Martes, 15 de octubre de 2013

Orar con importunidad es rogar sin vergüenza alguna. El vocablo anaideia que aparece una sola vez en el griego del Nuevo Testamento significa impertinencia, conlleva la idea de pedir hasta causar molestia. Pero Jesús dijo que si nosotros siendo malos damos buenas dádivas a nuestros hijos, cuánto mejor lo hará nuestro Padre celestial cuando le pedimos (Lucas 11:5-13). También la Biblia habla del Espíritu que nos ayuda a pedir en nuestras oraciones, por lo tanto si somos inoportunos obtendremos la orientación del mismo Espíritu. Jamás obtendremos algo perverso o lastimoso, nunca recibiremos una serpiente o un escorpión, simplemente obtendremos la respuesta adecuada a nuestro clamor.

El bien más grande que Dios puede dar a una persona es el Espíritu, es Él mismo. La presencia, la paz y la comunión con Dios son el resultado inmediato de la oración; Dios nos cambia y percibimos las circunstancias desde otra perspectiva. Sin embargo, también las peticiones son respondidas en su justa medida. Necesitamos valor o sabiduría para tomar alguna decisión, lo pedimos al Señor y se nos concede la petición.  A veces necesitamos paciencia o fidelidad, o tal vez un mejor espacio para desarrollar nuestra vida. En otras ocasiones buscamos una pareja, un mejor trabajo, una mejor oportunidad económica, o tal vez mejor salud. No importa lo que ocupe el centro de nuestra petición, sabemos que el Padre está listo para responder porque nos ama y es sabio. Su respuesta se encarrila por las dádivas buenas, no por otorgarnos cosas que nos hagan daño.

Si hoy no tenemos lo que pedimos es porque no nos conviene; puede ser que lo necesitemos pero no en este momento. Todo tiene su tiempo: un niño anhela tener una profesión cuando sea grande, pero primero debe esperar el tiempo adecuado para crecer. Jesús nos dijo que buscáramos porque vamos a encontrar lo que busquemos, que pidamos porque nos será concedido lo que pedimos, que llamemos porque se nos abrirán las puertas. Pero también las Escrituras nos recomiendan pedir de acuerdo a la voluntad de Dios, para tener aquellas cosas por las cuales hayamos pedido. En ocasiones demandamos justicia contra nuestros adversarios y nos sometemos a la ordenanza divina: Mía es la venganza, yo pagaré.

No pensemos que el Padre se molesta con nuestras oraciones; al contrario, antes de que esté nuestra palabra en la boca ya Él la sabe. Antes de que le expongamos nuestras carencias ya Él conoce nuestras necesidades; pero se nos ordena y se nos recomienda pedir sin desmayar. La puerta del cielo no está cerrada para nosotros los hijos, y hay al menos dos razones por las cuales Dios nos responderá en el acto: 1) porque es nuestro amigo; 2) porque somos importunos. Esa es la idea central de la enseñanza expuesta por Jesús, de acuerdo a lo que recoge el evangelista Lucas.

El vocablo anaideia lleva un prefijo negativo (sin) y el sentido del vocablo sin su prefijo es pudor. De manera que orar de acuerdo a lo dicho por Jesús pudiera muy bien traducirse como orar sin pudor. Es como si tomásemos conciencia de que Dios conoce ya todas las cosas, de manera que no nos perdamos en adornos, ni en buscar los vocablos eufemísticos que traten de hacerle creer que en realidad no estamos pidiendo eso que pedimos por las razones que nos mueven. Si quiero refugio debo pedir refugio; si necesito pan, como en el caso de la oración explicada en el evangelio de Lucas, entonces no hay que irse por las periferias ofreciéndole a Dios abrir un orfanatorio con el pan que nos sobre.

Si Dios sabe todas las cosas, si conoce de qué tenemos carencia, entonces oremos sin pudor. El hombre que acudió a su amigo a medianoche no le inventó una historia turbia para convencerlo de que le prestara tres panes, sino que fue directo y lo importunó con su llegada a esas horas de la noche. Es sabido que en la antigüedad la gente viajaba más en las horas nocturnas para evitar el sol abrasador. De manera que el ejemplo es pertinente con el contexto de la época; hagámonos contextuales con las necesidades llevadas ante el trono de la gracia. Si necesitas ropa nueva no alegues que la deseas para ir a la iglesia, como si eso convenciera al Padre; pídela de acuerdo a lo que deseas, sin pruritos (con anaideia), es decir, con carencia de pudor. No te vuelvas púdico ni periférico en lo que pides, simplemente sé claro y directo en aquello que deseas.

En el ejemplo dado por Jesús leemos que el amigo no tuvo inconveniente alguno en levantarse y darle lo solicitado; más bien Jesús alegó que Dios es bueno y por eso nos dará cosas buenas (mejores de las que pedimos). Si nuestras carencias no nos acercan al trono de la gracia, deberíamos acercarnos por agradecimiento de lo que hemos recibido, pues nada tenemos que no hayamos recibido del cielo. Pero en la enseñanza de Jesús, es la necesidad la que mueve al amigo a pedir en forma importuna hasta recibir lo que anhelaba. El amigo necesitado no fue pudoroso en cuanto a la hora, ni en cuanto a las circunstancias familiares del otro; simplemente acudió confiando en que la lógica de la necesidad movería a su amigo a responder.

La moraleja de esta explicación recogida por Lucas nos lleva a nosotros a confiar en esa lógica de la necesidad. Recordemos que no estamos pidiendo al gobierno, que reparte de acuerdo a sus intereses políticos; tampoco pedimos al banco que cobra honorarios y exige garantías de pago. Estamos frente al Padre celestial, frente al Proveedor de todo lo que sea necesario; por eso debemos animarnos a clamar diariamente por las necesidades de cada momento.

Cabe destacar que Jesús fue conocido como un hombre de oración; siendo Dios oró y aún ora por su pueblo; mientras se humanó ejercitó la obediencia en oración. Cuando  fue bautizado estaba orando, antes de ser llevado al desierto para ser tentado estuvo orando y ayunando; se iba a la montaña a orar, pasaba noches enteras en oración; oraba a solas o en grupo. En una oportunidad fue requerido por sus discípulos para que les enseñara a orar, razón por la cual hemos conocido el Padrenuestro. Es interesante que ningún discípulo le pidió ser enseñado a hacer milagros, solamente pidieron saber orar. Ellos conocían que allí estaba su fuente de poder, a través de su conexión con el Padre. A pesar de ser Dios mismo, mientras se humanó estuvo en dependencia obediente por medio de la oración con su Padre, así como en todos sus otros actos.

Nosotros no podemos turbar a Dios con nuestra importunidad, no podemos mover su voluntad perfecta; pero cuando oramos le complacemos porque ese ha sido su deseo: que pidamos para darnos, que busquemos hasta encontrar, que llamemos porque las puertas se abrirán.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:51
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