apóstol Pedro, nosotros le amamos a él sin haberle visto. No reclamo más mérito que los apóstoles, pero es singular esta frase de Pedro, es un reconocimiento a la posteridad, a los que andamos con Jesús sin haber pasado por las experiencias directas de los discípulos. No obstante, es el mismo Dios que no cambia, aunque a veces nos gustaría pasar por las tormentas de la vida en compañía de otros hermanos en la fe (como fue el caso del colectivo que estuvo en la barca). Pero como consecuencia de andar solos con el Maestro tenemos el fortalecimiento de nuestra fe. Jesucristo no nos salva de las tormentas de la vida, sino cuando estamos en medio de ellas; no nos evita siempre el pasar por la prueba de fuego que acrisola nuestra fe, aunque ha prometido que nos dará la salida juntamente con la prueba. El problema es interesante, por cuanto en la medida en que nos fortalecemos en un área no tenemos ni el tiempo para echarnos a descansar, porque el entrenamiento continúa a diario.

Otra clara enseñanza de este texto de Lucas es que acá la gloria es totalmente de Dios. Para nada se menciona a Satanás, como muchos hacen cuando comienzan a reprender demonios imaginarios: los de la gripe, los de la lujuria, los de la enemistad. Nada de eso, los discípulos reconocieron la soberanía absoluta de Dios, si bien se preguntaron quién era ese hombre que hasta la mar le obedecía. Esa fue la razón por la cual Jesús estuvo dormido en medio de la tormenta; no porque su sueño le impedía darse cuenta del peligro inminente, sino porque él también es el Señor de las tormentas. No hay nada debajo del cielo, ni dentro de él, que no esté controlado por la voluntad absoluta de Dios. Aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados y ni un pajarillo cae a tierra sin su voluntad. Dos cosas tan insignificantes son objeto de su cuidado; contar nuestros cabellos nos parece lo más inútil y el que uno de tantos millones de pájaros caigan a tierra no tiene mayor importancia. Pero a los ojos de Dios nada deja de tener interés, por cuanto estima en gran manera la obra de sus manos. Por otro lado, Jesús tiene cuidado de su pueblo, por el cual vino a morir en expiación de sus pecados.

Si uno relee el libro de Job puede darse cuenta de que la tormenta que le vino a ese siervo justo fue sugerida y ordenada por el Altísimo. Satanás fue su instrumento a quien se le ordenó infligir castigo hasta cierto límite, pero Dios se pinta a Sí mismo como el autor de todo el daño infligido a su siervo. Las tormentas vienen de su mano, pues él es quien controla no solamente las aguas sino el viento. El autor de Hebreos lo reconoció de esa manera cuando dijo que Jesucristo es la imagen de la sustancia de Dios, quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder (Hebreos 1:3). Salomón dijo que aún al impío ha hecho Dios para el día malo, pues todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo (Proverbios 16:4). Con estas declaraciones de la soberanía de Dios en todos los renglones posibles de lo existente, tenemos el deber y la necesidad de reconocer que todo cuanto acontece es ordenado por su sabiduría. De la misma masa de barro hace un vaso para honra y otro para deshonra; con su paciencia infinita soporta a los vasos de ira preparados para el día de la ira. Él ha dicho que ha amado a Jacob pero ha odiado a Esaú, mucho antes de que hiciesen bien o mal, de manera que la elección no depende de las obras (ni para vida eterna ni para condenación eterna) sino de su voluntad soberana.

A ese Dios hay que temer, pues, como dijo Jesucristo, puede enviar el cuerpo y el alma al infierno de fuego. Es un Dios absolutamente soberano, que no tiene consejero ni quien le diga qué haces; antes bien, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). Por lo tanto, si Él hubiese querido no hacer al diablo no lo hubiera hecho; si hubiese querido hacer solamente vasos de honra los hubiera hecho. Pero quiso que el mundo fuese de la manera que lo es, quiso exhibir la gloria de su poder y de su justicia en los vasos de ira preparados por Él mismo para destrucción. Esta es la razón por la cual se levantó el objetor en el texto de Romanos 9, cuando exclamó referente a lo dicho acerca de Esaú que fue condenado antes de hacer bien o mal: ¿Por qué, pues, inculpa?  Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? La respuesta obtenida y enviada por el Espíritu de Dios a través del apóstol no se hizo esperar: ¿Y quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? Somos simplemente ollas de barro en manos del alfarero, el cual tiene potestad para hacer unos vasos para honra y objeto de su amor y otros para destrucción, como objeto de su ira.

Quien no doble su cerviz en este punto y frente a este argumento no será librado de la tormenta que supone la reflexión acerca de este tema. Los vientos y las aguas levantadas contra la fragilidad humana solamente pueden ser derrotados si el Dios del cielo nos ha hecho nacer de nuevo; tan solo si nos da la humildad suficiente para aceptar su voluntad sin pleitear con el Hacedor de todo cuanto existe, seremos liberados de la tormenta; pues de lo contrario, el orgullo y la animosidad contra su voluntad nos asemejará más al Lucifer que creyó que podía ser semejante a su Creador y recibir la alabanza de la creación.

La tempestad del viento en el lago anegaba la barca y todos peligraban; pero el Maestro estaba dormido. He allí el problema para los discípulos, que pretendían salvar al Salvador: Maestro, Maestro, que perecemos, dijeron casi al unísono. Querían despertarlo para que no sucumbiera dormido, para que luchara por su supervivencia. Pero Jesús se despertó y reprendió al viento y a las olas, hasta que se hizo grande bonanza. Venida la bonanza vino el regaño: ¿Dónde está vuestra fe? El Maestro tenía razón en su pregunta, pues la reflexión de sus discípulos demostraba que todavía no le conocían bien, y uno no puede tener fe en un Dios a quien no conoce. Ellos se preguntaban unos a otros quién era ese Maestro, que aún los vientos y las aguas mandaba y le obedecían.

Nosotros tenemos la ventaja: Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza (Romanos 15:4). Ahora sabemos más de lo que los discípulos sabían en el momento en que estuvieron en la barca; nosotros conocemos que Jesús es capaz de amainar los vientos y las aguas, porque es soberano, porque es el Señor de las tormentas. Aquella historia real se escribió por causa nuestra, para que tengamos esperanza.

Podemos rogar al Señor que aplaque la tormenta, que nos libre en medio de ella; podemos pedir que repita lo que un día hizo en medio de sus discípulos, hasta que aparezca grande bonanza. Qué grandioso sería para nosotros que después de la bonanza pudiésemos decir: Yo lo sabía, estaba seguro de que Jesús tenía el control desde el principio.  Entonces, en la bonanza nos recrearemos en su grandeza y no tendremos que recibir el reclamo que el Señor les hizo a sus discípulos. Nuestra fe está en que conocemos que estas cosas son ciertas y que Dios envía las adversidades pero nos da también la salida juntamente con ellas; no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre ha placido daros el reino (Lucas 12:32).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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