Lunes, 21 de octubre de 2013

¿Cómo nos relacionamos con la lógica? En realidad la lógica no debe ser vista como una actividad que realizan los seres fríos, calculadores, matemáticos o intelectuales muy serios. Es más bien una relación natural entre nuestro pensamiento y aquello que es objeto de lo que pensamos. Normalmente se suele oponer la lógica a la emoción: alguien es más emocional que lógico, solemos oír; o tal vez es muy lógico y calculador. También escuchamos decir que la religión y la lógica están excluidas una de la otra.

Lo que no podemos dudar es que en el plano histórico la lógica está íntimamente ligada con el pensamiento occidental. Los filósofos griegos nos dieron por herencia una forma de pensar que implicaba un razonamiento profundo acerca de la naturaleza de las cosas. Le tocó a Aristóteles codificar las formas más básicas del razonamiento, lo cual permitió una sólida fundación para las investigaciones filosóficas en la búsqueda de las posibles respuestas que la ciencia daría a los porqué de la filosofía.

En la mayoría de las definiciones del concepto de lógica leemos que es el análisis y valoración de los argumentos. Los argumentos son discursos que permiten dar soporte a un razonamiento que deriva en alguna conclusión. Solemos escuchar razones para tomar decisiones, tal vez para comprar un automóvil, para adquirir una casa o para adquirir una profesión. De allí que entendemos que los argumentos nos pueden conducir a tomar buenas o malas decisiones.

En ocasiones los argumentos no son válidos desde un plano estrictamente lógico y a esto se le llama falacia. Por ejemplo, solemos ir a una oficina donde vemos que hay mucha gente haciendo una fila -línea o cola- para hablar con un representante. Nos cansamos de esperar y volvemos otro día, pero coincide que también hay mucha gente en espera. Luego concluimos con el argumento de que siempre que voy a esa oficina hay demasiada gente en espera. Bien, esa es una falacia de generalización apresurada. Es decir, es un razonamiento no lógico sino ilógico. La conclusión ha sido apresurada y a partir de elementos no siempre probables. Otro caso similar suele ser el siguiente: Si no obtenemos una alta calificación en un examen determinado es porque somos idiotas. Esta falacia se basa en un cerco entre dos posibilidades que niegan una tercera; tal vez no obtuvimos la mejor calificación porque el examen estuvo muy fuerte, porque no estudiamos lo suficiente, porque hubo alguna circunstancia extraña que nos condujo a ese resultado, pero no necesariamente porque somos idiotas.

Argumentos en la Biblia.

Desde el Génesis encontramos argumentos, con la serpiente tratando de convencer a Eva para que comiera del fruto prohibido. Por cierto, se podría clasificar su falacia como la del equívoco, que es cuando se toma el sentido de una palabra en otro contexto. La serpiente le dijo no moriréis, lo que en efecto no sucedió físicamente en forma inmediata, pero sí murió inmediatamente en el sentido espiritual. Moisés trató de convencer al Faraón para que dejara salir a Israel de Egipto, pero algo sucedía que no lograba el convencimiento (Dios tenía el propósito de hacer justicia y venganza, por lo cual había endurecido el corazón de Faraón). Elías confrontó al pueblo para que decidiera si Jehová o Baal era Dios; sus argumentos fueron de palabra y experimentales, pues descendió fuego del cielo que consumió su holocausto y no el de los profetas de Baal. Con todo, Elías degolló ese día a 450 profetas de Baal, pero con todo clamó en otra ocasión que solamente él había quedado, pues suponía que él era el único que Dios se había reservado para Sí. Este profeta tuvo un interesante encuentro argumentativo con Acab, rey de Israel.  Cuando Acab vio a Elías, le dijo: ¿Eres tú el que turbas a Israel?  Y él respondió: Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová, y siguiendo a los baales (1 Reyes 18: 17-18). A la acusación de Acab, Elías le devuelve el argumento al decirle que era él quien turbaba a Israel por desobedecer el mandato de Jehová respecto a los ídolos.

David ora y escribe sus salmos, exhibiendo los argumentos de la grandeza del Señor de quien nadie puede esconderse. También relata acerca del pecado humano, donde hemos sido formados y aún concebidos. Natán le presentó al rey David el argumento de la única oveja de un labriego que fue sacrificada por un abusador que tenía muchas ovejas propias para comer; el rey airado exclamó que eso era una gran injusticia y que se debía pagar por ello; el profeta le dijo que él era ese hombre.

El Nuevo Testamento también tiene argumentos por doquier, con Jesús en sus parábolas y demás enseñanzas, así como en la predicación de los apóstoles. El argumento intenta persuadir o tal vez convencer al oyente, al receptor, pero algo sucede en sus interpretantes culturales que lo hace eficaz o ineficaz. En el plano de la soberanía absoluta de Dios entendemos que aquello que es inútil para nosotros puede muy bien ser el propósito para lo cual fue enviado ese argumento, ya que la palabra de Dios no regresa vacía sino que hace justo aquello para lo que ha sido enviada.  Veamos un texto muy particular referente al razonamiento en la predicación del evangelio. Hechos 19:8 dice lo siguiente: Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. Hablar con denuedo, discutir y persuadir, para eso se necesitan argumentos y mucha capacidad de razonamiento. Pero hay infinidad de textos bíblicos donde se exponen argumentos de muchas clases; incluso, la Biblia misma contiene en forma general un gran argumento central, la redención que Dios hace del hombre a  través de Jesucristo.

El capítulo 2 de Efesios contiene una exhibición general del hombre perdido desde los tiempos del Antiguo Testamento. Dice Pablo que en aquel tiempo estábamos sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos al pacto de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Esto lo habla en especial de los gentiles o incircuncisos (del pueblo no judío); pero ese argumento conlleva a una síntesis, la de que no existe salvación sin Jesucristo, incluso para la época del Antiguo Testamento. Entonces uno puede derivar la conclusión necesaria de que aquellos que se salvaban lo hicieron porque tuvieron fe en el Mesías que sería enviado para nuestra salvación.

La gran diferencia.

La filosofía en general parte de presupuestos axiomáticos (algo que no se ha demostrado), pero permite inferir teorías o hipótesis coherentes con un sistema de pensamiento. Hemos sido habituados por la escuela, por el trato cotidiano con las personas que rigen las fuerzas vivas de una nación, a tener un pensamiento lógico autónomo. Sin embargo, el cristiano parte de un presupuesto demostrado, no de un axioma. El cristiano parte del hecho histórico de la revelación de Dios; por supuesto, esto suena a locura para el mundo; mas para el que es de la fe de Jesucristo existe un sometimiento natural (por el Espíritu) a esa voluntad revelada. En la revelación encontramos que Dios es bueno, de manera que cuando inferimos lo que Dios puede ser o lo que significa la bondad lo hacemos sometidos a la palabra revelada. La fe cristiana no presupone autonomía de pensamiento como si partiésemos de una preconcepción divina generada por nuestra naturaleza perceptiva. Dios no es ningún dios griego hecho a imagen y semejanza de los hombres, por lo tanto no tenemos la autonomía para describirlo, sino que somos guiados por el Espíritu de Cristo para comprender lo que nos ha sido revelado. En tal sentido, nuestros argumentos relacionados con la revelación no son privados sino que siguen el rastro público de la guía del Espíritu.

El cristiano necesita sostenerse en la revelación, ya que la misma Biblia advierte contra espíritus engañadores, doctrinas de demonios y gente que sigue revelaciones engañosas (2 Tesalonicenses 2:9-12; Hechos 16:16). Pero precisamente, el argumento engañoso prueba por vía en contrario que existe el argumento verdadero o genuino. Por eso es preferible seguir la instrucción bíblica antes que la autonomía de pensamiento, pues nuestro conocimiento espiritual no es axiomático sino revelado. Y dado que el pecado ha afectado lo racional humano, cuánto más se nos hace necesaria la revelación.

En virtud del nuevo nacimiento (Juan 3:3) recibimos la nueva vida espiritual, pero solamente después de que se ha manifestado la restauración de nuestro pensamiento lógico encontramos la lógica en armonía con el Dios de la Biblia. La razón descansa en que en el principio de todo era el Logos (la Lógica, el Verbo de Dios), y sin ese Logos nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Juan 1).  Dios gobierna sobre todas las cosas, de manera que lo hace también sobre la lógica. Los argumentos pueden ser utilizados para el bien o para el mal, pero no olvidemos que el Espíritu nos dará palabra (argumentos) cuando seamos interrogados acerca de la esperanza que tenemos. Por eso es que Pablo nos recomendó llevar todo pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo (2 Corintios 10:5), lo cual incluye también los pensamientos relacionados con la lógica.

En síntesis, existen al menos dos tipos de razonamientos, el del cristiano -que parte de la revelación hecha por Dios- y el del no cristiano, que parte de presuposiciones y asunciones acerca de la naturaleza. Aunque el creyente todavía tiene que lidiar con su vieja naturaleza, al menos posee la esperanza de que no anda en círculos sino que avanza cuando lleva cautivo todo pensamiento a Cristo. El libro de los Hechos narra un acontecimiento que envuelve dos formas antagónicas de razonar: el apóstol Pablo predicaba el evangelio a un procónsul, pero había un mago llamado Elimas que se le oponía. Llegado el momento, Pablo tuvo que reprenderlo y el mago quedó ciego, por lo cual el procónsul maravillado creyó en el poder del evangelio (Hechos 13:8).

Los argumentos son tan importantes en la lógica cristiana, que no solamente nos sirven como instrumento de comunicación entre los hermanos, sino que son utilizados por Dios mismo cuando nos ha dejado su mensaje por la vía apostólica y profética persuadiéndonos hacia la salvación. Dios nos ha seducido y traído con cuerdas de amor (Oseas 11:4), pero esas cuerdas son también sus veraces palabras que enlazan argumentos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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