Viernes, 20 de septiembre de 2013

La metanoia griega es un cambio de mentalidad; una persona arrepentida es aquella que cambió su manera de ver el objeto de su arrepentimiento. Cuando la Biblia manda a arrepentirse y a creer en el evangelio, lo está haciendo sobre hombres muertos en delitos y pecados. Entonces, en un plano general podemos asegurar que al menos hay dos clases de arrepentimiento: 1) el de los muertos en espíritu; 2) el de los que han nacido de nuevo.

El hombre natural no puede discernir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura. El mandato bíblico de arrepentirse viene a ser un sin sentido para el que lo oye, pues no entiende la razón del cambio que se le pide hacer. El hombre que ha nacido de nuevo está en capacidad de cambiar su mente, su percepción y su ideología respecto a lo que ha creído, e incluso es capaz de reconocer que se equivoca en materia de obediencia.

Si el hombre está muerto espiritualmente, por aquello de haber comido del árbol del bien y del mal, ¿cómo puede comprender la orden de arrepentirse y creer en el evangelio? Si estuviese en su capacidad el responder afirmativamente, de seguro muchos se arrepentirían siguiendo el sendero de la sensatez. No obstante, la Biblia afirma que eso es una locura para el que no ha nacido de nuevo. Surge la pregunta de nuevo, ¿por qué hablar de arrepentimiento, si el ser humano no tiene capacidad intrínseca para hacerlo?

En el plano metafísico podemos comprender que Dios ordenó todas las cosas que acontecen en el orden físico o natural, por lo que en esta historia que vivimos nos toca someternos a la ley de Dios. Por supuesto, alguien que no ha conocido a Dios interpreta esta lectura como locura. De igual forma andamos por el mundo predicando este evangelio para alcanzar a las almas que habrán de creer, pues quiso Dios salvar al mundo a través de la locura de la predicación (1 Corintios 1:21).

El arrepentimiento señalado en el evangelio es un fruto de la regeneración. Dios da el arrepentimiento, como bien lo señala el libro de los Hechos:  A éste Dios ha ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados (Hechos 5:31); Así que, si Dios les dio el mismo don también como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? (Hechos 11:17). Por eso el arrepentimiento no es una obra para alcanzar la salvación, sino que es un don, fruto de la regeneración hecha por el Espíritu Santo. Nadie puede ir a Jesucristo a no ser que el Padre lo lleve hacia él (Juan 6:44).

LA RESPONSABILIDAD DE ARREPENTIRSE

En la Biblia encontramos muchos argumentos que parecieran ser circulares: el hombre debe hacer algo que no puede, pero no puede y Dios le ordena cumplirlo. Pablo dice que el hombre es inexcusable, quienquiera que sea, pues todos juzgamos a otros y en eso nos condenamos, ya que hacemos cosas semejantes a las que juzgamos como malas. A nadie le gusta ser víctima de la mentira, pues considera eso como muy dañino; pero de seguro esa persona también miente en ocasiones. La síntesis de Pablo en Romanos capítulo 2 es que el que juzga hace lo mismo que critica como malo. En los versos 4 y 5 agrega algo muy importante para este tema del arrepentimiento: ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.  Desde una perspectiva metafísica sabemos que Dios elige desde antes de la fundación del mundo quién ha de ser salvo y quién ha de condenarse; pero desde el plano de la historia humana el hombre no sabe acerca del otro, acerca de quién habrá de creer y quién habrá de permanecer incrédulo. Pablo dice que la benignidad de Dios y su paciencia nos guía al arrepentimiento (habla del hombre en general), y el corazón no arrepentido genera ira para el día de la ira. En el capítulo 1 de Romanos Pablo venía de decir que lo que de Dios se conoce lo prueba su creación, de manera que el mundo conoce y conoció a Dios por su obra pero no le dio la debida gloria, sino que se desvaneció en su discurso (verso 20).

Esta tenebrosa descripción del capítulo 1 de Romanos nos muestra a la humanidad caída, necesitada del nuevo nacimiento. Los seres humanos conocen que quienes practican las fechorías enunciadas merecen la muerte, pero ellos las hacen y se complacen con quienes las hacen. El enunciado es muy variado (iniquidad, fornicación, malicia, avaricia, envidia, homicidios, contiendas, engaños, murmuraciones, soberbia, altivez, aborrecimiento a Dios), lo cual muestra al hombre natural manifestando su presteza para hacer el mal, mas no para el bien. Ante cualquier objeción que pudiera mostrarse contra su exposición, debido a la posible prosperidad de los impíos, Pablo advierte que esas personas no pueden escapar al justo juicio de Dios, quien ha demostrado con su paciencia su gran benignidad y su disposición a perdonar si tan solo tuviesen arrepentimiento. Por supuesto que no lo tienen, por cuanto ya han sido endurecidos en sus corazones con el hábito del mal.

La humanidad inexcusable tiene la obra de la ley (de Dios) escrita en sus corazones, quien testifica junto a su conciencia, en la medida en que unos juzgan a otros por lo que hacen. En otros términos, si somos capaces de separar lo bueno de lo malo, cuánto más no será la capacidad de Dios para juzgarnos de acuerdo a su estándar de pureza y santidad.

LA DADIVA DEL ARREPENTIMIENTO

El arrepentimiento que conduce a vida eterna es una dádiva de Dios, como lo muestra el libro de los Hechos y los muy cuantiosos discursos de Jesús en relación a sus ovejas. El ser humano apenas puede mostrar un poco de atrición, un remordimiento por  el castigo que proviene de sus fechorías; pero la contrición que implica el aborrecimiento  del mal, el odio por el pecado, es una gracia del Espíritu de Dios. El nuevo corazón que tiene el creyente es propicio a la ley de Dios, contrario al corazón de piedra que compartía con el resto de la humanidad cuando andaba en desobediencia.

Los judíos habían tenido el beneficio de rechazar la idolatría y la superstición, en virtud de la ley de Moisés. Comparado con el resto de naciones (los Gentiles) podían al menos manifestar un lamento externo por el pecado, un deseo de apartarse de muchos males. Pablo le habla al mundo gentil (no judío) y le dice que espera que se manifieste su arrepentimiento, pero entiende también que tanto el de ellos como el de los judíos -su propia raza- que conduce a vida eterna depende únicamente de la elección incondicional de Dios (Romanos 9). Por eso dijo que tenía profundo dolor en su corazón, pues querría él mismo ser anatema si algún beneficio pudiera conseguir para su familia judía. Pese a su dolor mostrado al inicio del capítulo 9, continúa diciendo que nosotros no somos quiénes para altercar con Dios. La olla de barro no puede discutir con su alfarero para preguntarle por qué la ha hecho de una u otra manera.

En el plano histórico y humano, el apóstol ha visto la culpabilidad y el carácter inexcusable del hombre, pero comprende que más allá de este nivel está el designio eterno e inmutable de Dios en relación con la vida y destino de cada uno de los seres humanos. Pero ningún miembro de la raza humana puede alegar en su favor el hecho de que está predestinado a cometer maldad, ya que de su propia naturaleza es atraído y seducido al pecado y conoce que la impunidad no existe del todo, simplemente se oculta de momento detrás de las riquezas y de la prosperidad, o del aumento de la maldad,  y que él vendrá a juicio algún día.

La tragedia humana radica en que el ser humano tiene por naturaleza un corazón impenitente y aún más que eso, un corazón que no se puede arrepentir (con contrición) sino que cada vez se endurece más y más. Solamente el arrepentimiento como inmediato fruto de la regeneración es el verdadero cambio de mentalidad en relación con el evangelio, con el carácter de Dios, con la persona y la obra de Jesucristo y con la garantía de la salvación. El arrepentimiento para vida eterna incluye el apartarse del creer en el falso dios y en el falso Cristo, así como del falso evangelio, para llegar a asumir el verdadero evangelio, al verdadero Dios y al verdadero Señor Jesucristo. Nacemos de nuevo cuando Dios coloca un corazón de carne en lugar del de piedra, con lo cual obtenemos el arrepentimiento (cambio de mentalidad) en relación a Dios, a Su Hijo y a la obra en la cruz. Pero la fe que es también un don de Dios viene por el oír la palabra de Jesucristo; por eso anunciamos este evangelio para que por ese oír la verdad los muchos sean alcanzados para vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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