Viernes, 06 de septiembre de 2013

Juan el discípulo de Jesús dio testimonio de las cosas que hizo el Señor, que si se escribieran todas él piensa que no cabrían los libros que las narraran. Tal vez esta es una frase hiperbólica, que intenta evidenciar la magnitud de acciones remarcables hechas por el Hijo de Dios. Pero Juan asegura que lo que él ha narrado en su libro (su evangelio) es absoluta verdad, por cuanto él las presenció en su mayoría, y lo que no vio lo obtuvo como referencia de personas de alto perfil de credibilidad (las cosas que hemos visto y oído). 

El evangelista relata una importante escena de Juan el Bautista, pues también daba testimonio del que habría de venir, del cual él no era digno de desatar su calzado. El apóstol dijo que Juan no era la luz, sino que había venido para dar testimonio de la luz, lo cual hizo cuando dijo: Este es del que yo decía: El que viene tras mí es antes de mí; porque primero es que yo (se refería a Jesucristo).

Otro hecho relevante en su narración fue el encuentro de Natanael con el Mesías. Por invitación de Felipe, Natanael acudió a ver a Jesús. Cuando Jesús lo vio venir le dijo: He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño. Entonces Natanael le preguntó al Señor de dónde lo conocía, a lo que Jesús respondió que antes de que Felipe lo llamara ya él lo había visto debajo de una higuera. Eso fue suficiente para que el nuevo apóstol reconociera que Jesús era el Hijo de Dios, el Rey de Israel. De inmediato Jesús reconoció que la fe del nuevo discípulo era grande pues había creído simplemente por lo que le dijo de haberlo visto desde antes. En este texto se muestra la cualidad de omnisciente del Señor, por lo cual nosotros somos enseñados a no temer nada, ya que Él sabe todas las cosas.

Dado que conoce todas las cosas, Dios no tiene necesidad de que le digamos  lo que necesitamos; sin embargo, existe el mandato de pedir, de reconocer, de demandar. Tal vez el hecho de entablar el diálogo implica que nos hace bien a nosotros mismos, pues entramos en un estadio de reconocimiento de nuestras carencias. Somos bendecidos al entrar en su presencia, por el hecho de que nuestros pensamientos y nuestra mente son guardados en Cristo. En consecuencia tenemos una superabundante paz de Dios y obtenemos las cosas que le hayamos pedido.

A veces sucede que lo que pedimos no es conforme a su voluntad, pero siempre hay una respuesta explicativa. Existe la intervención sobrenatural del Espíritu que nos lleva a pedir como conviene; pero el acto de orar siempre da ganancia al que lo ejecuta. Son múltiples las bendiciones espirituales obtenidas, aunque además se suelen añadir otras de índole material, que son en definitiva el móvil inmediato por el cual nos dirigimos ante Su presencia. Pedid y se os dará, fueron palabras del Mesías. Llamad y se os abrirá; buscad y hallaréis.

MARIA Y EL VINO

Juan también testifica de un acontecimiento muy relevante en la vida de ellos, algo sucedido que puede ser nombrado como el primer milagro público de Jesucristo. Es el  referido al vino, un símbolo de su sangre que sería derramada. En unas bodas se hubo acabado el vino (oinós, dice la lengua griega), por lo cual María se le acercó para dar el reporte. Por supuesto que desde el plano metafísico esto estuvo pautado por el Padre, para que aconteciera, pero en el plano físico lo que aconteció nos muestra una gran lección. Más allá del milagro de convertir el agua en vino, se nos narra el enfrentamiento entre el Hijo y la madre. A la queja de María de que vino no tenían, Jesús le respondió: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? aun no ha venido mi hora. Este Jesús que sabía todas las cosas dijo lo que dijo para que se registrara en nuestro beneficio que él no estaba sujeto a las peticiones de María, y si vemos por la respuesta en forma de pregunta lo dicho fue una dura reprensión: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? María no tuvo más nada que hacer sino reconocer que lo mejor era que hicieran lo que él dijera. Clara lección para la historia de la iglesia, un Jesús que se enfrenta a su madre y una madre que reconoce que es mejor hacer lo que dice el Hijo de Dios.

Una gran lección para los que ven en María a una corredentora que ruega por nosotros. Jesús no tiene nada con María, no le debe obediencia espiritual, por cuanto Jesús es Dios mismo y Dios no puede tener madre. Es indudable que María fue una madre biológica en esta tierra, pero no tiene ninguna ascendencia espiritual sobre el Hijo de Dios. ¿Qué tengo yo contigo, mujer? son palabras muy importantes que testifican de la relación entre Jesús y María.

Después de estas cosas, Jesús se fue a un templo y observó cómo habían convertido la casa de oración en una cueva de comercio o de ladrones. Cogió un látigo, volteó las mesas de los cambistas y espantó a los bueyes y demás animales del sitio. Este acto daba cumplimento a una antigua profecía que decía: El celo de tu casa me consume.

Los judíos pidieron señales de la autoridad con que actuaba, pero él solo les respondió que destruyeran ese templo que él lo restauraría en tres días. La literalidad de la interpretación judaica no les permitió comprender la metáfora con la que hablaba; él se refería a su cuerpo que habría de morir y resucitar y no hablaba de un edificio en el que habían tardado 46 años para construirlo.

El Dios que sabe todas las cosas no se confiaba de los que decían que habían creído en él, pues sabía lo que había en el hombre. Por eso nuestra oración debe apuntar a la mayor sinceridad, ya que Dios conoce todas las cosas y cualquier desvío que hagamos, como si intentáramos persuadirle o engañarle, viene a ser infructuoso.

El NUEVO NACIMIENTO

El evangelio de Juan nos relata acerca de la enseñanza de Jesús a Nicodemo. El capítulo 3 habla de la necesidad de nacer de nuevo, actividad que compete estrictamente al Espíritu Santo, asunto ajeno totalmente a la voluntad humana. Este capítulo es muy importante entenderlo a lo largo de su contexto, porque los enemigos de la verdad han torcido su interpretación hasta el cansancio. Han colocado a un Jesús que ha amado al mundo en su totalidad, pero que se contradice con las demás alocuciones que refiere el mismo evangelista. Por ejemplo, más adelante, en el capítulo 6, Jesús enseña que nadie puede ir a él a menos que el Padre lo envíe. Asegura que el que es enviado por el Padre hacia él jamás será arrebatado ni de sus manos ni de las manos de su Padre. Por otro lado, el capítulo 10 nos muestra a Jesús como el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas -no por las cabras. Allí mismo Jesús habla con un grupo de judíos que no creían en él y les dijo por qué razón no podían creer: porque no eran de sus ovejas. De manera que cuando Jesús habla con Nicodemo (en el capítulo 3 de Juan), le va enseñando acerca de la necesidad de nacer de nuevo y de la imposibilidad de que ese nuevo nacimiento sea por voluntad humana; al mismo tiempo refiere el célebre texto de la manera sin igual en que Dios amó al mundo (¿cuál mundo?) al enviar a su Hijo. Hay algunos que no van a creer en él (Juan 3:18), que son los mismos de Juan 10: 26 (pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho). Por lo tanto, si el nuevo nacimiento es una actividad imperativa para ver el reino de Dios (para creer en el Hijo), y ese nuevo nacimiento es una obra exclusiva del Espíritu Santo (no de voluntad humana), se ha de deducir que si se cree es porque Dios lo ha querido así, y si no se cree es porque Dios ha elegido solamente a las ovejas para que lleguen a creer (Juan 10:26). En síntesis, que ese amor que Dios le tiene al mundo no es al mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17:9), ni el mundo del cual nos dijo que no amáramos (1 de Juan 2:15-16), sino el mundo de sus escogidos, de sus amigos, de su iglesia, de sus ovejas.

OTROS PERSONAJES, OTROS RELATOS

Conocemos de la trascendencia del encuentro tenido con la mujer samaritana. Samaritanos y Judíos estaban enemistados, si bien en un primer momento Samaria pasó a ser la capital de Israel cuando el reino se hubo dividido en dos partes. La otra parte era Judá, cuya capital fue Jerusalén. Ambos tenían el conocimiento de la ley de Moisés, pero el Cristo no vendría del reino de Israel sino del de Judá. Por esa razón Jesús le dijo a la samaritana que ellos adoraban lo que no sabían, pues la salvación venía de los judíos. Le aclaró que Dios es Espíritu, y que quienes pretenden adorarlo lo harán en espíritu y en verdad y no tendrán necesidad de acudir a un templo físico, como creía la samaritana. En el Nuevo Testamento se ha revelado que el creyente es el templo del Espíritu, de manera que aún con nuestro cuerpo podemos adorar al Dios de la Biblia.

En otra oportunidad Jesús se paseaba por un estanque donde había muchos enfermos, pero lejos de pretender sanarlos a todos se acercó a un paralítico y le preguntó si quería ser sano. Pero los judíos que eran unos celosos de la ley de Dios (aunque la mal interpretaban) se ofendieron con el paralítico sanado en día sábado. Le reclamaron acerca de por qué razón llevaba su lecho consigo en día de descanso. Por esta razón buscaban asesinar a Jesucristo, porque violentaba la regla del sábado; esto es de actualidad con ciertos grupos religiosos que pretenden ser fieles al día de descanso y no comprenden que el reposo se hizo por causa del hombre, y no el hombre por causa del reposo.

Jesús caminó sobre las aguas, hizo también el milagro de los panes y los peces para alimentar a una gran multitud. La gente lo seguía interesada en los milagros, pero Jesús conocía sus pensamientos y les reprendió diciéndoles: De cierto, de cierto os digo, que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os hartasteis. Trabajad no por la comida que perece, mas por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del hombre os dará: porque a éste señaló el Padre, que es Dios (Juan 6:26-27). Los judíos le pidieron más señales, y se jactaban de que sus padres habían comido maná en el desierto. Pero Jesús les respondió de inmediato que él era ese pan del cielo, que el que a él iba no tendría hambre jamás y que el que en él creía no tendría sed jamás.

Pero los judíos murmuraban y decían que Jesús era apenas el hijo de José y de María. Todo esto sucedió porque Jesús les había dicho que la voluntad del Padre era que no perdiera nada de lo que Él le diera. En otros términos, Jesús les estaba hablando de la predestinación soberana de Dios, asunto que no podía ser cambiado, por más que ellos alegaran ser hijos de Abraham o acerca de sus padres que habían comido el maná del cielo. Por eso le dijo Jesús varias veces: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere (Juan 6: 44). En el verso 39 ya hacía referencia al mismo concepto, asunto que es relanzado en el verso 44, ya citado. Frente a esta enseñanza, muchas personas que ya habían creído en él y que se habían discipulado con sus enseñanzas, exclamaron: Dura es esta palabra: ¿quién la puede oir? (Juan 6:60); como Jesús sabía lo que opinaban les preguntó si eso los escandalizaba. No esperó respuesta, sino que siguió enseñando y repitió: Por eso os he dicho que ninguno puede venir á mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Dice Juan que después de eso, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con Él.

La palabra de la predestinación ofende a muchos, y se escudan de su ofensa con el pretexto de que hablar de eso ofende a Dios. Pero esa fue una doctrina enseñada por el Hijo de Dios, recogida en el evangelio de Juan, quien da testimonio de que así sucedió.

Por causa de sus enseñanzas los judíos procuraban matarle, pero él se escabullía porque aún no había llegado su hora. Juan también relató el caso de la mujer adúltera, presentado ante él para tentarle. El apóstol también recogió su célebre frase dicha en ese momento crucial: el que esté libre de pecado, que lance la primera piedra (Juan 8:7). Jesús enfrentado con los judíos no pretendió salvarlos, como muchos alegan interpretando erróneamente Juan 3:16, pues también dijo Jesús:  Yo me voy, y me buscaréis, mas en vuestro pecado moriréis: á donde yo voy, vosotros no podéis venir (Juan 8:21). Les dijo claramente que no los iba a salvar, sino que morirían en su pecado, de manera que no hubo jamás una intención de una expiación universal, como enseñan Roma y los protestantes arminianos.

Jesús fue muy enfático en su doctrina; él dijo que quien era de Dios, las palabras de Dios oiría: pero los que no las oyen es porque no son de Dios. Frente a esta declaración le argumentaron que tenía demonio, y cuando sanó a un ciego de nacimiento los judíos se encarnizaron contra el hombre sanado y otra vez contra Jesús.  El Buen Pastor es una figura recogida por Juan, de acuerdo a las propias palabras de Jesucristo. De nuevo el énfasis de su enseñanza quedó muy claro, pues si había dicho que el que era de Dios las cosas de Dios oía, ahora añade que los que no creen no pueden creer jamás porque no son de sus ovejas (Juan 10:26). Su declaración de que pondría su vida por sus ovejas propias dejó por tierra la errónea interpretación de Juan 3:16 en cuanto a que Dios amó al mundo en forma distributiva. Lo amó en un sentido colectivo, restringido a su pueblo, a sus amigos, a sus ovejas.

LAZARO, SIMBOLO DE MUERTE Y VIDA

Juan presentó la enfermedad y muerte de Lázaro, el amigo de Jesús. El Señor se demoró en sanarlo con el propósito de mostrar su gloria en la victoria sobre la muerte. La muerte de Lázaro nos sirve para ilustrar la muerte del espíritu humano; si no hay un nuevo nacimiento no hay vida eterna. A Lázaro no le fue consultado si quería volver a la vida, simplemente le fueron dichas las palabras como una orden de lo alto: Lázaro, sal fuera. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu, pues si no recibe la orden de acudir al Señor no puede hacerlo por su propia cuenta, ya que su condición es de muerte.

Muchos judíos creyeron al ver semejante señal de victoria, empero otros se endurecieron más y acudieron a los fariseos. Estos procuraban matar tanto a Jesús como a Lázaro, pues tenían miedo de que el pueblo se convirtiera y los romanos les quitaran su nación. Pero Caifás, el sumo sacerdote de entonces, profetizó sin saberlo, diciendo que era mejor que un hombre muriera por una nación y no que toda la nación se perdiera. Con esta expresión de Caifás se involucraba también a todas las personas hijas de Dios esparcidas por la tierra. 

Pese a tantas señales hechas por Jesús, no toda la gente creía en él; de esta forma se daba cumplimiento a las palabras del profeta Isaías: ¿Señor, quién ha creído a nuestro anuncio? ... Cegó los ojos de ellos y endureció su corazón, para que no vean con los ojos y entiendan de corazón, y se conviertan y yo los sane (Juan 12: 38 y 40). Aún Judas estuvo predestinado como hijo de perdición y tuvo que cumplir su rol al calco. Jesús anunció la negación de Pedro, antes de que sucediese; oró para que su fe no fallara, pero no pidió para que no pecase.

Jesús también les habló acerca del Consolador que vendría, para llevarnos a toda verdad. Dijo que quien le amaba guardaba sus palabras, pero quien no le ama no guardará jamás sus palabras. Nuestra permanencia con él y el que sus palabras estén en nosotros nos acreditan para pedir cualquier cosa en su nombre. Pidió por la unidad de su pueblo, así como él y el Padre son uno; no quiso rogar por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le daría por la palabra de ellos. Este es uno de los textos más específicos en relación a la predestinación; la razón descansa en que esta plegaria la hizo la noche previa a su crucifixión, de manera que tenía muy claro que su muerte iba a ser sustitutiva de su pueblo y no conllevaba una expiación universal tan pregonada por muchos.

En el arresto para el juicio hecho a Jesús, hubo un diálogo entre Pilatos y el Señor. Uno de los parlamentos del Hijo de Dios fue el relacionado con el objetivo de su venida: Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquél que es de la verdad, oye mi voz (Juan 18:37). Concuerda con Juan 10:26, que no se puede creer ni oír su voz si primero no se es oveja y se es de la verdad. La condición del ser la da Dios, pues se es oveja o cabra, pero no puede nadie cambiar su propia naturaleza. Sobre esto escribió un profeta: ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? (Jeremías 13:23).

El afecto de Jesús por los suyos, mientras vivió en esta tierra, fue singular. Si vimos que en su primer milagro público reprendió a María al decirle: Mujer, ¿qué tengo yo contigo?, ahora en la crucifixión se compadeció de su soledad y se la entregó en especial a Juan, su discípulo amado: Mujer, he ahí tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió consigo (Juan 19:26-27). Es importante el que se lo haya dicho solamente a Juan, pues no fue una orden para los apóstoles y mucho menos para la iglesia que no había nacido (pues nace el día de Pentecostés, con las presencia y manifestación especial del Espíritu Santo). No puede por lo tanto nadie usar este texto para asumir que María era la madre de los discípulos o que fue la madre de la iglesia. Por otro lado, sabemos que María tuvo otros hijos con José, pero la Escritura nos enseña que ni aún sus hermanos creían en él. También conocemos que Santiago era uno de esos hermanos, mas por el afecto especial que le tuvo al apóstol Juan, le fue conferida esta solicitud.

María fue llena de gracia, porque como dijo Pablo: donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. María necesitó la salvación del Hijo de Dios, no fue una mujer sin pecado concebida. Decir eso es colocarla en el mismo renglón del Hijo de Dios, el Cordero sin mancha, y negar que la humanidad entera cayó muerta en delitos y pecados (Efesios 2:1).  El argumento de que para concebir al Seño María debía también ser sin pecado, es un argumento del tipo sorites: Ana su madre ha debido ser sin pecado también y así una cadena muy extensa de mujeres que llegaría hasta Eva. Este argumento es totalmente falaz, pues si María necesitaba ser sin pecado para concebir al Hijo de Dios, Ana necesitaba igualmente ser sin pecado para concebir a María, y, como dijimos, la cadena iría hacia atrás hasta Eva.

Jesús murió y resucitó, y apareció a María Magdalena y a sus discípulos. Este hecho sobrenatural pero histórico catapultó el ánimo de los entristecidos hermanos que todavía lamentaban la muerte del Señor. Fue con la llegada del Espíritu Santo que la iglesia tomó valor de este hecho de la resurrección para testificar primero al mundo judío y más tarde a los gentiles (el resto de las gentes). Bajo martirios y arrestos, pérdida de propiedades, prohibición de rendirle culto al Hijo de Dios, los primeros cristianos vivieron escondidos bajo tierra en las catacumbas romanas, donde también enterraban a sus muertos. Fueron el hazme reír de la gente de los circos cuando eran entregados a las fieras para que los devoraran. Los que no se retractaron de su fe habían recibido las fuerzas del poder de Dios, dándose cumplimento a las palabras de Jesús de que nadie podía arrebatarlos de sus manos.

Jesús siguió apareciéndose antes de su partida hacia el Padre, y cuando estuvo otra vez con sus discípulos restauró a Pedro, quien había llorado amargamente por la negación hecha al Señor. Apacienta mis ovejas fue la encomienda final para el apóstol; el que se había comportado en forma medrosa ahora salía insuflado sabiendo incluso de qué muerte tendría que morir.

Juan nos asegura que hizo Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, que no están escritas en su evangelio. Pero las que han sido escritas sirven para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengamos vida en su nombre.

César Paredes

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